martes, 5 de febrero de 2013

“Tabu”, Gomes: una obra acogedora, y una innovación jamás simulada.






















































Como en Aquel querido mes de agosto, su film inmediatamente anterior donde en éste ya daba marcadas cuentas del tipo de autor con al que estábamos integrándonos, ubicado dentro de una dimensión narrativa poco transitada pero que, desde su lugar, sigue la tesitura de Raúl Ruiz, Pedro Costa o Manoel de Oliveira, por lo tanto, confunde y/o asemeja cine con literatura. Lo primero que impresiona del film Tabu es su libertad. El nuevo film del portugués Miguel Gomes está rodado íntegramente en blanco y negro, no tiene casi diálogos, y su título remite de manera inequívoca al célebre clásico de 1931 del alemán Murnau, último film antes de morir trágicamente. Una diferencia importante entre la película de Gomes y la de Murnau reside en su puesta en abismo: la del portugués no es lineal. El prólogo termina siendo un film que está viendo Pilar, la verdadera protagonista, en un cine; de allí vamos directo a nuestro presente y una hora más tarde la película nos conduce a la década del sesenta. Y existen más disimilitudes. Pero nada más lejos de la intención del portugués en integrarse a una especie de homenaje o una reconstrucción del estilo de los finales del cine mudo, aunque lo parezca. En todo caso, ésta Tabu es en buena cuenta una película especialmente fantasmagórica, en donde el espíritu de la obra del genial Murnau -llamémosle su espectro- brilla poderosamente, pero su contexto y desarrollo varían, aunque la premisa pueda ser igual, es decir, el amor prohibido, exaltado por una naturaleza exuberante, pero condenado por el destino. Sin embargo, el orden es otro, nuevo, distinto. Gomes estructura su película en dos partes. Una primera, en donde después de un prólogo extraño y misterioso, rodado en Africa  -que funciona a la manera de la obertura en una ópera- y que va insinuando las líneas que luego desarrollará la película: En un plano general vemos a un explorador solitario que permanece quieto. La voz en off -la de Gomes- tardará casi un minuto en decir algo, pero primero suena el tema musical “Insensatez” en una versión libre e improvisada. La elección musical de alguna manera introduce el tono emocional de la película: la imprudencia y la ligereza, una suerte de hueco en la razón, que aquí lleva a los personajes principales a vivir una experiencia real. Inmediatamente después, viene una declaración acartonada: “Uno no puede escapar de su corazón”. Insensatez y también obstinación de los sentimientos, que no responden a una lógica precisa. Gomes enlaza un largometraje en el que los personajes se ven envueltos en una pasión amorosa a contramano de lo que se debe hacer o de las costumbres establecidas. Es aquí donde, en cierto sentido débil, el término tabú, más allá de remitir a una montaña imaginaria de Mozambique, alcanza a tener fuerza semántica. Tabu comienza en Lisboa hoy en día. Allí, la cincuentona Pilar -una notable Teresa Madruga, de las actrices más reconocidas en Portugal- vive sola, y dedica su tiempo a ayudar a los demás, particularmente a una vecina octogenaria, Aurora y a su sirvienta Santa. A veces Pilar tiene que ir a rescatar a Aurora al Casino de Estoril, cuando ésta se queda sin dinero o sin su medicación. Este primer segmento se titula “Paraíso perdido”, porque aprisiona en la frase el tramo principal del film, un “Paraíso” que surgirá de recuerdos que ni siquiera son de Aurora, sino del hombre al que esa anciana alguna vez amó de muy joven, y que será el encargado de narrarnos en off –importantísimo Ventura- esa especie de pasión maldecida por el infortunio. Filmado en esa textura del recuerdo que aporta la vieja película en 16mm, el corazón de la cinta de Gomez es una larga y emotiva evocación, que prescinde de diálogos pero no de palabras. Hay tanta belleza y melancolía en la voz en off de ese hombre, como en las imágenes que coloca con justeza el cineasta, y su fotógrafo Rui Pocas, que registran la vida alegre y despreocupada de un grupo de lisboetas de la alta sociedad al pie del imaginario monte Tabu, en plena decadencia del colonialismo portugués en África. Rui Pocas saca enorme provecho de la naturaleza africana, sus vastas llanuras, su celaje y en general del precioso escenario para engalanar una historia romántica con aire de fábula, pero con un desenlace trágico. El uso de la iluminación es maravilloso, las sombras brindan una profundidad psicológica a los personajes permitiendo identificarnos con su historia. Gomes matiza lo trágico con delicadas líneas de romance, todo anclado en el pasado. En líneas generales los planos son fijos, hay una suerte de austeridad respecto de las primeras toma, y los movimientos de cámara suelen ser travellings laterales, excepto en ese devenir circular en una escena inicial en la que vemos por primera vez a Aurora en un casino siguiendo la corazonada de un sueño. La religión tiene una presencia poderosa: la voz en off contrapone la providencia a los dictados del corazón, “el músculo más insolente de toda la anatomía”; un aspirante a cura deviene en músico pop; la hechicería es referida como paganismo, y es siempre una amenaza; Pilar reza todas las noches y Aurora, además, le sugiere que incluya a San Antonio en sus plegarias. Es interesante que el catolicismo siempre esté presente en los films de Gomes. Como los animales, la presencia de éstos es notable: arañas, monos, ciervos, y, fundamentalmente, los cocodrilos, grandes y diminutos, incluso hasta se llega a ver uno en la forma de una nube como a otros tantos. Algunos planos