lunes, 14 de enero de 2013

“Argo”, la picardía como emblema temático de un espionaje formal.
























































Parecería una ironía escribir ahora, acerca de una película que en su momento halagué en alguna entrada, como un thriller político imprescindible, de una magnífica puesta en escena incluyendo un montaje inmejorable, y un guión adaptado perfectamente a las necesidades de época que su director buscaba para darle a la historia un realismo justo. Sin dudar, Argo es una de las mejores películas yankee estrenadas en la cartelera limeña en mucho tiempo. El tema es que no la comenté en su momento, y hace solamente algunas horas ha ganado con toda justicia el Globo de Oro a mejor película del año, lo que la apuntala directamente para el Oscar. Es obvio que este certamen hecho por los periodistas no yankees del gremio Hollywoodense tiene un especial caché, y es el segundo en trascendencia luego del Oscar, pero que sin embargo, son de manera alguna un anticipo en nominaciones de lo que se cocina dentro de la Academia. Sin embargo, hay excepciones sumamente groseras. Ej. Ben Affleck no ha sido nominado por la Academia, y en los Globos de Oro ha derrotado nada menos que a directores de la talla de Ang Lee o Steven Spielberg. ¿¿ Hubiera ganado el Oscar Ben Affleck ?? Esa sería la gran duda. Es interesante tocar este punto porque de inmediato surgen las comparaciones de siempre. La carrera artística de Ben Affleck -quien no es un mal actor como tanto crítico incompetente pregona- parece como naturalmente asignada a copiarle los pasos al último de los clásicos de la hechura cinematográfica norteamericana, me refiero a Clint Eastwood. Si el maestro -cuando estaba joven- logró progresar, acomodarse mejor y gustar a través de recios papeles que le ofrecieron -luego de algunos irregulares westerns- y fue hasta insultado muchas veces como actor, hoy se le reconoce unánimemente como un director académico. Ben Affleck diera la impresión de estar empecinado en revertir su vilipendiada trayectoria como actor -al igual que Eastwood- en una sólida labor tras las cámaras. Dueño de una ópera prima que nos sorprendió a todos el 2007 titulada Gone Baby Gone, un punzante thriller dramático de intriga maternal, luego vuelve a llamar nuestra atención el 2010 dirigiendo atinadamente, The Town, otro thriller dramático de ladrones de bancos enmascarados, donde también actúa con acierto. Se esperaba este tercer film para dilucidar si nos encontramos ante un director con mucho que decir todavía o que todo habría sido tan solo un cúmulo de ilusiones de un cineasta prometedor, pero que nunca logran consolidarse. Tras observar Argo, no quedan dudas que el "Affleck director" se consagra y posiciona dentro de los mejores realizadores jóvenes del cine yankee actual. Su inteligencia está como sellada al guión entre manos, lo que hace una dupla indivisible poco probable de resultar insulsa. El primer gesto de personalidad fílmica de Affleck es el de desentenderse de los bajos fondos de Boston donde se instaló en sus dos primeras propuestas, y las adaptaciones de novelas de Dennis Lehane -punto en común con Eastwood, ya que Dennis Lehane fue autor de la notable Mystic River comentada en este blog- y tener la valentía de afrontar una historia real desclasificada por la CIA con trasfondo político, y viaje a un pasado reciente, pero que resultaba complejo de sacar adelante. Lástima que Affleck no haya sido nominado por la Academia, pero quizá su película -que sí ha sido tomada en consideración- pueda hacer olvidar la injusticia, y dar una de esas agradables sorpresas que tiene la Academia aunque todo hace presagiar que en esta oportunidad la cosa se está decidiendo entre dos grandes de la industria, Spielberg y Lee. Creo percibir que el film Una aventura maravillosaArgo  van a estar disputándose el honor y la gloria el próximo 24 de febrero. Argo es una notable película que debería incluso de reestrenarse en nuestras salas para que mucha gente que no la pudo ver lo haga. Tiro la idea a ver si alguien se anima a hacerlo.

