martes, 13 de agosto de 2013

“Weekend”, Haigh logra explicar que el amor homosexual no acarrea prejuicios.








































Se han hecho a lo largo de los últimos años films donde la premisa argumental intenta la fusión entre la homosexualidad entre hombres y mujeres. Pues bien, es un tema espinoso aún que tiene acalorados enfrentamientos, y como incompetente e hipócrita mediador a una Iglesia Católica carcomida por su inacción, y no a los organismos de derechos humanos, que son abiertamente más comprensivos de la situación. Podemos estar de acuerdo o no con los enamoramientos o matrimonios homosexuales –el ser humano evoluciona buscando nuevas formas de unión- o la posibilidad de rechazo de esta modalidad de romance, o incluso como la paulatina aceptación de la misma. Es decir, las opciones son varias, de diferentes o matizadas improntas, pero aún un pecaminoso desinterés hace de esta temática una frágil probabilidad de consentimiento y beneplácito universal. Estuve observando con atención el film Weekend del guionista y cineasta británico Andrew Haigh, quien ya tiene una cinta en su haber una ópera prima titulada Greek Pete, que hizo su debut en el London Lesbian and Gay Film Festival. La película no va de lo mismo que Weekend, pero está dentro de las coordenadas de la cinematografía que aborda con integridad Haigh, es decir, concentra el plot en la prostitución masculina, ambientada la historia en Londres, y  se refiere a la crónica de un poco más de un año en la vida del protagonista llamado Pete. Una propuesta austera aunque intachable y para nada grandilocuente, pero a veces explícita, lo que en suma redunda en una película que nos ofrece un retrato de una subcultura oculta. Weekend es algo más especial que Greek Pete, porque trata la efímera historia de amor surgida entre dos almas destinadas a encontrarse. Es una de esas cintas que irradian sinceridad y nobleza, que no incomodan y que bien podría ser una de las propuestas mejor planteadas que nos ha dado el cine gay en los últimos años. Resulta sencillo contar una historia de amor homosexual y terminar cayendo, voluntariamente o no, en la sumatoria de aquellos múltiples clichés propios de este sub-género. Sin embargo, cuando el reto consiste en contar una historia que no se instale en la complejidad de su desarrollo argumentativo, que se fundamente en lo cotidiano, y se mantenga distanciada de cualquier ingrediente estereotipado, todo se empieza a antojar como algo menos complicado. Haigh logra con creces instalarse en una palabra que puede sonar tonta, pero que es la que mejor suena: la sinceridad. El británico carece de más pretensiones que la de despojar a sus dos personajes de todo prejuicio o complejo adquirido. Weekend respira autenticidad, porque la plasmación de sus imágenes termina olvidando cualquier ornamento superfluo. Y es que su extrema campechanía como afabilidad la hace prescindir incluso de un acompañamiento musical. En Weekend sólo son necesarios ellos, dos actores que saben soportar con absoluta frescura el peso íntegro de la trama. Elemental en su planteamiento, franca en su narrativa, lironda en su ritmo y hasta en su puesta en escena, pero arrebatadoramente certera en sus objetivos y convicciones. Es de aquellas películas que al ser observadas consiguen hacernos olvidar, al menos por un momento, de todo lo que nos rodea. Weekend no parece ser una historia de ficción. Más bien se encuadra en una ventana abierta al mundo de un auténtico  realismo, a las experiencias vividas, a esos momentos irrepetibles que llevaremos incorporados. Es un homenaje al amor más puro y dedicado, a ese romance desnudo que no entiende de tiempos ni de espacios, porque existen experiencias vividas en un sólo fin de semana que pueden marcar una vida para siempre, ya que las personas que se cruzan en nuestro camino tan sólo un instante, pueden dejar una huella mucho más profunda que la de cientos de pisadas. La formidable mano de Andrew Haigh consiste en introducirnos casi desde el principio en una historia que rezuma verdad por todos sus poros. La cotidianeidad con la que narra la vida del personaje protagonista, recreándose en los gestos más cotidianos, aquellos que terminarían quedándose fuera en cualquier sala de montaje, logra que lo adentremos en nuestras memorias desde que la función arranca. El público potencial –me refiero al cinéfilo gay- encontrará en el film cientos de motivos para verse reflejado en la historia, porque no es la historia de ningún héroe, ni tampoco la de ningún personaje propio de mundos irreales. Weekend es la historia de un muchacho común y corriente, que tiene amigos como él, una casa normal, y un trabajo aún más habitual, y que, cuando se enamora, lo hace del mismo modo que lo haría cualquier ser humano. Y es este carácter usual lo que convierte a la película en una propuesta vital y hermosa, porque cuando nos cuenta la historia de amor, por un momento creemos ser nosotros mismos los que la estamos viviéndola o sintiéndola. El notable trabajo llevado a cabo por Haigh, que sabe situar la cámara en ese lugar especial desde el cual se respira franqueza, maneja los tiempos y las distancias con corrección para convertirnos en partícipes de esa intimidad que él conoce casi a la perfección. Los actores protagonistas, Tom Cullen y Chris New, no sólo consiguen hacer un ejercicio de buen cine sino que intercambian con facilidad una empatía que no es asequible conseguir así nomás. Hermosa historia de amor, con sus momentos buenos y malos, con sus soledades absolutamente indispensables, y con un triángulo cómplice entre el realizador y sus dos actores. No se la pierdan. No sentirán prejuicio aquellos que suelen tenerlo, ni tampoco una extrema felicidad los que son propios a la homosexualidad.