martes, 26 de noviembre de 2013

“Des hommes et des dieux”, Beauvois y una fábula moral impecable acerca del heroísmo y la fe.








































































Des hommes et des dieux o De dioses y hombres, es una de esas películas que uno está en obligación de observarla sin condicionamientos de por medio. Muy poco interesa si alguien es agnóstico, o no cree en Dios, o es un practicante desenfrenado. Acá el tema se circunscribe a lo moral, a si hemos comprendido las diferencias puntuales entre hacer el bien o hacer el mal, y al cumplimiento de la promesa hecha a un ser superior. El francés Xavier Beauvois nos involucra de una manera peculiar en su espirituosa historia acerca de la vida, pasión y muerte de siete monjes cistercienses encomendados en la región de Tibhirine, en Argelia, a finales de los años noventa, y en pleno apogeo del yihadismo islámico, un ideario totalitario, anti-liberal y anti-democrático que despreciaba la vida humana, y que se ejercía a través de actos terroristas. El cineasta -quien ya nos había deleitado con sus películas N'oublie pas que tu vas mourir y Le petit lieutenant- se enfoca en la hombría de bien y también en las vacilaciones de los siete monjes –siete personajes protagónicos completamente distintos- quienes vivían en un monasterio pobrísimo, donde oraban y cantaban durante largas horas, celebraban diariamente la Eucaristía, alababan a Dios durante la celebración de la Liturgia, buscaban conocer a profundidad el misterio de Cristo, desarrollaban el culto al trabajo manual para auto-abastecerse y ayudar a la comunidad que habían adoptado, y cuyo objetivo principal consistía en servir a la maestra y discípula de todo cisterciense, la Virgen María. Respondían con el dolor de sus frustraciones o con su propia existencia, bajo cualesquier eventualidad. La vida monástica cisterciense es una modalidad de vida cristiana y evangélica de seguimiento a Cristo, en su vínculo con el Padre y entrega total al cumplimiento de su voluntad junto a la extensión de su Reino, y que se concreta en la práctica en la aspiración benedictina de buscar a Dios, no anteponiendo nada al amor de Cristo, con humildad y perseverancia, confiado y sostenido por la gracia del Espíritu Santo. Así concebido, el monasterio aparece como una escuela de Caridad, en la que se aprende y se convive con ese hallazgo permanente de Dios, contestando a la invitación del Señor quien los convence del significado de la vida verdadera. El monje se entrega del todo, viviendo en la obediencia al abad y a sus hermanos. La conversión del corazón lo lleva a abrazar cada día, la ascesis de la humildad, para llegar por ella a la plenitud del amor. La renuncia a sí mismo se encarna en la decisión estable de unirse para siempre a la vida de la comunidad monástica. Esto es lo que Beauvois se encarga de colocar en pantalla en base a una trama muy bien estructurada, conmovedora y sentimental, donde el hombre con hábito es un ser con los mismos temores y resistencias de cualquier sujeto emprendedor, pero priorizando su condición de hombre sobre la religión. La atmósfera de silencio en que se desarrolla el film es notable ya que está muy acorde con la vida de los monjes, les facilita la vigilancia y atención del corazón, y los ayuda a permanecer en la memoria de Dios, en una profunda comunión con todos sus hermanos, que no se ve limitada, sino fortalecida por la sobriedad en el uso de la palabra, que queda reservada para lo estrictamente necesario. Beauvois hace prevalecer el lenguaje cinematográfico –su gran acierto- y nos va relatando con mirada neutra la historia de siete hombres de diferentes edades y procedencias, pero que comparten una misma misión y visión para lo que han sido formados: el amor al otro por sobre toda las cosas. Suena duro, pero ese es el núcleo donde el cineasta pone el énfasis de su relato. Es por esa única razón que título al film como una fábula moral impecable acerca del heroísmo y la fe. Son hombres que honran un compromiso, que tienen atado el sacrificio a toda actitud con relación a sí mismos, pero principalmente a sus semejantes, a quienes cuidan de manera ejemplar. Me preguntaba durante el visionado si los curas o sacerdotes urbanos, esos que pululan por los grandes templos de las capitales de todo el mundo, católico, evangelista, o quienes sean exponen sus vidas como lo hicieron estos extraordinarios sujetos. No es que sean los únicos siete monjes de quienes podemos hablar bien porque se trata de una historia de la vida real, sino porque justamente es el ser eremitas lo que trasciende de ellos. No eran religiosos que lo tenían todo, que manejaban una comunidad cuantiosa para poder llevar la palabra de Cristo. Estos tipos no eran predicadores ni evangelizadores, servían a su diminuto poblado, dedicaban su tiempo a socializar con ellos, curarlos, darles lo poco que conseguían en alimentos y vestido. Pero, estaban encerrados en su monasterio la mayor parte del día para rendirle culto a la Madre de Jesús. Eso es lo que logra cautivarnos, sus vidas en un constante ida y vuelta, incluso en llegar a dudar de Dios porque el terrorismo acechaba, y el miedo a morir existe, y sus vidas pendían de una decisión ajena. Eran seres humanos, y como tales tenían los mismos temores que los hombres comunes, sin embargo, esos miedos eran puestos en abiertas discusiones donde cada uno daba su punto de vista, y los conciliaban. La fe que tenían a pesar de las incomodidades y la vejez, la dominaban elevándola por encima de los intereses personales. Era el equipo el que primaba, el que decidía, el que actuaba. El amor de todos hacia cada quien o viceversa rescatan esa capacidad del hombre para hacer el bien sin pedir nada a cambio. Estos tipos eran héroes de verdad, y no ídolos de barro uniformados. Su minúscula abadía en las montañas argelinas eran el