domingo, 19 de enero de 2014

“16 Years of Alcohol”, Robson desarrolla con inteligencia la tiranía paterno-filial, recurriendo al pasado.




























































Hay un tema que es vital en esto de la cinematografía. Ninguna película es perfecta aunque la palabra se escriba o diga continuamente, por lo tanto un film que a muchos les ha parecido una tontería, a mí me puede golpear duro. No me refiero precisamente a los que no son ni serán cinéfilos, sino a los que sienten la misma pasión y hasta adicción por el análisis y la observación de una creación artística, que no es sólo una historia con dos o tres personajes sublimes o crueles, sino una serie de elementos que conjugados con corrección a través del lenguaje cinematográfico, sumado inevitablemente aquel factor emotivo y sentimental o lo que es lo mismo, la manipulación de nuestras mentes por parte de un realizador que evoca la sabiduría, da como resultado el rechazo o el acogimiento de su planteo. Busqué una película al azar, encontré 16 Years of Alcohol y sin chistar me puse a verla. Luego de observarla, y de recordar algunos hechos tangenciales, me puse a buscar a los críticos más leídos -no a los mejores- tanto de los EEUU e Inglaterra, y a pesar que la cinta es británica, todos estos genios de la contemplación, destrozaron la ópera prima de Richard Jobson, ex-músico y vocalista de la banda de punk de los años setenta The Skids. Los que conocen de música de protesta saben que Richard Jobson no era un cantautor cualquiera, esos que los agrupa el montón. El formó parte de tiempos agresivos, era un denunciante particular, no violento, de una corriente que aunque nació como género musical pronto se convirtió en un fenómeno social y cultural. Jobson tocaba junto a bandas como Buzzcocks, New York Dolls, Roxy Music, The Saints, The Stooges, Sex Pistols, o The Damned, sólo para graficar al personaje que describiremos posteriormente. El punk surgió como una reacción, una alternativa al futuro incierto de los jóvenes de entonces, y que explotó en Inglaterra en los años 70 para después extenderse al resto del mundo. Sus letras eran pesimistas y destructoras, hablaban de anarquía e individualismo, rechazaban los dogmas y el consumismo exacerbado. Una lírica demoledora que acompañaban con un toqueteo de guitarra crudo y repetitivo. Aquellas bandas querían cambiar el mundo a su manera, abrazando creencias alternativas y escudándose en la música para transmitir su mensaje. De alguna manera quisieron reemplazar al rock, pero fue inútil. Hoy los rockeros siguen vivitos y coleando, y son una aplastante mayoría.

Me gustó la película, porque tiene todo, y todo es coherente con el objetivo buscado, con lo que el cineasta necesita transmitir a su público. Pero, cuando leí que el director había sido Jobson o Jobbo, 16 años de Alcohol me gustó más, no porque le pertenece a él, sino porque, nunca me imaginé que este formidable músico escocés, apretado entre partituras y melodías tratando de apaciguar conflictos, pudiera escribir no una canción punk o post-punk, sino una novela primero, y luego adaptarlo a un guión de excepción que  me perturbó durante todo el rodaje. Jobbo habla de su vida, de ese amor ciego y esa admiración infinita que sentía por su padre, un hombre elegante, cantor, animador, bebedor empedernido, y de excesivo gusto por las mujeres. Esta especie de galán terminó pidiendo limosna por las calles. No recuerdo el nombre del actor, pero lo hace bien, sin fallas, como cada uno de los artistas que intervienen, salvo Kevin McKidd, que está muy bien. Pero Jobbo, le agrega una filosofía de no infracción a una trama que resulta transgresora hasta no poder, porque a pesar que el concepto de hacer el bien estaba presente siempre, y a él lo habían educado férreamente dentro de ese recato e intelecto, sin embargo el destino se encargó de golpearlo -era un clon de su padre, salvo en el tema femenil- alcohólico, ostentoso, violento, líder autocrático de una pandilla de vagos cabezas rapadas, pero donde él dominaba los excesos, y siempre se la pasaba razonando y reflexionando sobre su pasado. Jobbo le da una filosofía cierta a su personaje a quien llama Frankie: mientras seas una persona que deposites tu fe en la esperanza tu vida será desdichada, y se te hará difícil lograr lo que desees. No hay que sentarse a esperar, hay que salir a pelear, a ser el actor de su propia obra, pero Frankie no caía en ninguna de los dos bolsones, a pesar de su esfuerzo. De niño, Frankie ve como el mundo a su alrededor se ahoga en cientos de litros de alcohol, sobretodo de Vodka. La idolatría de Frankie dura hasta que la verdad aparece transformada en una bestia iracunda que muerde su corazón, la cicatriz nunca cierra y la huella de este suceso perseguirá a Frankie con certeza y fidelidad. Descubre al padre haciendo lo que él mismo le había prohibido hacer. El chico comienza a beber a los 12 años, nunca paró de hacerlo. Pasados unos años, Frankie se junta con tres sujetos indeseables, matones, poco dotados mentalmente, que sobreviven en una burbuja donde la música y la violencia son los únicos reflectores que guían sus vidas hacia ningún lugar. Jobbo coloca una BSO excepcional, y unas canciones