miércoles, 22 de mayo de 2013

“Finding Neverland”, crecemos sin saber, la experiencia es vital, pero llega tarde.

































































Siempre estaremos vinculados a esa calma melancolía de nuestra visión de la realidad de lo que significa el Nunca jamás. El yankee Marc Foster ha hecho muy buenas películas, comedidas, dignas y de un realismo discutible, pero nunca una obra de culto. En el caso de Finding Neverland ha hecho uno de sus mejores filmaciones brindándonos una refulgente y saludable narrativa ambientada en la Inglaterra eduardiana para la génesis de la obra Peter Pan por parte de J.M. Barrie. Peter Pan le  concierne sin duda alguna a la cultura infantil, al describir un mágico mundo en el que nadie crece y el despiadado pasar del tiempo se detiene por un universo de juego y fantasía. Para el adulto, suele ser un fruto que nos lleva a reflexionar a los que vamos dejando de ser niños, sobre algo que ocupa y nos preocupa a todas las personas, como es el significado riesgoso de crecer, llenar etapas y llegar a ser finalmente quien creemos que somos. Finding Neverland es un sorprendente primer guión de David Magee, adaptación vital de la novela de Alan Knee The Man Who Was Peter Pan, cuarta película de Forster como cineasta tras la estupenda y dramática Monster’s Ball. La historia se inicia observando cercanamente la figura del notable dramaturgo escocés James M. Barrie tras bambalinas, explorando a la exquisita sociedad eduardiana de la Inglaterra del siglo XIX. Barrie estrena su última obra y percibe que será una total desilusión, un fracaso. Aun así, su leal productor Charles Forman seguirá confiando en él, pero su mujer, Mary Ansell, adivina la progresiva desatención de su marido. La vida del escritor cambia radicalmente cuando pasea por los jardines de Kensington, con la aparición de la hermosa viuda Sylvia Llewelyn Davies y sus cuatro hijos, en los que Barrie encontrará, además de una fuente de inspiración para su obra, singulares compañeros de juegos imaginando historias de vaqueros, piratas y demás fantasías. Este es realmente el embrión literario de su inmortal obra maestra: Peter Pan. Finding Neverland recoge el espíritu del personaje creado de Barrie para llevarlo a su propia vida, que transcurre en calmosa cadencia, aislada de cualquier problema, donde las contrariedades más terribles pueden ser amordazadas sólo con la imaginación, atenuándolas con la candidez de aquel que no quiere sufrir, pero que no se enfrenta a la realidad para superar sus pánicos. Es esta esfera de engaño, en la cual transcurre el universo que muestra la cinta de Forster, implanta el cierre de un círculo de un hombre lacónico, extrañamente infantil, ajeno a los problemas que lo rodean. El James M. Barrie creado para la ocasión es, más que nunca, el del “Niño Eterno” por excelencia que está sumido en un mundo ficticio, justificado en la falta de madurez afectiva respecto a su esposa. Se podría decir que en su expresión creativa más lúcida existen formas claras de inmadurez en las que destacan la inseguridad, la falta de confianza en uno mismo y la autovaloración negativa e inadecuada. Por eso, la escala narrativa pone de manifiesto la idea de un Barrie que va madurando como persona a la vez que escribe, de manera invisible, una historia para que los niños puedan vencer sus miedos a hacerse mayores, y afrontar así sus problemas, sustos, alegrías, y descubrir inventando su propia identidad, solamente perceptible cuando George -Nick Road- está preparado para hablar con su madre de la enfermedad de ésta. La decisión de menospreciar la parte más siniestra de la obra de Barrie, responde al difícil reto de ir conjugando la progresión dramática en la elaboración de la personalidad de los niños y de él mismo. Pero distanciados de un aparente apología colorista, Finding Neverland se transforma en una fábula triste y luctuosa, donde aunque la magia carezca de luminosidad, y se congregue a una lograda mezcla de fantasía con la calidad heroica del niño que no quería crecer. Forster tiene la cualidad de jamás rehuir del drama ni los conflictos personales que rodean a sus personajes; ya sean las carencias afectivas o paternales, la enfermedad, el adulterio o la intolerancia de quienes van creando poco a poco Peter Pan. No existe en la historia cierta sumisión de los más