miércoles, 16 de enero de 2013

"Broken Flowers", Jarmusch y Murray : ¡ Así es, como en la vida misma ! .




















































Estuve analizando las visitas que hacen ustedes a este blog, y me sorprende que siempre existen lectores que ingresan a la película de Jim Jarmusch, Stranger than Paradise, sin duda la obra maestra que encumbro en 1984 al entonces joven cineasta. Quisiera actualizar aquella entrada para luego pasar a comentar la excepcional Broken Flowers, el penúltimo film de Jarmusch, antes de The Limits of Control, ya hace cuatro años. Pues bien, el formato del cine indie norteamericano que fomentó Jarmusch en los años ochenta, consistía en una extensión de jóvenes mentalidades de los años 50 y 60 -llamadas hipsters- que se enfrentaron con firmeza al entonces llamado “sueño americano”, un semblante de época que apadrinaba novedosos ideales o estilos de vida, pero que se entrampaban en desajustes continuos. En ese entonces, los EEUU se convertía en la primera potencia económica y militar del planeta, y su juventud siempre rebelde -a veces dócil- tenía que instituirse alrededor de un sistema que si bien era bisoño resultaba adecuado. Esta conexión entre lo emergente y lo subterráneo no era ajena al arte, a la literatura principalmente, como también al cine pero en menor grado –época de oro- que lideraban ambas posiciones. En este encadenamiento de actitudes asomaba inquieto el intelecto de otros jóvenes también renuentes aunque provistos de un concepto más neutral que los hipsters -eran definidos como beats- cuyas pretensiones pasaban por unir al romanticismo con la vida misma, al realismo y sus pesares. Esta especie de “clase bohemia” poseía una sintomatología dinámica: su expresión hacia la vida parecía vinculada a la oscuridad de un alma alienada aunque de mente abierta, casi como colocando en manos de lo ignoto su vesicante ceguera e incuria. Como dato adicional, Jim Jarmusch dio en el blanco mucho antes que lo hiciera Gus van Sant con su Drugstore Cowboy en el año 1989 o los hermanos Coen con su film de culto titulada Blood Simple, que ganó en Sundance... Pues bien, este imaginario colectivo donde el hecho de vivir o subsistir era fundamentalmente la exploración –mediante el viaje errático- tiene cabida en el estilo de plasmar su cine “este poeta a la deriva” que fue y sigue siendo Jarmusch. Su fuente inspiradora está definida con una simpleza meridiana principalmente en dos de sus puestas en escena –quizá las mejores que realizó: Stranger than Paradise y Down by Law. Lo que hace Jarmusch es consolidar la nada a partir de la nada o la ausencia a través de la negación, es decir, llenar el vacío con vacío, dramatizar destinos sin ningún caudal de dramatismo, y sin siquiera poner reglas que terminen exaltando una escasez de recursos que es justamente lo puntualmente atractivo de todo lo que quiere transmitirnos. Esto podría parecer un juego de palabras pero no es el caso, sólo bastaría con observar la forma en que escribe, y cómo filma para comprobar una mirada sensible, distintiva y renovadora de su propio terruño. El intento de fascinación de Jarmusch no cae en saco roto porque hace lo contrario a muchos: nos cautiva con muy poco. La inmundicia de los suburbios, lo deshabitados que se muestran, y esa intensa sensación de oquedad que se envuelve en una grandiosa dimensión de inopia, resultan sugestivos. Jarmusch sabe jugar con fuego, y es muy poco probable que se queme. En esa construcción del más elemental de los minimalismos cinematográficos que se pueda esperar, nada parece poseer cierto arraigo, raíces, dignidad ni sentido. Absolutamente todo es interino, incidental y hasta circunstancial. Sus personajes –no tan definidos como los de Hartley- están diseñados al paso, dándose a la fuga y en constante movimiento sin destino. Son seres inundados más por simbologías distintivas como sus pasiones, ilusiones, bienestares etc., por sus vaguedades y abstracciones. Dieran la impresión de ser sombras de sus propios fantasmas. No existen, solo se permiten pasar de largo por alguna razón que Jarmusch tiene el inmenso mérito de imaginarlo e implementarlo como natural, o quizá materializarlo a través de sus relatos libres. No queda duda que el cineasta yankee ha logrado demostrar a creyentes y ateos que existe un ente todopoderoso para él, y que mediante éste -su innovadora creatividad- ha forjado una universalidad visual tan única como solitaria. Ese es el verdadero legado que ha dejado Jarmusch al cine: no pasar desapercibido. Otro crédito que posee, y que es innegable en su trayectoria es su ética laboral. Esta ha sido edificada categóricamente y sin dogmatismos a través de su enérgica defensa del concepto real de independencia como el valor póstumo de la creación artística en general, y la cinematográfica en particular. Este ya es otro tema pero hay que mencionarlo.

