domingo, 22 de septiembre de 2013

“The Little Shop of Horrors”, Roger Corman: cuando la bufonada resulta genial.













































Antes de pasar a comentar brevemente el film The Little Shop of Horrors o La pequeña tienda de los Horrores, es obligación referirme quien fue en realidad todo un personaje yankee como Roger Corman, el auténtico rey del cine independiente, de explotación, de culto, y el de la serie B, y sin duda, el hombre que popularizó entre los cinéfilos la frase “films de bajo presupuesto” tanto en su faceta como productor, como la de realizador. Desde hace seis décadas, Corman ha financiado cientos de rentabilísimas cintas  y ha lanzado con gran suceso la carrera de algunos de los mayores talentos que crearon la nueva historia de Hollywood, como Robert De Niro, Jack Nicholson, Peter Fonda, Dennis Hopper, Martin Scorsese, Francis Ford Coppola, Ron Howard, Peter Bogdanovich, Jonathan Demme, James Cameron, John Sayles, Bruce Dern, Michael McDonald, y muchos más. Sin embargo, a finales de los setenta, el mundo mágico de Corman sufrió una hecatombe cuando los grandes estudios decidieron embestir y someter su negocio, con las propias armas del yankee. Con mucho más dinero y poder, los estudios reclutaron a los directores habituales de Corman, y comenzaron a realizar el mismo tipo de cine.  Así pues, los nuevos empresarios de la industria del cine norteamericano decidieron hacer “cine Corman, pero sin Corman”. Películas como Easy Rider de Dennis Hopper o Tiburón de Steven Spielberg, por colocar dos ejemplos, se apoderaron del segmento de mercado que ocupaba Corman, y éste se vio en la necesidad de migrar hacia el video, donde no le fue nada mal. Es uno de esos tipos especiales, necesarios y de una visión singular del negocio, como nadie, diría antes de estrenar Avatar, James Cameron. Cuando Corman era el que “partía la torta”, o el gran impulsor de los movimientos juveniles que recorrían los EEUU en las décadas de los cincuenta y sesenta, su secreto consistía en utilizar la argumentación a través de imágenes de la cultura y la contracultura yankee mostrando ese fenómeno de modo particular en cada género que abordaba. Su palabra más utilizada era “subliminar es llamar la atención”, y no se equivocaba. Hoy, un octogenario Corman sigue vivo y coleando, produciendo y distribuyendo películas -fuera del sistema de los grandes estudios- hechas de forma rápida, y con costos muy bajos. Odiado por muchos e idolatrado por otros tantos, en 2009 la Academia le otorgó un Oscar honorífico a la trayectoria, lo que lo convierte en una de esas legendarias vidas que forjaron parte del destino en la historia del cine yankee. Pues bien, The Little Shop of Horrors, hecha y estrenada en 1960, es uno de sus más reconocidos aportes a la producción de comedias de terror en el cine yankee. Luego vendrían películas como Young Frankenstein de Mel Brooks, The Rocky Horror Picture Show de Jim Sharman, An American Werewolf in London de John Landis –película comentada en el blog- Bitelchús de Tim Burton, Army of Darkness de Sam Raimi o la española El día de la bestia del reconocido Álex de la Iglesia, todas comprobadas cintas de culto. Se podrán argumentar muchos temas, pero Corman tiene ganado un lugar especial en esto de hacer cosas diferentes para deleite de cinéfilos que conocen de historia del cine, donde y cuando la bufonada resulta genial. La película narra en B/N la historia de un joven ayudante de una floristería de L.A. llamado Seymour. Debido a su incompetencia, está a punto de ser despedido por el dueño del lugar, el señor Mushnik, al mismo tiempo que la bella Audrey, otra empleada de la pequeña tienda, lo convence de cuidar una misteriosa planta a la que Seymour le pone el nombre de la chica, y le suma la palabra Junior. La planta -de una encantadora fealdad-  se vuelve popular, atrae nuevos clientes –la tienda estaba quebrada económicamente- al lugar, pero de pronto comienza a sufrir transformaciones que Seymour logra detectar. Primero descubre que el arbusto de maceta es una planta carnívora, y que se alimenta de sangre humana. Para mantenerla con vida, Seymour la alimenta con su propia sangre, en realidad, era poca porque provenía de sus dedos. Pronto Audrey Junior crece, y tiene otras necesidades para mantenerse con vida. Paralelamente, el negocio aumentaba sus ventas, y la atracción por curiosear cómo era la planta se convertía en una obligación. Seymour atendía a Audrey Junior sólo por las noches –cosas del guión- cuando descubre otro atributo de su compañera, la planta habla, y le pide a su custodio que la alimente más y más. Para cumplir con el mandado, Seymour comienza a matar gente para darle de comer, y así mantener esa voracidad desbordada, que poco a poco, le resulta imposible de controlar. Finalmente Seymour intenta destruir a la planta, pero su aparente amiga lo asesina. El desenlace supone el descubrimiento por parte de Musknik, y otros personajes del florecimiento de Audrey Junior mostrando las caras torturadas de sus víctimas incluyendo la del mismo Seymour. Otro de los aciertos de Corman en este film, es la variedad de personajes que coloca en escena, y que aunque parezca una mofa tiene un porqué. Por ejemplo, el film fue una de los primeros en que aparece un joven Jack Nicholson, actuando con torpeza el papel de un paciente masoquista que acude donde un dentista. Tanto Corman y el guionista Charles B. Griffith escribieron el guión en pocas horas, y la cinta fue rodada con actores contratados por Corman, por horas, y que estaban filmando para otras compañías en ese mismo momento. El rodaje demoró solamente tres  días. Corman filmó cada escena una única vez con tres cámaras en simultáneo. Rodó la película en plena calle, sin cortes, y sin que le importara que la gente de "a pie" pasara por delante de las cámaras. Como curiosidad, el guionista hizo un par de papeles cortos, además de ponerle voz a la planta. La cinta le costó 25,000 dólares a Corman, pero lo que ganó por la venta que hizo del producto -no por recaudación- llegó a ser 200 veces el valor de la inversión. Toda una proeza. Cinematográficamente, The Little Shop of Horrors tiene muchos errores de producción, pero resulta divertida porque es original, y Corman logra instalarla dentro de un sub-género que luego traería cola; la comedia negra. Un bonito recuerdo, de cómo los films nombrados líneas arriba –salvo Easy Rider y Tiburón- pasaron del olvido al reconocimiento, y en la actualidad son estudiados en cualquier instituto que se dedique a la enseñanza de la historia del cine. Traten de darse un tiempito para verla. Tendrán suficientes contradicciones como aportes a la esencia de lo ridículo, pero envuelto en la ocurrencia.