domingo, 10 de marzo de 2013

“The Fountain”, la muerte es un acto de creación.



























































Hay cineastas que pasan a la historia por simplemente revolver el gallinero con determinados artificios o aquellos que poseen el don de hacer cosas totalmente diferentes, a otras velocidades mentales, bajo otro nivel de objetivos muy básicos pero llamativos o con nudos de acción difíciles porque buscan complicar al espectador atento. Sus películas son admiradas por aquellos cinéfilos que pueden comprender cambios de forma y fondo donde el cine encuentra su mayor grado de subjetivismo, cosa difícil pero nunca imposible, y el resultado es un imperante sentido de la adicción a ese tipo de placer visual. Eso me ha sucedido a mí, y sé que a muchos de ustedes también. Hoy hablaremos algo de Darren Aronofsky, un sujeto que no es, ni de lejos, un cineasta de miradas comunes o convencionales. Aronofsky empezó su aventura personalísima muy joven haciendo un cortometraje No Time y un mediometraje Fortune Cookie que si bien no alcanzaron notoriedad ni espectacularidad, ya nos iban indicando al monstruo dormido que había adentro. Su primera película ya iba anunciando un tipo de personalidad audaz de un aspirante a visionario cuyas fábulas no se iban a acomodar precisamente al gusto del gran público, pero sí a un nicho en donde el potencial innovador estimulara a ese cinéfilo relacionado con la temática de un cine contradictorio como lo es el de la sublevación ante el formulismo. Su debut con el film Pi: Faith in Chaos, donde gana a mejor director en Sundance 98, rodado en blanco y negro, narraba una frenética odisea a medio camino entre la conspiración y la paranoia de un matemático que supone descubrir en el álgebra la verdad final sobre el universo, viéndose inmerso en una cruzada entre una compañía de inversores y una heterodoxa secta judía que concibe su hipótesis como un camino a Dios. Ya no sólo el argumento se desentendía de cualquier perspectiva comercial, sino que Aronofsky dejaba claro que su narrativa enajenada, plagada de alteraciones formales y mixturas de otros artes, habían abierto una pequeña ventana a la transformación de una novedosa impronta fílmica. Su estilo, con combinaciones de “loops” de todo tipo, bucles de imágenes y sonidos reiterativos, donde la entidad del “videoclip” proponía un arrebatado estilo de hacer cine. Fue sólo el comienzo. Su siguiente film, Réquiem for a Dream, iba a romper cualquier prototipo establecido, rebelándose contra las habituales normas instituidas dentro del cine, dividiendo a público y crítica en esa equidistante manifestación entre los sentimientos y la psique de los protagonistas de una película –se le consideró como film de culto- donde cada uno de los cuales sufre algún tipo de adicción. Configurada como una de las experiencias subjetivas más inquietantes vistas en muchos años, esta colosal propuesta desmenuzó con ensañamiento, bajo su enardecida y justificada estética, una formidable introspección acerca de la aprobación adictiva que imponía devastar los sueños. Un poético título que implica una referencia directa y explícita a la imposibilidad de alcanzar la felicidad, cayendo en los vicios que se alejan de cualquier aspiración de una vida mejor. La película, basada en la novela de Hubert Selby Jr., narraba así la espiral descendente de autodestrucción politoxicómana de cuatro personajes abocados al fracaso. Desde entonces Aronofsky tardó seis años en volver a dirigir una película. Estuvo involucrado en superproducciones como Batman Begins -que finalmente acabó dirigiendo Christopher Nolan- o Watchmen -que realizará el director de 300 Zack Snyder- Aronofsky tampoco la tuvo fácil cuando supo que su proyecto sería The Fountain, un guión escrito por él mismo, y su socio y amigo, Ari Handel, que supuso un complicado ejercicio de simultaneidad temporal. Warner Brothers auspició el proyecto, reuniendo a un elenco encabezado por Brad Pitt y Cate Blanchett, y un presupuesto de más de 100 millones de dólares. Brad Pitt abandonó el  proyecto una vez comenzado el rodaje –lamentablemente no era la primera vez- y Blanchett tenía más proyectos en cartera que cumplir. Así, los estudios retiraron los fondos y todo parecía terminado. Era el año 2002 y el proyecto no tenía visto bueno. Aronofsky era un director independiente y ésta era su primera experiencia con los grandes estudios. Por lo tanto, se vio en la necesidad de reescribir el guión para abaratar costos y consiguió que los mismos productores que habían dejado de creer en la película, volvieran a apostar por ella tres años después. Eso sí, esta vez el presupuesto era de 30 millones de dólares, y con Hugh Jackman y Rachel Weisz como protagonistas. Se empezó a trabajar de inmediato con intenciones de ganarse una nominación al Oscar, lo cual no sucedió. Pues bien, el