En Broken Flowers observamos a un Jarmusch que no pierde su esencia cinematográfica de los ochenta, pero que lo invade de forma lógica una madurez quizá casual aunque legítima relacionada con el nuevo siglo. Esta es una de esas películas que tiene en sus entrañas una característica que sobresale por sobre las que nos tiene acostumbrado el minimalismo beat de Jarmusch. Se llama Bill Murray, y sólo su presencia es sencillamente extraordinaria. Acá Jarmusch nos sitúa en un dilema complejo: quedarnos con su estilo o pasarle un poco o todo el crédito al actor. El rostro desfachatado de Murray aún con la historia que le pone en las espaldas Jarmusch -una negra situación en la vida de un ex-Don Juan anacoreta que llega a oscurecerse cada vez más llevándolo a la obsesión por encontrar algo que no sabe si existe en realidad- no se ha vuelto a observar jamás en un film de corte dramático. Su postura resulta fascinante porque si uno analiza con detenimiento, Murray va de puerta en puerta sin hacer nada y lograr menos, pero eso -sumado a su cara de sinvergüenza complaciente y su lucha interior- es lo que nos empuja a permanecer a su lado en la búsqueda. Sensacional film. Imprescindible para revisar nuestros sentimientos paternales. La pregunta sería: ¿¿Es Jarmusch quien catapulta a Murray?? o ¿¿Murray el que catapulta a Broken Flowers??  Pues bien, Jarmusch se sumerge en un terreno que responde a sus expectativas fílmicas, ya que a pesar de tratarse de una fórmula de comedia agridulce, es la ecuación ideal para desplegar su característica estructura narrativa que procede de una elaboración estética constante, apoyada en todo momento en un minimalismo que utiliza los espacios, las miradas cruzadas y los largos silencios como puntal medular de un film que, más allá de su trama, se descubre como poético y amargo. Broken Flowers  nos invita a conocer la vida de Don Johnston, un reservado mujeriego entrado ya en los cincuenta, propenso a la depresión, y al estoicismo ante la vida y sus conflictos -su joven y bella novia acaba de dejarlo plantado como una palmera- cuando un buen día recibe una misteriosa carta color rosa sin remitente, notificándolo de la existencia de un hijo desconocido, pero concebido hace más de 20 años. Debido a la persistente insistencia de un vecino aficionado a la resolución de casos criminales, Don es sometido por su amigo a una estricta revisión de su vida a través de su currículum sentimental, vale decir, un recordaris de aquellas mujeres con las que compartió su vida. Un reencuentro con el pasado, pero pensado como punzante visión de una temática cultural yankee tan enraizada a la tradición cinéfila como es el género del  “road movies”, es decir, un viaje inicial de búsqueda que tiene como meta el hallazgo de la verdadera identidad existencial del sujeto que lo realiza. Antes de encaminarse a la gran aventura de conocer la verdad sobre su posible hijo, sería interesante saber quién este hombre que adopta como suyo el mito de Don Juan. Es un hombre especial, que pulula por su casa en buzo, que mira películas antiguas hasta altas horas de la mañana, o que puede estar completamente en silencio escuchando un réquiem del notable compositor francés Gabriel Fauré, mientras bebe champagne cómodamente, ensimismado en su propia desidia frente a la soltería, y a la repulsión que siente hacia el comprometerse, y que logra percibir a su propia insociabilidad como su verdadero hogar. La vacilación de la existencia es la clave que Jarmusch nos regala como punto de partida de una travesía nostálgica por el pasado de un antihéroe que permanece escéptico ante cualquier circunstancia. Cansado de esta forma de vida, y atormentado por la inconsistencia de sus relaciones románticas de antes y actuales, aburrido por la rutina que lo abate diariamente, decide emprender el escrutinio a su pasado amoroso, esperando encontrar una respuesta al final del camino. Para ello, Jarmusch no traiciona sus hábitos fílmicos, dotando