lunes, 23 de diciembre de 2013

“Camille Claudel 1915”, las miserias de un Dios sin amor y silencioso.




























































Anoche, volvía de observar la película The Company You Keep o Causas y consecuencias, de Robert Redford, buen film, siempre al estilo de un Redford cuidadoso con sus historias, y una muy buena actuación de Shia LaBeouf, además con un grupete de artistas conocidos de Hollywood, todos bien aprovechados. Como buen cinéfilo, había guardado tres películas para ver en caso no me venciera el cansancio: Smoke de Wayne Wang -lo mejor que ha hecho en su carrera- Tasogare seibei o El ocaso del Samurai del japonés Yóji Yamada, o Camille Claudel 1915 del francés Bruno Dumont, autor de La Vie de Jesus, L'humanité y Twentynine Palms. Me decidí por el film de Dumont, porque es de esos directores duros, molestos, perseverantes, que hay que interiorizarlos de forma especial para intentar buscar por donde transitan sus mensajes o representaciones. Su cine es tan realista como experimental, y las condiciones en que rueda no son precisamente las más agradables para sus actores. Aun así, Dumont se da maña para ponernos en aprietos, y a quien no le gusta hacer la tarea lo va criticar, porque es el camino más lógico. Además yo pasé los últimos 13 años de mi vida en una constante crisis familiar, sin apoyo real, por el Alzheimer de mi madre y la posterior enfermedad de mi padre, lo que si bien es cierto a uno lo hace inmune ante todo, sigo siendo sensible a estos temas, y el film de Dumont trata de la demencias femenina dentro de un manicomio. No hay ambientaciones especiales, ni existen los secundarios, sólo dos artistas profesionales en escena, Juliette Binoche que convive las 24 horas con los pacientes, y hace una de las mejores interpretaciones de su filmografía, si no la más completa y arriesgada. Luego aparece un tal Jean-Luc Vincent -actor que no había visto, discreto aunque involucrado- pero a otro nivel de actuación. Los geriátricos y los sanatorios psiquiátricos son lugares que se han formado con el propósito de causar sufrimiento. Son sitios donde huele a dolor, a angustia, a pena, a muerte. Las experiencias allá dentro son atroces, mucho más que cualquier hospital. Estoy seguro que la cinematografía puede ser una de las formas que mejor debe empatizar su arte con estas temáticas. Cuando se hace bien, su inmediatez, su sentido de experimentar otra vida –sea de ficción o no- puede dar lugar a una expansión de la comprensión, una telescópica y abrumadora visión de la conciencia. Camille Claudel 1915, pertenece a ese tipo de alegato cinematográfico. Cuenta la historia de tres días en la vida de Camille Claudel, escultora dotada de una gran pericia artística. Claudel fue internada en un asilo en 1913 por su hermano, el poeta Paul Claudel, a raíz de la muerte de su padre, un buen hombre que siempre había estado al lado de Camille. Dumont utiliza sólo los registros médicos de la Claudel así como las cartas que ella y su hermano se escribieron el uno al otro, para que Dumont tomara nota del guión. El resultado no es una historia blanca, sino un retrato sombrío de la monotonía y el silencio roto por la desesperación que jamás se alivia, que no posee intermedios, y un sentido casi asfixiante de los temperamentos enfermos. Van de un lado a otro guiados por enfermeras que no parecen estar preparadas para calmarlos, sólo exista una leve vigilia. Es una película desgarradora, que golpetea, y me hizo recordar la experiencia con mamá. Al final, como en la vida misma, lo que queda es un sentimiento de impotencia, de rabia, sumado a una especie de desconcierto abstracto envolviendo una tragedia infinita. Dumont y Binoche, son los que ponen su alma al fuego sin pestañear. Las intenciones son de acero. Camille Claudel fue una mujer extraña, una escultora célebre en su tiempo, amante del gran Rodin. Justo, a partir de su separación, empezó a desmoronarse. Vivió como una especie de reclusa en su propio estudio de París, presa de una agudísima paranoia. Se sentía perseguida por Rodin, y lo consideró