domingo, 24 de febrero de 2013

“Amour”, Haneke y su cartesiana ignominia de una senectud agobiante.































































No es ningún secreto para quienes saben de cine, que las meditaciones especulativas de hechos políticos, sociales, económicos y psicológicos del cineasta Michael Haneke, se abracen a un vínculo con lo más sombrío del ser humano en general, y a la violencia pasiva en particular. El austriaco es un dialéctico que convierte sus propuestas en una admirable muestra de conciliación de géneros como condicionantes, a través de reincidir en compactar eventos y personajes nebulosos, intrépidos, y la mayoría de veces infinitos, de donde casi siempre logra irradiar una decadencia total e inesperados juicios de valor, ambos asociados a la evocación de ese carácter acomodadizo del quehacer burgués. Nuevamente, Haneke disecciona de un modo entomológico a la culpabilidad, a la represión y a la humillación, todas cubiertas por lo invisible; sea el miedo ancestral, la amenaza constante arropada en un trasfondo voyerista, o una mirada sui generis que asoma desde una visión del pluralismo que le abre paso al hallazgo de una realidad que lo deleita y le fascina mientras la experimenta. Va descobijando las turbaciones, sin restricciones que subviertan lo que estamos percibiendo mientras observamos con atención. Todas estas variantes acomodan las muchas alusiones de sus logradas puestas en escena. Todas sus obras tienen algo en común, transitan por un mismo pasadizo de lo mortal. Así mismo, hace un uso congruente de fragmentos beligerantes para poner al descubierto la fragilidad del significado de la familia que la dibuja en la falta de confianza, la mentira, la destrucción y la traición, induciéndonos al alejamiento de sus mecanismos con los que suele explicarse. La intimidación psicológica se tamiza no sólo en la piel de los protagonistas, y en las atmósferas de sus historias, sino las traslada con precisión a los cerebros de aquellos que observamos, obligándonos a enfrentarnos a un encadenamiento de imprecaciones que resultan invasivas, a ese poder mágico de la imagen que destroza a la palabra, a una inestabilidad que se desploma y/o se afirma dentro de un universo soso y/o seductor, a la negligencia sin posibilidad de redención, a una moralidad desmembrada por los fantasmas del pasado o a los traspiés cuya única solución es la deflagración de la provocación, la amenaza y el fanatismo.  Haneke siempre se desentiende sin que le importe demasiado una posible elucidación, dejando que nosotros seamos los jueces encargados de cavilar con agudeza para determinar el meta-mensaje de una narrativa con una prolijidad y reparo comparable a una microcirugía cinematográfica. Nosotros decidimos. Haneke simplemente nos introduce en el juego. Muchos lo definen como un hombre intransigente, encerrado en su propio laberinto, de ideas sectarias etc., pero lo cierto es que con Amour deja constancia de su virtuosismo para provocar el asombro y la radicalidad que mantiene ese estilo vehemente de abordar el sentir lacerante de su cine. El mundo fílmico de Haneke es opresivo porque para él, la realidad debe ser expuesta mediante un tono donde la ficción es un subterfugio metalingüístico. Acá, su objetivo lo va cumpliendo con un pragmatismo que supone el paso de los años, el deterioro físico, y la confrontación ética del hombre experimentado -sin la sabiduría de una enfermedad que se presenta imposible de detener- para con su responsabilidad individual, siempre establecida dentro de una vida asfixiante llena de apariencias que lo hacen un mar de dudas. Para el austriaco, 100 años de soledad no son nada. Amour es, a no dudarlo la mejor película de este 2012, como lo fue La cinta blanca en el 2010, pero sin estatuilla. Me refiero a todas las cintas exhibidas en el orbe. Lo ha ganado todo menos el honor y la gloria que concede la Academia. Tiene esa obsesión por el Oscar occidental, como la tuvo Scorsese en su momento. Brindemos, gane o no, por el gran cine, ese que éste genuino pensador de lo improbable le regala a la humanidad a cambio de solamente transmitirle nuestras inquietudes. Haneke ya no es un joven o adulto precavido, es un hombre que ingresó por la puerta grande al tiempo de la vejez, por eso, que mejor ocasión para darle lo que se merece: nuestra atención y reconocimiento. No olvidemos que su estimable filmografía es una de las más rotundas y personales del cine europeo. Es capaz de transformar su prodigioso análisis de la sociedad en una experiencia drástica que nunca se puede dejar pasar con indiferencia. Su intensidad provoca una postura reflexiva muy concreta. Así es Haneke, y así debemos de observar sus revolucionarias obras de arte.

