jueves, 9 de enero de 2014

“Blue Jasmine”, Allen recapacita y vuelve a los viejos tiempos.



















































































Sigo en Santiago de Chile, no ha sido uno de mis pasares en esta cada vez más hermosa ciudad, pero cumplo con llevarle mis impresiones del último film del maestro Woody Allen. Hay muchas maneras de regresar de la agonía o de la terapia intensiva. Allen ha vuelto a filmar en los EEUU una comedia dramática y se ha acordado de la figura que introdujo la modernidad a un ámbito original que de alguna forma se habría librado de ella. El gran y eterno Charles Chaplin luchó sin tregua en contra de la civilización automatizada en Tiempos modernos. Buster Keaton y los hermanos Marx resistieron con indolencia imperturbable la gran imbecilidad humana, además de las convenciones sociales, mientras que Jerry Lewis dislocó la racionalidad de cuanta maquinaria se cruzó por su camino, pero en lo más profundo, ellos lograron mantener una solidez imposible de destruir, y en ningún momento se les ocurrió cuestionarse. Allen, estaba obligado a hacerlo, entre otras razones porque tributa a Freud, porque vive en Nueva York, porque es judío, y porque siempre siguió deslumbrado a Bergman. En esta medida, esto es parte de aquella modernidad que aplasta y atropella sin reparos, y de la vasta gama de delincuencias de estos tiempos. Blue Jasmine tiene que ser reconocida como una enorme película, portadora de un género de sentimientos, observaciones y libertades -también de hostilidades e incomprensiones- que el cine no solo tiene el derecho de permitirse , sino también el deber de conquistar. Woody está lúcido, arriesgado, a veces apático, pero siempre, subiendo y bajando el honor de sus construcciones narrativas, y rodeándose de artistas que nunca se equivoca en escoger porque le brindan solidez como un insípido Alec Baldwin -a quien le tiene un afecto especial. y deslumbrantes interpretaciones en otras, como la que lleva a cabo sin fallas la australiana Cate Blanchett -no me queda duda que si no pasa nada anormal se llevará el Oscar a la mejor actriz del 2013, aunque siga quedando en mi mente lo hecho por Juliette Binoche y Sandra Bullock- y un escalón más abajo la inagotable inglesa Sally Hawkins -se merece una nominación al Oscar- quienes entablan una lucha de posturas morales realmente ocurrentes, donde el humor y el drama se combinan en épocas capitulares que es otro de los atractivos que Allen nos plantea. Entre Nueva York y San Francisco, el cineasta ha filmado y recobrado esa vital fuerza cinematográfica, como aquel personaje submarino del cómic Namor, un mutante hijo de un ser humano y una atlante, y como tal, posee poderes diferentes a los de ambas especies. Su fuerza es muy superior incluso a la de los Atlantes y posee una resistencia increíble, a pesar de lo cual una prolongada ausencia de contacto con el agua pueda debilitarlo e incluso matarlo. Este Allen se zambulle nuevamente como lo hacía Namor en el océano tras una estancia prolongada en ese paseo europeo de ilustrador de monumentos en que se convirtió su última parte de su filmografía. Europa se ha transformado en aguas termales para jubilados, en busca de un divertimento quizás algo insípido. Allen se encaminó a pasar de Barcelona a Roma, sin suerte, y luego sacarle el jugo a la capital francesa -donde escribió un guión magnético- recibiendo un golpe anímico quizás inesperado, pero logró el milagro que Woody replanteas algunas cosas. Gracias a su audacia y su enfoque de crear confusiones de magnitud bien cimentadas, Allen ha decidido retroceder en el tiempo e imitarse a sí mismo haciéndonos recordar films como Another Woman, con la exquisita Gena Rowlands, Crimes and Misdemeanors, donde Woody hace pareja con Martin Landau, la magnífica Husbands and Wives con Mía Farrow o Hannah and your Sisters, donde el entorno dramático vuelve a ser la familia, recorriendo el camino de sus crónicas morales más alucinantes y plúmbeas. Para Allen, la familia no necesariamente es un espacio de afirmación y crecimiento personal, ya que también puede serlo de engaño y desamor, pero la única verdad es que todos los personajes de su cine se defienden en función de su parentesco, por eso es que Woody pone tanto énfasis en definir con autoridad y nobleza la interrelación de sus actores. Por esa única vía  se hace posible precisar el alcance de las principales que busca en Blue Jasmine, una película plagada de conceptos éticos, políticos y económicos envueltos en metáforas humorísticas que resultan brillosas cuando se producen los intercambios verbales de los involucrados. Es sencillamente delicioso observar a un Woody Allen que se incorpora a la discusión contemporánea de una variada multitud de temas de la forma en la que un tipo de su inteligencia, habilidad y experiencia puede aportar sin rencores. Su película se luce en ese aspecto, planteando problemas, elucubrando soluciones sin dogmatizarlas, rechazando maniqueísmos -la fe definitiva, en tanto que pretende completar e invalidar a todas las demás- y siendo comprensible con todos los que componen el film y hasta con nosotros mismos, sin llegar por ello a ser condescendiente. Desde el planteo argumental de dos hermanastras que siendo genéticamente diferentes, y conscientes de sus dispares actitudes condicionantes, resultan, parecidas al granuja de Baldwin, capo de las finanzas turbias, y marido ejemplar que, contra toda evidencia, se revela como un gurú de la usurpación piramidal, y un sujeto maestro en el arte de la infidelidad. Allen decide, y lo hace con soltura y sin temor, que Blue Jasmine sea una de esas historias acerca de los mecanismos del embuste y el auto-engaño, de cómo los seres humanos somos tan estúpidos de timarnos a nosotros mismos, lo que implica una sociedad involucionada y perversa.  