jueves, 15 de noviembre de 2012

“The Brave One”, dulce o acre disyuntiva sobre la venganza femenina.





















































Hace algunos días estaba poniendo en orden todas las películas que traje desde el Ecuador, y en una de las revistas se polemizaba con algunos vacíos argumentales, de una discusión comparativa que se planteaba acerca del grado de violencia que se observa en dos películas muy distantes temporalmente, y que una de ellas acabo de observar anoche. Se trata de The Brave One de Neil Jordan, y de una de las mejores obras de Scorsese, Taxi Driver. Si en la inolvidable película del ítalo-norteamericano, Travis Bickle -interpretado en gran forma, y mejor estilo por un joven De Niro- representaba a un desequilibrado justiciero en busca de malhechores para aniquilarlos, y cuya fisonomía reposaba en la de un marine insomne que volvió de Vietnam con un síndrome paranoide dilatado por el rechazo de la sociedad, en The Brave One, Erica Bain -formidable interpretación de Jodie Foster- da vida a una locutora de radio que regresa de un coma tras una brutal agresión por unos pandilleros que asesinaron a su novio, y le dejan secuelas psicológicas irreparables, además de pánico hacia los lugares sobre los que solía transitar. Ambos, de distintas formas, son incapaces de integrarse en una colectividad social, marcados por una vida de prejuicios y una personalidad proclive a estallar en violencia. Un hecho que llama la atención, es que el Nueva York de Taxi Driver parece no haber cambiado casi nada después de 35 años, en su concepción gris y pútrida, donde habita la delincuencia en cualquier recóndito lugar de esta gran manzana. Sin embargo, lejos del calado emocional de trastorno y enajenación de Scorsese, en el film de Jordan no existen coartadas para la violencia. Se trata simple y llanamente de odio y rabia, lo que hace al personaje de Jodie Foster -éste sí como un punto en común con Taxi Driver- que se parezca más al furibundo y resentido Paul Kersey que personificó Charles Bronson en Death Wish o El vengador anónimo de Michael Winner, que a los conceptos socio-políticos que contiene la película de Scorsese. Entre otras cosas, por el tronco medular que reporta la violencia, el asesinato de una esposa, y la violación de la hija en un caso, y la paliza mortal del prometido del otro. De Travis Bickle, Erica Bain hereda la voz en off de sus pensamientos, de su inercia impotente por la justicia crispada y poética, el aislamiento al que la ha sometido el miedo, y la narración subjetiva que va hablando  por sus acciones. Pero ahí se acaban los parecidos, si descontamos que en The Brave One, Erica Bain también utiliza su arma por primera vez en una licorería, y exonera a una prostituta hispana de su mezquino caficho.

