sábado, 29 de junio de 2013

“El hombre elefante”, Lynch: el pintor de los marginales y los monstruos.















































Tod Browning ya había transformado en protagonistas a algunos fenómenos monstruosos de feria en el film Freaks, de 1932. Su mirada se posaba en las deformidades de sus casuales actores con la manipuladora intención de despertar estupor y repugnancia entre los espectadores. Su objetivo era loable, quienes asistieran al espectáculo en que se convertía la película se descubrieran a sí mismos inmersos por sentimientos contradictorios, de tipo moral, que removieran sus conciencias y los hiciera cavilar acerca de tan tortuosa experiencia. ¿¿Quién era el monstruo realmente?? En esa línea constructiva continúa David Lynch su filmografía tras la muy extraña y experimental Eraserhead, de 1977, filmada en un blanco y negro opresivo. El cineasta norteamericano seduce por su misterio. Es un gran creador de sortilegios visuales y sonoros, consigue fascinar a su público, al tiempo que no lo reconforta jamás con una ficción absolutamente clara. Lynch estudió en Bellas Artes, por lo que quedará marcado por esta formación. La organización de sus planos, de las masas de color, confiere mucho más sentido a sus cintas que la propia intriga, ya sea de un modo encriptado, como en Twin Peaks, ya sea enteramente regida por la lógica fantasmal -Carretera perdida y Mulholland Drive-. El film El hombre elefanteconfirma su estilo de trabajo así como su blanco y negro, muy cercano a los grabados del siglo XIX. La producción tradicional no le conviene y lo demuestra en Dune, donde banaliza su singular visión aunque el film no es malo. Prefiere descubrir lo raro bajo el decorado límpido y soleado de la representación tradicional de los EEUU. En Terciopelo azul, contrapone el césped perfectamente cortado al infierno de la marginalidad, le permite tomar posesión de su universo y constituye, junto con las anteriormente nombradasCarretera perdida y Mulholland Drive, lo mejor de la obra del yankee. En estos tres films, domina todos los elementos cinematográficos, vale decir, los guiones acoplados que funcionan con la exhibición de las apariencias, y luego, desde su otro lado, con una iconografía de doble cara, que declina alternativamente los matices de la sombra o bien recorta el color con escalpelo, una banda sonora precisa e intrigante, cuya frialdad es contrarrestada por una música lírica lo suficientemente balanceada. Mulholland Drive, remite este doble fondo a la reflexión sobre el cine y el poder de la imagen. Lynch obtiene la Palma de Oro en Cannes con la muy popular Corazón salvaje, a la que le podríamos reprochar la ausencia de misterio, el elemento más preciado de su filmografía. En el corazón de una obra construída sobre enigmas, Una historia verdadera, se constituye una Road Movie ejemplar, que va desenredando un hilo conmovedor y pudoroso a lo largo del periplo de un anciano montado encima de una cortadora de césped. Una película fluida y emotiva, cuya yuxtaposición con los demás trabajos del cineasta resulta esencial, porque no permite resolver los enigmas, pero nos brinda una idea de la sensibilidad que esconden.