Con la crisis económica muy de fondo, Blue Jasmine es la otra cara de la moneda del buen film Margin Call de J.C. Chandor, durante la crisis bancaria del 2008. Allen maneja las riendas de Blue Jasmine con tino y a veces con algún desacierto menor, pero que conforma un ejemplo casi perfecto para comprender lo que nos ha pasado como sociedad. Lo filma al estafador con pericia, pero sitúa el plano, en todos aquellos que pudieron rodear al caco de millones de dólares. Hace una toma de acercamiento y alejamiento de Cate Blanchett que al margen de la interpretación formidable de la actriz, le da más potencia visual, redobla el puntillazo actoral de gestos, llantos y quejas. Lo mismo hace con Sally Hawkins, y con su marido y el amante de ésta, que hace una labor de sostenimiento acorde a la animosidad y la codicia. La BSO acompaña bien y no se va de trompa, Allen mantiene ese ritmo lento y acompasado que aligera cuando la acción no constituye peligro inminente. El sonido no me satisfizo del todo, supongo que los parlantes del cine chileno Hoyts de Parque Arauco no era tan envolventes como lo esperaba o yo no estaba en el lugar más apropiado, aunque no se escuchaba mal. La fotografía estimulante, sin fallas, siempre cuidando los detalles de las ambientaciones, las atmósferas y los claroscuros, y el guión contiene diálogos apropiados principalmente cuando la Blanchett maneja literalmente el largometraje. Más allá del desenlace de la historia -que obviamente no revelaremos a los peruanos que nos leen porque el film no llegó todavía a Lima- y que sirve para plasmar la locura burguesa de la protagonista, Blue Jasmine es tan efectiva como conservadora una vez que el espectador conoce los caracteres de sus actores, la trama poco puede ofrecernos más allá de la tesis sobre las distancias sociales y la demostración que los humanos no atienden ni a teorías ni a lecciones, incluso de aquellas dictadas por la experiencia, y que por lo tanto están condenados a incurrir en el mismo error de forma cíclica en lo que respecta a sus relaciones laborales, familiares y personales. El hombre tropieza una y mil veces con la misma piedra según Allen. El film presenta otra dificultad. A pesar del recital artístico de la Blanchett y la Hawkins, ambas féminas juntas dieran la impresión de una empatía plana, crispante, histriónica y paródica. Percibía que el público chileno -que no tiene el valor de saber observar cine-difícilmente llega a sentir simpatía por el dúo de hermanastras más allá de un buen anclaje en determinadas escenas cómicas. Comentando luego en un café con algunos amigos chilenos, el film resultó entretenido, sobre todo en su lado más melodramático. El embeleco dentro de la familia funciona como una proyección metafórica de la mentira del enriquecimiento rápido basado en la "magia" financiera de la creación espuria del dinero en contradicción del esfuerzo del trabajo.  Es sintomático como Jasmine –que nunca hizo nada- desprecia a un dentista, que le da la oportunidad de ganarse unos dólares como asistente del mismo. Allen también muestra esas fiestas donde todos están involucrados de alguna forma con sacar una tajada de algún negocio que siempre surge en reuniones de este nivel tan glamuroso. Woody vuelve por sus fueros, se libera de las ataduras, se alimenta del pasado, vuelve a hacer un guión original maravilloso, y nos narra un inspirado retrato de esta época. Sería una obviedad repetir hasta la saciedad esa vocación del cineasta por una dirección de actores realmente soberbia, y que se cimienta, paradójicamente, en que hagan, aparentemente, lo que mejor les parezca.  Tanto así, que Blue Jasmine también tiene el valor añadido de resultar una de esas historias de cine que forman parte de ellas mismas, como lo fueron en su momento; A Streetcar Named Desire de Kazan, Breakfast at Tiffany's de Blake Edwards, y A Woman Under the Influence de Cassavetes. Woody Allen, aunque pueda suponer un deseo más que una realidad, se sitúa a sí mismo en una línea que por ratos intenta colarse en la mejor tradición del cine teatral yankee, sea en la senda clásica de Kazan, renovadora de Edwards, y revolucionaria de Cassavetes, en una síntesis espectacular como definitiva. Woody, como nadie, puede darse el lujo, que sus películas sean número uno de taquilla mundial, y un objeto de reverencia para la mayoría de nosotros. En resumen, Blue Jasmine es una película interesante que quizás no posea aquellas grandes virtudes de Midnight in Paris o de Match Point, las mejores creaciones de Allen de los últimos quince años. Desde el momento del arranque en que observamos en el interior de un avión a Cate Blanchett en larga confesión y desfogue emocional con una anciana compañera de lugar, ya nos vamos imaginando que nuestra bella heroína de 44 años, pasará por una serie de desdichas, y que terminará perdida, encerrada en su caparazón, y sin posibles confidentes, mientras que en las dos cintas que acabamos de nombrar, había una progresión narrativa y una capacidad para llenar de matices a los personajes con cada nuevo paso, guion y minuto de metraje. Blue Jasmine es una metáfora del inmovilismo contada con la mano curtida pero también inmóvil de Allen. Afortunadamente, Allen no tiene que demostrarnos nada a estas alturas, por lo tanto, Blue Jasmine, pese a llegar varias décadas tarde, es un gran acontecimiento del 2013. Ojala pueda ser nominada Sally Hawkins, el guión de Woody -con chances a ganar- y que Cate Blanchett reciba lo que se merece, el Oscar.