jueves, 3 de octubre de 2013

“The Magdalene Sisters”, Mullan desabriga a la Iglesia Católica.




























































Hemos mencionado en varios posts lo que pensamos de las virtudes y debilidades de la Iglesia Católica. En el film La Pontífice, descargamos algunos pensamientos que son opiniones válidas, como supuestas tonteras, según otras personas. Lo cierto es que la institucionalidad de la Iglesia cada día se desarma cual castillo de naipes porque sus devotos ya se dieron cuenta que no es el único camino para acceder a Dios, que existen otros más consistentes, y que la ignominia de sus autoridades ha contribuido tanto como la no modernización de la palabra de Cristo. Hoy, en el Perú, hay un caso flagrante de un sacerdote denunciado públicamente por actos de pedofilia. Nuestro cardenal, quien se encuentra en Roma, tomando mate con el Papa argentino, se ha hecho el de la vista gorda, como aquel obispo que trata los casos severos como sencillos, y éstos -como putear a un árbitro también argentino, en un partido de fútbol perdido con los uruguayos- como escándalos nacionales….. The Magdalene Sisters es el segundo film del director y actor escocés Peter Mullan -ganador en Venecia- y a quien alabamos en este blog por su interpretación en Tyrannosaur. Ha trabajado en varias cintas de conocidos realizadores, como Kean Loach, Danny Boyle, Mike Figgis y el mexicano Alfonso Cuarón. Le sobra experiencia y capacidad de síntesis. Mullan tiene una formación teatral, y acude a esta tanto en su ópera prima Orphans, donde combina el drama de la muerte con el sentido del humor de personajes que asisten a un funeral e intercambian sus miserias y venturas; así como en The Magdalene Sisters, su film mejor ensamblado y donde destapa la olla. En esta película, el escocés sabe imponer y mantener una notable fuerza narrativa para equilibrar la tirantez de una historia incómoda y repulsiva que transcurre dentro de un albergue para mujeres supuestamente pecadoras. Mullen hace una crítica social, religiosa e histórica, filmando acerca de aquellos lugares conocidos como “Los asilos de las Magdalenas”, una serie de conventos dirigidos y sostenidos por la Iglesia Católica, bajo la administración de las Hermanas o monjas de la Misericordia. En estos aparentes reformatorios, las internas se autodestruían realizando trabajos físicos que eran rudos e impropios de mujeres, especialmente en la sección de lavandería, donde Mullan establece el plot de su propuesta. Alrededor de 30,000 mujeres, de todas las edades y condiciones, fueron privadas de su libertad, en contra de su voluntad, durante los aprox. 150 años que existieron estos hospicios. La consigna que pregonaban se fundamentaba en una filosofía muy simplista. A través de la oración, la limpieza y el trabajo, las mujeres caídas en pecado pueden volver a Jesucristo. Una mentira aparentada con el embuste, la mendacidad y la falacia. Estas instituciones de la esclavitud y del encierro desmedido, fueron clausuradas por sus mismos fundadores en 1996. Con certeza y sin efectismos, Mullan acomete en detrimento de la Iglesia Católica, y la desacredita sin darle tregua. El film no sólo fija su mirada en las monjas que ejecutaban la obligatoriedad del trabajo férreo, sino el sometimiento de las féminas a un sistema carcelario, como si éstas fueran unas desaforadas delincuentes. Las trataban de “putas”, las exhibían a todas desnudas en fila, como si de un cuartel militar se tratase, burlándose de sus limitantes y atributos físicos, humillándolas sin ningún tipo de piedad. Existían otros actos de maltratos inconcebibles y demenciales: la prohibición de comunicación entre ellas, también para con el exterior, la negación de cualquier intimidad, torturas físicas y psicológicas, y mucha violencia. Lo más traumante es que cada mujer era convertida en una prisionera de la palabra de Cristo -en este caso no ejemplificadora- sin pensar siquiera en una posibilidad de futuro. No había más remedio que fanatizarlas de acuerdo a un molde mental de total sometimiento, de manera tal, que era lógico que brotara la discordia entre ellas mismas por temas sin importancia, e incluso muchas se mimetizaban con tan miserable método, brindando sus vidas, envejeciendo y muriendo por una causa envuelta en la necedad y el oprobio. El sistema se refugiaba en la mentira y el disparate, ya que la finalidad de recuperar a las supuestas ovejas descarriadas, no era otra cosa que preservar una mano de obra gratuita aceptada por las autoridades, y por las propias familias de las víctimas. En lo cinematográfico, Mullan tiene muchos aciertos, pero también alguna que otra grieta. Si bien el resultado del conjunto actoral es satisfactorio, lo que no logra con precisión es que cada personaje protagónico -son cuatro esclavas y la mandamás, siempre brillante la actriz Geraldine McEwan- evolucione dentro de la historia. La tonalidad de cada una de las intérpretes son constantes, y si bien cada una pinta su propia vivencia de manera correcta -incluidos aquellos momentos de terrible sufrimiento- no existe la concatenación entre las individualidades con respecto a los objetivos que se persiguen. Esa vinculación no es integral sino que Mullan las divide en acciones repudiables y/o buenas, quedando enmarcadas en esos términos y circunstancias. Es posible que en una construcción que aparenta no ser tan complicada, la evolución de Bernadette, Rose, Margaret, Crispina y la hermana superiora, no sea una cuestión tan simple, pero es notorio que el efecto de la diversidad en todas las vejaciones a que son sometidas las actrices principales, y también las secundarias, son atribuidas al conjunto, y no a cada personaje en particular. Mullan acierta en el terreno de la denuncia formal, no acude al sentimentalismo de aquel que observa la cinta, más bien nos enerva y revuelve el estómago, elude esa tendencia a lo melodramático, y pone en discusión el tremendismo del mensaje. Si bien es cierto que se circunscribe con habilidad en los muros del asilo, no pierde la oportunidad de culpar no solo a la Iglesia, sino a las autoridades de la ciudad que toleraban los desmanes, y no controlaban nada. La complicidad de las familias es elocuente. A Rose -que la llaman Patricia- la envían al claustro por haber sido madre soltera, a Margaret porque su primo la violó y sus padres creyeron en una mujer manchada por el deshonor, y a Bernadette porque coqueteaba con los compañeros de colegio. Crispina ya estaba dentro del asilo cuando éstas llegaron, y es quizá la que tiene más matices dentro de una evolución imperfecta. Para los horrores que se relatan en la película, ésta posee un desenlace un tanto complaciente. Sin embargo, que dos de las jóvenes que pasaron cinco largos años en la redes de la crueldad, puedan escapar y reintegrarse a la sociedad, no borra en absoluta la indignación que uno siente hacia todas las atrocidades que se cometieron en el nombre del Padre, del hijo y del espíritu santo. Esperemos que jamás vuelvan a estar entre nosotros estas congregaciones religiosas de aires despóticos, aunque como mencionáramos al principio, hayan suficientes indicios que nuestro discutido cardenal se arrastra burdamente encubriendo tamaño despropósito de un miserable sinvergüenza violador de menores. Traten de conseguir la película. Otros nombres posibles son: En el nombre del Padre o Las hermanas de las Magdalenas. Film recomendable 100%.