Joseph Carey Merrick había nacido en Leicester Inglaterra en 1862. Desde su nacimiento comenzó a padecer una serie de defectos en todo su cuerpo, especialmente concentradas en la cabeza y en uno de sus brazos, que con el paso de los años no hicieron más que acrecentarse, motivo por el cuál la gente lo bautizó como el hombre elefante, apodo tomado en las diversas barracas de ferias en las que era exhibido. Dado que tras su muerte en 1890 –con tan solo veintisiete años– se conservó parte de su cuerpo con el fin de servir para investigar las causas de su enfermedad. Hoy se sabe que su aspecto procedía de una variación de lo que se ha dado en llamar el Síndrome de Proteus, una dolencia congénita que causa un crecimiento excesivo de la piel y un desarrollo no standard de los huesos, los músculos, el tejido adiposo, los vasos sanguíneos y los linfáticos; normalmente acompañados de tumores en el cuerpo y cierto retraso mental. La corta vida de Merrick estuvo siempre expuesta al maltrato que muchos ejercían sobre él; su propio padre incluido. Su madrastra y los varios hijos que ésta aportó al nuevo hogar de los Merrick no se dedicaron precisamente a hacerle más fácil la existencia. Las peripecias que cuenta la película parece que se ajustan mucho a la historia real en los aspectos más generales, hecho que la cinta confirma en sus créditos finales. El guión se basa en el libro escrito por el doctor Frederick Treves –sujeto al que da vida un entonado Anthony Hopkins- titulado The Elephant Man and Other Reminiscences, donde el propio autor llama John a Joseph sin que se conozca el motivo, cuando se sabe a ciencia cierta que el doctor Treves era perfectamente conocedor del verdadero nombre de pila del hombre elefante: Joseph, no John; por lo tanto, aparece en la películacomo John.Clasificar a El hombre elefante como una película adscrita al cine fantástico no deja de ser una convención de lo más arbitraria que muchos se permiten, pues en ningún caso incluye en su propuesta algo como un elemento fantástico en sentido estricto, con excepción del sugerente tono onírico del prólogo con el que Lynch inicia su película. Limitando aún más el género en el que podríamos situarla, ni siquiera pudiera ser entendida como parte de ese cine de terror que por inercia todos entendemos como fantástico pero que no es tal, pues la ausencia de ese necesario elemento perturbador de la realidad o de la estética no existe desde un punto de vista ortodoxo, y que más debiera entenderse dentro de lo que podemos llamar un cine de suspense radical; por ejemplo, aunque no es el caso, me refiero a todas esas películas de asesinos realistas –más o menos en serie– como pudieran ser Funny Gamesde Haneke, donde el miedo es ciertamente un elemento distorsionador, pero no de la realidad ni de su apariencia sino de la cotidianidad. En cambio no es el terror aquí lo que prima, al menos desde la perspectiva del espectador, sino la lástima, la injusticia y la consternación que pudiera sentirse ante el conocimiento de la desgraciada vida del protagonista y del cruel trato que recibe de sus semejantes. Hemos tocado en la entrada anterior al burro Balthazar, y la comparación se hace evidente. En esencia se trata de lo que finalmente tenemos que calificar como un melodrama; extremo, sí, pero melodrama al fin y al cabo, cuyos elementos definitorios tienen un peso en el conjunto que sobresale por encima de los mecanismos del suspense o de cualquier otro género o sub-genero. Es cierto que el personaje que protagoniza al hombre elefante es un monstruo desde el momento en que personifica una irregularidad de lo natural, siempre hablando de lo que al aspecto físico concierne, y desde una perspectiva negativa, en cambio, como el correr de los minutos demostrará, el personaje también pudiera ser considerado irregular en función de su capacidad intelectual, más en este caso por su superioridad patente respecto a otros individuos que en lo físico son tomados por normales, pero que dejan mucho que desear en cuanto a su capacidad intelectual, emocional y sobre todo, moral, de los que está plagada la película. Su monstruosidad no tiene pues un origen fantástico, como lo pueda tener la criatura de Frankenstein, sino totalmente natural. Se dice que Merrick atribuía el origen de su aspecto a un percance que sufrió su madre cuando ya