de los lagartos son sencillamente increíbles. Otra cualidad de Gomes es que en su film todo parece extinguirse -Aurora, la sociedad y hasta la época- y esta forma de hacer cine tan vivo y presente del cineasta portugués posee dotes especiales de imágenes ligadas permanentemente al recuerdo nostálgico, a ese pasado divertido, y también sufrido de los mismos personajes. Miguel Gomes conjuga en su obra dos pasiones -el amor por el cine y el amor por las historias- atravesadas por el tiempo y la memoria, tiempo destilado por la memoria del cine, y la memoria de lo perdido que se desprende de las historias -de las vidas de novela, y de las novelas de la vida- en el curso del tiempo. En cada corte de éste hermoso Tabu de Gomes asoma una mirada de humor y herida por la melancolía. La mirada de un pequeño cocodrilo que lo ha visto todo -testigo inmemorial de tantos amores perdidos- y al que acabamos observándolo casi como un trasunto silente del propio cineasta. La segunda parte de Tabu que lleva por título “Paraíso” -invirtiendo así el orden de los segmentos del film de Murnau-. Sobra decir que la sorpresa de aquellas mujeres, Pilar y Santa, ante la revelación de Ventura se corresponde con nuestra sonrisa. La aventura africana de la joven y bellísima Aurora -Ana Moreira- que vive una historia de amor prohibido con el joven Ventura -Carloto Cotta- en una colonia portuguesa durante los años setenta, una historia bien articulada, dispuesta con gracia, desparpajo, inventiva, pasión e ironía es de lo más sugerente de la obra. Un segmento donde la voz del viejo Ventura es la única que escuchamos, así como las canciones del grupo pop donde el joven Ventura oficia de baterista, y algunos efectos sonoros, pero nunca los diálogos de los personajes. Una película africana donde descubrimos que aquellas ensoñaciones -fantasías seniles- de la vieja Aurora eran restos de su pasado, ruinas de la memoria perdida. Gomes elige el juego para abrir un pasaje con la memoria de un cine silente desaparecido a través de la memoria de otra desaparecida -Aurora- que, por así decir, resucita en esa película africana, que deviene en un film como si aflorara de una sesión de espiritismo. Como abre también un pasaje hacia otras formas de contar, hacia el cine novelesco, o mejor, entre la novela romántica de aventuras y el cine contemporáneo, donde la memoria del cine dialoga con la memoria de lo perdido, como Tren de sombras de Guerín. Pero uno prefiere observar esta segunda parte como un regalo para los personajes que la escuchan, tan solos; esa Pilar que se refugia en el cine, esa Santa en las páginas de una edición para niños de “Robinson Crusoe” -como el propio Ventura en la evocación de su amor con Aurora-. Tan necesitados de ficción para abrigarse del frío de la soledad, de historias para colmar sus vidas, quizá porque sienten la orfandad de ese paraíso perdido, aunque no lo hayan vivido, y sólo pueden experimentarlo a través de la voz de Ventura que fecunda su imaginación. Parece como si los dioses lares del cine escucharan la secreta plegaria de Pilar, un rezo por la ficción como único consuelo. Tabu también nos cuenta de aquel cine perdido, pero también de la pérdida de la inocencia del cine y de los espectadores, esa inocencia que, sin embargo, aún conserva Pilar, y la película se nos ofrenda como una forma de recuperarla, como si aún fuéramos espectadores inocentes de una cinta muda contemplando una aventura romántica. Como una forma de recobrar la fe en la ficción, para que nos dejemos cautivar por la misma, y dejar arrastrar por las emociones, aun sabiendo que se trata de una mentira, es decir, de una quimera. Y Gomes cuando juega, pareciera hacerlo en serio, y así, en uno de los momentos más entretenidos del film, los amantes miran a la cámara y parecen escuchar que se nos habla de ellos en el futuro enhebrando los tiempos de la ficción, plegando el tiempo de las historias. Y hasta podemos aventurar si el relato africano no es una ficción inventada por Ventura, bajo la forma de película muda y perdida, para convertir a Aurora en una mujer de leyenda, es decir, para dotarla de un relato memorable, que Pilar y Santa recuerden para siempre, y para siempre las acompañe y consuele. Porque Tabu empieza en el cine, con una película que contempla Pilar, donde un explorador con el corazón roto se deja devorar por un cocodrilo para reunirse con el fantasma de su amada. Un cine que transita a ambos lados de la cámara y que se reinventa en deseo de hacerse y reivindicarse, renovando en el día a día del rodaje el deseo de contar, o el de filmar o el simple deseo del cine. Un cine que sugiere invocar y rescatar la memoria de las cosas porque está habitado por fantasmas. Se puede llegar a la memoria del mundo a través del cine. ¿¿Cómo no iba a recordar Tren de sombras?? Señalaba Guerín que los viajes a los orígenes siempre te llevan al final de la travesía. Cuando llegas a la aurora te ves en el umbral del ocaso, de la elegía. Miguel Gomes en Tabu -como José Luis Guerín en Tren de sombras- parte en busca de las cosas devoradas por el tiempo y encuentra en el cine una forma de memoria -el único paraíso posible-, porque el cine no sólo puede embalsamar el tiempo, también puede traer de vuelta lo perdido, lo olvidado. Y resucitar a los muertos como Ventura al contarnos la película de Aurora. Notable film del cineasta portugués, sin duda alguna. Con un gran sentido estético, con maravillosos cuadros y planos, una historia incompleta de amor, traición, música y cocodrilos, con grandes actuaciones cargadas de nostalgia. Curiosamente, ignorada para los Oscar del año pasado, lamentable.