oscuros aspectos en la vida y figura del escritor, echando en cara la disposición a evitar los malévolos comentarios vertidos sobre alguien que pasa más tiempo con niños que con el resto de la sociedad repudiando a su vez a su esposa por una viuda que accede a entrar en su mundo. Sin embargo, todo está muy presente en la película. Sir Arthur Conan Doyle -interpretado fugazmente por Ian Hart- aconseja dejar de andar con niños, pues la aristocracia y sus lectores hablan acerca de temas impúdicos, ante lo cual Barrie, molestísimo, parece no darle importancia, superponiendo su inocencia y la de los infantes y su madre a las habladurías de la gente. La burbuja social y personal del escritor es en todo momento, la clave de un film que motiva ciertas implicaciones con un raro comportamiento del personaje. Hablando de una historia como la de Peter Pan y su fabulación melodramática, el mundo en el que se concibió no podía ser de otra manera que no fuera mostrando a un Barrie enamorado de la familia, aunque de una manera asexual, ya que los vínculos creados entre la mujer y los niños son terapéuticos, sirviendo éstos como bálsamo de sus respectivas heridas emocionales. Hay que reconocer que se echa de menos un poco más de hincapié en el proceso de creación afectiva del guión que tanta descripción detallista en las relaciones que lo inspiraron. La percepción que se tiene del Barrie de Finding Neverland es la de un ser idealista de las cosas y los sentimientos que alguna vez enalteció en su pasado el amor por una mujer que prefirió acomodarse en la aristocracia a arriesgarse a comprender a su marido. En esa idealización, con la obsesión por los niños de Sylvia, se deducimos la respuesta de la personalidad del escritor: la motivación que lo conduce a comportarse como un niño, no es otra cosa que la muerte de su hermano y la suplantación de éste ante su madre, perdiendo así su propia infancia e identidad. Es entonces cuando la joven madre oye hablar del Nunca Jamás, transmutada al deseo de la futura Wendy de su obra. Su fanatismo que afecta un nivel confidencial se revela cuando hablando con su productor teatral vislumbra la magia de una sonrisa infantil, necesaria para el entendimiento de la obra que cambió su vida. Para ello es fundamental la sobriedad con la que un mediano actor como Johnny Depp acometa uno de sus roles mejor logrados, al realizar una contenida y sutil interpretación de un ser torturado, mágico y hechizador. Una composición que encuentra la mirada cómplice de un formidable elenco infantil que sabe transmitir el afecto mutuo que se establece entre el escritor y los niños. Debemos destacar la afinidad con el pequeño Freddie Highmore, que da vida a Peter, el chiquillo menos crédulo y más escéptico de la familia, intercambió sus estatus donde un adulto quiere ser niño para evadirse de sus problemas, y el niño quiere crecer para no sufrir. Kate Winslet vuelve a estar a la altura, como siempre, esta vez acompañada de una envejecida Julie Christie y una eficiente Radha Mitchell. Forster acierta gracias a un trabajo de fotografía atenuadamente colorista de Roberto Schaefer, y el diseño de producción de Gemma Jackson recrea a la perfección la atmósfera agridulce británica visual de la época. Un entorno ideal para reflejar la crisis profesional y personal de Barrie, quien termina hallando su inspiración literaria y vital en el amor de una familia curtida por la adversidad. Hay quienes se empecinan en señalar las libertades que David Magee se ha tomado a la hora de adaptar la historia literaria a su guión, ya que en el libro el padre de los Llewelyn Davies aún está vivo y la enfermedad de su mujer no es un factor determinante, pero visto el resultado que Marc Forster, ha merecido la pena, porque consiguió ilustrar con innegable sensibilidad, la verdadera finalidad de Barrie, obligando en su mensaje final a entender lo que significa vivir de verdad y abordar el paso del tiempo como un evento ineludible al que nadie puede escapar. Poética y escrupulosica, Finding Neverland se sostiene en un ajustado equilibrio entre realidad y fantasía, con un estilo ciertamente melar, que pese a un plausible manejo de las emociones, nunca pierde de vista su objetivo melodramático, logrando Marc Foster una película plena para el sentimiento. Una auténtico placer conmovedor como recomendable que debemos repasar.