jueves, 1 de noviembre de 2012

“Vier Minuten”, polos no opuestos que se atraen.






















































Hay películas que definen posturas estrictas en cuanto al condicionamiento de sus objetivos, y otras que se manejan con mayor libertad según que es lo que conviene modificar en determinado momento de la acción, sin que esto signifique que no haya tenido un planeamiento adecuado. Nadie absolutamente, sabrá a ciencia cierta que pasará con su película, pero muchos pueden intuir o percibir hacia donde desean encaminarla. Pero, mi inquietud parte de las siguientes preguntas: ¿¿Existirá el instante donde la vida posea un verdadero sentimiento de realización?? ¿¿Cuáles serian sus características vinculantes?? ¿¿Podrá contrapesar los momentos vividos más pancistas, aún los hechos vanos y desesperanzadores?? El cineasta alemán Chris Kraus -quien también escribe el guión- ensaya alguna que otra respuesta en su sólido film Vier Minuten o Cuatro minutos. Con una detallada explicación de múltiples caracteres humanos que los enlaza entre varios personajes dependientes del plot, el cineasta alemán exhibe el tiempo del arrobamiento para una joven presidiaria de 21 años por un aparente asesinato aunque plagada de experiencias lacerantes. Abusos sexuales de un padre a su hija, el despotismo del fenómeno nazi, excesos carcelarios, una madre que pierde a su bebé en el parto luego de 16 horas, una presa que se ahorca, brotes de racismo, amores lésbicos, envidias de reclusas camufladas, una religión manchada por la época, estallidos de violencia, abundante música clásica, y algunos concursos de piano como una especie de manumisión. Todo esto y mucho más hechos desgarradores son los que acumula la penetrante historia de Chris Kraus. La apuesta está hecha premeditadamente con un cierto grado de ampulosidad, y hasta énfasis en una sociedad culposa que vivía localmente sus avatares cuando los soldaditos de Hitler habían salido a comerse Europa. Cuatro minutos oculta detrás de su notable técnica formal, de su emotividad calculada y de la solvencia de sus dos formidables protagonistas, una veterana y almidonada profesora de piano, interpretada por una impenetrable Mónica Bleibtreu, y una joven presidiaria bellísima cuya rebeldía enmarcada dentro de un talento poco común lo lleva a cabo Hannah Herzsprung, una visión trágica de dos vidas paralelas con un mismo horizonte que las une -la pasión por tocar a la perfección partituras de piano- además de simbolizar cada una a su manera a la antipatía y a la seducción como herramientas para poder convivir y trabajar juntas. La Asociación Alemana de Cinematografía premió con justicia el 2006 a Vier Minuten o Cuatro minutos, film comparado con las películas ganadoras consecutivas de los Oscars en el 2006 y 2007, Das Leben der Anderen o La vida de los otros de Florian Henckel von Donnersmarcken -obra maestra- y Die Fälscher o Los falsificadores del cineasta Stefan Ruzowitzky. La película supone una nueva mirada al individuo destrozado por un pasado de dolor, en un intento de abrirse paso en un mundo agresivo y cambiante, poco generoso a la hora de concederles una segunda oportunidad. Kraus impone una gran dureza por el realismo en la recreación de sus microclimas, y más aún por esa introspección psicológica que parece despistada, pero que en realidad busca anclarlas en verdaderas almas abatidas en sus afectos, endurecidas y enfrentadas a una sociedad que desprecian, pero que las margina, incluso en el misma cárcel aisladas en un encierro intimista de agresiones, soledad y tristeza. Es bienvenido lo que logra Kraus cuando rodea a las dos protagónicas con secundarios en escenas de venganza, envidia y territorialidad. Lo que sucede es que ese es el aire que se respira en una cárcel de mujeres, escenario del encuentro de dos seres de sensibilidad especial, marcadas a fuego por la dureza de la vida y la necesidad de liberarse a través de lo único que aman, tocar el piano.

