sábado, 10 de noviembre de 2012

“Nadie sabe”, obra maestra sobre el desamparo y la supervivencia.




















































Habíamos señalado hace unas semanas que entre las exponentes más reconocidas del nuevo cine japonés estaba Naomi Kawase, cuya vertiente principal procedía del documental, y que junto a Nobuhiro Suwa y Hirokazu Kore-eda representaban un estilo revolucionario del cine de ficción asiático plagado de extrema sensibilidad. Comentamos su film El bosque del olvido, y la definimos como una artista sui generis ya que su obra funcionaba como una especie de inventario en bruto, tratando de entender esta definición como que la totalidad de la tesitura visual que editaba, atesoraban su memoria -la fílmica y la vital- como una absoluta taxonomía sin imágenes que eran prescindibles aun cuando alcanzaban a convertirse en ambiciosas, ásperas o cándidas. Habría que aclarar que no son los únicos cineastas japoneses talentosos, sino los más juzgados y aprobados por la crítica a través de lo conseguido en Festivales, además de sus rasgos estilísticos definibles y diferenciables. Los tres han sabido recrear con indecible realismo escenas de lo que significa la vida cotidiana, al punto que muchas veces cuesta creer que se traten de situaciones artificiales o inventadas. Este post quisiera enfocarlo en la obra maestra del japonés Hirokazu Kore-Eda titulada Dare mo shiranai o Nadie sabe, cinta donde nos narra con envidiable madurez una severa y mustia historia sobre el desamparo y la supervivencia de cuatro pequeños hermanos desde un objetivismo pétreo que no le dispensa nada al sentimentalismo. En este film coexisten muchas reacciones sorpresivas, la solidaridad pacifica que se establece entre estos pequeños dejados a su suerte en contraste con la hostilidad del revés que reciben, y el compromiso que asumen. El cine oriental -ya no sólo circunscrito al género del terror- se ha transformado en el núcleo de una asonada estética que contiene una elocuente diversidad de semblantes. Ya sea por el sistema conceptual de la cinematografía para sujetar su lenguaje a una evolución natural que conlleva a una admirable idiosincrasia o por un arte que indaga con mayor soltura y profundidad en su propio costumbrismo para mitigar cualquier efecto de las nuevas tendencias audiovisuales. En todo caso la película es un fiel reflejo de una realidad que no nos muestra complejos culturales, pero que sí se inclina por la modernidad.

Pues bien, basada en una historia real, Nadie sabe gira en torno a cuatro niños que viven con su madre sin que nadie sepa que existen. Todos parecen provenir de un padre distinto, y la mamá, que da la impresión al principio de haber criado bien a sus hijos -de hecho Akira, el mayor, es un muchacho responsable- pronto pasará a un estado promiscuo y aborrecible, al mantener ocultos a los niños en el anonimato, desvinculándolos de un mundo exterior que en algún momento los va a absorber. Es una de esas películas que no cuentan nada y lo cuentan absolutamente todo. Es decir, no suceden grandes acontecimientos ni se producen importantes giros en la trama, y cuando ocurre algo que trasciende de manera eventual, la actitud no cambia y supone la misma ausencia de énfasis. Como si de una crónica diaria se tratara, es cuestión de dejarse seducir por ese flujo paulatino, cálido e intimista de pequeñas rutinas y sucesos comunes que tienen lugar dentro del apartamento donde conviven, por la dinámica o la camaradería que se establece entre los hermanos, y en menos ocasiones en sus posteriores salidas al exterior. Desde el comienzo el japonés Kore-eda plantea un desarrollo singular. La madre y sus cuatro hijos se mudan a un apartamento en Tokio. Los niños más pequeños viajan escondidos en unas maletas, y la mayor de las niñas debe esperar la noche para ingresar al apartamento sin que nadie la vea. Los arrendatarios nunca le alquilarían a una familia numerosa, ya que los niños suelen ser motivo de queja para los vecinos. Por esta razón los tres niños más pequeños no pueden salir del apartamento, mientras que la madre no los deja ir a la escuela, por cuestiones económicas y un tipo de mensaje ignorante. El enclaustramiento de sus hijos ya es de por sí angustiante, pero la forma como el japonés filma el abordaje es sobrio, observa la sociedad a través de los ojos de los niños, de su existencia, mostrando la habitualidad como un factor sosegado, sumiso y sutil, aunque, por ejemplo, deban cuidarse de no alzar demasiado la voz, y no asomarse a las ventanas. Pero, la zozobra invade sus existencias cuando en un acto de desacato moral a la maternidad, su madre renuncia a la misma. Les deja algo de dinero, y una nota donde les dice que se ausentará por un tiempo. Regresa al mes para luego volver a irse, pero esta vez definitivamente. Este doble argumento de la falta paternal y posteriormente maternal no es un problema mayúsculo para Kore-Eda, por el contrario, lo ayuda a fijar una postura tremendista con suavidad e inteligencia. Totalmente inermes y desastrados, los hermanos buscan la forma de solucionar el problema para sobrevivir en un mundo irreconocible, sometidos a una rara ligazón doméstica establecida en base a reglas incapaces de afrontarlas, y aquellas que deberán conocer para cuando se encuentren fuera, dentro de un universo antagónico, el mismo que irá minando el frágil equilibrio que consiguen implantar. Kore-eda se distancia de cualquier tópico dramático para presentarnos una historia descarnada, donde nuestra sensibilidad se golpea con la constancia de un martilleo seco. El japonés logra con sabiduría y habilidad un retrato naturalista del mundo infantil. Sin olvidar la génesis de su obra delimitada por el documental, el japonés trata con hiperestesia a sus pequeños actores, examinando con extremo cuidado y cariño cada gesto, cada movimiento, y todo caudal expresivo controlando el tiempo necesario para que el trance del día a día de sus pequeños personajes deban de encaminarse hacia un digno emplazamiento de la penuria material, física y afectiva. La cámara del japonés acompaña a los cuatro hermanos solos, confinados en el apartamento. Resulta magistral su manera de rodar las secuencias en el interior de un minúsculo lugar, abundantes en primeros planos y encuadres incomodísimos, donde se nota el esfuerzo que hace para rodar al no tener ni siquiera una cómoda cabida la cámara. El realismo con que impregna sus imágenes, ya habitual en su cine, lo demuestra acá con el uso de la cámara en mano y de una fotografía hiperrealista. Incluso se permite el lujo de añadir un partitura musical de acompañamiento, apenas imperceptible para el espectador, pero que define situaciones y personajes de manera expresa. Akira no quiere ir a la policía o al centro de menores porque sabe que los obligarían a vivir separados, y por eso intentará mantener a sus hermanos escondidos, pero para su temperamento le resultará imposible. A medida que transcurren las semanas se les comienza a acumular las cuentas impagas, se cortan los servicios básicos, malgastan el dinero, sus ropas son cada vez más andrajosas, la basura comienza a apilarse en el apartamento. Nos volvemos testigos del doloroso proceso por el cual cuatro hermanos sobreviven en la ruina total.