En Argo, Ben Affleck nos sitúa en 1979, con Siria sumida en la guerra civil y el Líbano convertido en una santabárbara. Sea como fuere, la cinta comienza acertadamente con una breve introducción histórica relatada a través de documentos reales entre los que se entreveran algunas ilustraciones de importancia para ponernos en antecedentes. A partir de ese momento es cuando la acción de éste mirífico thriller político se posa en la agobiante embajada yankee enclavada en Teherán que luce como un escondrijo a merced de una masa trémula. La desesperación de los funcionarios presentes, y de sobremanera la radicalización de una violencia incomprendida en el exterior del lugar están bien representadas, generando de inmediato una serie de sensaciones combinadas de un total desamparo. Affleck combina con destreza los planos estáticos con los de la cámara en mano, e introduce bastante granulación en las imágenes para acentuar aún más el carácter grotesco del ataque de esta gente enardecida. Luego, la CIA junto al gobierno canadiense, organizaron una operación para rescatar a seis diplomáticos yankees. Con este fin se recurrió a un experto en el arte del disfraz, y se preparó el escenario para el rodaje de la película Argo en la que participaba un equipo de cazatalentos de Hollywood. Affleck se apropia del papel protagónico interpretando a Tony Méndez -con mucho tacto y sin sobreactuar jamás- un agente de la CIA, y héroe anónimo que perpetra una verdadera misión imposible para rescatar con vida a sus compatriotas en Irán. Para ello deberá fingir que tanto él como los rehenes pertenecen al equipo de una película de ciencia-ficción que busca exteriores en territorios ajenos y extravagantes. La premisa es genial y el guión tiene esplendez y rigor. Argo es dueña de un ritmo narrativo impecable como vertiginoso, y a veces comedido. Desde el caos de esos momentos y días posteriores, el desarrollo de la acción se traslada a Washington, donde el Departamento de Estado y la CIA sopesan opciones de salvación que incluyen bicicletas y falsas misiones agrícolas. Es en este punto cuando llega la perspicacia del argumento donde Méndez interviene, y se le ocurre realizar un falso rodaje para salvar a los rehenes. A partir de ahí, los mecanismos metalingüísticos se apoderan de la función, ofreciendo un desfile de personajes y hechos insólitos, sarcasmos, y una falsa calma, que culminan con 45 minutos finales donde Affleck nos conduce a la inclusión a través de un cuello de botella que nos rtesultará aplastante. El joven cineasta mueve la cámara con endiablada habilidad para situarnos en la agónica situación de sus personajes a la vez que consigue plasmar de manera justa el contexto histórico gracias a una encomiable labor de edición de sonidos, montaje -junto al guión lo mejor del film- vestuario y maquillaje. También habría que sumar el realismo del trabajo del director de fotografía, Rodrigo Prieto, un exitoso latino que otorga texturas diferentes para los escenarios en los que transcurre la historia: Irán, Hollywood, el cuartel general de la CIA, etc. De este modo consigue darle a la historia una envoltura visual tan creíble como poco frecuente en este tipo de cintas de tesitura política. También debemos de resaltar la BSO del ya reconocido músico Alexandre Desplat, que a través de sus varias partituras establece la pauta con que la intensidad de la impronta política es aprisionada por sus magníficas notas. Otro acierto del largometraje -supongo que del mismo Affleck- es rodear al protagonista de actores experimentados, y de diferentes matices histriónicos; Alan Arkin, John Goodman y Bryan Cranston, en ese orden. Estos se reservan algunos de los mejores momentos y diálogos de la cinta gracias a una elocuencia aplicada con eficiencia. Affleck -acercándose a otro punto en común con Eastwood- consigue impregnar la película del aroma clásico de aquellas producciones setenteras del estilo inconfundible de directores como Lumet -la barba desordenada como la de Serpico ayuda mucho al Affleck actor- Costa-Gavras, Hagmann etc., pero aportando toques humorísticos que ayudan a relajar el desarrollo del plot hasta el potente clímax final, en el que la forma más viable del thriller hace acto de presencia poniendo la cuota de intriga que emociona y golpea. Una mención especial merecen también los seis rehenes -Clea DuVall, Tate Donovan, Scoot McNairy, Rory Cochrane, Christopher Denham y Kerry Bishé- cuyo trabajo, y caracterización, están al nivel del conjunto que maneja el cineasta con mano firme. Ben Affleck vuelve, y nos adentra con asombrosa pasividad en una historia manejada con sencillez pero con mucha tela para cortar, un pseudodrama escrito y ejecutado ingeniosamente con una estupenda factura técnica, y con el pretexto metacinematográfico de un capítulo poco conocido de la historia reciente. Pero no todo adquiere tintes dramáticos, ya que ante tal idea, uno no puede dejar de quedarse atónito, y es que en su mayor parte del metraje la ironía del relato nos contagia hasta caer en la sonrisa. El director sabe que mezclar CIA con el microcosmoshollywoodense no puede dar lugar a una causa formal, de ahí que se juegue constantemente entre la tensión y el humor para mantenernos despiertos y atentos. En algún momento alguien podría pensar que Argo toma los derroteros de victimizar a los EEUU o de optar por la parcialidad contraria exhibiendo al pueblo iraní a través de la mirada paternalista típicamente occidental. Ni una cosa ni la otra. Al igual que observamos cuáles son las raíces de la antipatía hacia los yankees, y miramos la quema de su preciada bandera, también vemos la cuestión del otro lado, es decir, prenderle fuego a la bandera iraní, y sobre todo un sectarismo de aquellas posturas políticas de las personas de a pie. Y éste, es el naipe ganador que apuesta sin dudar Ben Affleck como director, y que con tanta responsabilidad adapta el guionista Chris Terrio, nominado al Oscar, por guión adaptado, y seguro que con muchas chances de llevarse la estatuilla. Sabe conjugar la dosis justa de autocrítica con el distanciamiento de todos los contubernios emocionales de un drama nacional, para contar de la forma más certera posible cómo sucedieron los hechos, sin perder el empuje de la tensión narrativa. Vale la pena señalar que quizá los momentos más afables del film son los relacionados con la industria del cine. Porque para poner en pie el proyecto fílmico de Argo y hacerlo creíble, Tony Méndez viaja a Hollywood, para lidiar con los pesos pesados del oficio. Todo esto es mérito de un Affleck que sabe lo que quiere, y como lo desea filmar, y luego editar. Quizás sean dos, tal vez incluso tres, las historias referenciales y relevantes en una sola cinta, que ya es decir bastante. Por último, el mensaje de Argo encandilará a los amantes del séptimo arte por la reivindicación de Hollywood como la fábrica de sueños que solía ser, y como un vehículo para traspasar fronteras ideológicas. Ojala que el film lo haya logrado por lo menos en los espectadores normales, Affleck lo tiene en cuenta y lo sabe expresar. Notable película. Seria aspirante a quedarse con la estatuilla el 24 de febrero. Hay que verla porque a no dudar estamos ante una película que recupera esa maravillosa manía yankee de los 70.