viernes, 15 de marzo de 2013

“Synecdoche, New York”, construyendo arte, destruyendo su existencia.



































































El guionista yankee Charlie Kaufman demostró su asombrosa entelequia visual junto a su aguda capacidad para escribir obras cinematográficas de formidable calado e innovadoras, y un control absoluto de la escritura como un arte concreto. Algunos de sus guiones, llevados a la pantalla por sus compañeros de proyectos, forman parte importante de la cultura cinematográfica de las dos últimas décadas. Sólo tenemos que nombrar películas como Being John Malkovich, Adaptation, Confessions of a Dangerous Mind, y Eternal Sunshine of the Spotless Mind. Ahora se atreve a dirigir su propia historia, a hacerse una catarsis consumada, elaborando una obra muy ambiciosa y densa. Su mensaje gira alrededor de la muerte -a modo de ensayo filosófico- entretejido por su acostumbrada estructura fragmentada y caótica, y un surrealismo tan integrado en la acción que se alimenta de la cotidianidad elaborando uno de los argumentos más arriesgados de los últimos años. Lástima que esta película no se haya pasado en nuestro país porque hubiera existido mucha gente interesada en el planteamiento que hace Kaufman como una apología de las artes contemporáneas. Consciente de la complejidad de su estructura, de lo vago del discurso, y de la carga dramática de su propuesta, Kaufman se atreve a dirigir con sobriedad, sin ningún tipo de exhibicionismo tras los planos que escoge para una elección de su proyecto al borde del abismo. No hay por qué engañarse, el diseño del film está plagado de numerosas trampas dentro de su estilo narrativo. En Kaufman la construcción pretenciosa es una realidad que delimita toda su obra a una parcela de ilusionismo de la que resulta difícil despojarse. Sin embargo sus fallas intelectuales no son suficientes para impedir el sumergirse en su mundo  del caos, y sorprenderse con sus aciertos. Se trata de una forma de cine irreductible, pero también de un cine de extrema independencia, un cine que se sabe único pero que también es consciente de que su alejamiento de lo convencional se debe a que es consciente de su ingenuidad creativa y narrativa, de su gusto por la literatura y la vanidad de sus objetivos. Kaufman deposita su tesis en un hombre que intenta crear “arte”, aquella que puede imitar a la vida y extraer de ésta algo de verdad y realidad. Caden Cotard -correctamente interpretado por Philip Seymour Hoffman- requiere alcanzar su meta. La hazaña nos es contada a través de elipsis, dos horas de película para resumir varias décadas de la vida de Caden -quien no se da cuenta del paso del tiempo- en las que vemos como su intimidad y su obra se alimentan mutuamente, generando un artefacto narrativo fractal, cuyas constantes son la amargura, el fracaso, la culpa, la humillación y el abandono. Habría que agregar sus obsesiones y caretas de un personaje apesadumbrado y solitario que no encuentra la felicidad en su mundo real y trata, mediante una colosal producción teatral, conformar un mundo a su medida donde las cosas resulten tal y como él las imagina. Lo que sucede es que ese mundo teatral se vuelve tan grande, desbordante y complejo como el mundo real, ambas realidades se confunden y se trenzan, ambas imperfecciones se complementan entre sí, y construyen un nuevo y único universo donde deben convivir conjuntamente ficción y vida real para mayor frustración de su creador. Demolida la torre de Babel del supremo genio éste camina desengañado por las ruinas de su propia obra, en una brillante reflexión sobre el estado de las cosas, cargada de pesimismo pero envuelta en una hondura poética que resalta las cualidades épicas del relato y sus descomunales pretensiones. El problema que le observo a la película es que el éxito del discurso no es conseguido del todo, quizá sólo a medias, pues las aspiraciones un tanto desmesuradas de su creador, sumada su intención literaria -algo suntuosa- echan por tierra muchos de sus descubrimientos, y éxitos narrativos. El éxito que obtiene en cuanto a realizar una obra única, capaz de abarcar el mundo, de enorme calado y consecuente con la época en que ha sido gestada, sí es absoluto. Lo que vemos es la enorme crisis existencial de un dramaturgo -alter ego de Kaufman- tan ambicioso como pesimista, que intenta hacer lo mejor de su vida. La realidad esta tan fusionada con la ficción que el propio film se convierte se embelesa, perjudicando su desenlace. Caden Cotard está a punto de estrenar su obra cumbre llamada Schenectady, New York. En ese momento sufre una crisis existencial que le provoca diferentes desestabilizaciones en su vida íntima. Como artista que es, inmiscuye sus pesares en la obra dándole un tinte aún más biográfico y melancólico a su puesta en escena. Los acontecimientos siguen sucediéndose, los actores siguen sumándose -al conocer más gente en su vida- y la obra sigue ensayándose eternamente sin nunca ser estrenada. Elementos surrealistas -una casa ardiendo en el fuego continuamente- flashbacks y flashforwards que se imantan en el presente una y otra vez, pero sin distinguirse visualmente del tiempo-espacio del relato, son algunos de los rasgos autorales de Kaufman. Tanto Eternal Sunshine of the Spotless Mind –comentada en este blog- Being John Malkovich como Adaptation, son películas que tienen todas estas características y también la melancolía existencial con la que está atravesada la mirada de cada acontecimiento retratado. La búsqueda del amor verdadero está muy presente  en Eternal Sunshine of the Spotless Mind, y la crisis creativa en Adaptation. Quizás en este punto la ópera prima de Kaufman se asemeje a este último film, no sólo en su contenido sino en la representación simbólica de su protagonista. Nicolas Cage en esa, y Philip Seymour Hoffman en esta, son alter egos de Kaufman, un artista nostálgico, hipocondríaco que