The Brave One es una película que dirige su reprobación contra la ineficiencia de un sistema legal irregular e injusto, evidenciando desde los primeros compases del film que la justicia es imperfecta y parcial, trazándose un desdoblamiento capcioso ajeno al propio caso de Erica, el de un narcotraficante que ha asesinado a su mujer haciendo que parezca un suicidio para que no testifique contra él y que es, obviamente, la arbitrariedad que hace cuestionarse al detective interpretado por el buen actor Terrence Howard, la perversidad del orden legal que maneja el estado de derecho. Definidos quienes son los buenos -esta pobre mujer que ha perdido a su hombre, y un agente de homicidios honesto e íntegro- y quiénes son los malos -la gente de mal vivir que abusa de la injusticia y, por supuesto, los sujetos que atacaron a la pareja en el Central Park- los guionistas ya tienen los elementos necesarios para iniciar su particular espectáculo de disparos y rabia populachera. Escudándose en el dolor que jamás desaparece tras una muerte cercana, la irreversibilidad de la carencia, la soledad y las contradicciones morales que provocan los actos violentos de la locutora, The Brave One aboga por un desaliento silencioso que incita al brote de la indignación, y al censurable derecho natural a la venganza que se alberga en el ser humano. Neil Jordan, veterano e intachable cineasta de calidad, sabe sacar partido de un no tan afinado guión, pues crea con habilidad y equilibrio la atmósfera visual que requiere este thriller dramático, empujándonos a la odisea del personaje al que da vida Jodie Foster, que de lejos es lo más destacado de la película, sabiendo acumular la humanidad llena de contrastes gracias a su desbordante talento, siendo capaz de llenar la pantalla y hacer creíble lo que no parece serlo. Serpenteando sobre la línea de lo políticamente incorrecto, pero sin serlo, el film utiliza la heroicidad femenina como elemento de paridad, transformando a una mujer aislada en una asesina justiciera inmersa en una espiral de ira, con el fin de encontrar una retribución a su dolor, sin tener mucho en cuenta los límites que excede. En su cometido, la película se conforma con ser arbitraria y desequilibrada en su funcionalidad con relación a la combinación de géneros de la que se alimenta, sin tener en cuenta la posibilidad de que su protagonista también sea una mujer perturbada que se deja llevar por la ceguera de su enardecimiento, e incapacitada para apreciar debidamente las circunstancias que la rodean. Sus crímenes no vienen dados por una reflexión de dudas internas, de tragedia interior y tormento, sino por la animadversión contra su miedo, que generaliza a todo el que esté en su entorno, lo que sitúa toda la parábola en un mero instinto, un pretexto argumental que justifique la venganza. Otro hecho de la película de Jordan se recrea en las oscilaciones emocionales de Erica y el detective, que nunca terminan de definir si sus personajes desfilan o no por caminos imprecisos, marcados por casuales encuentros de un destino bosquejado por unos guionistas que se la juegan por el sensacionalismo moral de esa acción incompleta. Mientras una mata, y hace el trabajo sucio, el otro se acomoda en su función de policía bonachón que acepta los condicionamientos de su trabajo, obviamente dentro de la legalidad. Ni siquiera se atisba, aunque se insinúe, una epítome de la violencia que anida en el norteamericano medio que vive con miedo desde los atentados del 9/11, por mucho que se haga énfasis en ello, pues en su desenlace, el resentimiento y la venganza parecen ayudar a amortiguar el sufrimiento en vez de destruirlo, como sería lógico. Pareciera una moraleja de la ambigüedad sobre la aquilatación moral, aunque podríamos conceptuar a The Brave One de cierto talante reaccionario, ya que en su discurso final, con Happy End incluido, se emancipa de cualquier censura a la hora de mostrar la casi fascista culminación de la venganza, que incluso es autorizada por una utópica decisión policial, respaldando el impulso de justicia sañuda. En esto creo que hay una cierta inclinación a que el film de Jordan emita en su generalidad un mensaje peligroso en un país cuya legislación es más que permisiva sobre la compra, tenencia y uso de armas de fuego…..

Por otro lado volvió a ganar la apatía de Obama en las elecciones yankees, lo que no representa alternancia, y sí una continuidad que ciertamente es pura lógica temporal. Siempre pensé que los EEUU es un enorme y gran país que va siendo poco a poco mutilado y perjudicado por la propia impericia de sus habitantes, y por una juventud y adolescencia, que involucionan al ritmo que ellos impongan, y que la arrogancia de sus líderes políticos y empresarios ya la están empezando a sentir como miedo. No me queda duda que los chinos ya los tienen más que estudiados, y en cuestión de 50 o 60 años, le van a voltear la torta. Para finalizar, recién pude ir a ver Skyfall de Sam Mendes, y es entretenida e inteligente. Javier Bardem se lo devora a Daniel Craig como actor, y la jefa del 007 -la mejor actriz secundaria del mundo- pasa a mejor vida. Vayan a verla porque si no es la mejor, es una de las más atractivas de la franquicia de James Bond, que ya lleva 23 películas.