sábado, 23 de febrero de 2013

“Like Crazy”, deliciosa y creativa parábola acerca del primer amor.

























































Hay films para olvidar y otros para recordarlos con cierta nostalgia. Creo que éste es uno de aquellos que se posicionará en nuestras mentes de manera que siempre habrá un lugar para cuando nuestra memoria tenga necesidad de sentirse bien. Film ganador del Gran Premio del Jurado a mejor película del Festival Sundance 2011, Like Crazy del joven cineasta yankee Drake Doremus es uno de esos dramas románticos que se acerca con bastante acierto y solvencia a nuestra idea sobre qué es o cómo debe ser el amor, porque tiene ese pretexto invisible que nos pregunta sobre el porqué se  nos olvidan los argumentos, las diferentes formas de filmar, las incoherencias o las diatribas técnicas del film. En otras palabras, surge una inesperada aparición de algo que hace perfecta conexión con nuestro idealismo, al mismo tiempo que hace desaparecer nuestro discernimiento acusador. ¿¿Es más valiente, un film que encuentra un estado emocional concreto y lo trata de mantener hasta el infinito, ya que quizás no sepa descender en ningún otro lugar o todo lo contrario?? En Like Crazy la categoría o el valor del film en sí misma bien merecerían ser puestas en duda. Lo que ocurre con el film de Drake Doremus es, sin embargo, algo ligeramente desemejante y contradictorio. No es tanto la recreación exacta de un estado emocional como la representación, fragmentada y esquiva, de una época vital de muy difícil retrato. El realizador yankee se da maña para que su obra verse sobre el encuentro de la pulsión amorosa entre dos jóvenes, en un momento e importancia de tal magnitud que la propia relación los empuja a experimentar el romance en sus vidas. No es tan trascendente lo que ocurre como lo que se siente, y en ese sentido el argumento no es todo lo sustancioso que debería haber sido. Idas y venidas de una pareja que debe luchar contra la distancia y las barreras legales a pesar de que la sensatez les dicte normas heterogéneas. La película confía demasiado en sus aspavientos románticos, en ocasiones de una madurez cuestionable, para que generen la tonalidad o el matiz que salve toda la propuesta en su conjunto. Pero al igual que ocurría con Blue Valentine  de Derek Cianfrance, 2010 –película comentada en éste espacio- una interesante cinta que se refiere de sobremanera al inaudible cambio desde la pasión irrefrenable hasta la aparente ausencia del amor sensible, ambas obras terminan acomodándose en un cierto ensimismamiento que es tanto la fuente de sus virtudes como la de sus debilidades. Ambas películas también comparten el hecho de asentarse sobre la interpretación de la pareja –actuaciones espléndidas de Felicity Jones y Antón Yelchin- como constructor de un relato aparentemente que arrasa, incluso por encima de su argumento. Estamos ante un sugerente estado de la ensoñación, pero también ante cierta ausencia de un ritmo narrativo que haga la diferencia. Doremus esconde la evidente falta de ritmo de la cinta con la habilidad de un auténtico experto en magia ocular, centrando el interés en los diminutos gestos y en la sólida impresión de estar asistiendo a una relación amorosa filmada con realismo como sus mayores atributos. De manera imperceptible, de repente el relato le importa mucho menos justo a ese tipo de espectador que siempre ha demandado del cine historias con una gran carga argumental. ¿¿No es eso acaso una conquista, o es un sencillo artificio?? Y en ese contexto Like Crazy sí es una película deliciosa, porque sabe recoger con precisión los momentos de silencio y de encuentro propios de la pareja real, del romance auténtico, un lugar en el que el cine en su conjunto se ha adentrado pocas veces, y con poco éxito. Las caricias imperceptibles, las miradas, el esfuerzo compartido etc. Si se toma cierta distancia y se sale de ese embeleso, entonces la película se desvanece poco a poco ante nuestros ojos, y sólo apreciamos los elementos propios y adocenados del cine que quiere mantener el concepto de independiente más como una pose estética, como una actitud, que como un estilo de producción. Dustin O’Halloran en la BSO ya es un síntoma, una consecuencia. Música condescendiente con pocos fines narrativos y con grandes deseos de mantener ocupados a los sentidos con notables sonoridades. La cámara al hombro, otro tópico innecesario para una película que necesita recordar en todo momento el género independiente al que pertenece para justificar su supervivencia como rara avis. La película pretende ser más valiente cuanto más demuestra alejarse del producto convencional. Pero se aleja no por necesidad, sino por decisión propia, por querer anunciarse como tal, lo que en el fondo revela que se trata de una película conceptualista envuelta en un aire más sofisticado. Es poco relevante el gesto amoroso conmovedor, que un regalo nos parezca ingenioso o que una decisión romántica nos robe el corazón. El obsequio inesperado o la frase bonita edifican y consolidad postales, poses o posturas, pero jamás elaboran una película. Lo bonito es la idea, la ocurrencia y no el film, y al espectador le cuesta cada vez más separar ambos términos a la hora de valorar si una película es o no valiosa, y por qué. Por lo que Like Crazy merece ser recordada es por tomarle el pulso a un sentimiento que se revela como imposible de filmar. Incluso estilizando la narración hasta lo indefinido, lo que queda son nuestras reacciones al amor, nunca su retrato. Su continua meditación lo transforma todo en nigromante y encantador. Sus dosis de realismo intentan servir como necesario contrapunto, y también como deudora de una evolución argumental que se vuelve anodina por momentos, en una lucha constante por demostrar que se trata de un relato pleno de madurez, aunque convendría equilibrar mucho sus resultados. Para ir terminando, para el espectador existe la peligrosa trampa que busca Doremus en todo momento. Creer que el joven director ha filmado la definitiva historia de amor verdadero. Creer que el amor auténtico debería parecerse a lo que aquí se cuenta, y lanzarse a buscar ese patrón en nuestra compleja realidad. La madurez de la cinta y su desarrollo no están, sin embargo, demasiado lejos de una película convencional -parejas alternativas, recuerdos recurrentes, apoyo emocional en la música etc.-escondido, eso sí, bajo la sofisticada estética de película de última generación. Al despojarse del engreimiento de toda obra de arte abortada que respira de sus instantes más pretenciosos e ilusorios. Like Crazy si logra encontrar en su historia viciada de amor, el genuino resplandor poético de la sencillez que la hace despegar. Me gustó, me sedujo y por momentos me atrapó con ese elemental sentido de lo simplista que da la impresión de ser complejo y maniaco. No diré imprescindible de observar, pero vale la pena conseguirla, justamente por las cosas diferentes que contiene acerca del romanticismo.