Pues bien, hoy dentro de algunas horas, el cineasta austriaco sabrá a ciencia cierta si su sabiduría acerca de su cinematografía habrá sido reconocida o nuevamente postergada por la Academia -aprovecho en señalar que mis pronósticos están desde hace seis días en la entrada de Zero Dark Thirty- aunque todos sentimos que no debe tener problema alguno para llevarse la estatuilla, tantas veces negada. Para empezar, Amour no es una película fácil, agradable, previsible. Es todo lo contrario. Quizás Haneke, nos pueda dar la impresión de haberse centrado en aspectos más heterogéneos que los de sus anteriores proposiciones. Me queda la duda. Lo que sí queda instalado en nuestras mentes es que Amour es el sinónimo perfecto del desabrimiento, donde una narrativa implacable nos conduce a ese proceso parsimonioso del que se nutre la incertidumbre ante la que el ser humano tiene que resignarse cuando la vejez y la enfermedad golpea su existencia. La muerte suele presentar credenciales, y el ser humano no sabe cómo llevar el fatigoso proceso. Haneke es un erudito en confrontarse con la acogedora vida occidental a través de espantos como el arrebato, la incumbencia, la ininteligibilidad, la soledad, el autismo, el masoquismo, el encierro e incluso hasta el escarbar en la inmoralidad, para ofrecer notables metáforas, en este caso, sobre el peligro del poder varonil sobre el femenino. Cuando arranca Amour, Haneke define con tino no solamente el temperamento de la película sino el suyo propio para con la misma. Su circunspección sin reservas expone el desgarrador prólogo con la irrupción de unos bomberos en un espacioso departamento parisino que desprende una insoportable hediondez. Tras examinarse lo sucedido, se descubre a una hermosa anciana fallecida, postrada en una cama, ataviada con un pertinente vestuario, pero su cabeza rodeada de pétalos de flores mojadas. El mensaje emblemático del cineasta es clarísimo e impresiona. Es una escena que parece brotar del realismo sereno de un hombre atormentado. Luego, Haneke logra predisponernos con una toma fija de un teatro lleno, pero de pocas butacas con gente que se prepara para observar un concierto operístico. Otra excepcional metáfora acerca de la vida y la muerte. Un magnifico plano avanza la convulsión emocional, y que no demora en enfrentarnos con su conocida objetivación como una materia pasiva de la mirada, con la intención de involucrarnos con lo que él percibe, haciéndose partícipe de los desapacibles viajes a los que nos estimula. En esta ocasión, a través de la rutina de dos ancianos jubilados que fueron profesores de música clásica, que se llevan demasiado bien, donde el cariño que se profesan está expuesto con simplicidad de gestos y movimientos. De pronto, en el desayuno, ella tiene una laguna mental, que él trata de solucionar sin suerte, hasta que el episodio se normaliza y pasa, pero queda anclado -en la mente del marido- el inicio de la desgracia. El austriaco utiliza cuidadosamente la postura del anciano que no ha comprendido del todo el evento cognitivo de su mujer. Como cualquier persona normal, el anciano no comprende desde un principio como se manifiestan las demencias, se siente burlado. Tanto Georges y Anne -ambos octogenarios- tienen una idea algo difusa de su futuro, pero están conscientes que sus existencias se focalizan en la posibilidad de una relación oscura en el día a día, mientras su concordancia afectiva va a ser golpeada por la enfermedad degenerativa que anuncia que todo va a cambiar, y que uno de los finales se va acercando, respaldado en la complicidad y el amor del uno por el otro. Haneke pone de manifiesto que así como puede ser artífice de la escena más cruel y desesperante, también es capaz de enternecernos con envidiable romanticismo. Sin embargo, y como sucede en la vida real, la mutación de la normalidad conlleva a una extraña prueba de amor. Tras el primer seísmo que sobresalta sus vidas, la bellísima Anne lo reta a su fiel compañero que jamás vuelva a llevarla a un hospital, pase lo que pase. Georges cumple el mandato. Haneke acude de inmediato a lo crepuscular de una posibilidad cierta dentro de