sábado, 7 de septiembre de 2013

“Der Räuber”, la redención frustrada a través del deporte.























































El cine alemán actual mantiene su identidad intacta. El público joven de este siglo tiene otras necesidades de consumo -como en todas partes del mundo- debido a la globalización, el Internet y las redes sociales. Sin embargo, aún se encuentran realizadores que aplican sus virtudes en las viejas temáticas, especialmente en la reunificación y la inmigración. Hoy, todavía existen films que se introducen en esa perspectiva del pasado, buscando historias cuyo fondo estén situadas en el “Tercer Reich” o en la unificación tras la caída del muro de Berlín. Si bien hay un esfuerzo por liberar de una vez por todas a la abyecta Alemania de Hitler y el Nacismo, se mantiene como firme pedestal la nostalgia histórica, a la que los germanos llaman “Ostalgie”. La exigencia de cambio reside en que los cineastas más jóvenes, críticos, y principalmente el mercado, han empujado el coche para que se traten contenidos y géneros ligeros, y que la convocatoria a esa línea de estructura pueda tomar forma. El cine alemán ha forzado el tema de la migración considerando a su país como un ente multicultural, y no se han equivocado. El cineasta más versado de esta corriente, es Fatih Akin, cuyas proposiciones han trascendido a todo nivel. El alemán de origen turco, se atrevió al empleo de aquellas peculiaridades culturales y sociales que enlazó subliminalmente a los conflictos, utopías y rechazos, los mismos que se alejan de lo histórico, a través de una mirada frontal a un drama de connotaciones más realistas, banales o cotidianas, adaptándolas al nuevo orden internacional. Se pueden encontrar temáticas similares a las de otras potencias foráneas, pero aquella perfección alemana, que se nutre de la minuciosidad y la profundidad, han marcado una tendencia que no olvida su pasado, pero que está fascinando a todos con productos de calidad manifiesta. Esta Alemania de hoy, no sólo revela su estabilidad económica en la crisis del viejo continente, es también un país cinematográficamente exitoso porque autores y directores han logrado ocuparse de la historia alemana reciente de una manera responsable, y con un lenguaje apropiado. El cine alemán ha ganado mucho en autoestima, lo que supone un nivel artístico respetable, y sobre todo apreciado, no solo al interior, sino en los grandes festivales, en la crítica del mundo entero, y en la comercialización externa. Los números cuadran con las inversiones, por lo tanto, el cine es hoy un negocio saludable para los productores teutones. Hay muchas películas -que no vienen por estos lares- que si las comparásemos con la industria hollywoodense, no tienen que envidiarles absolutamente nada a aquellos films que giran entre lo independiente, lo de género y de culto..... Pues bien, Der Räuber o The Robber, la segunda película de Benjamín Heisenberg -su debut fue con el atinado drama Schläfer- voz relativamente nueva en el cine de su país, se inspira en la historia real de Johann Kastenberger, un impávido personaje de la novela del escritor Martín Prinz, quien cumple seis años de condena, y se apresta a salir de la cárcel a través de una libertad condicional por buena conducta, con la finalidad de reintegrarse a la sociedad. Todos sabemos -por la misma naturaleza del delincuente- que esta benevolente consigna no es cumplida en su gran mayoría por aquellos que estuvieron encerrados muchos años. Heisenberg aprovecha esta historia para armar una película transgresora con ritmo comedido, sin buscar esa acción que se excede y se pierde en lo ruidoso y apresurado. A Kastenberger lo apodaban “Pumpgun-Ronnie”, por el estilo con que asaltaba pequeños bancos. A una escopeta y una burda careta del ex-presidente de los EEUU, Ronald Reagan, le agregó un componente que no está relacionado con este sub-género noir, pero que al inteligente caco le daba resultados sorprendentes. Kastenberger -en el film su nombre es Johannes Rettenberger- era nada menos que un atleta de carreras de fondo, un maratonista con un altísimo nivel de rendimiento aeróbico. Todo un profesional del atletismo cuyo cuidado supervisaba con increíble meticulosidad. En 1988, el año de su muerte, estableció