jueves, 24 de enero de 2013

“The Deep Blue Sea”, composición simétrica, estructura sinfónica y ritmo mesurado.













































Antes de demostrar una pericia poco difundida en el documental con Of Time and the City –donde rinde un hermoso homenaje a Liverpool, su ciudad natal- el cineasta, novelista, guionista –de todos sus films- y actor amateur Terence Davies ya había experimentado con el género del drama de perfecto y seductor de corte inglés aunque su mayor esfuerzo se caracteriza por ser recurrente en lo emotivo y lo físico en sus obras, donde involucra la resistencia del ser humano adulto o infante con la influencia de la memoria persistente en la vida cotidiana, y los efectos neutros del dogma religioso sobre la sensibilidad de los individuos y las sociedades. Al margen del documental mencionado solamente hemos tenido la oportunidad de observar el film Distant Voices, Still Lives o Voces distantes, aún vivas un drama social en donde estilísticamente resuelve la misma a través de tres cualidades intrínsecas que pasaremos a comentar en su drama romántico The Deep Blue Sea, vale decir, su composición simétrica, su estructura sinfónica y su ritmo mesurado. Voces distantes, aún vivas es una de las mejores películas británicas de todos los tiempos. Una exposición magistral de cómo emocionar sin apelar a la manipulación ortodoxa y al sentimiento kitsch, más aún cuando se trata de retratar autobiográficamente la vida de una familia, católica y proletaria, de Liverpool, durante las décadas del 1940 y 1950 del siglo XX. Es importante mencionar que Davies tuvo una infancia muy parecida al guión del film. La historia es sencilla, aunque no por eso banal. En efecto, ésta es una cinta en el que la recolección de los recuerdos se materializa en imágenes, imitando el funcionamiento de la memoria. Así, la música popular inglesa constituye un sonido emocional colectivo que atraviesa las generaciones y explica en parte la intimidad de los personajes. Es una de esas historias sonoras. Tal procedimiento está acompañado por un trabajo en la textura y tonos de la filmación, además que las elecciones de encuadres y movimientos de cámara también enfatizan el trabajo del recuerdo. Véase el pasaje en el que uno de los personajes, Eileen, tras su boda, extraña a su padre mientras abraza a su hermano. Un paneo lento hacia la izquierda va yuxtaponiendo escenas del pasado en las que mostrando, y no diciendo absolutamente nada, se explica por qué a este personaje le duele la ausencia de su padre. Ésta es una de las tantas secuencias magistrales de esta obra maestra de Terence Davies, y que cuadra con los distintivos que le adjudicamos líneas arriba. En The Deep Blue Sea o El profundo mar azul, Davies opta por empezar mostrándonos una casa destruida por la influencia de la Segunda Guerra Mundial. Luego, tras un largo travelling, una mujer se posa en la ventana. Son los vestigios de la memoria, el largo preparativo hacia el suicidio. Y mientras, Samuel Barber, suena como un Réquiem, aunque decir “mientras” puede sonar a equívoco, el movimiento lento del concierto de Barber en violín no suena “mientras”, sino que es el genuino narrador por excelencia. Música e imagen se enlazan, y dejan de llamarse por el nombre que antes tenían por separado para transformarse en cine, en una sola identidad indisoluble que habla de la sabiduría, la elegancia y el conocimiento con los que Davies maneja siempre las BSO de sus films. Aquellos diez primeros minutos son conmovedores y maestros, portentoso preludio de la clase cinematográfica a la que se asistirá desde entonces. Y lo es no sólo por la contención ejemplar y la inspirada capacidad creativa del cineasta, o por una labor de fotografía prodigiosa, sino sobre todo por una actriz entregada por completo a su personaje. En los ojos de Rachel Weisz pueden hallarse las claves de una obra aparentemente estática, pero que atesora en su interior una fuerza arrolladora: la irracionalidad a la que nos lleva el sentimiento amoroso, su apasionada pureza y su entrega sincera, desesperada e incondicional. Los ojos y la mirada de la Weisz observando al ser amado, una mezcla de admiración y devoción profunda, que anuncia cómo cualquier sacrificio resultará insignificante con tal de hacerlo tangible. Pero, ella vive con total indiferencia