viernes, 14 de junio de 2013

“Lock, Stock and Two Smoking Barrels”, Ritchie fiel a su estilo corrosivo de hacer thrillers.
































































Lock, Stock and Two Smoking Barrels, es el primer gran éxito en la Gran Bretaña que logró el controvertido pero fascinante cineasta británico Guy Ritchie, sin duda uno de los directores cuya característica principal lo plasma en su estilo de dirigir, con guiones apropiados para lo que busca, no poniendo tanto interés en los aspectos técnicos o la puesta en escena, sino directamente en los personajes, sus diálogos y travesías. Me atrevería a decir que Ritchie ha logrado el éxito por diferenciarse en componer tipos de películas que vendrían a constituir un género en sí mismas. Ese distanciamiento del thriller convencional yankee radica básicamente en sus correctamente definidos personajes de los bajos fondos, en su mayor parte delincuentes carismáticos, que ven sus vidas entrecruzadas por situaciones en ocasiones surrealistas, un tanto curiosas y desdichadas. Las peleas entre los buenos del film resulta entretenida y casi sin faltarse el respeto aunque los insultos llueven a raudales. Lo mismo pasa con los rivales o con los malos de la propuesta. Los gestos están trabajados por artistas reconocidos quienes cumplen con rigor lo encomendado. El humor del cineasta luce contemplativo, y es el mismo que está presente en todos sus films. Ritchie prosiguió su discurso con cintas como el afamado Snatch, la inquietante Revolver, y la muy divertida RocknRolla, para luego ser absorbido por ese monstruo irresistible que es Hollywood y sus dos versiones del querido Sherlock Holmes. Lock & Stock and Two Smoking Barrels tiene, como todas sus películas un argumento basado más que nada en aquellas cosas que van pasando inesperadamente, de tal forma que uno se introduce en la historia de cada individuo o situación en forma perfecta. El plot del film es el dinero y la marihuana, botín que tanto los buenos como los malos pretenden llevar a sus arcas. Todo en Ritchie es cerrado, no usa las ambientaciones por una cuestión de no darle la importancia debida. La ecuación le resulta, y todo su juego está alrededor de objetivos muy definidos. Utiliza la BSO como un apoyo en los momentos críticos, y un montaje bastante definido en la mayoría de los casos. Sus ralentíes son una forma de expresarse resueltamente y los coloca justo en los momentos precisos. No abusa de ellos. Es un efecto que adorna sus escenas. Me gusta la utilización que hace de los elementos secundarios como las armas, la marihuana y el dinero, que al momento de la acción resultan ingredientes importantes. El ritmo narrativo es armónico, no hay saltos narrativos, si algunos fade outs, el film nunca se pierde, lo que mantiene la atención por parte del que lo mire.  Ritchie también le suma la voz en off y vuelve a acertar. Hay frases magníficas en el film, por ejemplo: “Si la leche esta agria mato a la vaca” o “El Imperio británico se construyó a base de tazas de té,  y si crees que voy a ir a la guerra sin té, estás muy equivocado”. Obviamente el contexto habría que situarlo, sino no tiene sentido. En cuanto a la trama, es muy fácil de seguir, aunque al comienzo son varios los personajes que hay que ir reconociendo. En cuanto a los personajes podría definirlos de la siguiente forma: Bacon se dedica a timar transeúntes con la complicidad de unos ganchos. Eddie es el hijo del empresario de un bar de buena reputación, J.D., y se dedica a jugar apostando grandes cantidades en el juego de póker. De hecho su mayor aspiración es participar en una velada organizada por el gran capo de Londres, Harry, y cuyo monto mínimo es de 100,000 libras. Tom, es el capitalista del grupo, un tipo que se dedica al contrabando de productos robados, y que habitualmente trata con chusma del calibre de Nicky “el griego”. Finalmente Soap, es un cocinero de profesión, y un tipo al que no le gusta ensuciarse las manos en asuntos turbios. Aun así, Eddie convence a sus amigos para que reúnan cada uno 25.000 libras y apostar así 100.000 libras en una partida con el legendario Harry, un tipo duro para que el trabajan como “cobradores de morosos” dos fornidos tipejos, uno de ellos Chris, que siempre hace su trabajo en compañía de su hijo evitando a toda costa que éste pronuncie groserías, y el otro un personaje apodado el bautista por la forma que coacciona –les corta los dedos de la mano- a los posibles morosos de Harry. Cuando Eddie empieza a jugar, la partida ya tiene un ganador. Unas cámaras empotradas en una pared de la habitación, son manejadas por Harry con un simple movimiento de piernas, lo que hace ver el reverso de las cartas de sus oponentes. Por cada día en que Eddie se exceda del pago de la deuda, Harry promete cercenarles un dedo, y después quedarse con el negocio del padre de Eddie, un bar de la ciudad que maneja nada menos que el cantante Sting. A partir de la escena se desencadenará toda una retahíla de disparatadas situaciones de la cuales formarán parte también, los sospechosos y fraudulentos vecinos de nuestros protagonistas, la banda de un hombre negro que frecuenta el Bar Samoano, monopolizando control remoto de la TV del bar, así contando como guardaespaldas con un par de “gorilas del norte” contratados por el bautista para robar dos escopetas reliquias de un pasado lejano, y cuyo precio todos ignoran hasta el desenlace del film. Ese detalle encaja perfectamente en la filosofía que Ritchie le da a su película. También hay armas pero se usan en situaciones límites. Eddie pierde el juego pero la cantidad en mesa se había elevado a 500,000 libras. Es en ese momento que se dan las escenas más prolíficas y divertidas. El tema central no es innovador -un grupo de amigos ha de devolverle una importante suma de dinero a un pez gordo que los ha timado- pero Ritchie cuenta las varias  historias con frescura, y con un redoble muy dinámico. La trama argumental está bien hilada, y todos los personajes tienen alguna relevancia dramática en el transcurso de la historia. Muchos de los gags están basados en coletillas, frases hechas o bromas típicamente inglesas, pero que no afectan en demasía la comprensión de las mismas. Todos los actores defienden su interpretación con oficio, pero destaca especialmente la actuación de los “no profesionales”: Sting -en una aparición breve, pero que le da formalidad y textura a la película- y el ex-futbolista Vinnie Jones, que explota su natural vena agresiva para el beneficio de la propuesta. Ópera prima de Ritchie, y quizás su película mejor hecha y relacionada. Imposible dejarla de ver.