miércoles, 21 de agosto de 2013

“The Machinist”, Anderson resplandece una delgadez psicológica y traumática.















































Acabo de mudarme hace algunos días, y la verdad que el tema de encajar libros y películas es una labor aterradora. Mucho más aún, cuando hay que volver a ordenar más o menos algunas -imposible la totalidad- para tener en la mira un mínimo indispensable. Pues bien, entre los pendientes obligatorios estaba el film The Machinist o El maquinista del yankee Brad Anderson, quien no es un cineasta que posea muchos aciertos en su filmografía, salvo la simpática Happy Accidents con la sexy Marisa Tomei, y ojala que le resulte The Call con la también bella Halle Berry, que se estrenó en Lima, antes del Festival de Cine. The Machinist es un despuntar aceptable del director. Normalmente sus personajes son víctimas del pasado, de una culpa sin mitigar que acaba con ellos. Anderson va persiguiendo protagonistas mesiánicos, concebidos como paradigmas del hombre noble, ese que irradia sinceridad, compasión y hasta humildad, pero derrotado por sus propios odios. Sujetos que osan luchar por la recuperación del pasado para enmendar errores. En un marco tan alejado como limítrofe a esa sensación de caer en la desgracia, es que se circunscribe la cinta de Anderson. El yankee narra la engorrosa existencia de Trevor -está formidable Christian Bale, junto al argentino Ricardo Darín, los mejores intérpretes del planeta hoy- un fresador de una fábrica que vive sumido en una realidad que lo asfixia, y consume en una impresionante flacura, sumado un terrible insomnio. Un día, Trevor conoce a Iván, un hombre que llega a la fábrica, lugar en donde sucedió un desafortunado accidente, culpa de Trevor. La única vía de escape de Bale es una prostituta que representa la bella Jennifer Jason Leigh, y una camarera actuada por la española Aitana Sánchez Gijón. Ambas se verán afectadas por ese extraño mundo que rodea al maquinista. Anderson acierta al poner en pantalla una película lenta y angustiosa que, a través de su oscuro desarrollo, se transforma en desasosiego. Film incómodo, que nos contagia su desequilibrio emocional en un lánguido firmamento mediante los ojos de un Bale que siente como su vida se transforma en pura paranoia, o un vacío existencial que lo va invalidando de a poco. En este ajedrez de mentalidades chatas, es donde el riesgo de la cinta del yankee tiene su mayor atractivo, ya que el experimento ennoblece sus propósitos al dibujar un drama introspectivo y con atinados contrastes. Por un lado, una historia naturalista, ajustada a la realidad de una tragedia visible de un tipo que pierde la capacidad de recordar el pasado, y como consecuencia, de vivir aturdido sin un presente esencial. Por el otro, es una alegoría sobre el recuerdo, su valor y lo catastrófico que resulta perderlo, terreno donde salta el género fantástico, dentro de una tendencia donde no existen distingos entre lo real y lo imaginado. Es en este ámbito, donde el fresador empezará a cuestionarse si  su entorno es auténtico o sólo forma parte de una elucubración basada en la falta de sueño. El cineasta nos propone un análisis especulativo sobre un determinado tipo de vesania, forjada en el lugar en el que se ven las caras la verdad y la invención, allí donde nacen las decisiones, en un espacio de la mente que sirve como escondite a las culpas, allí donde uno encuentra la respuesta a cada interrogante. Lo que llama la atención es que Trevor siempre elige las tinieblas, simbología de esa duplicidad de caracteres, no sólo en su mundo dividido entre la fantasía y lo terrenal, sino en la opción de protección y redención con los personajes femeninos, uno existente, la prostituta que vive enamorada de él, y el otro un tanto difuso, la camarera, cuya disyuntiva se ubica entre el deseo y el recuerdo maternal. Son los típicos rasgos que apuntalan la humanización de un sujeto muerto en vida que asiste inquieto a su extenuación por motivos que podemos intuir, pero que se desconocen. Por eso, el retrato de las alucinaciones, los episodios de la reminiscencia exigua, y un viaje por las consignas del terror, le aportan acertijos a un film que sabe ocultar hasta el final lo sencillo de su misterio aunque exista un ligero escollo en la cinta, me refiero a una utilización del fácil recurso del llamado “factor sorpresa” cuando Anderson se ocupa del desenlace. En la historia todo se presupone desde el arranque, llevándonos por nudos de acción bien encubiertos para consumar las explicaciones en una conclusión de inocencia quizá disculpable, donde abunda la trascendencia y el idealismo sin demasiadas pretensiones. Es admirable que las intenciones del guionista hayan sido la de explorar una continua sensación de ahogo, esa misma de sentirse vigilado, perseguido y no conocer los motivos en hacer creíble la pesadumbre del protagonista. Un aspecto que sublima Anderson es su capacidad para las imágenes, utilizándolas para transportarnos a una atmósfera claustrofóbica, la que proyecta un deficiente estado mental. El diseño de producción luce magnífico, al igual que la fotografía, y la BSO del prestigioso músico Roque Baños. The Machinist se destapa así como un “tour de force” del terror obsesivo, como una tragedia en el fondo, un suspense tan íntegro como despiadado que Anderson maneja con mano justa, creemos exento de la intención comercial de Hollywood, demostrando el significado de no someterse a un facilismo vacío, y saber prolongar la tensión sin tropezar con el formulismo. Una consistente historia de infracciones y penitencias. Vuelvo a la mención para Christian Bale porque no sólo ha logrado una de las más asombrosas recreaciones físicas de la historia del cine al perder casi 30 kilos de peso para asemejarse a un esquelético trabajador -lo opuesto a De Niro en El toro salvaje- transfigurado en un escalofriante saco de huesos que se pasea por cada una de las escenas de la película, sino por una notable interpretación llena de matices psíquicos, bien secundado y sostenido por Jason Leigh y Aitana Sánchez-Gijón, que pese a sus breves papeles, consiguen darle una réplica coherente a la cadavérica y lunática postura de un intérprete formidable. Muy recomendable.