jueves, 19 de septiembre de 2013

“El bebe de Rosemary”, Polanski y la tétrica leyenda negra de su obra maestra.





































































El cine de terror u horror de hoy en día, se ha convertido en un género taquillero en todas partes del mundo. La gente lo compra como si fuese una crema dental, una Coca Cola o un delicioso plato gourmet. La etiqueta de “imprescindible” que le ha colgado el astuto mercadeo, resulta morboso y exagerado, pero rentable y efectista. Quizá lo podríamos conceptuar como un mero pretexto para mostrar las técnicas más depuradas de efectos especiales o como la búsqueda incisiva del susto utilizando malversados sobresaltos audiovisuales, encubiertos en presumidos tonos de maquillaje -incluida la sangre, antes que encaminarse hacia la evolución de una trama coherente, vibrante, que no se abunde en el artificio. Esta mercancía pre-fabricada, insiste en argumentos así como en una estética que la gente sabe repetida, pero que consume varias veces porque es incapaz de satisfacer sus ansias de miedo y aprensión. El terror “mainstream” ha caducado, entre otras cosas, porque se ha eliminado el rigor de lo filmado, la veracidad de lo narrado. Muchos años atrás, el reto consistía en la obligatoriedad de imponer una cadena de naturalismo, en una nula adjetivación visual, que mantenía puntos de vista emotivos y pulsiones temporales. Estos, fueron la clave del éxito de una película clásica que cambió la forma de observar el género. El bebé de Rosemary de Roman Polanski -ya se cumplieron 45 largos años de su estreno- es uno de los films con mayor temperamento y decisiva influencia, ya no sólo del género de terror, sino también del cine desde su perspectiva histórica -con el permiso de Hitchcock y Psicosis- hecho que hace añorar aquellos planteos de crónicas que el género amasaba. Por ello, y otras cosas más, este film merece una evocación como una de las obras de terror psíquico más modélicas que haya ofrecido el cine. Hoy se estrena en la sala “cine arte” de Larcomar, y el UVK, merece un cumplido por el acierto..... Pues bien, marcado por una macabra fábula que se gestó antes, durante y después de un áspero rodaje, un exhaustivo trabajo poblado de roces y obstáculos, acabó consumándose como la precursora del llamado “cine satánico” junto al fervor de una temática que incluso parecería mantener su vigencia. El bebé de Rosemary supo dejar para la historia del cine, una leyenda plagada de anécdotas, tensiones y alegorías legítimas para alimentar una infectante necesidad de morbo diabólico en Hollywood, hasta la llegada cinco años después, de otro de los títulos indispensables del género: El exorcista de William Friedkin, pero donde la historia ofrecía otros parámetros. El largometraje de Polanski llegó quizás en un momento clave, en el que toda clase de sectas, espiritismo, parapsicología y ocultismo estaban en plena faena. Se sumaba en ese entonces, una discutida simpatía por el Diablo, mezclado además, con todo tipo de drogas alucinógenas, en un periodo en el que magia, vudú y satanismo veían la luz al amparo de la libertad de ese tiempo, como la celebración prematura de una “nueva era”, que trajo consigo a los liberales hippies, las nuevas creencias y el culto por lo sobrenatural. Toda esta especie de algarabía medio desordenada comenzó cuando Bob Evans, jefe de estudio de la Paramount, le ofreció a un joven Polanski -ya afincado en los EEUU- dos proyectos para que escogiera el que más le acomodara dirigir. Uno, contaba la historia de unos esquiadores de altas cumbres -era el hobby del cineasta- y el otro, una de terror un tanto inusual y desacostumbrada. Los derechos de la obra estaban en manos del genio del “grand guignol” cinematográfico, William Castle. El productor yankee pasó a la historia por ser uno de los reyes del cine de terror de serie B de la época, ya que utilizaba sus célebres “gimnicks”, una seguidilla interminable de estrategias marqueteras para asustar al público en las salas. Rosemary's Baby está basada en una novela de Ira Levin, conocido novelista y dramaturgo neoyorquino, de origen judío, por el que Polanski se sintió atraído a través del trato bondadosa que le daba a Lucifer desde una perspectiva cercana a la visión de Nietzsche sobre la religión, pero llevada a una percepción mesiánica. En el fondo, estábamos dentro de una ácida crítica social y mística. El bebé de Rosemary es el ejemplo más depurado de entender la presencia del Demonio en el cine. La cinta, le otorgó carta blanca al mal para que se pueda transformar en un personaje principal, y por qué no, en el protagonista más sugestivo de cualquier película....... La historia arranca con una cámara que  va recorriendo el horizonte de la ciudad de Nueva York, y que se detiene en un último plano general del edificio Dakota en el West Side de Manhattan. Tanto el mencionado inmueble como la atmósfera son elementos imprescindibles de la narrativa linajuda que emplea Roman Polanski. Un matrimonio bastante joven se instala en uno de los departamentos del edificio. Guy y Rosemary Woodhouse hacen amistad con tres vecinos, una pareja ya entrada en años, Minnie y Roman Castevet, y una mujer joven que vivía con ellos. Cierto aire de anomalía se escondía detrás de un aspecto cortés. La mujer se suicida repentinamente, y la vetusta pareja resultan ser los apóstoles del Demonio, en busca de una muchacha fértil que sirva como vientre de alquiler para el Anticristo. Rosemary se embaraza súbita y extrañamente, y es ahí donde Polanski clava las uñas, a través del esmero en la sincreción situacional, y también en la dialogada. El cineasta logra lucirse en la puesta en escena donde los resultados son formidables, ya que revela un carácter indómito en el manejo sutil de los instrumentos cinematográficos de la época, destacando particularmente la forma de ahondar en el sentido claustrofóbico del espacio. La quiebra de la entonación desenfadada de la función es progresiva, exprime a fondo nuestras suspicacias, y en este sentido, es interesante analizar lo grotesco de la secuencia central, la de la violación y engendro del hijo de Rosemary, planteada desde lo onírico, y que define a la perfección la astucia narrativa de Polanski, la imaginería que sublima el horror, pero que lo anticipa. El clima cada vez más enfermizo en que se retratará el embarazo de Rosemary, enfatizado el doloroso proceso en el propio rostro y físico esquelético de Mia Farrow -el corte de pelo así lo amerita- y que derivará en una sucesión de secuencias brillosas como la huida del ginecólogo perteneciente al clan diabólico, la escena en la cabina telefónica, la visita al otro ginecólogo, el intento de fuga desesperada de Rosemary etc., todas abonadas por un sinfín de especulaciones, aprovechándose de la necesidad de la parturienta, parábolas sobre la manía persecutoria -vuelve el plot del film Repulsion- acerca del individuo atrapado en una maquinación hostil que lo supera, y lo convierte en víctima..... Volviendo a la leyenda, el proyecto cautivó a Polanski, quien solicitó escribir la adaptación del guión prometiendo respetar el espíritu y la dureza de una novela, que antes de consolidarse en el celuloide, ya era un best-seller de proporciones. Al cineasta polaco lo eligieron en gran medida por tratarse de un europeo con cierto prestigio en círculos reducidos gracias a películas como Knife in the Water, Repulsion, Cul-de-sac y la comedia de terror Dance of the Vampires. El hecho que Polanski fuera europeo, agnóstico y liberal, suponía que pudiese manejar la historia de Rosemary sin prejuicio alguno, que si podría suceder con cualquier cineasta yankee. No hay que olvidar la adicción que tiene Polanski por las historias casi siempre encaminadas hacia temas tan abruptos como el asesinato, la obsesión, el