una historia que no tendría mayor argumentación que brindar, y lo hace con un fabuloso cambio de roles temporales que alcanzan un grado de verosimilitud habitual de su sapiencia, mostrándose rebelde a la circunstancia acompañado con una sequedad y esquematización que son parte del juego que propone, yuxtapuesto a una realidad austera en su empeño por escudriñar lo que el paso de los años define, percibiendo que en determinado gesto, silencio, mirada o conversación intrascendente entre dos amantes de ese amor viejo y púdico, se esconde un terremoto de convulsiones para Anne, y que Georges sabe llevar al principio, pero que con el pasar del tiempo, sus ganas de seguir siendo el cuidador privilegiado se ausentan lentamente. Dentro de este cachazudo desarrollo, la sobriedad invisible y la audacia argumental de sus imágenes traza la voluntad de ponernos ante un espejo en el que todos tendremos que mirarnos antes o después -a través de la introducción de su hija y lo que ella quiere y no puede imponer- sin ahorrar detalles en esa languidez que impone la decrepitud y posteriormente la muerte. Amour exhibe con todo ello un alto grado de exigencia e interpelación con respecto al que observa, y más aún si es un hombre o mujer que ya pasó los 70 años. A pesar de su estática poética, de lo híbrido que pueda parecer su primer tramo, Haneke continúa diseccionando desde un objetivo endoscópico el género humano, con una escrupulosidad que llega hasta la incomodidad, lanzando al público a una diáfana realidad de contextos sin filtros que la suavicen. Se trata de mirar de cerca a aquello a lo que nadie quiere enfrentarse o no quiere pensar, pero que tiene que absorberlo porque es parte de la vida. El menoscabo de nuestras facultades no es cuestión de una norma jurídica, es el hecho factual de lo que vinimos a hacer a la tierra, y que con el transcurrir de los años, como todo lo bueno, hermoso y humano, va llegando a su término. Haneke rodea su historia de aspectos técnicos notables. Por ejemplo, la frialdad de una música apenas pronunciada, logra una atmósfera de acuerdo a lo que pretende. Suena algo de Schubert y de Bach. No puede ni debe ser de otra manera. He ahí su simpleza y genialidad. Son los compases lentos de una muerte que no mata sino que acompaña el sufrimiento junto a la lentísima agonía. La fotografía sorprende e invade con un personalísimo naturalismo intruso, situaciones que no simbolizan dramatismos fáciles, ni a la triste situación de un matrimonio que sigue de pie, sabiendo ser sutil en la enfermedad, en los diagnósticos o el vaivén médico que solo trae situaciones irremediables por el cansancio definitivo de seguir que se ha apoderado de Georges. Haneke tiene una relación muy íntima con el fuera de campo, y a través de un par de sublimes elipsis, devuelve la acción a la intimidad de un hogar que lucha por no apagarse, pero donde la suerte está echada. De este modo, el drama se circunscribe a un único espacio que confiere un clima seco y cerrado, sometido a la progresión fatal de la anciana, a los silencios y la soledad en la que empieza a caer un marido por la falta de diálogo, por la pérdida del día a dia que va palideciendo descompuesto por la presencia del repugnante Alzheimer. Sin embargo, Haneke, mínimamente, abre diminutos instantes para ese terreno de opresión, con las esporádicas visitas de Eva -la hija interpretada con corrección por la bellísima Isabelle Huppert, su presencia es extraordinaria- y un antiguo alumno de piano que triunfa en el mundo de la música -un aplicado Alexandre Tharaud- o la súbita dedicación de dos enfermeras que tratan a la anciana de forma desigual. Incluso, el impulso se acerca raudo a una lógica sensibilidad, cuando ella quiere echarle una ojeada a unos álbumes de fotos, y suspira tristemente por las imágenes que atacan los recuerdos. Son momentos de un cine esplendoroso, jamás caduco, aunque la escena sea anticuada. Haneke también nos permite un respiro deteniéndose en primeros planos de obras pictóricas, y preparándolo todo para lo que se verá a continuación. Con la lenta devastación de ese amor noble, entregado y pleno de humanismo, que