sábado, 23 de marzo de 2013

“Un lac”, belleza y crudeza a partes iguales.







































Dentro de mi descanso obligatorio he observado muchas películas -algunas atrasadas, otras relativamente nuevas etc.- y no me he llevado demasiado sorpresas -algunas han valido la pena- puesto que me estoy empezando a convencer que los temas se van acabando, y que de alguna manera la cinematografía mundial está más inclinada al estilo Tarantino que al de Lynch, es decir, tramas sacadas de varios films, y que luego el cineasta tiene la habilidad de ordenarlas y ponerle su impronta -sigue siendo una forma de copiar- o buscar nuevos conceptos y ahondar en esa insensata naturaleza del hombre que es el aporte de Lynch al cine. En el caso de la película de este post, Un lac, he descubierto a un sujeto como Philippe Grandrieux, quien más que un cineasta, es un enorme artista apasionado de todo aquello que emana del concepto integral de la visualidad. Este hermético francés ha desarrollado su obra más en los campos de la televisión, el documental, el ensayo fílmico, la fotografía, y la curaduría de diversas exposiciones en museos, casi siempre buscando un lenguaje más natural y radical, valiéndose del sonido, el montaje y la iluminación para crear sus agobiantes atmósferas que más de uno ha comparado con el David Lynch más desenfadado. Grandrieux ha mostrado más interés por la experiencia sensorial que por la narrativa tradicional buscando elaborar films confusos, inconexos y perturbadores, pero que al mismo tiempo crean un fuerte vínculo con el espectador, y lo obliga a interactuar con las imágenes que observa, por medio de la experiencia y la memoria iconográfica. Para muestra su violento debut con Sombre, luego la influyente La vie nouvelle -considerada una de las cartas fuertes del nuevo extremismo francés- y Un Lac, mucho más contemplativa y reflexiva que las anteriores. Philippe Grandrieux empezó sus andanzas en el campo de la fotografía para años más tarde, interesarse en el cine. En su ópera prima Sombre, donde ya contaba con artistas como Elina Löwensohn -actriz fetiche de Hartley- o Marc Barbé -que tras participar en sus films, comenzó a obtener más papeles- ya se mostraba como un atildado creador de atmósferas tan oscuras como demenciales, haciendo uso de una narrativa atípica logrando involucrar totalmente a sus intérpretes. El resultado surgido de Sombre fue un film inquietante, fascinante así como sombrío. Después de toda esta experiencia Grandrieux siguió explorando, y dio a luz La vie nouvelle, un film aterrador que no sólo contaba con la pericia visual de su creador, sino además también tenía como baluarte la interpretación de una actriz hasta entonces desconocida : Anna Mouglalis. La actriz lograba que en su rostro confluyeran el horror y la inquietud sumados a la decadencia de un ambiente casi irrespirable, que daban como colofón un final totalmente desolador. Así llegamos hasta Un lac -ganadora de premios en Venecia y Las Palmas- un paisaje absolutamente fascinante que predice la tensión de una amenaza que recorre los 90 minutos de una película que tiene al cine ruso de vanguardia, y a Murnau como sus referentes éticos y estéticos. Silenciosa hasta el punto de evocar un tiempo anterior a la palabra, Un lac retrata a una familia, y en particular la relación de un hermano y una hermana, que vive en una naturaleza extrema, aislante y cruel. A ese universo primitivo y cerrado llegará un extranjero -figura clásica del otro, tan presente en los Westerns- que recolocará las piezas de un universo de códigos subterráneos.