sexo, la venganza o la muerte, condimentados con sus fantasmas y sus fobias personales. En cuanto a la protagonista, cuando todos esperaban que fuera la bella esposa de Polanski, Sharon Tate, o quizás la actriz rubia Tuesday Weld. Sin embargo, un perceptivo Polanski se decidió por la joven de 23 años, Mia Farrow, quien era una prometedora actriz gracias a la conocida serie de TV, Peyton Place. La Farrow contó con el apoyo de un Polanski seducido con la frágil mujer de rostro aniñado. Para escoger el actor encargado de darle vida a Guy Woodhouse la cosa no fue tan fácil. Aunque Polanski quería a Robert Redford -hubieron discrepancias de todo tipo- fue el experimentado actor-cineasta John Cassavetes, conocido en los íntimos circuitos culturales, por ser un realizador de culto de películas independientes, que hoy en día suponen un paradigma de la emancipación cinematográfica. La cinta tuvo un inesperado éxito de público y sobre todo de la crítica, hecho que no esperaban los productores, ni la misma Paramount Pictures.  El bebé de Rosemary, con el tiempo, se convirtió en una película de culto que lanzó a la fama internacional a Polanski, y también a los actores, donde destacó la espléndida Ruth Gordon, como Minnie Castevet, quien fuera recompensada con un Oscar a mejor actriz de soporte. Hasta aquí podemos calificar al film como una frecuente historia de cualquier producción hollywoodiense, esa que cualquier opinólogo habitúa comentar. Pero la notable proposición de Polanski no fue una producción típica, sino todo lo contrario. La película estaba destinada a ser una tortura para todos, incluso años después de ser filmada. Durante el rodaje, las relaciones entre Cassavetes y Polanski fueron un martirio, con enfrentamientos verbales debido a la distinta visión que tenían ambos sobre la historia de Ira Levin. Polanski, detractor del cine de Cassavetes manifestó “lo mejor que sabe hacer es interpretarse a sí mismo, y lo bueno de eso es que hace a su personaje antipático, como lo es realmente en la vida misma”. Por su parte, Cassavetes definía a Polanski como “un cineasta genial pero un sujeto aborrecible”. El abanderado del cine independiente también definía el film como “la película sin violencia más violenta de la historia del cine”. Con Mia Farrow tampoco hubo la armonía que se supuso, ya que entre los dos no existió empatía. Polanski fue y sigue siendo, un tipo especial, perfeccionista, y sin un trato afable con sus actores. Es un profesional que estalla cuando observa que no se hacen las cosas como él las requiere. Empujó a la actriz al brutal tráfico dela ciudad de Nueva York, para rodar la escena en la que escapa enloquecida llevando el Cinema Vérité a sus más extremas consecuencias. Por otra parte, hubo otros tipos de inconvenientes, como el  divorcio a medio rodaje de la hija de Maureen O’Sullivan y John Farrow. El más conocido se realizó con el consagrado actor-cantante Frank Sinatra, quien amenazaba permanente a la Farrow, ya que llegaba  tarde a casa todos los días por culpa del film. Sinatra se presentaba en el set de grabación para llevarse a casa a su mujer, y propinarle algunas palizas maritales. Todo se calmó cuando Mia Farrow firmó los papeles de su ruptura matrimonial días después. En cuanto a Polanski, la maldición le llegó casi de inmediato. Al estreno asistió Anton Szandor LaVey, amigo personal del cineasta polaco, y hombre conocido en los círculos más esotéricos de Hollywood como "El Papa negro", por ser un avezado dirigente de la secta denominada “Hijos de Satán”, una congregación que popularizó las historias más macabras y soterradas de muertes de superestrellas del Hollywood de los años sesenta y setenta. LaVey supervisó en su totalidad las escenas de satanismo, y se encargó de asesorar a Polanski, en este tipo de situaciones. Incluso, podemos verlo hacer brevemente un cameo superficial, en la pesadilla en la que el Diablo