viernes, 1 de noviembre de 2013

“Black”, Leela Bhansali y el color inequívoco del dolor y el éxito.











































Todos recordamos un inconformismo casi unánime de los amantes de la cinefilia cuando la cinta india o hindú Slumdog Millionaire, del británico Danny Boyle acaparó la premiación de la Academia el año 2008, llevándose ocho estatuillas. No fue una mala película, pero la meca hollywoodense cedió ante una de esas propuestas todoterreno de Bollywood, y cuya historia de amor estaba sostenida en un juego de ambiciones desmedidas y realidades dispersas junto a un tramposo jugueteo de colores y luminosidad, una narrativa tan morbosa como esplendente, y de un manipuleo extremo del sentimiento que supo construir un cineasta con inmejorable habilidad comercial. Pero, gustó y ganó, y eso quizás sea lo que importe y se escriba en los libros. No soy un adepto al cine que se hace en la India aunque reconozco su calidad, su capacidad, y no me sorprenden los números que maneja esa industria. Hay algunos que se asombrarán, pero hoy por hoy es la factoría más importante del mundo en términos cuantitativos, y por el volumen de films que se producen anualmente. India contabiliza el 75% de los ingresos por la edición de películas en la sumatoria de la región Asia-Pacífico: una cabal bestialidad cultural de masas. Los indios son la gente que más acude al cine, con cifras que han superado los mil millones de personas en solo un trimestre, índice que se ve favorecido por el valor de las entradas, que apenas alcanzan los 20 céntimos de dólar. En la última década, su extensión al resto del mundo con varios películas meritorias, pero sobre todo con una bien pensada estrategia de colocarlos en aquellos países con un gran número de expatriados, han reforzado sus fortalezas. Cuando los yankees quieren concertar una película suya -o un paquete de las mismas- en la cartelera India o en la China, se tienen que sentar a conversar mansamente con las autoridades de ambos países. No es como se manejan en Sudamérica -incluidos Brasil y Argentina como únicas industrias cinematográficas- que nos venden gato fresco en vez de conejo. Allá negocian, acá se imponen. Revisemos algo de historia: La primera cinta autóctona hindú reconocida fue Raja Harishchandra, de Dhundiraj Govind Phalke, film mudo de postura mitológica en 1913, género que se ha convertido, hasta la actualidad, en la esencia del cine indio. A pesar que la industria del cine indio ha sido conocida en Occidente no hace más de 45 años, ya en el comienzo de los años treinta, el número de películas superaba el centenar por año. Con la aparición del cine sonoro en 1931, a través del film Alam Ara de Ardeshir Irani, las productoras se instalaron en distintos lugares, en relación con las lenguas: Bombay para el hindi -conocido popularmente como Bollywood- Tollygunge para el cine hecho en Bengalí, Kerala en Malayalam -conocido como Mollywood- Kodambakkam en Tamil -conocido como Kollywood- Madras y Calcuta. No obstante, es el cine hindi el que representaba la mayoría de la producción, con el 82% de las películas, aunque en la actualidad sólo alcanza el 36%. La temática transcurría desde lo mitológico hasta las historias románticas sufridas, todo ello rodeado de danzas costumbristas dentro de un modelo de musical con innegable identidad propia. No olvidemos que quizá lo mejor de Slumdog Millionaire fue el impactante baile final durante los créditos, que Boyle manipuló con suma precisión a través de casi 100 años de folklore, y lo llevó a un pedestal impensado. Finalmente, fue el director K.A. Abbas con el film Los hijos de la tierra, en 1946, el primero en manifestar sus preocupaciones sociales, coincidiendo con el proceso de independencia de la India. Pues bien, hoy quiero comentar algo que no sólo llamó mi atención, sino puso a funcionar esa pasión que uno tiene por el cine. Black es una grandiosa cinta, quizás muy aproximada a la notable The Miracle Worker de Arthur Penn, donde Anne Bancroft y Patty Duke hicieron juntas una historia pocas veces vista. Black no es un remake, hay varias diferencias, pero también existen acercamientos. Anoche, la sensibilidad me tuvo sometido. Observé dos veces el film y me pegó fuerte en el alma. Luego, cuando