sábado, 21 de diciembre de 2013

“La vie d'Adéle”, Kechiche y un retrato contraventor de la vida y el amor iniciático.



































































Esta formidable película del cineasta franco-tunecino La vie d’Adéle o La vida de Adéle viene refrendada no solo por ganar la Palma de Oro del último Festival de Cannes, sino porque quien presidió el jurado en dicho evento fue Steven Spielberg, un referente incuestionable, y que con miras al Oscar a mejor película de habla no inglesa -si no la tachan como ocurrió con el film de Ang Lee- lleva notoria ventaja. Para mí, es demasiado fuerte para la Academia -sexo explícito- y es cai imposible que sea nominada. Abdellatif Kechiche sabe hacer cine sin asustarle nada, y suelta todos los elementos de una propuesta con maestría, y sin guardarse lo que otros pensarían varias veces. Juega a flor de piel con lo dramático, lo erótico, lo sexual, lo romántico, lo intimista, y lo estipula en una pareja de mujeres, una adolescente y una joven mayor. No le preocupa el tiempo, son tres horas para una adaptación abrumadora e invasiva de la novela del controversial cómic de Julie Maroh, Blue Is the Warmest Color –título en inglés- donde se lleva por delante cualquier freno, auscultando lo puramente emotivo y un enorme naturalismo distrayéndose con suma habilidad del glamour o del morbo, sin que estos se vinculen al manojo de artilugios en el que luce sus atributos. Adéle es una adolescente que aparenta no tener problemas. Llega de una zona medio rústica a la ciudad para integrarse a un instituto en el que estudia literatura, y se siente cómoda. Todos los días sube al autobús para ir trasladarse a la pre. En un gesto rutinario, se atusa el pelo o se sube los pantalones ajustándoselos del todo. Chicos y chicas se ven, quedan y salen a divertirse. Pero Adéle, no es una muchacha común. Luce despistada en el amor que a todas luces no lo buscará, se le presentará de improviso, sin avisar, como sucede siempre. Entre las chicas de todos los días se cruza con una que lleva el pelo teñido de azul, quien la mira y le sonríe con cierto coqueteo. Adéle busca hacerse la distraída, baja la vista, pero la mira. Son sensaciones mutuas que se atrapan. A partir de este momento todo va a cambiar para ella: su relación con sus nuevos amigos, su lugar en la familia, sus prioridades etc., y lo más trascendente, el despertar al verdadero amor y a la homosexualidad. Es difícil saber qué aspecto tiene el amor, sobre todo a esa edad. A veces causa una profunda frustración y dolor, y siempre hay trabas en esa misteriosa travesía. Todos hemos pasado por lo mismo, y es un síntoma comprobado ese pequeño bochorno que se instala siempre en nuestros estómagos, y mucho más en el vientre de la fémina, que aunque parezca mentira la hace vibrar de tal modo que la empuja a fortalecerla e ir para adelante. Kechiche acierta con una secuencia de sexo necesaria, sin juzgar la vida y el entorno de las muchachas. Por eso les contaba lo que supongo sobre la manía homofóbica y erótica, dos cosas distintas, de la Academia. Luego de un beso que se va prolongando y diálogos interesantes, se produce la escena que dura aprox. diez minutos. Nos encontramos con una maravillosa muestra de la más pura y entregada pasión repleta de obligación y de romance. Es el descubrimiento de Adéle de algo hasta ahora desconocido para ella. Dos cuerpos desnudos, bellísimos, entregándose el uno al otro, fundiéndose en uno solo. Aquí Kechiche detiene el tiempo. Es como si Adéle se aferrara a una nueva vida de la cual no busca desprenderse. Es el término de la etapa de la adolescencia. Pues bien, Kechiche describe con delicada cortesía lo cotidiano de una muy joven mujer mediante la lectura de sus diarios. La ilustración de la Maroh, le permite identificarse con sus protagonistas sin ningún disgusto que bien podría asomar. El trazo del cineasta propone una perspectiva inesperada, como aquellas que surgen del transcurrir de la vida misma. Adéle y Emma intentan amarse a pesar de las dificultades que suponen la visión retorcida de la homosexualidad en la sociedad contemporánea, y los propios prejuicios iniciales de Adéle. Kechiche escarba en una historia de amor que, a pesar de ser trágica, podría ser la de cualquiera, sin diluir su intensidad en una profusión de reivindicaciones sociales, vale decir, aprender, crecer y amar. Eso es lo que transmite Kechiche en el film, adentrándonos en lo más personal y lo más íntimo de dos jóvenes valientes. Es interesante que el cineasta contemple la evolución de Adéle, quizás cándida e inconformista, pero valiente al abrirse a la ambigüedad cuando conoce a una más experimentada Emma -una hermosa estudiante de bellas artes- poniendo en duda su sexualidad, y dejándose