jueves, 11 de julio de 2013

“Point Blank”, la reivindicación de un actor con excelentes cualidades.





































Normalmente no existe un conjunto de normas para elegir un gran actor o uno mejor que otro. Es más fácil hacerlo con las películas, por los propios elementos con que estás se configuran. Hay actores que evidencian serias limitaciones de todo tipo, sin embargo se les considera como superestrellas o taquilleros. No voy a dar nombres, pero todos sabemos quiénes son los tuertos y quienes los ciegos en este negocio, contando desde finales del siglo XIX. En las actrices es aún más complejo el intento de seleccionar. Hay más características que analizar y tomar en cuenta. En el fondo éste es un tema subjetivo como la misma cinematografía como arte. Pues bien, estuve por un país centroamericano –al margen que su cine es yankee 100%, aun produciendo más de 10 films por año- y por esos avatares del destino uno de los camareros del hotel me trajo dos DVDs que le pertenecían -un gran cinéfilo por lo que conversé con él- y que me pidió que se las devolviera porque eran cintas de su actor favorito. Vi una sola, Point Blank -en español A quemarropa- de John Boorman. El tema es que habiendo observado imprevistamente el film recordé y revisé a Boorman, y llegué a la conclusión que fue -ya no filma- uno de esos ingleses empecinados en la búsqueda eterna del paraíso perdido. Recreó con adicionado valor la gran batalla entre la civilización y la naturaleza salvaje. Hizo notables e inolvidables films: Helll in the Pacific, Deliverance, Hope and Glory, The Tailor of Panama etc. Observando Point Blank uno se percata de inmediato y por enésima vez que “El feo” Lee Marvin nunca estuvo lo suficientemente valorado como lo que fue: único y gran actor clásico. Por encima de las etiquetas que lo calificaron como un eficaz secundario de tiesura y dureza física, en papeles de villano, mafioso o asesino, Marvin supo diversificar como nadie esa rigidez fisonómica, su impecable inmovilidad corporal cuyo hipnotismo contribuyó con ese sempiterno pelo canoso a través de los años. Walker, el malevo que escapa de Alcatraz para vengarse fríamente de un grupo de compañeros que lo traicionaron quedándose con una gran suma de dinero de un golpe, puede que sea su mejor papel dentro de su más que notable filmografía. Alexander Jacobs, David y Rafe Newhouse adaptaron la novela The Hunter, de Donald Westlake, para que Boorman compilara toda la tradición del cine negro clásico europeo, influenciado por la sofisticación de algunos miembros fundadores de la Nouvelle Vague francesa,  distorsionando la historia de una vendetta en una suerte de complejidad narrativa a modo de flashbacks y ruptura temporal, de asfixiante atmósfera y luminosa visualización de los estilizados colores de una trama de venganza y desarraigo que, en cierto modo, recuerda al horizonte de Don Siegel en The Killers, la adaptación, esta vez, de una obra de Hemingway, también con Marvin dando una lección interpretativa. En Point Blank, Lee Marvin confronta un personaje complejo, endurecido por la traición y la pérdida de su mujer, y antiguos cómplices. Un ser introvertido y marcado emocionalmente que ni siquiera con su progresivo resarcimiento criminal para con todos los que lo abandonaron puede restaurar una humanidad irrecuperable. Con un poderoso hieratismo, Marvin apenas se despoja del rictus implacable de su personaje, dejando que la interpretación recaiga totalmente sobre la rudeza de su fisonomía, pétrea y embrutecida por unos rasgos puestos al servicio de la inclemencia, pero colmada de integridad moral en la despiadada ética del protagonista. Así, el actor concede una actuación memorable, de violencia impulsiva y vehemente, drástica y parca en recursos expresivos. Tremenda actuación, tremendo actorazo. Y al lado de él la sensualísima Angie Dickinson. Tenía razón mi amigo centroamericano, Marvin tenía la cara más fea de todo Hollywood, pero un imán encantador cada vez que la ponía enfrente de la cámara.