copula con Rosemary para engendrar a la criatura. Mucho se ha escrito y comentado acerca de la relación de Polanski con sectas y grupos de ese ámbito. Pues bien, tan sólo un año después del estreno la hermosa actriz y esposa de Polanski Sharon Tate fue asesinada junto a unos amigos en su casa de "Cielo Drive" situada en California, de la forma más despiadada que recuerda la historia negra de Hollywood. La orgía de sangre fue obra de Charlie “Tex” Watson, acompañado de Patricia Krenwinkel, Leslie Van Houten y Susan Atkins, bajo las órdenes del líder de la banda, Charles Manson -conocidos desde ese momento como “The Family”- un desequilibrado que sellaron la trágica leyenda de Polanski. Para colmo de males, el cineasta sería acusado seis años después de abuso sexual de una chica menor de edad, evento confuso que lo ha mantenido alejado de los EEUU. La maldición no quedó congelada ahí. El prometedor compositor de aquella escalofriante BSO -quién no se acuerda de la melodía que abre y cierra el filme- Christopher Komeda, moriría después un raro accidente cuando esquiaba, tan sólo cinco meses después de estrenarse la película. Además, el edificio Bramford, donde transcurre la acción, no es otro que el célebre edificio Dakota, conocido inmueble por ser escenario de insólitos y tétricos sucesos -más de una decena de personas se suicidaron en sus habitaciones-. Actores consagrados, pero de vida agitada como Judy Garland, Bela Lugosi, Leonard Bernstein o Lauren Bacall, también sufrieron de inestabilidad emocional cuando vivieron en aquella vivienda de la que se reconoce como uno de los lugares de hechizos y maleficios más reconocidos en los EEUU. El Dakota pasaría a la posteridad por ser la residencia del Beatle John Lennon, y en cuyas puertas fue asesinado por su fan Mark Chapman. A pesar de todo, El bebé de Rosemary continúa siendo una sobrecogedora cinta de terror psicológico, una obra maestra del género que está entre las mejores películas del cine de horror, y ha quedado enquistada en los anales del séptimo arte. Una gesta imborrable acerca de nuestros miedos, sobre la sociedad, la religión y el temor más interno e incorpóreo que uno intente imaginar. La fascinación de esta inolvidable película de Polanski reside, por tanto, en ese poder de hipnotismo oculto en la sugerencia constante del acecho. Un film con una oscura leyenda delante y detrás de cámaras, que nos quedará en la retina por sus formas y contenido, pero más aún, por el enfoque de Polanski. Rosemary’s Baby se afirma cada vez más en esa elegante ambigüedad a pesar de los años transcurridos, ya que nunca acaba de definir si efectivamente la protagonista se encuentra en lo cierto, o si estamos ante un caso de paranoia provocada por la soledad de aquél que se siente desatendido, pues todo lo que observamos tienen una perspectiva de la dulce Rosemary Housewood. El bebé de Rosemary es de esas cintas en la que comentar puntillosamente la trama serviría de poco, pues es a todas luces una historia diseñada para que uno la vaya conociendo, observando y admirando poco a poco. Además, como se desprende del título en castellano, poco o nada habría que decir. Quizá solamente que el film en sí tiene un material propio, que irónicamente, para ser una propuesta de terror, no existe casi nada de sangre, sustos violentos, o evidencia de monstruos. Y esa es la magia de Polanski, crear el verdadero terror en nuestras mentes e intelectos. Hay que aprovechar esta oportunidad e ir a verla en pantalla grande. Las sensaciones serán inolvidables. Los amantes del género estarán de plácemes, aquellos cinéfilos que se obligan a grandes películas, también. Su presencia en Larcomar será de tan sólo una semana, sería una lástima pasarla por alto. Formidable ejercicio de un director controvertido, odiado por mucha gente, pero que le ha demostrado al mundo que sus obras son intachables. Bien por Polanski, y por nosotros.