tuve que redactar el comentario sentí que no debía hacer lo correcto sino lo contrario, es decir, construir una opinión personalísima, casi poética y de ribetes melancólicos. La trama presenta a Michelle McNelly, una niña inteligente y despierta, pero ciega y sorda desde su nacimiento, ante lo cual sus padres -habiendo hecho un esfuerzo brutal- renunciaron a una posible cura. Un día llegó a sus vidas Debraj Sahai, un maestro, y el único ser humano capaz de acercar el mundo exterior a Michelle a través de sus valiosas enseñanzas transmitidas con constancia, comprensión y fuerza de voluntad, pues sabía que la pequeña, en un principio algo salvaje, podía llegar a ser una mujer adulta independiente, conseguir enorgullecer a todos los que la consideraban un caso negado, sobre todo a la familia. Black, que en su idioma original significa negro, es un asunto de carácter cromático. Pero además es la evidencia, no de la ausencia de luz, sino de la disminución de la misma. Prueba de ello es el paulatino acostumbramiento a la oscuridad, hasta que se pueda percibir una difusa luminosidad. En la formidable obra del cineasta Sanjay Leela Bhansali, Black representa el método de enseñanza, el lugar desde donde se parte para hallar claridad en una situación adversa como la ceguera y la pérdida de la audición. Si lo más familiar es el negro, no es descabellado que este tétrico color se constituya como la punta que determina el camino hacia la luz, y todo regreso hacia esta es un sendero a la claridad. No en vano el "Siglo de las Luces" tomará su remoquete de esta consideración mítica de la luz como un fenómeno simbólico de trascendencia. En la película, se reiteran progresivamente dos elementos : el agua y la luz. El maestro busca afanosamente el segundo, pero es el desarrollo del contenido fílmico el que mantiene una constante presencia del primero. Ambos elementos se confabulan para que emerja Michelle, personaje que luego de ser guiada hacia el saber y hacia el comportamiento del mundo, se convertirá en lazarillo de su propio tutor, que cae en las garras del mal de Alzheimer. Si Michelle fue educada desde la oscuridad para salir de esta, su maestro la instruye en lo sombrío de su propio dolor. Es necesario entonces, que sea rescatada una vez equilibrado su karma. La tensión que logra el cineasta hindú en su templada narrativa comienza en la batalla pedagógica de quien alecciona. Michelle es una muchacha salvaje, aislada del mundo y de las maneras primarias del aprendizaje. Es una figura roussoniana orillada a lo deforme o quizás a lo teratológico. Un punto donde el amor humano empieza a convertirse en lo imposible. La única manera, y quizás volvamos a pensar en la evocación al Emilio de Rousseau  -de liberarse de la insana independencia, de la arrogancia y de la miseria de los hombres- es la posibilidad de la divergente educación. Lo que resulta necesario cuestionar son las formas convencionales, las trilladas improntas educativas en los juegos de la repetición. El maestro enseña desde las manos, el más lejano lugar donde pueda llegar un cuerpo. Desde el cuerpo se llega a la palabra, y de ahí se busca el sentido para que los vocablos no permanezcan como una entidad vacía, para que necesariamente acontezcan en el mundo. La voz que nos deleita con su relato, y que escribe son la misma, es decir, un alma perdida toda vez que se ausente de la palabra. El proceso cosmogónico empieza cuando no se habita la costumbre. Desaprender lo aprendido, olvidar las fórmulas, dejar de lado lo tradicionalmente instituido, bajar los cuadros. Para ello se requiere la naturaleza de un espíritu indómito, y la fuerza de lo que una vez domeñado se resiste a seguir siéndolo. El maestro y la alumna. La palabra es el verbo que intenta hacerse luz. El lenguaje es el bordón del demiurgo, el dedo de Dios que se une al de Adán para dar el impulso vital a los cuerpos. Wittgenstein lo precisa : nuestro mundo es tan grande como nuestro lenguaje. Sin embargo, es preciso reiterar que nuestras palabras pueden ser tan desacertadas como la construcción de nuestros contextos. Se hace imperioso entonces, una reformulación de la expresión. Michelle habla desde su conocer, no desde la gélida experiencia de la distancia. La mujer que va a nacer a la luz