su relación conyugal. Cuando toda una película puede explicarse con el bello rostro y gestos de una actriz, es complicado negar la imperiosa sublimidad del rodaje, su intrepidez, su ausencia de frases sostenidas, su importancia como documento fílmico, y como testimonio ejemplar de una interpretación más que soberbia. Al mismo tiempo, Davies coloca siempre la cámara con el fin de obtener la máxima renta de las actuaciones de sus personajes, a la vez que no renuncia a su derrotero narrativo. En ese sentido, la puesta en escena de la película es uno de los pocos ejemplos del cine contemporáneo, de cómo la filmación de los primeros planos puede tener, en todo momento, un sentido penetrante y recóndito. Todos estamos solos, y la manera más sencilla -y también harto difícil- de representarlo es a través del plano cerrado, del individuo en solitario, incrustado en el vacío existencial del rostro cercano huérfano de toda protección. No es nunca comparable con la inexistencia de una puesta en escena propia de la TV en la que el primer plano constante permite difuminar los alrededores, sino de hacer latente el extremo desamparo en la que se encuentran estos personajes. Es interesante y quizá sorprendente comprobar -a pesar de la tonalidad algo desapacible u hosca con que se va desarrollando la película, casi al compás o la cadencia que se va consumiendo el cigarrillo de la protagonista- que la tensión del plano, y de la propia historia nunca desaparece. Siempre está ahí presente, bien posesionada. Es el fruto de haber retratado, con éxito, la doble dimensionalidad entre las apariencias de una vida social reluciente frente a los verdaderos sentimientos que tienen lugar en nuestro interior. La película no puede desvincularse nunca del todo de ese material teatral del que proviene su relato, y en ese sentido hay ciertas escenas, como la que tiene lugar en el museo, que olvidan la plasticidad y el sentido de lo cinematográfico para recuperarlo más tarde a través de brillantes decisiones. Como lo habíamos asegurado, esta es una película aferrada en el ejercicio constante de la memoria, en un ejemplar al uso del flashback, donde los recuerdos chocan con la furia inquebrantable de un presente hostil, contra el que resulta imposible lidiar. The Deep Blue Sea cuenta la historia de una mujer, y a través de ella de tres tipos de amor muy dispares. Pero más allá de aquel relato, el film de Davies sabe hablar de algo mucho más profundo. Se trata de la esencia de la vida captada a través de sutiles, displicentes, eternos y aletargados gestos. Cantar una canción alrededor de una mesa o bailarla en la esquina de un bar bien puede resumir toda una vida. De eso habla realmente esta película, de cómo un momento puede contener el mundo, de la dificultad de filmarlo, y de cómo el resto puede dejar de importar si se consigue atesorar ese milagroso gesto cinematográfico. De eso trata este exquisito film del cineasta de Liverpool. Busca y rebusca en las pasiones, en el peligroso y verdadero sentido del amor absoluto, amor incondicional y entregado, y se atreve también a regalar, por el camino, a un bello y doliente personaje, encarnado en el marido de la mujer protagonista, que es también interpretado con abnegada pasión. Qué difícil resulta ser civilizado cuando uno ama, y no es correspondido, y qué bien queda retratada aquí esa complejidad del ser humano para lidiar con sus conflictos sentimentales. ¿¿ Es este el “clásico” melodrama inglés ?? ¿¿ Se puede hacer cine clásico en el presente, o este film habla de otra cosa ?? Es muy probable que lo que ocurre aquí sea la utilización de procedimientos propios del cine clásico para concebir una película atemporal, y al mismo tiempo contemporánea. El dominio del tempo narrativo, de la tensión cinematográfica cuando se está contando algo mil veces visto, y la incuestionable belleza poética de cada una de sus imágenes son los triunfos de la película de Davies. En la absoluta independencia de un cine con identidad propia, dotado de una insobornable personalidad, descansan los cimientos de una película destinada a sobrevivir a todas las épocas. Imprescindible para los románticos de siempre. A veces sufrir por amor es una cualidad que la mayoría no puede ejercer a plenitud quedándose todo ese caudal de energía tan solo en ilusión. Espero que la consigan.