miércoles, 28 de agosto de 2013

“Le bonheur”, Agnés Varda disecciona y asume la subjetividad del significado de la felicidad.











































Agnés Varda es una de las pocas mujeres de mente ágil que participó de la “nueva ola” del cine francés, a pesar de su natal Bruselas. En su primera película, en 1955, La pointe courte, anuncia la modernidad del cine de los años sesenta, sea por su estilo fisgón o por abordar con inteligencia los problemas de pareja, y sobre todo por las condiciones de producción con las que contaba. Sin duda, la Varda debe su habilidad fílmica, su instinto por la imagen justa, bien calculada, excepcionalmente compuesta, al brillo magistral del uso del color, a la experiencia aquilatada como fotógrafa y también como documentalista de gran talla. Una de sus notables películas de ficción, Cléo de 5 á 7, consiste en una narrativa errática edificada sobre la base de la unidad de tiempo. Trata con abrumadora soltura, acerca del deambular de una mujer joven que está esperando angustiada los resultados de un análisis médico. Hay implícito en la obra, un paseo de mucho recorrido visual por París, una mirada ciertamente melancólica sobre esta bella ciudad y su gente, se posa en algunos amoríos, y evalúa la evocación discreta de la muerte que tolera la intromisión de una pose algo humorística. Agnés Varda es reconocida en el mundo del arte por su visión feminista de un cine que juega siempre y en extremos, con la libertad de la inspiración, la búsqueda constante de la felicidad –comentaremos más adelante la magnífica Le bonheur- el vagabundeo de personajes marginados, sin ilusiones, pero que sustentan algún tipo de mensaje pertinente. Al margen de hacer documentales muy logrados como Salut les Cubains -al estilo del recientemente fallecido Chris Marker- u otros geniales como Les glaneurs et la glaneuse, la cineasta se atreve a hacer una biografía dramática de su propio marido -Jacques Démy- en Jacquot de Nantes, o simplemente referencias testimoniales sobre quienes intentan sobrevivir gracias a las sobras de una sociedad autócrata. Es una realizadora de lujo para aquellos cazadores  y críticos de la imaginería visual. Una mujer dotada por el transmitir de sensaciones que ella interpreta como polémicas y discutibles. Sin lugar a dudas, toda una gama de perfiles, que acomoda con regular precisión y auténtico preciosismo.