bellísimas, pero comete un error, no la edita como complemento de la acción en sí misma, sea de un personaje o suceso, sino la acomoda como simple acompañante. A mí me seduce la forma,  me parece que me libera sentimientos, pero es una falla técnica porque le quita incidencia a un elemento que está hecho para introducirse tanto en las escenas como en los silencios y vacíos, y así determinar tendencias y/o atmósferas. El amor llega a Frankie. Helen es su primera ilusión. Su primer abrazo con el mundo de un realismo pasional. Helen es una vendedora en una discoteca de Edimburgo, donde los vagos amigos de Frankie discuten por tipos de música y canciones. Demuestran sus torpezas, menos Frankie, quien se queda callado, y llama la atención de la dama. Acá Jobbo aprovecha todo lo que la música le dio y lo pone criteriosamente. Frankie parece que va a superar su primera caída al agujero negro de su pasado, al que siempre retorna por el recuerdo de su padre. Su pasado es una bestia devota, y que estará celosa de cualquier posible romance que pretenda Frankie. Helen sabe manejarlo, lo lleva con prudencia, lo acompaña. Frankie se enfoca, se busca a sí mismo. Pero la barrera está todavía demasiado alta, la pandilla de neonazis sigue ejerciendo la violencia por indistintos bares a punta de navaja, y van planeando sacarlo a Frankie del medio, joderle la vida, vida que ellos no pueden intentar vivir, porque su anarquismo se los embute. Frankie sigue con el alcohol, y Helen intenta que se socialice, es imposible, la hace quedar mal con amistades, la cela, la insulta y la trata con indiferencia. Helen soporta lo insoportable, hacen juntos una parodia de libertad divertida, pero ese tipo de amor se va extinguiendo, no tiene por donde sostenerse, se acabó la admiración y el respeto. Helen se aleja, es una decisión pensada, y no hay discusión al respecto. Se despiden como buenos amigos. Frankie no iba a pasar su primer agujero negro, ya estaba en uno muy profundo, e involucró a una persona que lo estaba sacando con muchísimo valor. Su pasado lo había vuelto a derrotar. Frankie ya es un adulto, vuelve a repensar, no se deja vencer. Una parada incierta en las reuniones de AA, donde no logra ni siquiera intentar vencer su adicción. Conoce en el grupo a Mary, se atraen y deciden ir juntos a tomar clases de actuación. Frankie vuelve a buscar el amor aunque de otra manera, ya no  pertenece a los Skinhead, y parece encontrarlo. La maldita esperanza comienza a germinar, la sensación real de lo que puede llegar a ser su vida llega fugazmente. Los encuentros con Mary son beneficiosos para ambos, ella se enamora, y Frankie le pone todas las ganas. Pero, antes del romance, Frankie quiere trascender, pero cómo hacerlo, se embarulla, se pierde en un vacío existencial que lo vigila. Llega a ser entrenador de fútbol, les dice a los chicos que no reaccionen contra el árbitro, y él es el primero en hacerlo. El pozo negro tenía que desaparecer, pero era el mismo Frankie quien lo llamaba y lo mantenía atento. Tenía que dejar ir a ese  pasado atado a la violencia y al licor, al recuerdo de un padre que suponía que hacía las cosas bien con su pequeño, pero que falló. Hay una escena entretenida y otra desconcertante, pero que pinta al mismo personaje adictivo. Helen lo lleva a una exposición de pinturas, y una pareja de veteranos veían la colección, y cada cuadro que miraban decían que era mejor que el anterior. Frankie los seguía, y sus gestos eran de descontrol y de camuflada burla. Jobbo mete el humor y el protagonista no lo hace mal. Cuando Frankie les pregunta que es lo grandioso que ven en esas pinturas que él no logra distinguir, vuelve a surgir el joven temerario. Mary salva la situación. Ella le soportaba todo, lo bueno, lo malo y lo repugnante. Se lo lleva del lugar, cuando a Frankie ya se le había soltado la cadena. Pasó lo mismo con el profesor de actuación, a quien insultó, y le dijo que todo lo que estaban aprendiendo no servía de nada. Discuten, casi se van a las manos, y luego –en esa reacción que desconcierta- reconoce en instantes su error, y logra salvar la situación. Es un acierto de Jobbo que da a entender la complejidad de la mente de un sujeto que puede cambiar de opinión en 15 segundos, que no está maduro, que sigue siendo un nene. Esa misma noche, estaban todos los estudiantes reunidos en un pequeño club,  Mary y Frankie abrazados, compartiendo con los demás. Mary sale un momento, casi enseguida lo hace el profesor –un tipo de edad- y Frankie los persigue. Camina por unos empedrados y ve al maestro besándose con una alumna. Frankie divisa perfectamente al maestro, no así a la chica, y piensa que es Mary. Inmediatamente se desespera y corre para un lugar incierto. El padre se vuelve a cruzar por su mente, el pasado ha regresado para atacarlo, para seguir acechándolo. El desenlace es interesante según como uno lo pueda llegar a interpretar. Para mí es buenísimo. Sus amigos lo encuentran, lo acuchillan y golpean crudamente. La cámara de Jobbo queda sobre el rostro de un Frankie con un tono virado al rojo, y él con los ojos abiertos durante dos minutos. Nunca los cierra. Está vivo. La sensación es que está muriendo, y recorriendo su vida en pocos segundos. Una imagen inolvidable.


