lunes, 4 de marzo de 2013

“Syriana”, los corruptos engranajes del poder que emanan del oro negro.







































































No pude observar la ceremonia de la Academia porque en ese momento estaba escribiendo la entrada de la película austriaca Amour, que finalmente se alzó merecidamente con el Oscar a mejor film de habla no inglesa. No había -en los 13 films restantes- una película de la calidad expositiva de Haneke, de sus contradictorias pero eficientes desconciertos, de ese trato coherente del amor vetusto que lo trastoca con la suave armonización de lo amoral y enigmático, ni de su inesperado desenlace. Haneke instrumenta una película colosal, de opiniones encontradas y hasta concordantes. En cuanto a los resultados de los premios, la repartición era clara desde un inicio, y no era difícil acertar con los resultados, salvo en mejor actriz, en donde coloqué a Jessica Chastain junto a la ganadora Jennifer Lawrence. Ahí sí estuvo algo complicado porque las dos hacen un protagónico bien elaborado -aunque con ciertos errores ambas- aunque la ventaja de la Lawrence fue claramente estar rodeada por varios personajes que soportan su postura actoral en base a los problemas familiares que existen. La Chastain es una extraña recluta que tiene que lidiar sola en un mundo lleno de sujetos de varios niveles mentales. Sigo pensando -y puedo argumentarlo de manera cualitativa- porqué seguiré pensando que Naomi Watts era mi favorita -como en muchas otras categorías me sucedió- para alzarse con el máximo galardón. Lo que me importaba era que supieran de mis preferencias, y poder acertar en las cinco nominaciones que escogí de los apartados técnicos -cosa que felizmente sucedió-  y que me alegra de sobremanera porque es un avance significativo en la comprensión de un film desde su conjunto cinematográfico o cada una de sus individualidades. Es algo así como meterse en la cabeza del director, y ponerse a pensar como él…. En fin, en cuanto al film de la presente entrada -y habiendo sido nominados Argo y Zero Dark Thirty, película donde publiqué los 15 pronósticos- me quería centrar en otro muy buen thriller de espionaje aunque algo más perturbador: Syriana es su título, y fue hecha por el joven realizador y guionista Stephen Gaghan -ganador del Oscar como mejor guión el 2000 por Traffic, y que no volviera a filmar nunca más cine luego de Syriana- y que le valiera su único Oscar hasta el momento a George Clooney -en su papel como actor de reparto o secundario- ahora exitoso productor del film Argo. Syriana no es de manera alguna una película indulgente ni con la situación geopolítica de ese mundo del 2005, ni con sus claras aspiraciones de denuncia sobre la corrupción e intrigas de poder que se llevaron a cabo en la cruenta lucha de los EEUU por controlar los recursos petrolíferos. Un enfrentamiento donde el dominio del oro negro evidencia que su absorbente realidad se esconde bajo las contaminadas relaciones con el Estado, una CIA en una imparable decadencia moral, el sector judicial coludido, un poder político que era el símbolo de una mayoría reinante, y sobre todo, con las empresas multinacionales que complotaban directamente adquiriendo más deprisa mayor concentración del poder fusionándose. La película de Gaghan sirve como caricatura de la realidad que nos rodea, doblando su apuesta por destapar conspiraciones e intereses económicos que mueven al mundo del petróleo. Gaghan toma al toro por las astas y vuelca un realismo convincente como para que éste pueda resultar una ficción tendenciosa acerca de las monarquías petroleras del soborno, los amorales encargos de trabajos de los servicios secretos, y la crítica a la implacable perseverancia yankee por dominar los yacimientos más importantes del Golfo Pérsico, a como diera lugar. Pero lo cierto es que, echándole un vistazo a la actualidad, no se puede dejar pasar la ambición por el incremento de la productividad del capitalismo yankee, y de los flujos financieros mundiales, en los que Obama tiene, además de un problema con Irak que no puede resolver, una grave situación con el unilateralismo de su política exterior. Tampoco en el terreno geopolítico, donde lejos que los gases de efecto invernadero -similares a los de Bush- generados por los hidrocarburos dañen a la atmósfera, y planteen un grave riesgo climático, la pugna de los yacimientos de petróleo productivo condensados en Medio Oriente constituye una política multicentralista que desatiende la gravedad de la