estaba embarazada. Alguien la empujó mientras formaba parte de una multitud que veía pasar un desfile de animales en Londres, cayendo la mujer al suelo entre las patas de un elefante. El susto de quien estaba en estado interesante, provocó las consecuencias que se reflejaron después en todo el cuerpo de su hijo. Tan infantil explicación es utilizada por David Lynch como coartada para el prólogo del film. Sin embargo, la forma en que Lynch lo representa -mediante un tono onírico- lleva esa supuesta explicación un poco más allá, entrañando una intención clara de querer sugerir algo mucho más morboso de lo que el propio Merrick contaba difuminando tanto las imágenes de las que se vale para ello como la idea que en realidad quiere transmitir, y por otra parte, incorporando así un hálito fantástico, liviano pero decidido. Este pasaje introductorio deja todo ese origen tan solo como una etérea pincelada, capaz de hacer volar nuestra imaginación y dirigirla hacia una escabrosa intuición, que bien pudiera llevarnos a pensar que la mujer hubiera sido violada por un paquidermo. Producida por Brooks films, la productora de Mel Brooks, eso ya supone la primera sorpresa, pues alguien tan interesado por la comedia algo mediocre demuestre interés comercial por una historia de índole tan diferente al de sus muchosresbalones cómicos, y a un infinito espacio de distancia en cuanto a calidad se refiere. Desde la perspectiva de lo expuesto en el párrafo anterior, El hombre elefante tiene ciertos elementos que hacen que la película se pueda entender como una novedad, una variación aislada respecto a lo que las motivaciones del cineasta han dejado ver a lo largo de su obra. Lynch se aleja aquí de la abstracción y de la perturbadora singularidad de algunos de los habituales personajes que pueblan su mundo fílmico. Se trata de una película, digamos, más convencional. En este caso apuesta por el realismo que exige el material que trata, apelando al sentimiento de pena, consternación y solidaridad al que se ve abocado el espectador, que de forma imperativa pasa por identificarse con el desdichado Merrick. Se aleja también Lynch de su habitual representación de lo grotesco en tanto que elemento plástico díscolo respecto al contexto general, definiéndolo aquí, por el contrario, como un atributo impuesto por el infortunio de una persona a la que su imagen lo condena al aislamiento de sus semejantes, a la lástima, a lidiar con los límites de lo insoportable. Como le sucedía a la criatura de Frankenstein, el hombre elefante no pidió nacer así, su vida es una amarga pesadilla de la que no puede escapar, y a la que, pese a todo, hace frente con la poca dignidad y exigencia de respeto de la que es capaz su maltrecha individualidad, de una manera incluso que raya lo heroico.A diferencia de lo que sucede en La parada de los monstruos de Browning, esa exposición de lo antinatural no se siente como una maniobra manipuladora, sino honesta y directa. El sentimiento contradictorio, y en cierto modo hipócrita, que Merrick suscita entre los miembros de las clases acomodadas que acuden a visitarlo, los cuales sienten ese acto como algo a medio camino entre el exclusivismo social -el seguimiento de una moda– y la auténtica solidaridad, se cristaliza en la figura del doctor Frederick Treves. En determinado momento dela narración, Treves se debate angustiado, en presencia de su mujer, entre la aceptación de sus propios sentimientos y el arrepentimiento que le provoca reconocer que en realidad él no es más que otro eslabón de la cadena que supone la hipocresía de una sociedad de la que forma parte. Como representante privilegiado de esa sociedad en virtud del importante cargo que ocupa como un insigne médico, se siente responsable de la desgraciada vida que hasta ese momento ha llevado Merrick. Su pesar lo empuja a dudar si no es un afán de prestigio y notoriedad lo que le lleva a ayudar a Merrick, en lugar de una auténtica bondad, noble y pura, que así lo refleja su rostro en la conversación que mantiene con su esposa. La interpretación de Hopkins delata a un individuo atenazado por las formas, siempre envarado, poco natural e incluso distante, al que sólo el conflicto interno que su relación con Merrick le genera es capaz de hacer que se hunda y saque a relucir sus emociones, sintiéndose sobrepasado por tan fuertes