miércoles, 20 de febrero de 2013

“Les Misérables”, el pueblo y sus mismos pesares.











































































Antes de empezar con el comentario de esta sorpresivo película de Tom Hooper, quería ponerlos al tanto de algo sumamente interesante sobre la materia. Mucho antes del cine sonoro -lo observamos en el film El Artista- el público ya estaba empecinado en el “musical” no como un arte complementario a la traza visual, sino todo lo contrario. En España se rodaban zarzuelas sin que existiese el sonido. Es todo un tema excitante este de las adaptaciones musicales que cuando te enfrentas a ellos –y están hechos con pulcritud y finura- te hipnotizan a través de esa magia que poseen, y no sé si se debe a la imagen compartida o al musical dentro del contexto exclusivamente cinematográfico. Pero el nacimiento del género está unido al mismo origen del cine sonoro, ya que la primera película hablada The Jazz Singer, 1927, de Alan Crosland, y que como anécdota se adjudicó un Oscar honorífico a la producción pionera por revolucionar la industria del cine. Ojo con este detalle de la Academia en esos años –sería algo así como haberle darle un premio a James Cameron por el avance tecnológico que marcó con el film Avatar- Alan Crosland muestra al embetunado Al Jolson cantando “My Mammy”. El éxito fue rotundo y las productoras se atrevieron a colocar por lo menos una canción en cada uno de sus films. Una masa de gente ávida de evasión -estamos situados en la crisis de 1929- encuentra en las revues o revistas -un subgénero dramático de la comedia que se desenvuelve en un tipo de espectáculo que combina música, baile y, muchas veces, también breves escenas teatrales o sketches humorísticos o satíricos. La revista combina elementos dramáticos del burlesque, el vaudeville, la extravaganza y la comedia musical. La revista se distingue de los anteriores destacando los escenarios eróticos en los que se involucra principalmente el elenco femenino, y no tener una compleja profundidad dramática. La adaptación cinematográfica de Les Misérables, una de las novelas y musicales más célebres y mejor construidos desde hace más de 150 años -obra del francés Víctor Hugo- me tomó desprevenido porque su punto medio de estilización dramática, cante quien cante, o actúe quien lo haga, ha traspasado los límites cinematográficos del musical para convertirlo en una historia difícil e inolvidable donde ya los acordes y melodías pasan con suavidad a un segundo plano para que el argumento quede anclado de manera estable. Y eso, me quedó grabado en las retinas. Con un reparto excepcional encabezado por Hugh Jackman, Russell Crowe y Anne Hathaway -excepcional presencia y actuación- nos llega esta trágica historia de la novela romántica del político, poeta francés, publicada en 1862. En la Francia del siglo XIX, la vida es horrenda. Las distancias y diferencias entre clases sociales son insondables. El hombre rico tiene todo el poder y el dinero para estrujar al hombre pobre, y en nombre de la ley. Este indigente menospreciado y perseguido vive inmerso en la más aguda de las pobrezas, el desamparo y  derruido en la desesperación. Valjean -una formidable interpretación del actor Hugh Jackman- logra por fin algo que él buscaba, su libertad. Cumplió una extensa condena de muchos años, vilmente tratado como un esclavo por imposición directa de la legalidad, que es representada por otro notable actor de gran prestancia cinematográfica -que hace de policía llamado Javert- como Russell Crowe, quien a pesar de su rostro ininteligible, y su nulo dominio del canto, pero si del habla cantada -son cosas distintas- saca su duro personaje adelante dentro de los objetivos perseguidos por Hooper. El motivo, robar un trozo de pan para darle de comer a un sobrino esmirriado y hambriento. Valjean es ahora libre, pero seguirá siendo y señalado como un vulgar energúmeno esclavizado que deberá de presentarse periódicamente ante la justicia para revisar y comprobar su carta de libertad condicional. Siempre será el preso 24601, como se lo hace saber Javert. Valjean cavila a profundidad, y finalmente decide dejar de pagar por una injusticia, darle un vuelco a su vida, rompiendo su atadura escrita, y luchar contra todo por una nueva identidad. Desde ese momento