creciente pobreza global. Syriana,  al margen de su definición como “cine de suspense geopolítico”, se muestra como un ostensible admonitorio de la avanzada disipación de las reservas mundiales, suceso que pone en peligro el modelo de desarrollo de los países industrializados como los EEUU, que posee el 28% de las reservas mundiales en una economía basada fundamentalmente en el petróleo, por lo que deberá modificar la correlación de fuerzas internacionales. Para frenar este problema, Bush recicla una ancestral iniciativa del Departamento de Estado que apoya los intereses de los corruptos consorcios económicos multinacionales. Los objetivos, desde ese punto de vista, son claros: Turquía, Israel, Arabia Saudita, Palestina, Irán, Siria, Líbano etc., y corresponden a esos intereses norteamericanos e internacionales, no sin una destacada influencia exógena, abriéndose una diversidad de conflictos disuasivos que se presentan en determinados escenarios con guerras comerciales, fiscales, económicas, tecnológicas, de patentes, religiosas etc. No importa si Syriana es un término creado por los yankees para designar genérica e interesadamente a todas esas naciones entre Marruecos y Pakistán, a las que se ve como pozos de extracción, o si en realidad pertenece al nombre histórico del proyecto para la construcción de la Gran Siria, que reúne alrededor de ese país al Líbano, Palestina y Transjordania. Syriana es una película que va demasiado disforzada y contracorriente, pero a su vez reflexiva, que impone la necesidad de un agregado intelectual por parte del espectador, ya que Gaghan nos pone frente a un problema real que se constituye en los intereses multinacionales de doble moral, los abusos del capitalismo, la lucha de poderes mediante la globalización -donde el petróleo se erige como catalizador de la codicia- fanatismos religiosos o una denuncia directa a los EEUU y su política intervencionista para mantener sus privilegios dentro de la esfera geopolítica actual. Quizá sea una de las películas en donde los nudos de acción estén fabulosamente planteados, pero resueltos sin convicción, por su propia complejidad argumentativa.

Tras el atentado en el World Trade Center el 11 de septiembre de 2001, los EEUU se sumieron en un silencio mediático sin analogía a colocarle. El miedo a opinar y el riesgo por la crítica negativa ha sido hasta entonces un elemento que se ha dejado notar en el Hollywood más contestatario y crítico por la administración Bush. A los yankees los cagaron, les metieron dos aviones en los dos símbolos máximos de su grandeza y supremacía, y le bajaron la autoestima a mucho menos que cero. Pero en el tema cinematográfico hay razones suficientes para protestar de diferentes maneras. No cabe el denuesto sino la acción. Por eso es que en la esfera cultural, se empiezan a dar extrañas excepciones de levantamiento de voces opuestas al totalitarismo político republicano. “Section Eight”, productora fundada por Steven Soderbergh y George Clooney fue un notorio ejemplo de este movimiento renovador. Películas como Good Night & Good Luck, Jarhead, Lord of War, El jardinero fiel y Syriana podrían ser paradigmas de otros films que susciten un debate abierto sin necesidad de convertir su temática en espectáculo, pero evitando configurarse, a su vez, en un evento minoritario y exclusivo para salir airosos en su fin de polemizar sobre situaciones que parecían veladas para el pueblo norteamericano, oponiéndose a lo establecido. Para ello, Gaghan, en complicidad con Clooney y Soderbergh, propone con Syriana una rehabilitación de un período sedicioso como lo fuera la década de los 70, y sus brillantes “thrillers políticos” y acusatorios de Alan J. Pakula, John Frankenheimer, Sydney Pollack o en su rama europea, el genial Costa-Gavras, en un contexto donde lo que importa es advertir sobre los riesgos de la globalización, y el pernicioso papel que desempeñan los intereses norteamericanos sostenidos por su aparato político, militar y sus servicios especiales. En este orbe de incentivos económicos, Syriana aborda el juego de poderes establecido alrededor de la producción de petróleo en Medio Oriente. La acción arranca en Teherán, con la venta de dos misiles Stinger por parte de Bob Barnes, un agente de la CIA que ejecuta sus misiones en ese continente sin ningún problema ni remordimiento de conciencia. A través de un centellante montaje, la historia se subtextualiza en varios frentes que formarán la médula espinal a través de una cinta coral y compleja en su narrativa; un