domingo, 3 de marzo de 2013

“Une vie meilleure”, las mezquindades de un sistema tóxico e indiferente.






















































Existen films que tienen una determinada inclinación y opinión por aquellas contrariedades que se están dando en determinados lugares de continentes concretos, e intentan de forma honesta referirnos una historia minimalista de sucesos negativos. El tema es que los entes vinculante no son ya el pasado ni el futuro sino el presente, y eso, bajo un prisma razonable, que contribuya, no ha que nos situemos en una ficción como tal, sino pasemos al realismo más extremo que impera en la modernidad. Y estas cuestiones son muy comunes en las competencias que se dan en la gran mayoría de Festivales internacionales, y muchas veces se rescatan muy buenas películas. Sólo hay que tener oportunismo en encontrarlas, pero les aseguro que están a disposición. Pues bien, el cineasta y guionista francés Cédric Kahn, quien ya nos hizo saber de su postura apasionada entre el amor fou y la locura en Les regrets, y un peliculón de aquellos titulado Roberto Succo, que recomiendo a ojos cerrados que lo busquen. Kahn regresa luego de algunos años para brindarnos una obra seudo-ligada a la crisis financiera y social de la Francia actual, y a esos suburbios parisinos también afectados, pero esta vez envuelta en una pertinente maquinación del amor entre madre e hijo, y un sujeto bonachón que funge de padrastro, esos de los que ya no hay casi sobre la tierra: noble y comprometido. Une vie meilleure o Una vida mejor busca retratar con certeza, y con un apropiado pulso narrativo a la escabrosa situación económica por la que atraviesa actualmente parte del continente europeo, a través de los abusos de los pícaros que se aprovechan -como intermediarios- de las buenas intenciones de un sujeto que quiere hacer un restaurante en un lugar silvestre de París, en una casa deshabitada que encuentra de casualidad, pero que desconoce de trámites burocráticos privados. Yann -estupenda actuación de Guillaume Canet- es un joven ciudadano común y corriente cuyo oficio es el de Chef, y se la pasa buscando un empleo cualquiera para establecerse. En uno de esos intentos truncados conoce a una de las meseras de un restaurante, con quien intercambia una empatía a primera vista, citándola para salir a conocerse y divertirse  esa misma madrugada. Nadia -muy buena sostenedora al comienzo del protagonista, e interpretada por la escultural Leïla Bekhti- tiene un hijo de 09 años llamado Slimane, quien acompaña bastante bien en los momentos que le toca intervenir. Luego explicaré porqué me parece el corazón de la obra. Nadia es libanesa, y como inmigrante ya tiene un cierto resquemor que la aqueja aunque lo calla, y no lo parece demostrar. Sin embargo, es una excelente madre, una joven mujer recatada que se enamora de la simpatía, y de la calidez de Yann. Kahn es un zorro viejo y astuto, y sabe lo que quiere hacer, y hasta donde llegar con su meta-mensaje, y lo consigue. Le saca suavemente la careta a los bancos -siempre angurrientos y poderosos- también a los que se aprovechan de los demás que no tienen como financiar lo que descubren, a la mayoría de personas que no les interesa medio carajo lo que esté sufriendo un semejante y siguen con la suya, y a los amigos que en el momento que queman las papas son únicamente conocidos, cuando de dinero y ambiciones se trata. Pero, si hay un tema donde Kahn afina el lápiz con sapiencia y buena disposición, es que en todas partes del mundo hay gente buena, responsable, que no se deja vencer por situaciones adversas, que luchan contra un sistema enfermizo -y una gente de mierda que busca destruir lo que construyen con dedicación los buenos- y que se hacen cargo de otras personas sin pedir nada a cambio, solamente por una cuestión de esperanza y de misión en sus vidas. Todo esto se refleja en el temperamento del personaje de Yann, quien al margen de su amorío con Nadia, entabla una fluida relación afectiva con Slimane, hasta el punto de reemplazar al padre que nunca tuvo, es decir una conexión atípica, y que no puede funcionar mejor. Pero, no es su padre. Los reveses de la vida, reforzados por la crisis hacen que Kahn vuelva a dar en el clavo en cuanto y tanto, le da un salto narrativo magistral al personaje de Nadia -quien con la lógica aspiración de ganar mucho más, es destacada a Montreal, Canadá, con el cuento que tendrá un puesto mejor, el futuro asegurado y que podrá llevarlo prontamente a su hijo a vivir junto a ella-. Todo esto lo planea con Yann, y quedan convencidos. El amor lo puede todo, y ambos confían en que la travesía va salir bien, cuando en realidad, los canadienses -una de las mafias más causticas del mundo- están esperando una chica, no para un restaurante sino para sacar de cana a uno de sus miembros, sembrarle droga, meterla 25 años en prisión, y joderle la vida no solo a ella sino a Yann y Slimane. En el fondo, y con toda la dureza que esto atañe, Une vie meilleure es una pequeña historia plagada de enorme humanidad y sensibilidades.