génesis es la palabra del principio. Con ella se da inicio al primer momento del sistema cosmogónico. Por supuesto, si atendemos a los relatos cristianos sobre el mundo. La génesis del universo tiene múltiples variantes y físicas, escépticas o de enceguecida fe. Para algunos el mundo comenzó con el soplo divino, para otros con un desarrollo lento y progresivo; en diferentes sitios corría el agua que otorgaba la vida, o el árbol que brindaba el esencial respiro. Pero en otras latitudes u otras cartografías humanas.Lo divino es la carne, la dolorosa evolución que permitió al hombre ocupar su lugar entre las bestias. Las historias curativas datan al menos de las novelas de Alejandro. Ríos o riachuelos que llevaban consigo el poder de la curación o de la eterna juventud. En el evangelio de Juan, Jesús cura un hombre con el agua del estanque de Betesda, Es por eso que el agua, sea cierto o no, aun posee el carácter de bendita, Según las crónicas de la conquista española, Juan Ponce de León , oyó acerca de la fuente de voz de los nativos de Puerto Rico, y emprendió su búsqueda  en 1513 sólo para hallar la ciudad de La Florida. Los ejemplos son numerosos, pero lo importante es contextualizar el marco sobre el cual se desarrollen las ideas. Darren Aronofsky presenta a través de The Fountain una odisea sobre la lucha de un hombre por salvar a la mujer que ama, tomada ésta por un cáncer terminal. Su travesía comienza en la España del siglo XVI, en las páginas de un libro incompleto, donde un conquistador inicia su búsqueda de la fuente de la eterna juventud, la proverbial fantasía que nos concede la inmortalidad. En los tiempos actuales, el siglo XXI, el científico Tom Creo, lucha con desesperación por encontrar una cura para el cáncer que está matando a Izzy -Rachel Weisz-. Luego se dará cuenta de muchas cosas improbables y tendrá otra reacción. En un volátil futuro, el mismo Tom -Hugh Jackman- viaja al espacio como si fuera un astronauta del siglo XXVI, en donde ya empieza a interpretar los misterios que lo han tenido atormentado durante todo un milenio. Las tres historias convergen en una verdad, cuando los Thomas de todas las épocas, un mismo hombre, el guerrero, el científico y el explorador, aceptan la vida, el amor, la muerte y el renacimiento. Este es el plot argumentativo de un film sumamente complejo, que requiere de la colaboración del espectador para encontrar su perfecto razonamiento y articulación. Un rompecabezas de tiempos vivos y muertos, en el que unos mismos personajes que son presentados con distintos cuerpos cruzan la imposible línea del tiempo para abrir una serie de razonamientos que plantean la existencia como una acumulación de pequeños fragmentos de la memoria, donde pasado y futuro terminan por confluir en un inexorable presente que devuelve al ser humano, inevitablemente, a la realidad. La película está creada perfectamente como un poema visual que formula una arriesgada invitación al arte cinematográfico, abandonando por completo los preceptos de la narrativa lineal. En consecuencia, se deja llevar por la creencia de un juego de intensa reacción emocional, presentando diversas teorías astronómicas sobre el cosmos, esbozando teodiceas místicas sobre una metafísica puramente panteísta basada en el amor, en el telurismo, en la tanatología etc. Por ello, hay quienes tacharon en su momento a Darren Aronofsky de neo-modernista, de extasiado visual sin sustancia, que diseñó su obra con demasiada ampulosidad. Nada más lejos de la realidad, ya que el yankee articula lo puramente trascendente y conceptual del abstracto sin tener que recurrir a una explicación gráfica, lo que convierte a su película en una experiencia sensorial y subjetiva. Y lo hace alejándose de los cánones habituales, delimitando su historia a una imaginería propia para narrar una arriesgada trama que gira en torno a razonamientos sobre la naturaleza de la muerte y la admisión del dolor como parte de la vida. Estamos ante una película en la que conviven el drama, la ciencia ficción, la metafísica o la religión, elementos yuxtapuestos en una voluntad de juegos temporalizados, donde las percepciones son decididas hipnóticamente. De esa forma, instaurado ya en el cine fantástico, el yankee-judío, traslada su historia de amor a tres globos, representando el pasado, presente y futuro como una especia de muerte, vida y purgatorio, a través de viajes por las diversas épocas utilizando una nebulosa esférica como transporte cósmico, simbolizando el futuro como un mundo espiritual. A pesar que en estos tiempos muertos, donde la arritmia y la imperfección se hacen más perceptibles, donde se abusa en exceso de esa esfera de meditación, donde el vacío ingrávido supone un éxtasis de reflexión vital como un artificial recurso visual, esos viajes se subrayan como único elemento de encaje con las historias de este hombre desesperado