como un sujeto siniestro, cobarde e irrespetuoso por el amor que le deparó. La realidad, por supuesto, era más compleja. Rodin había reconocido su genio, la había llevado bajo su ala, y miró su trabajo con suma admiración.. Años después que el romance concluyera, y poco antes de morir, Rodin afirmaba que le había enseñado a  Claudel dónde encontrar oro. Pero, primero, ese oro tenía que extraerlo de ella misma para luego brindárselo al arte. En 1988 se hizo una película biográfica que dirigió Bruno Nuytten, llamada Camille Claudel con las actuaciones de Gerard Depardieu como Rodin e Isabelle Adjani como Camille. Tanto el film como la actriz fueron nominados al Oscar. Aquella buena película termina con Camille Claudel ingresando al hospital psiquiátrico. Camille viviría 30 años en confinamiento. Ella murió en 1943. En el film de Dumont, ya Camille está viviendo en el manicomio, y si bien tenía ciertas prebendas, se desesperaba y no podía soportar todas las reacciones de las diversas internas, todas mujeres. Si bien tenía la esperanza que sería puesta en libertad, por no tener tan desarrollada la enfermedad como las demás, hubo ciertos intereses políticos que la mantuvieron encarcelada. Dumont filma en un psiquiátrico real en Francia, utilizando a las residentes como los personajes soporte, cosa que al principio es terriblemente chocante, luego se sitúa más del lado de la ficción. Los interiores del local son pequeños, sucios, fríos y numerosos. Dumont utiliza a menudo no profesionales en sus películas, y las enfermeras tanto como los médicos de Camille Claudel 1915 parecen ser gente común aunque con algun entrenamiento puntual. Dumont busca que en los primeros 20 minutos, los que rodean a la Binoche, ayuden a resaltar la injusticia de la encarcelación de Claudel. Es obvio que ella no debería pertenecer a ese lugar. Los caminos alrededor del asilo son de balastro, y el sonido de los pies en las rocas cruje y son molestos, además de los ruidos que hacen las residentes cuando comen, sean con cucharas, platos, vasos etc. La Binoche tiene un humanismo extraordinario al ayudar a algunas de sus compañeras, y las sabe llevar. Hay momentos en que las detesta, y se los demuestra. La fortaleza mental de Binoche es lo magistral del film, no sólo por estar con gente demente de verdad, sino porque tiene que resistir todo lo que la rodea e incluso imponer su dramaturgia para lo que busque Dumont funcione, cosa que se logra. La narrativa de Dumont es buena –con algunos errores propios de una perspectiva casi documental- ya que cuenta con una exactitud casi científica en los pormenores de los elementos: Aquí, lo que se mira es de verdad, lo que se come también, los indigentes dormitorios igual, los pasillos, la huerta, y hasta la cocina, donde Camille tenía el privilegio de preparar sus propios alimentos por miedo a ser envenenada. Hierve una papa, y luego se la lleva al jardín, masticándola como si fuera una manzana. Dumont no coloca música en el film -acierta con criterio- ni nada que distraiga del laberinto que experimenta la Binoche, y nada que subraye emociones. Camille habla poco, y cuando lo hace, por ejemplo, en una visita con el médico residente, sus palabras salen de ella como una especie de protesta que envuelve la traición y la desesperación a la que ha sido sometida. Cuando le dicen que su hermano va a ir a visitarla llora, como si fuera la última vez que lo volvería a ver. Camille Claudel 1915 muestra al comienzo a la Binoche de espalda, el pelo sucio, sin peinar, con una caminata extraña, dos enfermeras la convencen con dulzura que tiene que tomar un baño. Camille luce sin asearse y la bañan solo con agua, en esas tinas de canastilla forradas. La secan, el rostro de Binoche, es impropio, compungida, en el sentido deshilachado del dolor que revela, o quizás la humillación de estar desnuda delante de otras personas. La invasión de la privacidad es tratada informal y brutalmente por el cineasta francés, pero a la Binoche le importa poco. En una de sus cartas a su hermano, ella escribe: me gustaría ir a casa y cerrar la puerta