martes, 22 de enero de 2013

“Fish Tank”, el brutal desafío de la adolescencia fémina.


















































No es un hecho casual la frase acuñada por Tarantino hace algunos años en la cual afirmaba con seriedad –acto poco usual en él- que en la actualidad el rodaje de un film es una forma más entretenida, elegante y actualizada de comentar lo que otros ya han filmado. Quizá el margen de donde no se pueda escapar lo académico o convencional -me refiero a la improvisación y/o la creatividad- se advierta reducida, pero aún existe la posibilidad de una impronta que aglutine genuinas fantasías -incluida la más gratuita e impune- y que suelen enmarcarse dentro de una determinada época. No son cuantiosas las cineastas mujeres que han aspirado a reflejar con acritud y rugosidad ese realismo que brota natural de personajes enquistados en un universo desprovisto de vías de escape. Quizá las referencias obligadas de cineastas de auscultada enjundia social como Ken Loach, los Dardenne, Leigh, Bresson, Von Trier, Vinterberg, Haneke o Noé acosen nuestro recuerdo inmediato, y nos traslade a ese tipo de cine ceñido al trance intimista y devastado del ser humano. Y es justamente ésta calculada amalgama de sentimientos aflictivos y pusilánimes los que constituyen lo seductor del estilo que proyecta la comprometida británica Andrea Arnold, quien con tan solo tres films -un corto ganador de un Oscar y dos largometrajes- demuestra su capacidad narrativa para explorar lo palmario del aislamiento urbano femenino. No todo resulta color de rosa en las grandes ciudades europeas y la Arnold sabe recrear audazmente una atmósfera típicamente tercermundista donde la venganza, la miseria, la mala educación, lo contestatario, lo autodestructivo y la hipocondría se instalan en la piel de los salpicados personajes de sus propuestas. Quizá el mayor mérito de la cineasta sea la precisión con que describe esencialmente mujeres a la deriva, con personalidades fuertes pero a la vez enclenques cuyo desconcierto las hace vivir usualmente arrepentidas y a la defensiva. Para una mujer tan perspicaz como la Arnold no existe una edad específica aunque sí lugares congruentes para bosquejar la adversidad. A su firme voluntad para referirse a historias disfuncionales -es también su propia guionista- le suma una refinada forma de filmar lo abrupto y una privativa manera de trabajar con sus artistas. No existe mirada tan espontánea de la sensibilidad femínea como el que pueda concebir una mujer. La actitud artística de su obra resulta contemplativa y penetrante, y traza en sí, una agradable lección de percepción no solamente visual, sino también moral. El cine que construye la Arnold apila valor agregado, y no pierde la compostura ni se desperdicia en nimiedades. Tiene suficientes convicciones que escasean por estos años, y su raigambre en el abordaje de esa especie de “desorientada lucidez” que posee la mujer contemporánea intentando buscar nuevas posibilidades en momentos de tanta incertidumbre, le otorga mucho crédito. Fish Tank se fusiona –junto a su otro film Red Road- en una misma tesitura de lealtad a sus principios descriptivos y tienen como un atractivo adicional a su rótulo argumental dos elementos importantes: la reivindicación de la pujanza que emana de sus planos y la demanda de un cine que escudriña en sus caracteres y personajes.