a la imagen de un mutismo que prepondera por encima de lo que se está contando, conformando la acción de esta deliciosa película en sutiles planos que realzan la contemplación de cada viaje -gravitando sobre las notas de una recomendable selección de canciones- deteniéndose en las mujeres que quisieron en algún momento de su vida a Don, respondiendo o eludiendo la recurrente cuestión de la cinta, aceptando un ramo de flores y reviviendo todas ellas, por instantes, el amor transformado en recuerdo, lástima u odio que sintieron o sienten por el viajero. El gran soporte del film es que no se aportan pistas que conduzcan a Don a una verdad que incluso puede ser incierta, ni explicaciones que nos aporte la certeza que lo que contiene esa carta rosa es inequívoca. Jarmusch prefiere reconstruir el largo trayecto de Don como un silente itinerario hacia la explicación de su devenir, o lo que es lo mismo, a la aceptación de su fracaso como persona, de la negligencia que ha perpetuado en su mente y cuerpo durante esos largos 20 años reflejada, de diversas formas, en esas flores rotas que simbolizan las mujeres que ha ido dejando, y a la semilla perdida que supuestamente dejó diseminada en alguna de ellas. Un efecto que derivará en melancolía y añoranza, cuando Don visite a una amante ya fallecida que, sin ningún tipo de prosopopeya, deja ver que era a la mujer que más amó -justo después de visitar a la única que le guarda rencor- o, tal vez, en el momento en que asume que su vida no ha sido más que un espejismo de lo que consideró como ideal, elevado a un eterno amante, como el “Don Juan” incapaz de autoreconocer una madurez desganada y soporífera. Es entonces cuando Jarmusch identifica a su personaje con el desengaño de reconocer que todas esas mujeres significaron poco o nada para su protagonista, y que de cierto modo, también viven engañadas en esa misma espiral de ostracismo. Para que todo esto resulte eficaz, no sólo basta con el virtuosismo de su director para dotar de credibilidad un guión que, en su estructura, es lo suficientemente sobrio, sino que Jarmusch halla en sus personajes a los intérpretes que aclaren el conglomerado argumental para que todo funcione a la perfección en su intimista visión de la madurez, empezando por un Bill Murray -que aunque nos recuerde a su Bob Harris de Lost in Translation- esconde bajo ese hieratismo una imperceptible expresividad que palpita vehemencia emocional, con un dominio del gesto adusto, aparentemente perdido, para obtener un hilarante resultado con un ocre sabor a entristecimiento, así como el elogio mayúsculo que merecen las cuatro bellísimas flores rotas, Sharon Stone, Frances Conroy, Jessica Lange y la británica Tilda Swinton -una actriz formidable- que hacen de sus breves apariciones correctas composiciones. Este ejercicio fílmico de Jarmusch es en realidad, una hermosa fábula de un sujeto que recibe el triste encontronazo con el abatimiento que provoca la incertidumbre y la soledad que acarrea la madurez en un final dotado de filosofía existencial nada gratuita, y sí muy reflexiva, donde Don se sostiene en la posibilidad de una verdad que ya no existe, en un fantasma sin rostro que puede ser cualquier joven que transite por su perdido pueblo, a un muchacho que tal vez busque un padre que podría ser él mismo, que Jarmusch dibuja en un travelling circular percibido de un potentísimo sentido cinematográfico. Una historia suficientemente escéptica como para aguantar con lucidez ese desarreglo emocional al que nos somete el mejor Jarmusch de los últimos años. Broken Flowers es como ese vino añejo premiado en todo concurso que se presente, pero que por esas rarezas del destino, no se logra vender en las cantidades esperadas. Es difícil una respuesta, pero me quedo con este Murray que no solo catapulta el film sino que nos refriega en la cara que en cuestiones del amor, no existen reglas claras para jugar, sino reglas confusas pero verdaderamente exquisitas.