combate duramente contra lo inevitable, y que grita en silencio ese maldito dolor del vacío, se esconde una mirada sobre la crisis de la sociedad contemporánea, al miedo y a la discapacidad para erigir esa dimensionalidad que encuentra el anciano como una especie de resistencia sumisa y resignada a tan degradante forma de dolor. Amour es una estupenda película que hurga en el trance de ser anciano, y los obstáculos a lo que ello conlleva, con la decadencia física y psicológica que se puede aguantar parcialmente con ese depósito de fuerza que tiene todo ser humano en su heroicidad de ser esa persona que da hasta lo último que tiene para que el otro pueda seguir respirando, y a esa pareja que con la buena o mala convivencia acumulada durante décadas sabe lo que está sucediendo en la mente de su consorte. Por algo se llega unido en cuerpo y espíritu a esa edad tan avanzada, porque el amor es mucho más poderoso y vital que el problema más tremebundo. El amor no es decir te amo sino demostrarlo, estar presente cuando algo se altera o se confunde. Amar tampoco es la loca e incontrolable pasión por el otro. Es la apacible seguridad que esa pasión le pertenece a la pareja, y Haneke lo deja fluir con regocijo por algunos momentos. La agotadora demostración del amor incondicional del anciano desolado que lucha por no separarse de su esposa, y que va dejando su propia salud en el esforzado acto de procurar atender a la mujer que va empeorando postrada en su cama, sin poder discernir, o de sentirse vilipendiado al ver cómo una asistenta peina sin ternura a su mujer, de asumir, en definitiva, que la vetustez conlleva a la pérdida de la dignidad humana y al carcoma de la identidad de ese ser querido que se va consumiendo con una lentitud desesperante, y que dilata aún más el sufrir. El amor, en este film, está definido con la complejidad que el propio término alude. A lo largo de este periplo que vivimos junto a la marchita pareja se reivindica un sentimiento que resulta menos romántico y enternecedor, sino brutalmente atroz, pero que convoca tal cantidad de emociones que es imposible no sentir la devastadora convulsión con esa derrota contra el tiempo, ese toque de atención de Haneke por la vulnerabilidad ante la que se enfrenta la persona cuando la vejez llega a volverte loco e impotente. A tal tamaño y magistralidad de verismo, de sacrificio ante una cámara también sufrida, nos llegan a estremecer las excepcionales interpretaciones de Emmanuelle Riva -una maravillosa actriz que bien se merecería llevarse el Oscar- y la del siempre formidable Jean-Louis Trintignant, quienes al margen de sumarle su sola presencia realzan de una forma inigualable la durísima dimensionalidad del dolor, el paisaje del padecimiento y el verdadero amor del uno por el otro, ese que nos hace sentir la angustia de la extinción de la vida, con una dignidad y una valentía digna de cualquier hombre. Amour, estremece y remueve las entrañas. Nos enfrentamos a una obra maravillosa y profunda, estoicamente amarga, pero que nos inspira el verdadero sentido del amor más allá de su concepto y explicación. Haneke sigue expresando con su cine que continúa ajeno al ámbito demostrativo, que prefiere atribuir e invitar su propósito a la reflexión del que siente este cine imposible de esquivar. Su fabulosa y última obra, es toda una lección de vida, de cruel realismo que perdurará en la memoria de quienes hemos pasado por ese largo y espantoso trance y lo hemos sabido calmar, jamás curar ni olvidar, pero que nos vuelve brutalmente más fuertes. Es una mancha enorme dentro del que sigue viviendo, porque somos muertos en vida. En todo caso es una experiencia intimista, única y necesaria, que nadie nos la podrá robar o cuestionar porque solo le pertenece a nuestro propio sufrimiento. Finalmente, Haneke se define por un desenlace fatalista, inesperado, de una crueldad imposible de soportar, pero una posibilidad de salida al fin y al cabo. Haneke hace algo muy interesante, defeca, vestido de frac, en la Iglesia Católica. Genial película. Si no gana el Oscar, habría que poner en la sombra de un presidio a los 5,000 votantes de la Academia.