Una historia que luce impregnada de inclemencias, pero tratada con delicadeza al describir los estados anímicos por los que van pasando sus protagonistas, logrando además una inevitable empatía con el público en la búsqueda del lugar en el mundo que ocuparán, de sus miedos, de sus necesidades, de sus juegos, de su inocencia lisiada por las circunstancias que les toca vivir. Una representación de la niñez construida en el autismo social, creando para sí mismos un espacio autónomo que les servirá de escudo ante la amenaza de la supervivencia. Desprovista de una estética enfática, el cineasta japonés rehúsa a seguir una línea narrativa férrea -las acciones son respaldadas por situaciones que surgen espontáneamente- porque tiene la habilidad innata de saber sacarle provecho a la improvisación. Otro de los aspectos más comprometidos de este film es la ausencia de culpables de los pormenores por los que atraviesan los niños. Kore-eda jamás juzga, nos presenta una determinada historia permitiendo que seamos nosotros mismos quienes tengamos la última palabra. Nadie sabe muestra su transparencia total para desmembrar el drama entre el lirismo, el silencio y la acrimonia del momento, en una controversia sobre el derrotismo y la depresión que provoca la negligencia, la falta de atención, pero que es suplantada por los vínculos familiares de cuatro niños en un entorno de libertad y miseria que deja en el camino terribles sucesos a las que conlleva la imposición de una madurez prematura. Cabe destacar al joven Yuya Yagira -que hace de Akira- premiado como mejor actor en el festival de Cannes del 2005 a los 13 años, sin por ello desmerecer el trabajo de los interpretes infantiles Ayu Kitaura, Hiei Kimura y Momoko Shimizu. Aunque el relato está basado en un hecho real, en Tokio abundan los casos de niños abandonados que viven en la clandestinidad. El fenómeno es consecuencia de una doble atomización: los abuelos suelen vivir lejos de las familias nucleares y de sus nietos, quedando los padres muchas veces sin nadie a quien recurrir para que cuiden a sus hijos. Por otra parte, la creciente desaparición de los vínculos entre vecinos es una de las decenas de causas que propician que este tipo de situaciones pasen desapercibidas. El “nadie sabe” del título se refiere a las tragedias que tienen lugar en cualquier sitio de cualquier barrio del mundo. Quizá este tipo de situaciones no ocurrirían o podrían ser eliminadas a tiempo si los estados tuvieran un presupuesto social asignado y dentro de una política educativa que no solo ataque los efectos de las sobre poblaciones sino la raíz que el hombre mal formado engendra por su simple condición de ser humano. De las mejores películas que he observé últimamente, y cuyo desenlace es realmente muy hermoso.