martes, 1 de octubre de 2013

“A Late Quartet”, la mayestática musical sujeta al brete.















































































No son muchos aquellos films que pueden acudir a esa cita inevitable con la corpulencia y la dignidad de la emoción, o la lúcida cercanía a los mecanismos secretos de la creación artística. No es fácil conjugarnos en la sensibilidad que exhalan propuestas que se vinculan con la música como parte de una determinada cultura. Si bien podemos citar algunas interpretaciones a gran escala que combinan lo musical con lo dramático: Gary Oldman en Immortal Beloved de Bernard Rose, Forest Whitaker en Bird de Clint Eastwood, Adrien Brody en El Pianista de Polanski, la maravillosa Marion Cotillard en La Vie en Rose de Olivier Dahan, Jamie Foxx en Ray de Taylor Hackford, Joaquin Phoenix en Walk the Line de James Mangold, Tom Hulce en Amadeus de Milos Forman, Tim Roth en The Legend of 1900 de Giuseppe Tornatore, Geoffrey Rush en Shine de Scott Hicks, Curtis "50 Cent" Jackson en Get Rich Or Die Tryin' de Jim Sheridan, Gary Busey en The Buddy Holly Story de Steve Rash, John Cameron Mitchell en Hedwig and the Angry Inch del mismo Cameron Mitchell o Kevin Spacey en Beyond the Sea del mismo actor; lo que busca y logra Yaron Zilberman con A Late Quartet, se funde en lo grupal o corporativo, es decir, en varios instrumentistas que se asocian con el fin de sacarle un sonido sublime y admirable a un artefacto complejo de armonizar como el violín, sumado a un grave violonchelo. Son películas de una misma familia, e intérpretes de un sentimiento universal. Quizá, el largometraje de Alan Parker, allá por los inicios de los noventa, The Commitments, pueda tener una posibilidad de coincidencia dramática y sobre todo melancólica con la ópera prima de Zilberman. Un cuarteto de cuerda es una unidad perfecta, aunque formada por individualidades disímiles, pero que se apoyan el uno en el otro dentro de un equilibrio absoluto. Cuando alguien falla, todo el conjunto sufre y se tambalea. Este es el plot o la premisa de A Late Quartet. A Zilberman se le facilita el asunto porque cuenta con actores de primera línea, y que se complementan con sutil complicidad, un viejo zorro de la expresividad gestual como Christopher Walken, el formidable Philip Seymour Hoffman, la sequedad de Mark Ivanir y la neutralidad de Catherine Keener. Si bien es cierto, hay dos personajes femeninos adicionales, uno que representa Imogen Poots, hija del matrimonio de dos de los violinistas, ésta queda un poco “desafinada”, porque daría la impresión de flaquear y/o sobrar como un elemento prioritario de dos de los conflictos que se originan. Allí es donde Zilberman demuestra que aún no masca bien la dirección de actores, y le salta un poco el guión, sin afectar la relación principal, es decir, la pasión, obra y adversidades de los integrantes del cuarteto. Zilberman sabe conducir el entramado de los artistas, define con soltura y eficacia cuando son un equipo que encuentra la perfección en el arte que dominan, y también cuando cada quien tiene que asumir los hechos de sus vidas privadas. La lectura que intenta desarrollar el cineasta es discutible donde la amistad entra a jugar un papel riguroso que afecta seriamente los intereses familiares y los estrictamente profesionales. Es aquí donde el cineasta judeo-norteamericano parece descompensarse, pero es protegido por las magníficas interpretaciones de Walken y Seymour Hoffman, y el sostén de las mismas que realizan la Keener e Ivanir. El reto para Zilberman no es fácil. Dirigir dos monstruos en un debut, es arriesgado, pero los personajes están dibujados apropiadamente, lo que ayuda, y mucho, a los objetivos de la propuesta. Existe libertad, no estrictez en cada uno de ellos, salvo alguna toma que cae en el desmán, que propicia desorden, o por forzar la presencia de dos personajes que no le aportan mucho a la historia, porque la desenfocan y la dilatan. Ya me referí a la Poots, pero también surge Liraz Charhi, una actriz a quien le falta la presencia intimidante que pretende Zilberman, al margen de ser una mujer bellísima. Los cuatro personajes principales son creíbles y evolucionan, desde sus motivaciones y miedos hasta sus acciones y sometimientos. Algo importante de rescatar en Zilberman es el alma que posee la historia. Hay imprevisibilidad en el contenido, y un factor que siempre luce si está bien encaminado. Me refiero al creador del cuarteto -Walken- cuando tiene que anunciar su retiro luego de casi 25 años, porque su neuróloga lo examina, y le señala que es posible que tenga la enfermedad de Parkinson. Cuando el hecho se confirma, se produce un gran cambio, y distintas reacciones en cadena, ya que la decisión de uno hará que el segundo resuelva tomar una más drástica que afecta a un tercero, y posteriormente al cuarto integrante. Acá si acierta Zilberman porque comprende que el grupo de músicos es como una familia disfuncional. Coloca los problemas de cada quien, los va intercalando y relacionando, hasta encontrar una salida, si bien anunciada, no prevista de la forma en que ocurre. El desenlace es silencioso, espontáneo y atinado. Si algo hace bien el judío-yankee es darle a cada protagonista su momento de tristeza, y de gloria. Escatima en sobreponer las cualidades de uno y otro, no deja que ninguno gane cuando confrontan, ya sea de a dos o de todos juntos. Lo que busca es integrarlos a todos pese a las discusiones, encontronazos y torpezas que suelen exhibir. Otro acierto, notable y casi como si fuera un protagonista exclusivo, es la BSO de Angelo Badalamenti, de quien ya conocemos su pericia y riesgo. El músico implementa el Cuarteto Nº 14, Op. 131 del gran Ludwig van Beethoven, pieza inmensa, pero llena de complejidades tanto en su ejecución como en su equilibrio armónico. Con la firmeza de la música, la película gana en proyección e intensidad. Beethoven arropa al violín y al violonchelo, como Walken lo hace con sus alumnos y compañeros de cuarteto. Un film sensible, humano e ingenioso, que nos demuestra lo duro que es ser un músico de élite, a la vez que nos propone las formas en que uno debe manejar sus intimidades, y abandonar lo que más ama porque un trastorno sin solución se interpone, y nos saca de circulación. En la vida, hay que saber perder, como hay que saber vivir, y lo más importante, hay que saber morir, cosa que el ser humano se resiste a aceptar.