que no cejará en su imparable búsqueda de evitar la muerte. Es en esos extraños momentos -ralentizados temporalmente- donde reside parte de la fuerza de la idea de Aronofsky, que no se ciñe a ningún precepto genérico, sino que recurre al poder de la idealización para evitar la anticipación científica, sugiriendo, de paso, su creencia fílmica en la imaginación, de donde se deriva una representación alegórica de conceptos de emoción críptica. Más allá de su forma sensorial, de su barroquismo fotográfico, de su misticismo, espiritualidad o trascendencia cósmica, The Fountain plantea una historia de amor y vida llena de sentimientos y de alegorías que va más allá del simple argumento con ínfulas de trascendencia. La de un hombre sumido en la materia y en sus cambios, que aspira a descubrir la esencia de la vida y de la muerte, recurriendo a la cosmología que sirva a la vez de puente y camino hacia el encuentro de sí mismo, y la aceptación de la muerte como principio de la vida. Aronofsky no pretende seguir los términos filosofales de Aristóteles o sus discípulos como Avicebrón o Mekor Hayim, pensadores del estudio de la inmortalidad o la fuente de la eterna juventud. Sin embargo, en esa idea de la muerte aceptada como un acto de creación, se encuentra la clave de la historia de amor atemporal, como la semilla que germinará el árbol de la vida, la esencia del amor perdido, la fuente que da título al libro inacabado por Izzi. Tom ama por encima de todas las cosas a Izzi. Por eso, es incapaz de admitir que ésta vaya a morir a causa de una enfermedad terminal. Bien sea en el presente, con su exitosa investigación para acabar con el cáncer, en el pasado pre-colombino, donde un chamán lo ensarta con una daga para advertirle que la muerte representa el camino al asombro o inmerso en el futuro místico, recuerdo inmortal de un alma que pervivirá eternamente como símbolo orgánico y mitológico. El único razonamiento lógico a tanto sufrimiento será la aceptación de la muerte de un modo natural, como atributo de humanidad. Él, en todas las épocas que aparece en la cinta, buscará la eternidad, aferrado a lo terrenal y a lo físico frente a ella, que ya no tiene miedo a la muerte porque ha logrado separar el alma del cuerpo. El dolor y la consunción del tiempo terminan por develar la paz y el amor como conformidad del final, de ese “terminar” con el sufrimiento que supone la pérdida, recordando los momentos de felicidad y lamentando aquellos desaprovechados, como un simple paseo para ver la primera nevada, cuya condición de efímero los hacen perdurables en la memoria. Tal vez, Aronofsky envicie su odisea narrativa con cierto exceso de prosopopeya visual en las imágenes cálidas y tonales de la fotografía de Matthew Libatique o su espaciosa complejidad espiritual llena de misticismo fragmentado entorpezca su entendimiento, pero lo cierto es que el yankee logra su mejor película hasta que llegaron The Wrestler el 2008, y The Black Swan el 2010, sin duda sus dos obras cumbres. Aronofsky despliega en The Fountain una incuestionable fuerza narrativa, de imponente belleza e innegable arte donde perdura la catarsis de un autor que ha logrado mostrar esta obra, aparentemente irracional y suicida, surgida de un intenso acto de fe en sus condiciones como un realizador visionario y esencial. Una experiencia amplificada bajo la partitura del inseparable compositor de Aronofsky, Clint Mansell, que ha vuelto a redondear una magnífica música capaz de fortificar el onirismo y sublimar la tragedia de un film en el que sería injusto no destacar la contribución de Hugh Jackman y Rachel Weisz, que logran estar a la altura de lo requerido, y llenar de matices los roles que interpretan. Finalmente, el yankee-judío logra una fábula empírica donde se llega a cesar en continuar el escudriñar de la inmortalidad, porque Tom comprende por fin que la muerte es necesaria ya que le otorga sentido a la vida, que el amor y la pasión no tendrían cabida en este mundo si viviéramos para siempre. Darren Aronofsky realiza con virtuosismo un experimento del sentir humano, un cuento de hadas desde el lado antagónico de la imaginación, que afirma que la vida nace de la muerte, que ésta es naturaleza, florece y se marchita, pero a su vez crea un alma que levita por encima de las ramas retorcidas, acepta la eternidad como parte de la comprensión de que nuestro sitio no está sólo aquí, que la vida eterna es un compromiso viable, y ese compromiso es un anillo que nunca debemos quitárnoslo pase lo que pase, pues es el amor y el recuerdo, la plétora de cada instante que hemos existido entre esa naturaleza exuberante, entre la pureza de una nieve que cae en copos sobre lo que más amamos en vida, que hará de la muerte un mero recurso con el que se concretará un círculo infinito : Muerte, vida, cosmos, amor, rumbo y compromiso, para siempre. Notable película.