sentimientos, los mismos que David Lynch consigue hacer aflorar en nosotros.Se trata de una sociedad con dos caras: una la que muestra frente al exterior, supuesta defensora de la virtud y de las buenas obras, y otra, más mezquina, que no obstante se personifica de dos maneras diferentes. Por un lado están esas clases altas que acuden a tomar el té con Merrick, y que de forma dificultosa tratan de disimular la repugnancia que sienten ante su presencia, escondiendo su desazón tras los finos modales, sin revelar explícitamente que no es más que la curiosidad y el morbo lo que mueve sus visitas. De otra parte está la destructiva sinceridad de las clases más populares –por no decir del lumpen más rastrero– igual de mezquina y censurable, que de forma clandestina y a cambio de un precio -pagado previamente al vigilante nocturno del hospital donde se hospeda Merrick- acuden a burlarse de él, humillándolo de mil maneras mediante las que consiguen sentirse seres superiores y privilegiados. Bytes, el personaje que interpreta Freddie Jones, es la persona que explotaba a Merrick antes que el Dr. Treves lo encontrara y protegiera, tratándolo peor que a un perro, y que volverá a hacerlo tras poco menos que secuestrarlo del hospital londinense donde se le daba cobijo. Se trata de un individuo que representa el crisol de todo ese lumpen anteriormente citado, y con quien subrepticiamente se intenta retratar lo peor de todo ese entorno. Bytes es consciente de su marginalidad, de pertenecer a esa chusma desarraigada, podrida y siniestra de los desposeídos, y utiliza a Merrick para descargar sobre él -a base de palos- el odio contra esa sociedad que lo margina, hacia la que sólo le inspira un afán de venganza renovado. Huérfano de humanidad, Bytes utiliza a Merrick como atracción de feria, como aquello que acude a ver el populacho para sentirse un poco mejor dentro de la miseria económica y moral en la que se encuentra instalado. Pese a todo, la historia real difiere aquí del guión, pues en todo momento el Merrick real destacó lo bien que había sido tratado por las personas que le sirvieron como empresario en los lugares en los que se dedicó a exhibir su deformidad como forma de ganarse la vida.  El argumento y el tono empleado por Lynch en ningún modo necesita del blanco y negro como formato imprescindible de su expresión, no obstante, el relato de época que trata, la tristeza que emana de su visión y la especial expresividad que es capaz el opresivo blanco y negro, hacen que sea una opción razonable yhasta conveniente.David Lynch juega de forma honesta –sin manipulaciones– con el sostén de la sensibilidad. Al menos en dos momentos puntuales el espectador debe luchar para no dejarse vencer por el nudo en la garganta que lo atenaza y la debilidad del lacrimal que le provocan las imágenes. Esa falta de artificiosidad en lo emotivo no lo es tanto en cuanto a lo narrativo, donde sí aprovecha Lynch para sacarnos de quicio, haciendo que nosretorzamos por dentro, al asistir como testigos al injusto trato que recibe Merrick. A través de la puesta en escena de determinados pasajes, cuyo futuro desarrollo el espectador conoce por los antecedentes que le constan -su falta del efecto sorpresa no elude su eficacia- el yankee consigue alargar la tensión dramática incidiendo en su visibilidad y descartando el uso de la elipsis hasta extremos incómodos. Me refiero a esas visitas nocturnas guiadas que recibe Merrick, auténticas violaciones de su dignidad, o a la presión insoportable de los vendedores de comida con los que se cruza por la  calle a su vuelta a Londres donde su aspecto es causa suficiente para casi conseguir como premio un linchamiento callejero.La mentada sensibilidad de la historia debe mucho al extraordinario trabajo del gran John Hurt, que pese a mantener su rostro recubierto por el maquillaje en todo momento, consigue emocionarnos con su sutil actuación, un Make up cuyo proceso creativoduraba unas siete horas cada uno de los días de rodaje. Esa interpretación le valió ser nominado como mejor actor en los Oscar de Hollywood de 1981, acompañando a las otras siete nominaciones que recibió la película ese año; aunque finalmente no venciera en ninguna de esas ocho categorías a las que optaba. Imprescindible película en la obra de David Lynch, el pintor de los marginales y los monstruos.