Kahn es un hombre práctico y suele tener la virtud de transformar los temas más engorrosos en simplistas, y el punto de partida de Une vie meilleure es muy asequible. Un sujeto que no tiene trabajo toma una decisión muy rápida en cambiar de vida por amor, y se lanza sin saberlo a un proyecto demasiado grande para él, al imaginarse más listo que el sistema imperante, pero éste lo aplastará y reducirá su sueño a la nada. Deberá, mediante el afecto que lo une al niño, y el amor de su pareja, inventarse otro ideal. A partir de esta premisa, Kahn lo que hace es bosquejar una intriga financiera basada en el trayecto veloz e inclemente del dinero, que a la vez es una denuncia del liberalismo económico-financiero y de la ferocidad con que se trata a los más endebles. La tonalidad  descriptiva y visual que le impone el cineasta al tema del endeudamiento como síntoma absorbente del capitalismo, y sobre todo, porque detrás de todo este miserable armatoste se esconden auténticos dramas humanos, historias trágicas en las que la debilidad se une a una tremebunda fragilidad que apalea sin descanso a los más indefensos, es verdaderamente notable. Kahn no es tonto, y debe de haber planificado cualquier tipo de argumentación con especialistas en la materia. Se nota a simple vista. Kahn también usa el sarcasmo dentro de su film y principalmente en un título con doble intención. Los protagonistas tienen prohibido soñar con Una vida mejor, pero no aceptan la fatalidad. Sobre todo él. Nadia, al irse, rechaza ser prisionera del proyecto. Es madre soltera, ama a su hijo, y por eso es que decide viajar a las garras del engaño, y Yann es codicioso, sin familia, pero con una energía que lo hace capaz de ir contra lo que sea. Para él, todo es posible, no hay obstáculo que se lo impida. Según avanza la película, una trampa se abre a otra, de acuerdo con el engranaje de la pobreza, aunque él tenga ganas de retorcerle el cuello al destino. Hubiera sido más plausible dejar atrás su sueño de emprendedores y ser más felices viviendo con poco, pero libres. Pero eso no es cine sino especulaciones. Los nudos de acción que plantea Kahn son brillantes aunque pueden llegar a confundirnos. Al comienzo los induce a una supuesta falsa pista pero que es genuina, ya que todo se articula al milímetro. Anhelar una vida mejor es una consecuencia del encuentro casual entre él y ella. Yann actúa por amor, es el motor de su propia ambición, pero el fracaso económico implica el de la pareja. La contención sentimental no resiste la arremetida. Yann deberá abandonar su sueño, cambiar de ideal y reinventar su existencia para recuperar la de Slimane y la suya. En este juego de a tres, la presencia de Slimane es muy importante, ya que él es el corazón de la historia. Se podría contar la trama a través suyo. Pasa de ser una carga, una cuestión conflictiva, un disociador, a convertirse en el eje de la unión de la pareja. Yann y Slimane son huérfanos, seres condenados a entenderse para sobrevivir. Tienen mucho que decirnos y lo hacen. La escena de la pesca es genial. Pero lo que la empatía edifica, la madre lo podría haber destruido, pero no sucede así, porque es justamente un desenlace abierto que Kahn quiere dar a entender al brindarse integro. En cuanto a los aspectos técnicos, la fotografía me llamó la atención. Aunque en varias partes es descriptiva cuando se sublima logra crear metáforas increíbles dentro de la propia película. El film transcurre durante varias estaciones, y se alternan las escenas soleadas con las invernales. Se nota que todo se mueve en torno a la reinterpretación del realismo, algo así como lo practican el mexicano Alejandro González Iñárritu y el chileno Rodrigo Prieto cuando se juntan. Babel podría ser uno de los ejemplos. Dos texturas claroscuras perfectamente centradas en lo que significa la luminosidad en medio de la oscuridad. Eso es lo que le fascina al francés. En cuanto al resto, Kahn logra que las imágenes de su película -como debe de ser- son la lógica consecuencia de un durísimo trabajo de acoplamiento que va desde las localizaciones a los decorados, el vestuario, maquillaje, sonidos, montaje etc. Visualmente, Une vie meilleure