un nuevo récord nacional en la maratón de Kainacher, una competencia que partía desde el llano y terminaba en la altura, 2,000 metros aproximadamente. El joven cineasta germano, parece usar la notable versatilidad de Hitchcock, para construir un personaje frugal, escrupuloso, intrigante y solitario que no puede renunciar a sus vicios naturales, tanto a las endorfinas que le producía el correr -se entrenó casi la totalidad del tiempo que pasó en prisión, corriendo en círculos por el patio y en una faja transportadora que tenía en su celda- así como la brutal adrenalina que le provocaba el peligro de robar y largarse corriendo. Rettenberger es uno de esos simpáticos anti-héroes que con su fino aunque pétreo rostro, y una mirada contemplativa, cual niño inocente y golpeado por la vida, hace estallar Heisenberg a través de un guión bien hecho. Las aventuras del protagonista -el muy buen actor austriaco Andreas Lust utiliza toda su experiencia- nos resultan agradables y nada repugnantes. Muy por el contrario, a través de una narrativa controlada y rigurosa, casi clásica, Heisenberg se las arregla para explorar el potencial brutalmente explosivo de un personaje absolutamente calmo e imperturbable. A pesar que el romance lo busca y ubica para molestarlo, y no darle pausa ni placer -la actuación de la bella Franziska Weisz como sustento del protagonista es correcta, pero con cierta linealidad y blandura- Rettenberger maneja sus prioridades con soltura y seguridad. Sus objetivos están claros, y sabe que su habilidad va a tener un límite y seguramente un final, si se da el lujo de descuidarse. Lo que sorprende gratamente es la forma en que el cineasta puede filmar a la medida del mejor Darren Aronofsky con su cámara persecutoria e invasiva pegada al personaje, sin dejar de tener el encuadre perfectamente angulado en pleno movimiento, cuando el astuto ladrón de bancos y automóviles huye del acoso de la policía, por haber asesinado a su custodio, a quien debe reportar sus acciones. La policía lo vuelve a detener ya que su amigovia Erika lo delata por amor. También Heisenberg luce la impronta de Gus Van Sant en cuanto a la selección del trabajo de campo llevado a cabo en su longitud focal, con la que el director logra el acercamiento preciso al rostro y al medio cuerpo del personaje para que nos contagiemos con el físico, gestos y carácter iluminado de Rettenberger, sus obsesiones, y su lento desmoronamiento cuando es agredido por un anciano, al zafar de la captura y la caza final de una multitud policial burlada a través de una memorable correría a través de un profuso bosque. La prolongada fuga definitiva, es una escena de suspenso bien lograda que Heisenberg saca de las ambientaciones donde también las hace lucir sin mucha ostentación. Al margen de las bondades del director, y alguna que otra falla menor, lo importante es la estructura de un personaje inadaptado, obsesivo, desesperado, un planificador a carta cabal, un vividor del escape como destino. El hecho de robar solo por dinero no parece ser lo único que le interesa a Rettenberger, lo que busca con intensidad es el vértigo del peligro que lo acecha, compite contra sí mismo, el riesgo es la medida intermedia, la necesidad de sentirse perseguido para escapar hacia ninguna parte lo gobierna. Hay en él, una obsesión por el deporte y la vida sana -aunque llega a reaccionar agresivamente cuando el custodio fuma delante de él en un almuerzo- la que no parece sugerirle una probabilidad de salvarse del entorno sino que se olfatea como parte de una personalidad maníaca y pancista. No sabemos casi nada de su pasado, pero pueden intuirse los motivos de su extrema frialdad: la casa en la que se refugia, el fugaz recuerdo de la madre de su novia, y alguna foto que no logra pasar por alto, parecen el hundimiento de un estado de dicha irrecuperable. Tampoco importan demasiado sus notables triunfos deportivos, ni su perfil mediático, sino lo difícil que le resulta escuchar y amar. Sigmund Freud decía que todo acto frustrado o toda acción resultante de un error, expresan una voluntad oculta. ¿¿Correr para escapar de qué, de quién?? ¿¿De los demás, de sí mismo?? Somos nosotros quienes debemos responder a estas preguntas. Heisenberg hace una buena película. Simplemente eso.