miércoles, 5 de junio de 2013

“Quills”, cuando la vastedad fílmica es toda una sinvergonzonería.























































Quills o Letras prohibidas es un típico drama de época sucedido un año posterior a la Revolución francesa y que se adhiere con envidiable precisión a los hechos sucedidos en el siglo XIX.. El escritor y protagonista, el irreverente Marqués de Sade. Su obra literaria cumbre fue Los Crímenes del amor. Realizó novelas, relatos, cuentos, ensayos y hasta teatro. Sus escritos donde los actos violentos, extremos, subversivos y sexuales son una constante, pueden entenderse perfectamente dos siglos después de ser revisados. Utiliza un lenguaje cargado de sarcasmo y retórica, dónde la falacia se usa para describir la hipocresía de la sociedad de entonces. Donatien Alphonso Francois, el célebre Marqués de Sade representó, a lo largo de dos siglos, la personificación del espíritu revolucionario, de la grandeza endemoniada que puede encerrar la mente humana, la filosofía más digna desde Descartes. Quills, biopic acrisolado y transgresor, propone un exquisito como amargo viaje a un posible epílogo, posiblemente ficticio, de los últimos años de este perturbado como controvertido genio del pensamiento, a sus últimas lecciones magistrales bajo su reclusión en el asilo Charenton. De sus finales doctrinas plagadas de rabia sobre los frágiles límites que impone la moral falsamente hipócrita de los conservadores. La notable película de Philip Kaufman está claramente destinada a mitigar las falsas conciencias que inspiran esa hipocresía camuflada en la ética. El universo sadiano impregna a la cinta de Kaufman una sólida reconstrucción a través de la apatía de imágenes coléricas, que solazan a través de las constantes situaciones perversas de la mente oscura del genio filosófico, de la rebeldía llevada al paroxismo de Sade. Su análisis propone el excelente guión de Doug Wright para desarrollar una pieza cargada de nihilismo, de malicia, de violencia oculta, recreando con majestuosidad la figura del intratable Marqués, de la época más gloriosa de Francia, crítica sin desperdicio a la burguesía, a la nobleza, a la medicina y sus métodos pero, sobre todo, levantando las llagas de la religión católica, logrando además que todo ello se extrapole a muchos de los conceptos tramposos que rigen la moral actual. A su vez, Quills exhibe a un escritor humano, capaz de enamorarse y de contener sus instintos destructivos con la fuerza de su propia naturaleza. Geoffrey Rush, inmenso y colosal, hace de la interpretación de Sade, una extensión de su excepcional carácter artístico, una metamorfosis compleja y titánica del sabio, del monstruo y del hombre que fue este arquetipo del odio benéfico, transformando al prodigio literario en una figura hipnótica. No es ajena a la excepcional calidad actoral del film la fuerza de una jovencita y sensual Kate Winslet quien luce incandescente, o las contenidas y sostenedoras actuaciones de Michael Caine y Joaquin Phoenix. Si Quills propone un viaje a los infiernos del mundo sadiano y su contenido filosofal, Kaufman y Wright reinventan la catarsis humana con un fondo consecuentemente distorsionado por una ambigüedad que va más allá de sus intenciones, escondiendo los defectos del relato bajo un guión fascinante que escapa a cualquier tipo de sumisión para empapar con ironía y dobles sentidos una narrativa atiborrada de enormes contingencias donde se regodea el arte. Kaufman aplaca el exceso fácil anteponiendo la sugerencia a la evidencia, haciendo de la perversión sexual y el sadismo una apología conceptual de la personalidad del Marqués de Sade, como ya lo hiciera con polémicos creadores como Henry Miller, Joyce, Kundera o Anaïs Nin. Quills es, por tanto, una oda fabulesca que pondera la libertad, la rebeldía y el arte, dilatando su discurso final hasta una actualidad necesitada de personalidades comprometidas con el libertinaje y la sodomía intelectual pervertida por el fariseísmo, poniendo de manifiesto estos términos con una elegancia loable, además de observar una puesta en escena encomiable. Lo que realmente podemos aprender del  pensamiento impenetrable del Marqués de Sade es su valentía y sus agallas, que a pesar de no seguir la corriente de la muchedumbre nunca se dejó influenciar por opiniones ajenas, y buscó la felicidad a su manera, a fuerza de una concienzuda reflexión, burlándose con acrimonia de sus verdugos y disfrutando de los placeres de la vida, uno de los cuales era escribir, pero las letras de Sade eran consideradas demoníacas, sus libros fueron  prohibidos en muchos países durante un largo periodo de tiempo. Esto no evitó que las mentes más abiertas, los espíritus más rebeldes pudieran acceder a sus obras de forma clandestina y a sabiendas del castigo que esto supondría. En la Australia de los años 60, por ejemplo, se convirtió en un auténtico icono contracultural. El Marqués de Sade, no dudo en elegir el camino de los excesos y los escándalos en detrimento de la tan perseguida virtud, cualidad que, según él, pertenecía únicamente a los impostores que solo buscaban el reconocimiento personal. Puro vicio de grandeza fílmica. De esas películas imposible de olvidar.