lunes, 16 de septiembre de 2013

“Den skaldede frisor”, Susanne Bier toca nuestras fibras más sensibles.

















































Si hay algo que nadie le podrá discutir al director danés Lars von Trier -salvo un crítico peruano cuyos sermones son para adentro y no para el lector- más allá de polémicas sobre poses y calidades, innovaciones y esnobismos, es el de haber conseguido, con su normativa Dogma, fijar la atención de todo el mundo sobre la cinematografía purista de un país pequeño como Dinamarca, abriendo una brecha por la que luego han transitado cineastas de real valía como el caso de Thomas Vinterberg, colaborador en la fundación de Dogma junto a Von Trier, Soren Kragh-Jacobsen, Per Fly, Ake Sandgreen, Lone Scherfig, y Suzanne Bier, quizá la alumna más destacada, y que mejor lo aplica dentro un cine dramático que mezcla de forma estupenda, con otros estilos y tendencias, sumada su propia impronta. Pues bien, una vez más, esta bella danesa demuestra sus dotes para hacernos sentir como propios los dramas en que se sumerge, y obviamente, lo hace con nosotros. Ya en la formidable Elsker dig for evigt u Open Hearts, la talentosa cineasta nos acercaba a una historia  a corazón abierto, donde bajo la tesitura fílmica de Dogma, nos mostraba con personajes muy reales e imperfectos, que el destino es quien conduce nuestras vidas por aquellos caminos imperfectos, empedrados con sucesiones de problemas, y donde de súbito, nos empiezan a suceder hechos fácticos y concretos que jamás hubiéramos imaginado se nos podrían colocar enfrente, y que nos lleva a tener que decidir sobre cómo abordarlos. No existen héroes, espejos, y mucho menos moraleja. Sólo nos queda la autorreflexión y el acabar aquilatando experiencias propias y ajenas. Ese ida y vuelta que respira tragedia, y que la danesa sabe cómo plantear y desarrollar, tiene como sus mayores virtudes en el de dejar huella con su historia, y el de instalarse en nuestro recuerdo inmediato. Luego vuelve sobre lo mismo aunque agregándole un mayor grado de dramatismo social y comunitario con Efter brylluppet o After the Wedding. Acá, la combinación de situaciones embarazosas, auto-enfrentamientos del personaje -sin pecar de exhibicionismos- y una gran dosis de tensión emocional, logran desgarrar nuestros sentidos, generándonos suma curiosidad, singularidad, y hasta capricho acerca del transcurrir de una trama que va in crescendo, al igual que la totalidad de sus personajes. Todo lo que se hace y lo que se deja de hacer, tiene un motivo que lo justifica. Ese por qué de las cosas, tiene una respuesta, y en el desenlace, si bien uno queda sorprendido, también nos sentimos gratificados. Este film fue nominado por la Academia, al Oscar a mejor película en idioma no inglés, sin conseguir ganarlo. Al año siguiente, 2007, la Bier se va de excursión por los EEUU, y construye otro drama de proporciones. Things We Lost in the Fire, es en donde le saca actuaciones brillantes tanto a Halle Berry como a Benicio del Toro. Bier toca con prudencia el tema de las drogas, sin ser invasiva aunque pareciera serlo. El don de una narrativa nada convencional en este tipo de historia nos hace regocijarnos de la tristeza, frase muy contradictoria, pero que en manos de la Bier, es un hecho auténtico e innegable. Gana merecidamente el Oscar, y la mayoría de premios importantes, con su encomiable postulado en Haevnen o In a Better World, el 2010. Nuestras sensaciones y certidumbres llegan a un nivel mayúsculo, no nos es ajeno el terrible retrato que hace la cineasta de ese inmenso poder de lo caótico, lo turbio, del significado personal y especial de la anarquía. La calma de lo tormentoso, es una definición exacta de lo que sucede en esta película. Den skaldede frisor o Todo lo que necesitas es amor, es una historia de emociones intensas, todas puestas al límite, que explota aquellos disparates de las relaciones personales, sobre todo en el ámbito familiar, y que incide en cómo los mecanismos del dolor condicionan y sobrevuelan los actos de los personajes, impulsados