está toda desarrollada en función a contrastes violentos, utopía contra tragedia, verano contra invierno, luz contra penumbra. La naturaleza tiene un papel primordial -las orillas del lago, el sur de Francia, y luego, Canadá- al ser el espacio del sueño, las posibilidades, al contrario de la ciudad, donde surgen los conflictos y los impedimentos. El encuadre es perfecto, no encierra a los actores, tiene planos alejados y cercanos de notable factura, siendo la propia cámara la que se encarga de ajustarse a sus movimientos o a su energía. Lo que sí no le interesa a Kahn es la música. Quizá deba conocer el dicho de Loach “La música ocupa mucho sitio, al igual que el diseño de sonido”. En la película de Kahn, es un solo tema musical el que une a los tres personajes. Se oye con Nadia y el niño, Yann y el niño, y cuando vuelven a reunirse casi al final. Se acopla muy bien con los personajes, los que buscan dulzura, y alejarse de un mundo adverso, más que la felicidad en sí. La filmación en interiores es casi seudo-documental, aunque un poco menos en exteriores. Roberto Succo ya tenía aspectos del rodaje documental. Une vie meilleure le permite a Kahn escaparse del terreno donde empezaba a dejarse aprehender. Su inclinación por el cine social es indiscutible aunque no es tan explícito.  Referentes inmediatos son Ken Loach y su Raining Stones, y sobre todo los hermanos Dardenne que hacen films como si se tratara de novelas negras. Es este tipo de cine, el naturalismo siempre se ve trascendido por el relato. Mostrar una realidad no basta. El cineasta francés intenta privilegiar el movimiento ante la explicación. Hasta el final, la película sigue los diversos rebotes del relato. Otro tema que me parece riquísimo es si la película encaja bien en el contexto actual. La pobreza se ha convertido en un inmenso terreno de especulaciones. Unas personas ingeniosas inventaron créditos al consumo o créditos de alto riesgo, que son más caros para los más pobres como los yankees y sus Subprimes. En un contexto semejante, la pobreza se posiciona como un vil engranaje, y se hace cada vez más dificultoso escapar de esa condición social. El capitalismo es incapaz de proponer la más pequeña utopía, y solo queda la supervivencia. Los mitos e ilusiones de la clase media como el crear un pequeño negocio con el cual puedan ser autosustentables, es decir, el supuesto camino a la felicidad se nubla. Aunque todo pinta bien para los personajes a lo largo de la película, una serie de peripecias van destruyendo estas fantasías, llevando a nuestros tres personajes a lidiar con el acecho de un sistema, que aunque sea de un país desarrollado, no ayuda a los asalariados a convertirse en pequeños empresarios. En este trayecto sentimos la desesperación, el hambre, la discriminación, el miedo y el abuso de los dueños del poder. Esta familia  de marginados, separados por la miseria, hace que destaque en cada uno de ellos lo mejor de su humanidad y lo que pareciera a la vista de la sociedad como ilegal o inmoral es visto como un acto de rebelión por querer vivir una vida digna. Cuando alguien encuentra momentos de pura felicidad a través de algo que no tenga que ver con los paradigmas establecidos del éxito y fracaso es entonces cuando se genera una nueva forma de pensamiento que nos hace creer en los hombres, y no en los estados, mediocres empresarios, ni en el sistema económico. En términos narrativos, la película tiene un guión muy bien estructurado, con un conflicto central que es alimentado por los muchos percances, y nos hace creer que los malos -el estado y los bancos- van a ganar y la forma en la que los buenos -la familia- los logra  vencer es bastante verosímil. Me quedo con un guión de primera, la actuación formidable de Guillaume Canet –su humanidad, sus virtudes y también sus vicios- el feeling entre los tres actores principales, y como cualquier película francesa la factura es impecable. Sé que no compite por el Oscar, sé que aún me faltan tres films nominados por comentar –los haré- pero éste, es buen cine, del que cualquier hollywoodense estaría dispuesto a conseguir. Háganlo ustedes, y como yo, se llevarán una hermosa experiencia.