lunes, 25 de noviembre de 2013

“L'homme du train”, Leconte y la inteligencia fílmica como un blasón.

















































Esta vez comentaremos sobre un director de experiencia, detallada agudeza y cuya inteligencia deductiva para plantear temas que convierte en metáforas simples, risueñas y eficaces, se han convertido en su mayor de sus variados atributos. Patrice Leconte, francés, de 66 años, dibujante, escritor y fanático de cómics, con una vena humorística cimbreante, ha logrado ganarse un lugar preeminente dentro del cine internacional, a través de films donde expone su ingenio y ductilidad. Les vécés étaient fermés de l'interieur, Les bronzés font du ski, Ridicule, La fille sur le pont o La chica del puente, Monsieur Hire, la lograda comedia dramática  Le mari de la coiffeuse o El marido de la peluquera, L'homme du train o El hombre del tren, y Confidences trop intimes, son propuestas donde acomete con historias mínimas de personajes apoteósicos, que siempre están inmersos en contratiempos existenciales y extravagancias, pero que destilan una afinada ironía, y apetecible temperamento. Del sentimentalismo y la melancolía más francesa que uno pueda imaginar, pasando por las improntas burlonas de las películas del viejo oeste yankee, hasta la acción de un thriller frenético, Leconte ha sabido ligar y compendiar todos los géneros posibles, siempre ubicando el corazón del relato rodeado de un principio rector de afabilidad que compone a través de una multiplicidad de personajes de todo tipo, pero de un humanismo perceptivo. En L'homme du train o El hombre del tren, Leconte penetra la entrañable nostalgia de dos personajes, antagónicos, pero cuando se conocen, logran construir una amistad consistente, en la que cada quien termina admirando bondades y perfidias del otro. Es extraño, pero la impronta funciona, Leconte sabe lo que busca, y ambos interpretan sus papeles tal cual lo desea el francés. Pues bien, a través de un recatado y bello homenaje al Western, tanto en diversas escenas como en la bella BSO, el realizador va resolviendo con pericia, un duelo actoral entre el formidable Jean Rochefort, un bonachón singular, y el intimidante Johnny Hallyday, quien se luce como un villano estructurado, aunque querendón. Ambos dotan a sus personajes de la sublime expresión de la callosidad y la fragilidad. Rochefort es un hombre asceta, entrado en años, jubilado como maestro de literatura y poesía, que vive en una gran mansión, y cuya vida parece desvanecerse ante la llegada de lo inevitable. Pero, sabe que dentro tiene un espíritu combativo, un alma de niño rebelde, y que necesita un sacudón para que esta pueda salir  a flote. Sufre del corazón, y tendrá que ser operado para salvar su vida, pero eso no parece importarle. Sus deseos pasan por esos momentos que los viejos necesitan para motivarse y rendirse cuentas. Su actuación es genial, su rostro inolvidable, rebosante de carisma, sus gestos corporales son inquietos y desbordados -el movimiento constante de las manos nos seduce, y le da más aplomo del que ya posee-. Cuando conversa con Hallyday, pareciera envolverlo mediante palabras y frases que le suelta con cautela. Su compañero es el oponente perfecto, la pareja ideal y casual, rostro seco, impenetrable, silencioso, con pálidos ojos celestes. Su tosca presencia, así como su maciza circunspección, lo dice todo. Es un hombre que llega a la ciudad en un tren para asaltar el banco del pueblo, con tres cacos más. Su carácter está como encarcelado en una mirada enigmática. No necesita hablar mucho, pero cuando Rochefort lo va apurando, va descubriendo su verdadera personalidad. Leconte nos obliga a la atención, a través de un guión compacto, de calado profundo, de comparaciones reveladoras. El desafío dialéctico no tarda en instalarse. Rochefort siempre toma la iniciativa, Hallyday se resiste, luego se convence de la erudición que él no desarrolló jamás. Cenan juntos, charlan en la terraza, hablan de poesía, del mal de amores, de sus códigos personales, mientras las distancias se acortan, y la admiración se agranda. Hallyday ha tenido una vida conflictiva, de emociones fuertes, y aventuras riesgosas. Rochefort no, pero lo pretende. Con astucia se va acomodando al forastero, y éste va cediendo terreno. La complicidad asoma, la frase seca de Hallyday se humedece ante el desprendimiento del ahora amigo. Surge una mujer, como para que ambos comprueben sus carencias afectivas. Nada sucede. Ambos ya palpitan el gran desenlace. Rochefort ya no puede parar, ha encontrado lo que tanto ha buscado. Salirse de su aburrida rutina para una segunda juventud. Hallyday conoce algunos versos, pero inconclusos. Le pide a Rochefort que los complete. Éste accede y lo hace. La empatía va siendo cada vez más intensa. El uno tiene lo que el otro ahora desea: una experiencia vital distinta, lo que sus pasados les ha negado. Libros y pistolas, cambian de dueño, se pondrán sobre la mesa para un intercambio inesperado. Se plantea la cuestión existencial de la muerte. Rochefort acude a operarse, luego de saldar una cuenta pendiente con su hermana. Se siente confortado, se entrega a su destino. Hallyday acude al asalto del banco. Sus compinches lo traicionan, y liga varios disparos. Ambos mueren. Sus cuerpos se apagaron, pero sus almas tienen que llevar a cabo el acuerdo. Leconte invade el mundo de lo fantástico haciendo un gran ejercicio de estilo. Rochefort es Hallyday, Hallyday es Rochefort. Sus personajes se mimetizan, logran la felicidad negada, la libertad que no llegaba. Rochefort se va del pueblo en el mismo tren que trajo a Hallyday. Éste se queda en el pueblo, la mansión lo espera para tocar el piano y leer lo que no pudo. La ternura le pertenece a Hallyday. Rochefort dibuja en su rostro la rudeza. La vida, no es como a uno le gustaría que fuera ¿¿Quién no ha soñado alguna vez ser de otra forma, o haber llevado otra vida?? Formidable film de Leconte. La inteligencia fílmica como un blasón.