hacia una pendiente inclinada en donde los claroscuros anímicos son constantes que los definen. A diferencia de lo que había venido siendo el rasgo más marcado de su cine, la Bier atempera la historia con pinceladas de humor, que le otorgan un contrapunto de liviandad a una trama que deviene en menos densa y descorazonadora. Todo azúcar edulcora, eso es inevitable, pero Suzanne Bier tiene el paladar con la miel suficiente para no empalagarnos. Pues bien, en el film, Ida no pasa por un buen momento, aunque haya superado un tratamiento oncológico prolongado. Su esposo, la abandona por una joven y atractiva compañera de trabajo. Pero, la boda de su hija Astrid -que se lleva a cabo en Italia- la obliga a superar sus dificultades y embarcarse en un viaje en el que antes de realizarlo se encontrará de modo no muy agradable con Philip, el padre del novio -Pierce Brosnan siempre representando al galán de ocasión- quién sufrió la pérdida de su esposa, y se convirtió en un adicto al trabajo, el mismo que lo absorbió completamente haciéndolo insociable, casi un misántropo en permanente estado conflictivo con todo lo que lo rodea. Dos seres con traumas distintos, más lejanos que cercanos, pero que las casualidades de la vida, modifican sus futuros. La travesía tanto de Ida y de Philip, terminará transformándose en algo más que un desplazamiento para cumplir con los hijos, porque empujará a todos los que asisten al casorio a una vorágine de sentimientos, encontronazos y divergencias. Este es, más o menos, el plot argumentativo en que se inspira la Bier. Pese a los disímiles componentes situacionales que la danesa pone sobre el tapete, léase infidelidad, enfermedad, adicción al trabajo, homosexualidad, separación etc., el guión no acusa en ningún momento el más mínimo síntoma de insuficiencia y embrollo, por el contrario, se mantiene satinado, transparente y contenedor, como un buen soporte para una historia compacta, que no tiene cabos sueltos. La interpretación de Trine Dyrholm -actriz importante para la Bier en la consecución del Oscar- es notable, sin desmerecer lo ofrecido por Brosnan. La Dyrholm tiene tonalidades casi perfectas para el rollo que le impone un guión escrupuloso y acometedor. No pierde nunca el encanto de la naturalidad en plenitud, a pesar de estar rodeada de inconvenientes. La sencillez siempre parece algo simple, pero no lo es en absoluto. Amén de aligerar en algo el argumento, se nota una cierta carga de previsibilidad en situaciones que podrían resultar excesivas para algunos. No es este mi caso, pero hay que ponerlo por si alguien tiene dudas en conseguir el film para observarlo. Que, la Bier se escape del efectismo que algunas situaciones explosivas y furibundas de sus películas anteriores exhibían sin pudor alguno, no es malo, pero es probable que se presenten por default, en algunos pocos aspectos, con un sabor a Coca Cola Zero, pero Coca Cola al fin. El filmar en la costa de la campiña italiana, da la impresión de ser un refrito, pero que se logra compensar -no justificar- con minuciosos planos de transición que inquietan la exuberante estética del paisaje. Es justamente un plano general de espaldas, con ambos protagonistas hombro con hombro, sentados en un banco de piedra, y un inmenso mar de fondo, una de las sensaciones exquisitas de la puesta en escena. En éste, Ida le entrega a Philip, el comunicado que ha recibido del hospital, con el diagnóstico sobre la evolución de su dolencia. La frase que Philip pronuncia antes de proceder con abrir el sobre, es de un nervio brutal y cafre. Imposible no estremecernos con la fuerza de tremendo golpe. Suzanne Bier sigue su camino de historias plagadas de circunstancias delicadas, situadas en lo extremo de las complejidades del ser humano, que resuelve con una magnífica narrativa proclive a escala sentimental, y que no escapa a la mayor de las trabas de lo estrictamente dramático. Ella representa a una directora en el mejor significado del oficio. Muy buen film, entretenido, con mucha fibra, y que cumple con cinéfilos tirios y troyanos. Imperdible.