16 Years of Alcohol está basado en una novela que escribió Jobbo en 1978. En lugar de abordar el tema en el contexto de la violencia extrema como los directores británicos y yankees manejan tradicionalmente este tipo de material, Ej: La naranja mecánica o Trainspotting. Lo que hace Jobbo es proporcionarle un clima más poético, estilizado y lírico, que es un intento valiente de romper con la tradición, pero que al final no logra superar por obvias razones, que me encargaré de explicar cuando comente las dos películas nombradas. Lo de Jobbo es pausado, se da en tres tiempos diferentes, no se fundamenta en la violencia extrema, y hay mensajes que directamente tienen que analizarse desde la crianza, y lo que una pareja quiere para el futuro de un hijo. La naturaleza vital de Jobbo juega con la de su película, le agrega cosas que él amó de esa época. Es una historia común, previsible, no anodina, tiene un enorme sentido de pertenencia paterno filial. La vida no es agarrarse a golpes o hacerle daño a una persona indefendible. Hay que medirse con uno de características similares, uno del mismo tamaño y peso, sino cual es el chiste. Acá no se habla de cobardía, ni se ejemplifica la sangre como un personaje más. Acá hay códigos que se enseñan, que se respetan, y que alguien tuvo la desgracia que se los descubrieran violándolos.  Jobbo hace algo interesante, una narración hablada, de situar el film a otro nivel de la poesía. Eso es un mérito. Podrá gustar o no, pero hay una idea clara que se quiere transmitir, y el significado ulterior o la profundidad emocional, a la incapacidad o idoneidad de los personajes para expresar su condición y las circunstancias, queda en cada uno de nosotros. El tono florido de la narración se corresponde con las imágenes, que son hermosas, como una escena inicial que nunca había visto en todos los años que observo cine, y que consiste en vestir una toma de un local con una parte que sería lo alto de un plano fijo con un rojo intenso que coge una parte vital del lugar. Eso me atrajo mucho, y me dejó pensando. Este pequeño instante –que puede haber durado horas en planificarlo y filmarlo- no lo hace un director de cine, sino un artista cuya imaginación está más desarrollada con la composición.  Quizás no exista poco o nada inherentemente malo en tratar de  romper con las representaciones convencionales de la violencia en pantalla, pero eso también supone la aceptación del que mira la película. En la cinta, hay un poster de Bruce Lee y otro de La naranja mecánica en el cuarto donde duerme Frankie.  Este tema parte de una crítica que hace Travers a Jobbo. El señala que “un intento de hacer algo diferente en términos visuales también sería más creíble si una parte de la película no era extensivo el homenaje a La naranja mecánica a través de un afiche. Yo tengo posters en mi casa de Alí, Federer, Jordan, Pelé, Brando, Katharine Hepburn y John Ford, y acaso eso me condiciona a aceptar que Tyson, Nadal, Johnson, Maradona, Olivier, Streep, y Kozintsev, no sean grandísimos personajes. Nunca me pregunté si colgar cuadros de gente que uno aprecia era un homenaje. Tampoco me interesa analizarlo. Todos lo hacemos de niños, adolescentes y adultos. Cada loco vive su vida con su tema. Si Jobbo coloca a Bruce Lee y a La naranja mecánica es su decisión, y no debe formar parte de una crítica. Es absurdo. Lo que debería importar es si existe o no coherencia visual, ya que esto si determina algo tan importante como el flujo narrativo. La historia no está llena de agujeros, ni se tambalea entre secuencias, logra desarrollar las motivaciones de temperamento de cada personaje en cada situación, las conexiones emocionales brotan a pesar de la dureza de algunos papeles. Frankie molesta a Helen en una escena personificando a un dios griego y ella le dice que no es ese dios sino otro tipo de dios, el de la ternura y no el de la guerra. Es una escena magnífica porque demuestra el corazón de una mujer enamorada por cambiar la mentalidad de un hombre. Eso, es cine, porque el diálogo ataca frontalmente una posibilidad de acercamiento, cuando todos imaginamos que Frankie si bien detesta enamorarse, puede que llegue a cambiar. Finalmente, nos damos cuenta que su problema es con su padre y su pasado, y que nunca podrá superar ese puñal hirviendo dentro de su alma. Hay una terrible herida en el espíritu de ese todavía niño que amaba a un hombre que le terminó jodiendo la existencia. Hay heridas que no cicatrizan. Para Travers se tiene que destruir en vez de admirar, se tiene que llamar la atención en vez de guardar silencio. Si consiguen este film no se van a arrepentir. Es cine diferente, que nace desde otro lugar y desde otra sensibilidad.