comenzará una revoltosa persecución entre “supuestos cazador y presa”, donde Valjean intentará reconstruir su aniquilada vida, mientras Javert se esforzará  por buscarlo, y meter en prisión al mangante en fuga. Como lo enfoca Hooper es una adaptación algo azuzada, aunque recupera su nivel argumentativo como una instancia natural de la novela, y eso es lo que queda bien establecido. No me importa en verdad demasiado si las voces son congruentes o vacías, desafinadas o torpes, excelentes o bien armonizadas desde la perspectiva histórica del personaje. Me interesan Les Misérables, de Víctor Hugo, y no el concierto de Les Misérables de Tom Hooper. El respeto por lo que hacen los demás en esto del musical cinematográfico es una de esas tesis básicas que debemos aprender a practicar. No es complicado, pero hay que tragarse algunos sapos para entender su dimensionalidad. Uno sabe que las notables y más grande puestas en escena en el cine de Les Misérables fueron dos: La del francés Jean-Paul Le Chanois en 1958, bellísima, transgresora y locuaz. La otra, sin duda, la del también francés Raymond Bernard en 1934, una obra eminentemente canónica, que traslada a la perfección al lenguaje cinematográfico la pura literatura, recurriendo con personalidad, imaginación y unidad de estilo a muchas de las influencias estéticas acumuladas por el cine en sus primeros treinta años de vida, con el fin de capturar fielmente la complejidad de la novela del autor. La historia es tan emotiva como siempre lo ha sido, y está contada de forma que, aunque no deje de ser literatura traducida a cine, el resultado es satisfactorio. No voy a opinar de las obras de Broadway porque no es la cuestión, y no las he visto. Pero, en pleno siglo XXI, un hombre como Hooper, inteligentísimo, capaz de resolver con naturalidad cualquier hecho posiblemente caótico -lo hizo con El discurso del Rey- no tiene ese virtuosismo de los grandes para tomarle la temperatura a su película, aunque posee una voluntad imponente. Me da la impresión que por este motivo su no nominación a los Oscars. Si bien ha juntado un elenco que forman un conjunto simple y complejo a la vez, son pocos los cineastas que se atreven a darles la libertad que Hooper les da a sus artistas. Lamentablemente Hooper arriesga la realización grabando con demasiada cámara en mano. Hay mucho movimiento, y exceso de planos en ciertas ocasiones. El montaje no es del todo limpio, por lo que solo le sirve para reflejar la inquietud que vive tanto el pueblo como los personaje. Cumple con su objetivo, pero también hace que la presencia de la mano del director sea extremadamente evidente; por lo que en determinados momentos parece ensuciar la narrativa. Hay capacidad vocal de sobra –no pre-grabada- la fuerza de la voz junto a la que requiere la interpretación de las varias pequeñas premisas en juego, le dan una especial enfoque del agregado musical que funge de poderoso al principio pero que recién se demuestra al final. Hacer una locura de estas con Jackman en el papel de Jean Valjean, Russell Crowe como Javert, Anne Hathaway como Fantine y Amanda Seyfried -excelente voz- es para tomarlo en serio, y me atrevería a decir que la Academia a nominado este film por alguna de esas presunciones enigmáticas. Para mí destacan todos en la película de Hooper, hasta Russell Crowe a quien si se le van unas cuantas tonadas que habría que colegir como errores sin importancia. Pero la que se lleva los honores es esa bellísima flaquita endeble que hace tres años representaba dignamente papeles sin sustento, pero que poco a poco, oportunidad tras oportunidad -la Gatubela en Batman fue fundamental- logra hacer lo que describe Víctor Hugo, es decir, a una trágica Fantine. Tiene que ser testaruda para aparentar con la idea que estaba a punto de morir. Anne Hathaway rompió con toda norma y dilema, e hizo el papel de su vida, actuando y cantando como nadie en el film de Hooper. Interpretar la canción "I Dreamed a Dream", la clásica y venerable canción acerca de la Revolución Francesa, con la frescura, belleza, tenacidad y dominio de escena de la Hathaway, fue una de esas experiencias más plenas, el momento de la película. Tanto la Hathaway como Hugh Jackman tienen opciones para llevarse la estatuilla, aunque Jackman la tiene con sabor un tanto agrio. La Hathaway sí