En cuanto a Fish Tank -la traducción literal es “pecera”- Andrea Arnold vuelve al drama del cine social esta vez combinándolo con el thriller y el suspense a través de una adolescente quinceañera donde los arquetipos morales no alimentan imperiosamente a los estereotipos sociales. Y es que la cineasta sigue metida en el descubrimiento de aquella tónica construida sobre el sólido cimiento de la inseguridad y la frustración, y que si bien es cierto puede que se sobreentienda como perpetua, no lo mezcla en forma repelente sino que va diseccionando los eventos que cada personaje respira sumándole un clima que perturba que luego articula para que cada quien -respaldado o postergado por el otro- desnude sus atributos circunstanciales o sus inopias más aborrecibles. La cineasta aborda una historia que bien puede ser un compendio de otras muchas pero que sabe alejarla de un tremendismo que en estas épocas ya no marca patrones de conducta sino códigos maniacos de rebeldía. Mía -generosamente interpretada por la desconocida Katie Jarvis- vive con su madre -alcohólica y moderna- y su hermana menor. Las relaciones entre ellas -la ausencia del conductor paterno vuelve a aparecer- no se plantea solamente en términos de lo disfuncional sino que está basada en la ojeriza que se tienen. La auto crianza es un argumento que resalta con naturalidad la realizadora. El maltrato y la vulgaridad dominan los diálogos iniciales. La madre de Mía no quiere ni puede dar el ejemplo que propugnan los valores morales elementales en una familia que agoniza, y se entrega de manera mansa e intolerable a una vida que está gobernada por la desidia hacia ella misma y sus dos hijas. Pero Mía no es un demonio salido del averno, tampoco una chica con ideales definidos. Está confundida y apunta toda munición a convertirse en una famosa bailarina de hip-hop o break dance. Las letras de las canciones con las que entrena su danza son realmente incendiarias, ásperas y desesperanzadoras. Su vena artística es preponderante aunque no posee habilidades suficientes. El autoengaño es lógica consecuencia de no tener referentes ni guías. Su carácter es impulsivo, irrespetuoso pero tiene algunas cualidades que no explota del todo. Una de ellas es su fortaleza mental, y otra su capacidad para soportar escenarios realmente degradantes que se producen dentro de su hogar, y fuera de éste. Mía se enfrenta al mundo tal como éste le vaya planteando retos. Ella los asume sin temerles e intenta soluciones o subterfugios. Pelea por la libertad de una yegua desnutrida y vieja que está encadenada en un jardín tomado por unos pandilleros a quienes los confronta pese a que la agreden. Luego termina por amigarse con uno de ellos. Es decir, su autoestima -si bien está en un proceso de formación- no la oculta y se muestra tal como es. Va usando esta cualidad no para imponerse sobre su madre o su hermana sino para sentirse satisfecha por acusar un concepto no negociable tanto de la justicia como de la libertad. Mía también vive una experiencia traumática que una chica de su edad puede sentir: los celos hacia su propia madre. Esta, tiene un amigovio -la Arnold rompe la monotonía con este personaje- para ocasiones puntuales. Un sujeto poseedor –otra correcta actuación de Michael Fassbender- de un trato conciliador, que luce despreocupado y hasta distanciado de la agresión verbal sin motivo. Mía empata con él y parece encontrar al padre ausente o al amigo incondicional. Sus encuentros son casuales y en cada uno de ellos Mía percibe ciertas actitudes que la hacen sentirse acompañada. El sujeto despierta en Mía una sensualidad adormitada, un deseo sexual creciente, que ella memoriza cuando observa a su madre teniendo sexo. Por momentos la Arnold tiene una virtud que acerca nuestras expectativas hacia el juego de argumentos que arma con cautela y acomodo: vuelve a ordenar lo que supuestamente se observa desprolijo. Es decir, no todo es caos, y Mía retorna siempre a su hogar pero ya no tiene la misma animadversión ante su madre y hermana. Del otro lado todo sigue intacto. Ahí las cosas no han cambiado, es una rutina monocorde. Mía hace el esfuerzo de acercarse a su hermana -que es su fotocopia en miniatura- y finalmente lo consigue. Aquí la Arnold le incorpora al tejemaneje de la trama -con agudeza y ponderación- tres situaciones comprometidas. Mía se entrega sin restricciones a los encantos del amante de su madre; consigue una prueba de baile en un lugar insospechado, y descubre la verdadera identidad del hombre que se entrometió con su familia y sus sentimientos. Es justamente en este contexto en la que la directora logra una escena fantástica -esas que la mirada creativa todavía ofrece margen- que cobra especial importancia por convertirse en la única y tímida muestra de afecto que vamos a observar entre madre e hija en todo el desarrollo del film: un baile casual coreografiado insospechadamente. Ambas -se cuela también la hermana menor agarrada a la cintura de Mía- se entregan sin dudar y de improviso, y a modo de despedida antes de migrar hacia lo desconocido. La escena resulta emblemática porque no hacen falta palabras. La yegua joven se libera de sus ataduras y debe dejar su propio jardín. Tiene que empezar a vivir. Una excelente metáfora plasmada en una canción cuyo título resulta perfecto; Life's a Bitch. La Arnold hace quizá su mejor película -a mí me sedujo más que Red Road- porque encuentra la forma de explicar sin ornamentos la realidad de una mujer adolescente que a pesar de ser prisionera de la incomunicación, el desprecio y los insultos, intenta revertir ingratas experiencias, no bajar la cabeza y buscar labrarse un porvenir. Notable film. Imperdible. Andrea Arnold confirma su excepcional manejo de la cámara en mano siguiendo a su protagonista a cada instante logrando magníficos encuadres sobre todo cuando estos recaen en la nocturnidad, volviendo a refrescarnos con una fotografía impecable. Fish Tank no tiene el efecto rimbombante de films premiados de temáticas parecidas como la yankee Precious o la británica An Education. No es mejor ni peor, solo diferente. Traten de conseguirla porque podrán comprender una de las formas como una adolescente puede sobrevivir dentro de escenarios solamente para adultos. Imprescindible film.