Resulta complejo imaginar cómo podría filmarse una leyenda, cómo podría retratarse de la manera más fecunda una narrativa que sólo existiese en la memoria colectiva recogida a través de vagas palabras, o convertir en imágenes un cuento mágico y ancestral representado ya centenares de veces. Grandrieux logra en Un lac filmar una de esas fábulas con una cualidad absolutamente atemporal. La historia del joven leñador Alexi y su familia -su madre es ciega- que vive en un lugar indeterminado, rodeado de nieve, un lago y montañas, y aislados de cualquier contacto con otras personas. Pareciera un lugar inexistente en la realidad específica, pero que nos hace sentir algún tipo de pesadumbre y sensibilidad hacia la familia. Alexi vive fuertemente apegado a su hermana Hege, preso de una necesidad de afecto superlativo, sufre de epilepsia, enfermedad que lo aísla aún más del mundo, potenciando su misantropía, con la que el inhóspito lugar castiga a sus habitantes. La historia que propone el cineasta galo se centra en cómo lucha este joven por vencer sus propias limitaciones, cómo hace por encontrarse a sí mismo en un paraje que lo ahoga y que, a pesar de su vasta grandeza, no le ofrece ninguna posibilidad de escape. Cuando no encuentra consuelo ni siquiera en los brazos de su hermana menor, y escapa desesperado del hogar, es la propia naturaleza a través del frío y la nieve quien lo empuja de nuevo a regresar, a enfrentarse otra vez a su propia inacción y quietud personal, y a encontrar consuelo en su propia familia, representado cada uno a través de momentos llenos de simbolismos, los mismos que describen sus anhelos y esperanzas. Al aparecer en el lugar finalmente un hombre que reclama el amor de la hermana de Alexi, el joven deberá aceptar la marcha de su ser más querido y desvincularse de esa necesidad afectiva para comenzar a encontrar consuelo en sí mismo. Algo casi imposible. El momento en que él observa inmóvil y en silencio, lleno de impotencia y a la vez de una comprensión y amor infinitos, cómo la pareja se marcha, y su hermana abandona el núcleo  familiar, es uno de los instantes más hermosos del film. Son imágenes excepcionales, planos perfectamente contrastados mediante colores fríos pero de una belleza indescriptible. Grandrieux filma con exquisita ternura, y la película se convierte de repente en una caricia dibujada con trazo y pincel fino, en un abrazo maternal como si fuera éste un instante plagado de felicidad y sensibilidades. Grandrieux, verdadero pintor de emociones a través de sus imágenes, está más interesado por las fotografías aisladas, capaces de representar el mundo íntimo de sus personajes, que por la puesta en escena en sí misma. Esto porque la fotografía la hace él también. Las manos, verdaderas protagonistas del relato, los gestos en la intimidad, las caricias, los abrazos, todo queda en un nivel primerísimo, como si en esa soledad trágica que los personajes se niegan a aceptar, los gestos de cariño adquiriesen una relevancia estentórea. Me atrevería a definir la cinematografía del francés como una fotografía oscura y claustrofóbica, un grano ultra denso -del que emergen los cuerpos- y la tendencia hacia una abstracción que tiene en el centro al ser humano y sus emociones -también las más crudas- que constituyen sellos de identidad de uno de los directores más rupturistas del cine contemporáneo. El film termina por adquirir la misma cualidad onírica que ostenta el relato, la sensación de haber asistido a un cuento soñado, una historia que, tanto por tierna como por descarnada, tanto por íntima como por universal, parece condicionada a permanecer en el corazón y en la memoria del espectador por mucho tiempo. Un lac no es accesible con facilidad. Es una cinta árida por su tempo aletargado, por una imaginería visual que puede resultar caótica y desesperante, por la circunspección de los personajes, que nunca manifiestan sus sentimientos a través de palabras sino a través de esos gestos tan bellamente filmados, y porque en el fondo ha conseguido transmitir un estilo visionario de un mundo angustioso y desesperanzado en el que sobrevive Alexi. Sin embargo, aquel espectador que consiga vencer los escollos narrativos que encuentre obviando los cánones que marca el cine convencional y comercial, y dejándose atrapar por las virtudes de la película, hallará un relato punzante, doloroso, hermoso y sensible, una historia directa y emocionalmente poderosa que, gracias al poder evocador de sus imágenes, se queda anclado en la retina para siempre como si formara parte de una vivencia personal. La fuerza del cine está en hacernos habitar en un mundo como el soñador habita su sueño. Grandrieux realiza sin ningún tipo de aspavientos un estilo de cine que nos lleva a un estado en que no podemos poner oposición a las emociones. Hermosísimo film.