jueves, 1 de agosto de 2013

“Corolianus”, la dulce venganza del héroe desterrado.















































 
















A estas alturas pocos dudaran que Shakespeare sea uno de los escritores de antaño con mayor vigencia en cualquiera de las épocas posteriores. Su universalidad trasciende no solo las barreras temporales, sino también las sociales y culturales. Hace ya algún tiempo que el interés que suscitan sus obras en los cineastas, han sobrepasado los márgenes argumentales para trasladar el universo del ilustre juglar a la actualidad. Muchos lo intentaron, pocos lo consiguieron, Ej: Orson Welles, Kenneth Branagh, Baz Luhrmann… y ahora Ralph Fiennes, quien logra con Corolianus un film penetrante, de alta tensión, una adaptación de guión del escrito original de Shakespeare, la conceptualización adecuada, un discurso elocuente y franco, notables interpretaciones de Fiennes y la Redgrave –muy sostenidos ambos por las buenas actuaciones de la Chastain y Brian Cox- aunque con toda esta suma de conquistas, la película cae en algunos excesos sobre todo en la puesta en escena, lo que no la hacen una maravilla. La compostura es cercana al pueblo –hecho sustancial en la narrativa- lo que deriva en una expectación proclive a los cinéfilos que gustan de los thrillers políticos con cuotas de dramatismo. El estilo de Fiennes resulta ambicioso, arriesgado, impactante, sorprendente y soberbio, pero en muchos pasajes, es también denso, arrítmico y enrevesado. Ralph Fiennes, es sin duda uno de los mejores actores británicos que ostentan la condición de tal, pero también es un incipiente cineasta, a tenor de lo ofrecido en este su debut tras las cámaras, donde asume el reto de trasladar una de las grandes tragedias del dramaturgo inglés a la cinematografía moderna, no sólo en los recursos sino en el planteamiento, puesto que transporta en el tiempo a Cayo Marcio Corolianus, desde las colinas de Roma a una moderna y anodina ciudad actual para comenzar su propuesta con un terrible mosaico de destrucción, traición, deshumanización y rebeldía mal atendida, o lo que es lo mismo -y esto independiente de la época histórica en la que coloquemos la trama- como la neurosis colectiva por la desesperación del pueblo, el ansia de poder, la burocracia que demerita los cargos, y la insolencia de los altos mandos que inundan de inquina al ser humano. Incomparable la actuación de los secundarios de esta epopeya clásica en su concepto visual, y también dentro de un emplazamiento bélico admisible en cualquier tiempo y lugar, donde se haya producido una guerra recientemente. Brian Cox y una formidable Vanessa Redgrave, regurgitan su osada prepotencia y cinismo clasista. James Nesbitt y Paul Jesson, como los pusilánimes y malévolos tribunos de la plebe, que la manipulan con la destreza del político profesional. También el vulgo, con personajes teatralizados, que adquieren fuerza y rigor con el paso del metraje. La amplificación que repercute de los escritos shakespearianos es aplicable a la atemporalidad de cualquier momento pasado o futuro, donde no importa que el lenguaje verbal no vaya acorde a la indumentaria, ni que el retratado senado de Roma no tenga mucho que ver con las industrializadas urbes de hoy. El resultado es muy bueno. Modernizar sus hábitos y extrapolar su mensaje, para situarse en cualquier época con hechos plausibles e inevitables, desde luego es un reto, pero me atrevería a decir que es el más osado que he visto hasta ahora, y el mejor resuelto por el momento. Queda para el final el maestro tras los hilos que maneja al dragón fiero y anacrónico que es este soldado-cónsul que odia al pueblo, que tiene un orgullo desmedido, y que vence a sus rivales de manera brutal. Ralph Fiennes inunda la pantalla con su actuación gesticular, corporal y su monumental presencia, no sólo porque suyos son los planos cercanos que más se atenazan a la vista -lo cual ya es un mérito en una ópera prima- sino porque sus escenas, sus peroratas egocéntricas propias de un desalmado genocida actual -si tenemos memoria, no podremos evitar evocar al gran Marlon Brando, con la cabeza rapada, en las selvas asiáticas de una guerra que todos perdieron- y es ahí donde la complicada puesta en escena, visual y léxica, pierde todo atisbo de irresponsabilidad porque en sus manos todo se conduce suavemente, en un delirio arrogante que aprieta el acelerador -el de su personaje y el del desarrollo del film- en el momento adecuado para que las escenas más importantes estallen en un magnificente discurso que nos apabulla. No he señalado que no sea una película difícil de observar, pero pese a incomodarnos en algunas cosas, se convierte en una cinta no sólo seductora sino incluso hasta sobrecogedora. El escocés Gerard Butler es quizás una presencia medio homo-sexualizada montada en una interpretación insulsa salvo cuando le permite calzarse el disfraz de Leónidas. Observar a Fiennes ensangrentado, obscenamente dilatado y esputando a la cámara como un dios de la guerra, enfurecido y petulante, merece una mención especial. Repito, el film es muy bueno, pero el exceso en alguna toma, diálogos, mezcla de sonidos y montaje no la hacen una obra mayor, cosa que sí sucede con la interpretación que hace el actor-director. Es raro que éste film no se haya estrenado en la cartelera limeña. Muy recomendable.