martes, 17 de diciembre de 2013

“White Heat”, la verdadera inmortalidad del villano.


























































Una de las más antológicas cintas del género negro es la excepcional White Heat o Al rojo vivo de Raoul Walsh, la historia del cochambroso ascenso y caída de “Cody” Jarret, film inspirado en la vida real de Francis Crowley, apodado “Dos pistolas”, y que allá por los turbios años treinta se transformaría en un popular y arquetípico gánster irlandés con tan sólo 19 años, siendo apresado por la policía de Nueva York tras un tiroteo que llegaron a presenciar hasta quince mil testigos en una operación de captura sin precedentes, y compuesta por casi tres centenares de agentes. Su falta de escrúpulos y ausencia de percepción de lo que significaba la culpabilidad, su arrogancia y megalomanía fueron las claves que hicieron que Virginia Kellogg escribiera una historia que adaptarían para la gran pantalla Ivan Goff y Ben Roberts. Con impronta de una genuina “crook-story” y ecos de las grandes “heist films” de la época, la película de Walsh se circunscribía al siniestro personaje y su banda de malandras que asaltaron un tren postal con 300,000 dólares de moneda federal a bordo, además de sus enfrentamientos con la justicia yankee que hará que el caco y asesino tenga que pasar un tiempo en la sombra, entregándose por un crimen menor, y saldar cuentas por otros más atroces. A través de un proceso de traiciones por parte de su lugarteniente, “Big” Ed y su esposa, una “femme fatale” rubia y sin ningún escrúpulo, sumada a la infiltración de un agente del Tesoro -que consigue sonsacar información del robo- Walsh propone una descripción innovadora de cuatreros que se había personificado cinematográficamente a principios de los años treinta. De este modo, el cineasta sobrevuela la acción de la rivalidad con la justicia a un contendiente más feroz que las bandas que lo rodean o la persecución por parte de las autoridades a la que se ve sometido. Más allá del universo moral, lo que arrienda la conciencia de Jarret es una subordinación al borde de la enfermedad hacia una impetuosa madre, figura castrante que convirtió a su hijo en un criminal misógino, manipulador, individualista y violento. Asediado por una intensa migraña que lo asolaría desde niño, y obsesionado por la viabilidad de terminar con problemas psiquiátricos como su padre y hermano, la fina línea entre la cordura y la demencia confluye en un retrato psicológico de su siniestro perfil. Para la construcción de este mito del cine negro, es fundamental la figura del gran actor del “noir” James Cagney que, a pesar de haberse encasillado en este tipo de papeles a lo largo de su carrera, hizo magnánimo este último personaje al que dio vida relacionado con el mundo del hampa. Su rigidez nerviosa, su vena agresiva a punto de explotar sin previo aviso, causan auténtico miedo no exento de significados narrativos, como ese ataque de histeria de Cody en el comedor de la cárcel al enterarse de la muerte de su madre, a posteriori el desencadenante de sus errores, y de la ira por llevar a cabo su venganza. Es la liberación del verdadero yo del personaje, sin filtros, una bestia neurasténica llevada por el instinto de la brutalidad, de la incansable desconfianza hacia todos aquellos que conforman su entorno. Incapaz de mantenerse sujeto a las restricciones del cálculo logístico de un asalto sin perder los nervios. Walsh describe ese proceso de descenso a los infiernos con un detallismo absoluto, utilizando un estudiado juego de luces y sombras mediante una fotografía que puntúa con minimalismo cualquier objeto que aparezca en pantalla, reforzando simbolismos argumentales, sosteniendo en todo momento fuerza y ritmo que resulta contundente tanto en esos lapsos de persecuciones, ejecutadas con inagotable maestría, como en ese tono crepuscular que denotan los descripciones de sus personajes. En este estrato, Walsh conjuga inmediatez y panorámica para profundizar una violencia áspera, que corroe todo su metraje con una fuerza devastadora puntualizada con una solemne y “wagneriana” banda sonora. Por supuesto, quedará para los anales de la historia del cine la inmortalidad del villano en un final apoteósico, como víctima y verdugo de espíritu irredimible, en esa composición del averno como el edén del éxito. Cagney gritando frenéticamente: “Lo conseguí ma” estoy en la cima del mundo, y contribuyendo a la leyenda de un desenlace envidiable para cualquier personaje. Sin lugar a dudas, White Heat es una obra maestra del cine negro con voluntad testimonial de una época concreta, pero que hoy en día sigue rezumando testosterona sin parangón. Para finalizar, Cody Jarret, era un delincuente poseedor de dos naturalezas intrínsecas, una psicópata y la otra criminal, es un compañero poco recomendable tanto para sus enemigos como para sus seguidores. Él sólo tiene una lealtad, a la que se aferra como salvavidas en las marejadas en las que se ve sumergido, la mayor parte provocadas por él: su madre, una abnegada progenitora que está con su hijo, pase lo que pase, haga lo que haga. Esa “ma” protectora fue interpretada magistralmente por Margaret Wycherly, una estupenda actriz de reparto que ya había hecho con anterioridad de madre de un protagonista, pero de otro cariz, la de El sargento York de Howard Hawks, ocho años antes, interpretación por la que fue premiada con un Oscar. A los fanáticos e inclusive estudiantes de cine, este film es imperdible.