se lo merece y seguramente la Academia premiará no solo el esfuerzo actoral, físico -está realmente muy delgada- sino la contundencia, y hasta el corte de pelo que se ha hecho. Otro acierto, Helena Bonham Carter y Sacha Baron Cohen como el matrimonio Thénardier, cuyo alocada y caricaturesca postura ladronesca le otorga cierto respiro entre una historia marcada por el drama y la revolución de las clases sociales desfavorecidas. A pesar que Hooper otorga libertades a escenas muy rígidas, el film nos sugiere una dosis apropiada de emotividad y realismo. Me pareció sólo correcta la adaptación del guión en el aspecto musical, y en el argumental no descollante, la dirección artística es una bestialidad que merece solo halagos -la escena inicial es magistral- el vestuario ceñido a la época y con colores actuales –no sé si lograron captar el detalle- el sonido creo que contribuye a que la película se acople mejor no solo por los ruidos sino por los musicales que siempre suelen distorsionar justamente a los sonidistas. El make-up inicial de Hugh Jackman es estupendo y la edición irregular. Creo que no es la película sorpresa para adjudicarse el Oscar -me inclino más por Argo o Una aventura extraordinaria- sí confío a ciegas en la bellísima Anne Hathaway, y si Daniel Day-Lewis y Denzel Washington están tan seguros de ganar a mejor actor, Hugh Jackman podría der una alternativa consensuada por la Academia, aunque es casi imposible que salga de esos dos. La película defiende la esencia de la novela de Víctor Hugo, es decir, la necesidad de devolverle el poder al pueblo y de luchar por la igualdad, y por los derechos del individuo. No se puede dejar a un pueblo morir en la menesterosidad. Me olvidaba, el tema “Do you Hear the People Sing” le pone los pelos de punta a cualquiera porque está plagada de rabia y desolación. El pueblo está harto de que los de arriba traten como animales a los ciudadanos. La revolución también se da a nivel personal, ya que los personajes tendrán que sacrificar sus principios o sus deseos para salvar a otros semejantes, y el film, que enfoca con pragmatismo la realidad los pondrá a prueba constantemente. Ese fue el legado de la novela y ese será por siempre el karma que nos afecte, el verdadero amor por la patria. Auténtica lección de convivencia social y haciendo siempre gala de un halo de humanismo, el gran mérito de Les Misérables es que se disfraza de musical para, en el fondo, no ser más que un fiel retrato no sólo del tiempo en el que se ambienta la trama sino también en un eficaz retrato de los tiempos del hoy. En efecto, la irregularidad de Hooper acierta a mantenerse fiel a su estilo a lo largo de toda la película, un hecho por el que no faltará razón a quienes interpreten la película como una crítica a la sociedad contemporánea; una sociedad golpeada por una crisis económica que, inmisericorde, ha dejado una riada de miserables a su paso. Una lectura salvaje y a la que sólo podrán llegar aquellos que rastreen en el apartado musical, sí, pero quizá no muy alejada de la intención que Víctor Hugo tenía en mente cuando escribió una novela  en la que valores universales como la libertad y el coraje no dejan de figurar nunca en un primer plano. Aunque las dimensiones colosales del film son indiscutibles. Si algo se le puede reprochar es que su grandeza nunca termina de despegar, como si el director se mostrase algo reacio de imprimirle aliento épico, de garra, una producción que lo tenía todo para ser una obra maestra pero que, al final, se tiene que conformar con un ser un film sobresaliente. Con todos sus aciertos y errores, Les Misérables, 2012, puede que entre silbando bajito y pidiendo permiso a lo más alto del podio de los musicales más míticos del séptimo arte, allí donde están The Sound of Music de Robert Wise, 1965, Moulin Rouge de Baz Luhrmann, 2001, Singin' in the Rain  de Stanley Donen y Gene Kelly, 1952, y muchos más que no recuerdo en este instante. Imprescindible para los cinéfilos de siempre y principalmente los cinéfilos musicales. Pese a todo, un excepcional film. una música que nos envuelve el corazón, y que debería llevarse sin  mucho trámite la estatuilla a mejor partitura musical o banda sonora. Ésta, y la maravillosa Anne Hathaway le dan sentido a la obre y a la dirección algo apresurada del gran Hooper.