boicotea su propia vida y la de la gente que lo rodea sin parecer darse cuenta. Sin embargo, aparenta ser un privilegiado. Pero es esta densidad -del personaje y del propio Kaufman- la que hacen flaquear por momentos al protagonista y al film. Reitero, Charlie Kaufman hace una purga en su primer film en el rol de director. Purga o catarsis que muchas veces hemos disfrutado en sus anteriores películas como guionista, pero que aquí muchos padecerán  por lo complejos nudos de acción con los cuales está trabajado. Quizás sus guiones tuvieron siempre este tinte fatalista, y fueron sus amigos, los directores -Spike Jonze, Michel Gondry y hasta el mismo George Clooney- quienes aportaron su estilo visual para convertirlos en películas más ligadas a la fantasía. No lo sabremos, pero es interesante cómo un guionista de tres de las mejores películas de los últimos años logra revelarse ante todos y se lanza a la realización de una película valiente y sincera. El film es de 2008, así que tienen para relacionarlo con todos los datos que les he estado dando líneas arribas. Ahora, lo del título, Sinecdoque, para quien no lo sepa, es una figura retórica que se usa cuando nombramos parte de algo para designar el todo, o viceversa. Como la metonimia. Si por ejemplo yo digo que no tengo dinero ni para el pan, quiero decir que no tengo plata para la comida, con lo cual "el pan" funciona como sinecdoque. De la misma forma se puede decir que todas las obras de arte son sinecdoques de aquello que quieren explorar, pues nunca podrían ser capaces de abarcar todo el tema. Entonces, por una cuestión lógica Synecdoche, New York es una sinecdoque cinematográfica sobre la vida de una persona cualquiera. Puede que seas tú o yo. Una persona como Caden Cotard que intenta reconciliarse con su esposa, y que busca recuperar el amor de su hija. Un artista que quiere hacer algo con su vida antes de morir. Un sujeto infeliz que quiere amar y ser amado sin complejos. Un maniático que sufre todo tipo de enfermedades, y cuya vida está señalada no por los minutos y las horas, sino por eventos particulares que lo forman como ser humano. Por eso, desayunar mientras él intenta entablar una conversación con su esposa no dura una mañana sino dos meses. Pero no lo logra, así que ella lo abandona, y se va llevándose a su hija. Y él, no sabe si pasan años o días, pero en su intento de dirigir algo probo crea una réplica a tamaño real de la ciudad de Nueva York dentro de un garaje inmenso ubicado en la Gran Manzana, y ahí dentro contrata actores que hacen de ciudadanos, incluyéndose a sí mismo, y a toda la gente que lo rodea. Esa honestidad conduce a un ciclo infinito de réplicas del garaje dentro del garaje, con actores haciendo de actores que actúan de actores haciendo de personas reales. Quien siga leyendo comprenderá que no es una película fácil de seguir. Pero no lo es porque no pueda seguirse. En Eternal Sunshine of the Spotless Mind, uno podía no comprender lo que sucedía a medida que seguía la historia, pero siempre estaba esa escena cerca del final en la que todos exclamamos al unísono "oohhhhh" y todo tenía sentido. Aquí eso nunca sucede, y quien llegue al desenlace sin entender seguirá sin hacerlo. Porque para ver la película hay que comprender que debe ser vista como si se tratara de un sueño. Las cosas suceden porque sí, y mientras soñamos nunca intentamos encontrarle una explicación lógica sino que sentimos una reacción inmediata que puede durar hasta bastante después de que despertamos. La gente en nuestros sueños no se comporta de la forma en la que esperaríamos y el entorno sufre alteraciones exageradas sin que nadie le preste mucha atención. En esta película, por ejemplo, un personaje compra una casa que está, literalmente en llamas. Ella la compra porque le gusta, aunque admite que teme morir quemada. Y vive entonces durante el resto de su vida en ese hogar que nunca se termina de consumir. ¿¿Cuál es el sentido?? La idea es que cada uno le dé el suyo. En el nivel más básico funciona como una broma. En otro nivel se puede decir que es una metáfora de la relación amorosa que vive con el protagonista. En un nivel más personal se podría decir muchas cosas. La idea de la película no es que uno comprenda que la historia arranca en A, pasa por B y termina en C, sino que cada uno le imponga sus propias vivencias. De esa forma es una especie de película viva ya que cambia en base al momento que estemos atravesando. Yo ya la vi tres veces dejando un día de descanso, y no porque me quedara algo sin comprender sino para seguir disfrutándola. Y es curioso decir que me divierte una película que es extremadamente triste, que en su irrealidad muestra de forma tan clara las penas humanas, que en su forma explícita de mostrar metáforas visuales sin disfrazarlas uno no sepa si reír o llorar, y que tenga un humor negro tan directo. Sí, es gracioso que hayan tenido que rellenar el ataúd del padre del protagonista con bolitas de algodón para evitar que el cuerpo se moviera después de haber sido destrozado y carcomido por el cáncer, pero es también absolutamente terrible. Pero, mucho más espeluznante aún es cuando a mitad de la película el protagonista comienza a confundirse con otro personaje, una mujer de la limpieza, y ni él mismo sepa ya diferenciarse y termine por comprender que las mismas penas que siente son las mismas que siente la otra mujer, y Charlie Kaufman, y tú o yo. Que todos somos sinecdoques de todos pues, a pesar de que las particularidades difieran dependiendo de nuestras historias, sentimos en igual medida un dolor profundo basado en la decepción, en el desamor y en las pérdidas. Synecdoche, New York, es una película odiada por una buena parte de la crítica y del público, pero no me cabe ninguna duda que dentro de diez años o más será estudiada como película de culto y será una gran parte del legado que deje el artista una vez que su carrera termine. Traten de conseguirla.