con fuerza. El cierre de la puerta simboliza la altura de la autonomía personal. En el asilo, las puertas siempre están abiertas y la soledad siempre se interrumpe. El silencio es atravesado por gemidos de otras pacientes. Camille, es tratada con guante blanco, dependiendo de su buen comportamiento. Vincent estelariza a Paul, el hermano de Camille. Sus puntos de vista son estrambóticos, habla sin parar, explica las cosas bien, su estado de ánimo, su relación con la hermana aunque su postura luce como si tuviera cierta pulsión enfermiza. Su participación es dramática. Paul es un poeta y dramaturgo, un diplomático, un católico, un ex-devoto de Arthur Rimbaud. Tiene un sentido místico de la relación con Dios, y se arrodilla al lado de la carretera durante el viaje para visitar a su hermana, rezando con un fanatismo que nos toca la fibra de la intranquilidad. Camille vive para su hermano, éste no. No tiene otro motivo. Paul podría firmar la liberación de la hermana. Se da cuenta que si lo hace su vida daría un giro radical en contra de sus intereses personales, artísticos y hasta políticos. Camille está verdaderamente sola. Juliette Binoche da otro de esos recitales interpretativos. Sus gestos son apasionantes, su enfoque de la enfermedad es temible. Su talento fluye variado y accesible. La actuación es la capacidad de hacernos creer, con la misma devoción que estamos absorbiendo su realismo. Vemos una enferma, no a la Binoche, y esto es una señal del matiz más profundo de un artista. Se merece el Oscar, ojala lo consiga, como lo hizo la francesa Marion Cotillard cuando personalizó la vida de Edith Piaf. Binoche tiene todas las artimañas, los tiempos y la dosis expresiva exacta como si fueran una misma efusividad dentro de una frase o una imagen. No se contagia de su cálculo o la creación. Simplemente parece "ser". Cuando el médico se acerca a Camille en el pasillo, y le informa que su hermano va a visitarla, Binoche, que un momento antes había estado aletargada, estalla en sonrisas y lágrimas en un mismo instante. Simplemente maravilloso. En 1935, después de pasar más de 20 años en el asilo, Camille le escribe a un amigo: yo vivo en un mundo que es curioso, muy extraño. Del sueño que era mi vida, esta resulta ser la pesadilla. Notable. Dumont y Juliette Binoche logran en Camille Claudel 1915 presentarnos la realidad de esa pesadilla a nivel cotidiano. El riesgo es que va a ser aburrido, y de hecho a veces la película puede serlo por momentos. Pero una especie de milagro empieza a ocurrir a través de esa misma monotonía, y tiene que ver con la empatía que sentimos por Camille. Imaginemos pasar 10 días en cualquier hospital, y nos volveríamos irascibles, violentos y aburridos, entonces reflexionemos, y pongámonos en la piel de la Claudel e intentemos 30 años de esos días. La mente se resiste. Y ese es el punto. Si Camille Claudel pudo soportar durante 30 años, entonces seguramente nosotros podremos soportarlo durante 10 días. Quizá se lo debamos a ella. Para terminar, Dios algún día, si es que existe, tendrá que ser juzgado por nosotros, que hicimos a su hijo a nuestra imagen y semejanza, y no al revés. Nuestra fe es una cuestión auto-humanitaria, jamás celestial ni divina. La raza humana es hipócrita y materialista. La creencia sin certidumbre es propiedad de lo humano. Es nuestro miedo a envejecer y morir, y a que nos vaya bien en la vida, cuando la vida es un proceso continuo de sufrimientos. Porqué a esa idea a quien llamamos Dios, castiga sin piedad y premia por elección. No somos todos iguales, hermanos de Jesucristo. Entonces, si el mundo va como va, involucionando, alguien tiene la responsabilidad. La religión católica es una cuestión de cada quien, y ya va dejando de ser el opio del pueblo. Cada uno está en la obligación a analizarla con criterios objetivos. Si Francisco estuvo cuando fue obispo contra el matrimonio homosexual en la Argentina, cómo es posible que ahora que conduce su papado, esté de acuerdo. No hay un solo ser limpio sobre la tierra. Por eso, titulé el film: las miserias de un Dios sin amor y silencioso.