cautivar por un espíritu más libre, que rompe preceptos, justifica lo absurdo, y busca acomodarse a un exótico periplo que resultará valioso y donde hallará su identidad de género. Desde su inmadurez adolescente hasta la realización personal, este viaje de aprendizaje subraya con lápiz fino otros factores que rodean a la pareja. A través de los ojos de Adéle, Kechiche no escatima en retratar con su cámara fluctuante, siempre cercana, instantes donde expone zozobras, aportando con una grafología vehemente ese excavar y penetrar en la veracidad de una historia convencional que hurga con desinhibición en una estampa donde los primeros planos de los rostros de ambas -cómo duermen, cómo comen, cómo se miran, cómo se rien etc.- tiene más aplomo que lo puramente carnal o la fogosa lascivia para auto-demostrarse una mezcla de sensibilidades ignoradas y descritas con apacible maestría, como lo sugiere la rebosante extenuación de su primer encuentro, aquel desbordante de energía comunicativa, y el regocijo del deseo mutuo. Sin embargo, Kechiche sabe que al relativizar al sexo como lo primordial, tiene el arma precisa que va consolidando los valores fidedignos de la película. Los lleva a otros niveles que sabe harán la diferencia. Uno de estos lo expone con sutileza, la disparidad de las condiciones sociales. Adéle no pertenece a una raigambre pudiente como la de Emma. Los padres de ambas las conocen por separado en reconfortantes cenas, y todo parece que va calzando con meridiana exactitud. El amor se consolida y se siente en sus miradas y caricias. Pero, Kechiche tiene que definir su postura. Nada es tan hermoso y duradero como parece. Por algún lado se tiene que ir rompiendo la soga. La desconfianza comienza a tomar forma, Emma y Adéle comienzan a sufrir los primeros estragos, viven confundidas. El cineasta se simplifica en escenas donde ya cohabitan y conocen a sus amistades más cercanas. Kechiche retoma la astucia, y nos deslumbra con las acciones que decide sobre la singularidad de esta temática. Logra que sus dos criaturas se envuelvan en un conflicto aparente de mayores, de gente con práctica y pericia en un proceso de convivencia. Es una parte muy intensa, y con una forma de realización que no esperábamos de la trama. Kechiche ataca la relación y el vínculo, la necesidad y el desvarío, provoca la desazón que la pareja debe asumir sin importar las edades, y lo hace más allá de lo sexual. Este laberinto que amaga y que corre más rápido que la puerilidad, se estrella con la complejidad de una madurez real, no exclusiva para adolescentes, ni homosexuales ni heterosexuales. Ese primer estampido de la pasión le cede su lugar a otra fase de esta vida en común donde son el genuino sentir del amor, el compromiso y las obligaciones del uno por el otro. Kechiche despliega el difícil dominio del formato panorámico para captar ese cúmulo de sensaciones, en una poética postura que tiene mucho de fruición antropológica, integrando un ambiente urbano y contemporáneo de la ciudad de Lille, para filmar una fase del voyerismo con propósitos que implican la autenticidad de sus notables personajes. Kechiche direcciona su estupenda narrativa hacia una serie de escalas que suscitan esa empatía auto-consciente, involucrándonos del todo. Las actuaciones tanto de Adéle Exarchopoulos como la de Léa Seydoux -es mayor que Adéle ocho años- son increíbles, porque no solo aquilatan veracidad y talento, sino porque empatizan de forma mayúscula, alejadas de formalismos torpes. Dejar hacer, dejar pasar, parece la orden liberal del cineasta tunecino. Kechiche sintetiza con su formidable cinta una década estrujada donde el paso del tiempo define la legitimidad de cualquier amor, sea sensual e imperecedero, como gélido o frustrante, donde el menester se transforma en rutina, y los errores en penitencias imposibles de aliviar. Es la metáfora de cómo ese color azul, va mutando a otras tonalidades según avanza la historia, disolviéndose como elemento transgresor con identidad más allá de lo puramente artístico, de lo humano, como estudio del eros y la belleza, de la condición humana, el amor y sus consecuencias. No es la existencia de la inquieta Adéle lo que se cuenta aquí, es la vida misma como un escenario común capaz de agitarnos el alma y corazón. Excepcional película del director de Cúscus. Una cinta con intenso sabor a Oscar, pero que no disfrutaremos en el gran espectáculo del cine norteamericano. Y ya es hora que el Oscar premie al mejor actor y mejor actriz de habla no inglesa. Los cinéfilos necesitamos también que así como el actor yankee no es vetado en ningún festival, el extranjero tampoco lo sea. Es una medida justa y racional. Fallas, hay muchas, pero me interesa el conjunto, no lo individual. Receta : No perdérsela.