En cuanto a Le bonheur o La felicidad, no me cabe duda que todos nos hemos -o hemos- preguntado alguna vez  ¿¿ En qué consiste la felicidad ??, si somos parte del múltiple significado de la palabra, o que en forma constante estamos evaluando el disfrute de ella en determinada circunstancia. Es lógico pensar que la felicidad existe, o por el contrario, que no es un elemento tangible ni posible de ser medido. En todo caso, la respuesta podría ser incierta. Seguramente -yendo al plano social- cada estilo de sociedad y hasta en cada época que ésta haya existido, se formularía una respuesta distinta. Lo que si es cierto es que la vida misma es más compleja cada día que pasa -son muchos los factores que la complican- por voluntad explícita del hombre, y es más difícil que cada uno de nosotros pueda dar o darse una respuesta genuina. Pienso que la mayoría de respuestas que ensayaríamos estarían cortadas por  moldes similares, marcados por las ideas y discursos que caracterizan tanto al tiempo como al lugar en donde transcurre nuestra existencia. En el film, la Varda abre su propuesta con el plano de un girasol en el campo y una familia de cuatro -dos padres jóvenes y dos nenes- que se acercan de manera prolija a la cámara de la cineasta. Es un bello día de sosiego en medio del labrantío, donde todo ahí resulta marcado por lo placentero y jovial, como definiendo la calidez del significado de la felicidad. Los personajes son de clase media muy marcada, Francois es un ayudante de carpintería mientras que Thérese –su amada esposa- se dedica a la costura. Tienen una casa pequeña, pero un jardín plagado de flores, y diera la impresión que son felices en el contexto que ubica la Varda con cierta vaguedad aunque destreza al fin. A Thérese le encargan un vestido de novia por catálogo, mientras Francois se va a trabajar a otro pueblo. Allí, conoce a una mujer  de nombre Emile -la similitud física con su esposa desconcierta aunque funciona- de la que se enamora, y como si de un exceso se tratara, a la supuesta felicidad ya existente en él, se le suma una dosis mayor de la misma. La Varda recarga la trama de una notable subjetividad. Ahora Francois tiene dos mujeres a las que ama por igual. Tiene un problema que no logra discernir, porque su estado de ánimo lo nubla, pero no lo envilece. El individualismo es otra de las ideas que la cineasta maneja con cautela y precisión. Francois es tan feliz que comparte la novedad de la noticia con Thérese, que luego de una tarde de sexo apasionado, se suicida en silencio, sin testigos ni razones. Lo que sucede en realidad -Varda usa la lógica femenina y en ese dominio es virtuosa y honesta- es que para Thérese la noticia no es propicia, es un baldazo con agua helada repentino y destructor, pero que ella lo admite y soporta acometiendo contra sí misma por un acto de amor puro y de una nobleza ejemplar, donde demuestra que no está dispuesta a arruinar la felicidad que ostenta su marido. Nunca más ajustada el concepto que la vida -o la función- debe de continuar. Más allá de un tema que la Varda no busca tocar -sino se complicaría la historia- como el futuro de los niños, nada se altera demasiado. Toda acción tiene una reacción apacible y mansa. La cineasta va imponiendo su estilo y manipula con certeza al que se atreve a cuestionarla. Al poco tiempo, Francois retoma el vínculo afectivo con Emile, quien comienza a ocupar con lentitud el lugar de Thérese, conduciendo a los niños a la escuela, cocinando, y caminando los fines de semana por el bosque tomada de la mano de su ahora familia, tal cual lo hacían Francois y Thérese. No constituye de manera alguna un hecho enteramente normal, pero lo que pretende hacernos comprender la Varda es que la posibilidad existe, y que si bien la muerte participa como una ofrenda, lo que debe de quedar intacta es la felicidad de Francois, y la de su nuevo hogar. No hay un conflicto definido con claridad, lo que logra la Varda -con imponente sapiencia fílmica- es escaquearse de cualquier perspectiva crítica al interior de una narrativa medio dulzona, sin ser empalagosa, con cero contratiempos. No hay personaje o mirada que se contraponga a la construcción de esa discutida felicidad que es ejecutada alrededor de la vida de Francois. Todo resulta ser más que idílico o poético. Pero, hay un tema central, en ese paraíso de emociones encontradas, no todo funciona. Más allá que la muerte de Thérese no provoque ninguna rotura o corte aparente, lo que sí es tangible es que hubo un suicidio, un elemento lacerante que no se puede ocultar con la simpleza que pretende la Varda. Es esto lo que nos induce a un posible desajuste del guión aunque el paisaje de la felicidad siga impertérrito. Agnés Varda lo sabe, y nos provoca sin excederse. Thérese se mata, y más que dolor en Francois -sus gestos y reacción de pasividad son notorios- hay un duelo que se suspende, que se apaga con rapidez porque la suplente toma el lugar de la titular. La totalidad de los simplistas nudos de acción cierran demasiado bien todo el tiempo y para todos -excepto para Thérese- lo que confirma que algo no está bien. Es probable que la interpretación en clave de esta forma de felicidad se encuentre en algunos de los elementos formales del film. Por ejemplo, podríamos alegar cual es la necesidad que una chillona melodía mozartiana suene en todo momento y situación, o por qué Varda hace una composición de colores siempre tan bella, incluyendo sus inocultables fundidos, por qué los encuadres son todos ajustados a los cánones de una estética maravillosa, reproduciendo escenas pictóricas impresionistas que sostienen nuestra atención, todo resulta perfecto en esta puesta en escena de lo pragmático. Varda hace una representación hiperrealista de la búsqueda y el encuentro de la felicidad, el kitsch en su expresión más depurada. La toma final es una increíble imagen angulada que en los años setenta podría haber decorado la sala de espera de cualquier profesional sea médico u otro oficio, una imagen otoñal de un bosque conteniendo toda la variedad de ocres inimaginables, cálida y acogedora, y una familia vestida siempre al tono, caminando de espaldas al encuadre y tomados de las manos. Una felicidad que la Varda acierta como una suma de clichés de un retrato de una familia aburguesada, rota y parchada, de vida campestre plena y al natural, del trabajo sin errores ni accidentes, de una bullanguera estructura musical del gran Mozart, de un pueblito bucólico donde la tranquilidad es absoluta, dos nenes preciosos y que no dan mayores problemas –por cierto, muy bien actuados- y unos amigos tan sumisos como sonrientes, y también llenos de felicidad. ¿¿Eso es ser feliz?? La película de Varda no es, aunque lo aparenta, un halo de autoritarismo discursivo de aquella sociedad pretenciosa que determina una de las maneras de cómo debe ser la felicidad. Es solo un camino, una opción, una fría pero bellísima descripción, pero no la definición exacta. Los efectos materiales que rodean a un Francois que no puede contener el demostrar ser tan feliz, son los que Varda pone en el tapete de la discusión que le interesa por su condición de mujer, es decir, un hombre puede disfrutar de dos féminas, parecidas aunque no iguales, una más tímida y hogareña, la otra más pasional, distintas aunque intercambiables etc. Cuando una deja de ser esposa para convertirse en suicida, la otra deja de ser amante para ser esposa. No existe la maldad en todo esto, es el destino el que cambia los papeles y mantiene el equilibrio. El suicidio de Thérese es el que abre la trama verdadera aunque debe ser maquillada para no interceder con la supuesta felicidad del protagonista. Francois inhala para luego exhalar tanta ventura y bonanza que convierte a Thérese en un objeto. Le bonheur es una especie de postal de la felicidad que utiliza con innegable capacidad cinematográfica Agnés Varda para ponernos en evidencia sobre un tema polémico en aquellos años sesenta, y más controvertido aún en estos días aciagos del 2013. Un film a lo Agnés Varda. Si usted no está dispuesto a ceder, no se moleste en observarlo, es una cuestión de dejar o tomar. Yo soy cinéfilo, y lo tomo porque me sacude cómo una mujer puede dominar con naturalidad el verdadero rol de la cinematografía: su subjetividad o abstracción. Maravillosa cineasta de culto.