joven analista energético, Matt Damon, sufre una terrible pérdida que trastorna a su familia y repercute en una ambición profesional sin límites al asesorar a Nasir, príncipe heredero de uno de los Emiratos Árabes, que con su consejo predice la depauperación de yacimientos petrolíferos, con una democratización ideológica de las instituciones en contra de su hermano menor, el príncipe Mesha, que aspira al lujo sin complicaciones de un Emir con la cabeza vacía. Por otra parte, dos abogados con dos conceptos de la corrupción diferenciados; el veterano, que manipula tratos económicos que beneficien a su bolsillo y a su país, y un novato, contratado por la justicia para supervisar la transparencia de la fusión de dos emporios petroleros de Texas, de los que uno es acusado de accionar en forma ilegal. Por último, en el reverso de la moneda, la que corresponde a dos obreros inmigrantes que son despedidos de las instalaciones petroleras del Emirato por esta fusión que acarreará la desilusión de ambos jóvenes, que acabarán formando parte de un grupo extremista islámico. Siempre volviendo a Barnes -George Clooney- y su tortuoso viaje a la verdad de una profesión que niega su trabajo, consistente en asesinar objetivos impuestos por la CIA en su investigación. En su valiente composición de simultáneo fraccionamiento narrativo, Gaghan aporta una película difícil, de estructura hipertextual, que establece su relato argumentativo elíptico, y algo confuso como signo de la tensión que se da en la crisis internacional del petróleo, y el dominio del mercado por parte del más fuerte, siguiendo un tono armonizador de todos sus hilos argumentales que acaban por coincidir en una construcción de significación común. Para ello, Gaghan muestra un dominio del ritmo abrumador, apoyado en el espléndido montaje de Tim Squyres, que potencia su dinamismo con una constante inquietud en la cámara de Gaghan. Cabe subrayar, además, el destacado papel y la firmeza de todos y cada uno de los intérpretes que componen el estupendo elenco, como George Clooney, Jeffrey Wright, Matt Damon, Christopher Plummer, Alexander Siddig o Chris Cooper. Obra trascendente en su capacidad de denuncia, Syriana es una incendiaria, arrasadora y comprometida película que incita a una reflexión social y política participativa a través de su expositiva trama, que transita entre los EEUU, el Golfo Pérsico, Dubái, Beirut, Teherán etc., y donde el realismo impregna cada lugar y situación, multiplicando los idiomas -árabe, farsi o urdu- según imponga el desarrollo de la cinta. Cine conspiratorio y de complot donde palpita la acción, los diálogos políticos, económicos y geopolíticos que no dan tregua a un espectador que no tiene más remedio que introducirse y cavilar acerca de esta delación sobre la misteriosa putrefacción moral de la soberanía energética transformacional  Gaghan pone en la palestra no sólo el carcoma ético de los responsables políticos, abogados, hombres de negocio y agentes de inteligencia en su rastrera guerra por la potestad del petróleo, sino que, en el camino, Gaghan fusila a la CIA, reflejándola como una organización criminal que manipula y atenta a gran escala, y deja entrever que el próximo objetivo de los EEUU en esta sucia pugna por dominar el oro negro es una hipotética pero factible invasión. Si bien hay ciertas partes imprecisas del relato -como aquéllas que tienen lugar con Barnes en un Beirut bajo control del Hezbollah o el hecho de pasarse por alto el conflicto “palestino-israelí” que debería haber sido vital en la trama- Syriana, con su densidad narrativa como eje funcional, es muy valiente porque pretende, con contundencia, destapar la hipócrita intervención norteamericana cuestionando la validez de todas sus bases éticas y económicas. Cuando, a largo plazo, el petróleo desaparezca y el inevitable declive del gas natural o el carbón tampoco sean una opción duradera, Occidente deberá plantearse la imposición de exigencias en la que las apariencias solo sirvan para salvaguardar un estilo de vida que se asienta en la globalización. Gaghan deja claro que la corrupción es el alma de un capitalismo poco menos que asentado en su dependencia de los combustibles fósiles, pero también que existe el riesgo de un radicalismo musulmán que emerge de la miseria, la humillación y la avidez de rebelión ante la displicencia de una sociedad actual acostumbrada a cerrar los ojos ante los problemas internacionales que generan dificultades comunes. Muy buena película. Sensacional actuación de Clooney.