La historia se presenta con una construcción narrativa convencional en torno a la relación que se establece entre esas dos mujeres, cada una con un pasado traumático que nos es mostrado por medio de varios flash back convenientemente dosificados que nos trasladan  a los años del nazismo, o a través de la presencia del padre de la joven reclusa que trata de justificarse y de exculpar a su hija de lo sucedido años atrás. Por un lado se percibe la actual tendencia del cine alemán a revisitar su pasado reciente y buscar una suerte de exorcismo ante los nuevos e inquietantes tiempos del presente, y por otro lado vemos cómo se cae en el tópico de presentar a la artista cercenada en su particular sensibilidad y que precisa ser liberada. También podría existir una aproximación individualista al film en el que Kraus parece contentarse por no coartar el espíritu indomable de la artista sino dejarla libre según su inspiración y tendencia expresiva. Es el sentido de esos magníficos primeros planos de unas gaviotas surcando el cielo o de una muy bien construída escena final en el teatro, cuando la interpretación que Jenny hace de Schumann es toda una demostración espectacular de armonía clásica mezclada con los ritmos actuales, y a la improvisación del jazz con la percusión -música de negros, le llama la maestra- que ella se empeña en tocar porque sus entrañas están comprometidas con hacerlo al costo que fuera. Esos instantes de liberación le sirven a Jenny de reivindicación de su personalidad artística infinita -a la que nunca ha renunciado a pesar de su encarcelamiento- mientras que para la anciana profesora se convierte en una válvula de escape -ella sí ha vivido encerrada en una cárcel interior- a sus preferencias lésbicas escondidas, y reprimidas, pero finalmente indultadas por Jenny.  En cualquier caso, en esa excepcional interpretación de la joven postergada, conocemos el mejor momento del film por su vitalidad y caótico desconcierto construido a partir de un ágil y dinámico montaje -me refiero al desenlace- pero también a la justificación de toda una trama que obliga a más de una situación forzada, con secundarios que parecen no tener vida si no están relacionados con la maestra y la alumna, como los patéticos funcionarios de prisiones en sus torpes reuniones de toma de decisiones, o con diálogos de tono meditabundo en boca de un padrastro desabrido y sobrante. En este sentido, queda claro que la película funciona mejor por su expresividad visual, pues la planificación, el notable uso de la cámara, la magistral fotografía, y perfecta edición, responden al dramatismo social que el tipo de historia suele exigir. A algunos le podrá parecer excesiva la acumulación de tanto desenfreno -se trata de una cárcel con 300 reclusas, que nunca aparecen- para una incómoda propuesta dirigida al ámbito femenil que adopta el alegato pianístico como medio para la difusión sentimental. Pero, sin llegar a convertirse en un film de culto o una obra extraordinaria, los objetivos están bien claros, y la película puede verse con sumo interés, por sus cuidadas formas y por su acertado intento de justificar la libertad creativa y personal al margen de normas disciplinarias o morales, aunque esto suponga la autodestrucción de dos talentos tan sublimes como los de la anciana profesora y su virtuosa alumna.  

En cuanto a las preguntas del principio, Kraus nos deja una disyuntiva sumamente compleja: puede una persona independizarse de su tiempo, y a la vez integrarlo a su propia vida. Difícil planteamiento, pero no imposible de buscarle una salida. La prisionera y aprendiz de piano -aunque tiene un talento excepcional- Jenny von Loeben, puede salvar el dilema del tiempo, pero en dos tramos: El primero, como una sosegada estudiante del sistema de reglas que rigen la composición musical de tonalidades clásicas que su exclusiva maestra en la prisión, la señora Gertrud Krüger, insiste en que conozca progresivamente. Estamos afirmando que Jenny hace lo que quiere y no lo que debe. El segundo paso es la innovación que sólo existe en el breve espacio que el conocimiento de las reglas le puede llegar a dar, y que antes de éste, quizá no estaba  disponible al ingenio insumiso de Jenny. Dicho de otro modo, integrar el tiempo viene antes que la aparente separación de conductas que consigue. Muy buen film, a pesar de algunos exabruptos.