y al conocimiento, es iniciada en una pila bautismal. De ahí surgirá con una nueva voz, con ojos que se instalan más allá del físico ver. No podemos olvidar que existen dos formas de ser ciego, la de no ver o no ser visto; dos formas de ser sordo, de no escuchar o de no ser escuchado : una, la anulación social a través de la marginación y el rechazo, la otra, mediante la enfermedad y la atrofia. Michelle se adentra en la segunda condición, el maestro hace exactamente lo mismo. Estamos frente a una pareja en igualdad de correspondencias. Como quiera que sea, la luz y el ver aquí son metáforas de lo vital, imágenes que develan un mundo más sensible y menos austero. En otras palabras, podríamos referir que este viaje no comenzó en la oscuridad -tal vez sí en una luz más apacible- ni terminará en ella. Volvamos al agua. Llueve constantemente, en gotas o pequeños copos de nieve. El motor del crecimiento es el agua, nada se resuelve con mayor plenitud en la epidermis líquida de la naturaleza. Algo crece de manera inevitable entonces, y a su vez, algo decrece inevitablemente. Michelle avanza paso a paso, en la ruta cotidiana que imponen los días: la escuela, la universidad, la independencia de lo paterno, el amor, el matrimonio, el desamor, el deseo carnal, el afecto que madura etc. El maestro disminuye posibilidades. Su enfermedad lo arriba hasta los inicios del mundo, va decreciendo hasta perder la voz. Ahora es tan ciego y tan sordo como su alumna, pero está listo para reconstruir su mundo. Sólo se pierde para encontrarse en el mismo lugar de su creación, donde el viejo mago ha invertido su mejor truco. El movimiento es claramente circular. La primera espina es el dolor. El punto del cual partimos para buscar el regocijo en el otro. Debraj parte de su deuda filial. Ve en su hermana a Michelle, y no quiere que la historia se convierta en un capítulo por todos conocido. Por eso se empecina en hacer de ella una mujer, un ser, alguien que le permita autoreconocerse como hombre, como un ente que existe. Una especie de reciprocidad que vehicula esa relación pedagógica y afectiva. Todo comienza en el recuerdo, y todo es abocado al olvido. Una vez reparado el daño, el maestro se refugia en una memoria herida para desde allí comenzar todo de nuevo. Entonces el agua vuelve con toda su fuerza y densidad. El agua como lugar de origen, todo comienza una y otra vez allí. Desde la líquida sustancia, Michelle reconoce el sentido de toda palabra, desde las gotas de lluvia que caen frente a la ventana, el profesor vuelve a sentir su mundo. Un origen que comparte su historia con lo mítico y la naturaleza del hombre. Queda la luz. La manera en cómo emerge desde la esfera de lo caliginoso. Salta la pregunta como la liebre lo hace de la maleza. ¿¿ De qué manera hallar la luz donde la misma se esconde ?? Es necesario la concentración, la penetración en lo oscuro para reconocer sus azarosos recodos, el dejarse envolver en el negro. Si el método formal lo representa la pureza del color blanco, la mejor manera de ver es hacia el negro. Por eso el maestro impone su forma : Black, el lugar que mejor conoce, el acostumbrado color de Michelle. Y por supuesto, hay algo de metafísico aquí, siempre que se busque, no la forma material de los hechos, sino su esencialidad, su proceder más puro. Debraj remarca esta necesidad : los ojos no son nada comparados con la luz. Es un juego en dos direcciones, la luz como esa fuerza energética apropiada por el hombre -la simple electricidad- y la luz en un espacio a donde la mirada humana no basta para llegar. Recordemos las metáforas que hacen alusión a una vista que trasciende los sentidos, cuando decimos “los ojos del corazón”, “los ojos del alma” etc. Los ojos por si mismos niegan al mirar lo que solo se puede ver una vez que se trasciende la dimensión de lo fisiológico. Si una bombilla agoniza no es la cultura energética la que se tambalea, es la posibilidad de la iluminación humana la que va a correr el riesgo; si perdemos la vista habremos caído en la oscuridad, sólo, y sólo si nos negamos a dilatar la pupila hasta el punto que las formas aparezcan y hagan su fabuloso y chinesco teatro, desde las mismas sombras. Excepcional film. Ojala puedan conseguirlo y comprender mis observaciones.