hogar no sólo de los monjes sino de la comunidad, y para esta, ellos eran los enviados de un Dios, que no era precisamente el de los religiosos. Cuando comienza la película hay dos escenas que impresionan. Una donde el monje que representa el grandioso actor francés Michael Lonsdale -el hermano Luc- conversa con una chica del poblado acerca del amor, y le dice lo mismo que cualquier hombre de bien le contaría. No la acerca a un laberinto cristiano para condicionarla, al contrario, le relata sus experiencias de joven, sus aciertos y fracasos, y finalmente dónde y cómo encontró el verdadero amor. La otra escena en el arranque, nos muestra la invitación de uno de los pobladores, quien le va a realizar a su hijo la ceremonia de la circuncisión. Los monjes asisten como si estuviesen yendo a la fiesta más celebrada del poblado. Beauvois alcanza un grado de intimismo y capacidad de abstracción poco frecuentes, cuando el cine lo que busca es dar cuenta de la crónica de aquellos seres sometidos al vendaval de la historia. Es obvio lo que pretende y logra Beauvois en el inicio, con una descripción simple, pero adecuada, poniéndonos en el camino correcto. El plot del francés es la relación de los monjes con los terroristas y las autoridades militares de la zona. Los terroristas no ceden y las autoridades francesas no entienden el problema, y diera la impresión que estuvieran en contra de los religiosos o que eran otras sus prioridades. Este es el nudo de acción que coloca Beauvois en el desarrollo del film. Por un lado, una banda de criminales que ingresa al monasterio por la fuerza para buscar medicinas –justo un 24 de Diciembre por la noche- para atender a uno de sus hombres herido, no obteniendo lo que quieren porque estas escasean, la negociación de la autoridad del lugar con el jefe de los asesinos, y una escena en donde se dan la mano en símbolo de entendimiento. Ahí es donde Beauvois pone el peso del film. ¿¿Había un pacto de honor entre los monjes y los terroristas para que no los mataran o todo era un engaño premeditado?? Los monjes van citados por los militares a ver si el cadáver acribillado pertenecía al jefe. No lo era, pero el monje jefe asiente con la cabeza. Luego de un tiempo, el monje médico -la actuación de Michel Lonsdale es formidable- cura a uno de los terroristas a pesar de la carencia de fármacos. Se van sucediendo una serie de acciones entre los monjes, quienes parecieran no estar del todo seguros con la posibilidad de un ataque terrorista. Dentro de los diálogos, pero preferentemente de las miradas, hay instantes donde se evidencia que están cada vez más cerca del peligro, aunque eso los hace más fuertes y unidos. Finalmente, fue la noche del 27 de marzo de 1996 cuando un comando de terroristas formado por una veintena de hombres irrumpió en el monasterio de Nuestra Señora del Atlas en Tibhirine, y tomó como rehenes a sus siete monjes trapenses de nacionalidad francesa. Uno, el más veterano, se salvó porque se escondió debajo de su cama. Un mes después, el jefe de los Grupos islámicos armados GIA, reivindicaba el acto criminal en un comunicado en el que proponía al gobierno de Francia un intercambio de prisioneros. Las autoridades no cedieron. Treinta días después un segundo comunicado de la GIA anunciaba sus muertes: “Les hemos cortado las gargantas”. Ocurrió el 21 de mayo de 1996. Nueve días después fueron hallados sus cuerpos. Para ir terminando, Beauvois logra un excepcional equilibrio narrativo en el fluir constante de la vida de unos hombres buenos en una encrucijada convulsa. El cineasta bien podría suscribir las palabras que alguna vez dijera Rossellini: “No soy un cineasta religioso, me gusta filmar a la gente que se desvive por sostener su fe”. El francés rueda a sus monjes con maravillosa sencillez para mostrar la bondad, lo inquebrantable de la fe, y un heroísmo que solo pueden lograr algunos hombres con temple de acero. La puesta en escena es estupenda, austera, decantada con planos fijos en el interior de la abadía, iluminando imágenes bellas sin excederse. Es humilde el abrazo de uno de los monjes con un árbol, el cultivo de la tierra, la elaboración de mermeladas, la atención a los pobladores en el dispensario de la abadía, la dicha de escuchar juntos “El lago de los cines” que suena en un tocacintas en el momento del brindis final, una escena que revela con callada elocuencia el sentido y el compromiso de la comunión de los monjes, y de la modestia de un registro fílmico de donde brota una emoción pura y honesta. Beauvois rueda con el rigor técnico acorde con lo ético que inspira la aprehensión fílmica de la vida de la congregación. Las horas de oración, los cánticos, el trabajo, el estudio, el silencio, la comunidad y la convivencia con gentes que creen en otro Dios, los rituales de la vida afloran como el compás de la puesta en escena, hasta el punto que en el film la composición no es otra cosa que la solemnidad de los monjes. Des hommes et des dieux seduce porque el francés se concede un tiempo vital a sí mismo, y nos regala ese mismo tiempo para mostrar un drama que golpea con fuerza, porque esos intervalos de tiempo que despliega son una experiencia digna de ser observada, porque no quiere atrapar nuestra atención a toda costa, sino que nos deja espacio para que entremos en el juego de distancias que los planos proponen para acercarnos a los monjes, a sus titubeos y desasosiegos, porque nos invita pero no nos impone la intimidad con los personajes, intimismo que es una resultante, jamás una premisa, porque renuncia a traficar con edulcorados audiovisuales, porque no nos vende un producto de consumo, porque sólo quiere compartir una mirada sobre otros hombres digna de ser recordada, porque la valentía no está en la violencia sino en el amor al prójimo, y es el cine la condición absoluta de su memoria y la nuestra. Extraordinario film.