miércoles, 1 de enero de 2014

“El ángel ebrio”, Kurosawa desarrolla las notables metamorfosis del héroe.














































Descubierto en Occidente gracias a una de sus obras maestras, Rashómon en 1950, film que ganara premios, el favor de la crítica, y diera a conocer a su actor fetiche Toshiro Mifune, Akira Kurosawa, el apodado “Emperador del Japón” es sin duda el “hombre género” ya que su obra está inspirada tanto en el teatro japonés clásico como en escritores de la envergadura de Shakespeare, Dostoievski, Gorki etc. El cineasta transitó dominante por el drama neorrealista contemporáneo, hacia el épico y feudal cine de autor, desde el noir, el thriller, las películas de artes marciales, a la fábula intimista. Es de los pocos que cuenta de manera sublime su infancia en su autobiografía. Revela como decepcionó a su padre, un hombre descendiente de una saga de Samurais. Fue el único de su salón en rechazar la formación militar que le imponía la escuela. Fue su hermano mayor Benshi -un reputado crítico de cine- quien le transmitió el amor por la cinematografía, a través de Ford y Eisenstein -sus dos más grandes íconos- Lubitsch, Chaplin, Lang, Dreyer, Murnau etc. El suicidio de Benshi provocó un impacto sentimental inimaginable en Kurosawa, decidiendo prolongar el trabajo inconcluso dejado por el hermano. Se inicia en la dirección con un certero golpe de efecto, Sugata Sanshiro, cuyo combate final en la frondosa vegetación se convirtió en una de las escenas antológicas de toda la obra de Kurosawa. Tras la Segunda Guerra Mundial, el joven Akira construye maravillosos dramas de época sobre su natal Japón, obviamente destruída. Lo hace por necesidad espiritual, ya que, los EEUU controlaban a su país, y le prohíbe films cuyos personajes eran precisamente Samurais, sujetos vistos como transmisores de una ideología guerrera. Tras un fallido intento de suicidio -por diversas frustraciones personales y profesionales- logra salir de la depresión en los años setenta, gracias al apoyo moral y económico de cineastas yankees como Coppola, Steven Spielberg, George Lucas y otros más. Kurosawa establece en contraposición de los formidables directores japoneses de esos tiempos, una estimulosa relación artística y mercantil con la industria hollywoodense clásica y liberal norteamericana, y esa picardía es la que rompe moldes y/o códigos establecidos con los cineastas de su país natal, aunque ya había realizado la mayoría de sus películas cumbres. El hecho fáctico radicó en que la difusión se internacionalizaría, y la ventaja que sacaría Kurosawa era imposible para sus colegas, quienes se tuvieron que quedar puertas adentro, sin sacar la idiosincrasia del japonés afuera, pero, sin vetar la obra del supuesto desertor dentro de sus propias fronteras. Ustedes deben ya conocer que el film favorito de Clint Eastwood era nada menos que Yojimbo, hecho que inspira entre otros a Sergio Leone en Europa a fijarse en la narrativa del japonés. Con estos dichos pretendo dejar en claro que en todas partes y épocas se cocieron habas, y se seguirá haciendo hasta el infinito en todo tipo de acción que esté fuera o dentro de un proceso artístico. Los directores de cine -lo dijo antes de morir el gran Leonardo Favio- eran los tipos más chupamedias y arrastrados de la historia del arte. Favio tenía fama de mentiroso, pero no lo era, porque él la había inventado para que lograsen hablar de él. Pues bien, habría tanto que hablar de Kurosawa, que quisiera resumirlo en que quienes nos hemos tomado la libertad de estudiar su magnífico legado, y ver parte de su cine, no nos queda otro adjetivo que el de un maestro, porque no sólo hizo grandiosas películas, sino porque estableció como quizá nadie lo hizo la mentada combinación de géneros, y logró en un mercado tan competitivo como el de los EEUU, influenciar a ese grupo de notables aprendices que conformaron los luego referentes Coppola, Scorsese, Eastwood, Lucas, Allen, Spielberg, Altman, Brian de Palma etc. En sus memorias, Kurosawa cuenta la visión traumatizante de la quema de Tokio, y sobre todo la del terremoto ocurrido en 1923. La pintura del apocalipsis, por muy pictórica que resulte por su intensidad expresionista en el uso del color, no puede ocultarse, tal como sucedió con la anciana de su maravilloso film Hachigatsu no kyôshikyoku o Rhapsody in August, penúltima cinta de Kurosawa antes de Madadayo, cinco años antes de su muerte, en 1998. Son muchas las películas maestras de Kurosawa. Hoy me referiré a Yoidore tenshi o El ángel ebrio, un formidable film, dos años antes de realizar Rashómon, en 1950, quizás su obra más reconocida y premiada. El cine de Kurosawa, dibujante y poeta de lo extremo, constituye el expresionismo de sus historias y la moral de su inquietante mirada. El film que hoy día quisiera ofrecerles no es peor ni mejor de aquellos que revolucionaron cierta observación de la filmografía del autor. Deberíamos tomarlo como una cuestión de gustos, paladares, complacencias, estilo, sensibilidad y hasta capricho. La extraordinaria propuesta de Akira Kurosawa, consigue conjugar una modélica reproducción de un tipo de cine donde no falta ni sobra nada, cuya narrativa es entretenida y profunda, sensible y dura a la vez, retrata el clima de personajes extraños que se mueven dentro de las grandes ciudades años después que terminara la guerra. El placer del sentir una trama que no compite contra nada ni nadie, que es pura en esencia, y que nos revela esa compasión necesaria del humano o la condolencia aprendida por los designios del destino, deja en claro un hombre bueno, imaginativo, brillante y arriesgado. Personalmente tengo una predilección mayor por la obra de Ozu y Mizoguchi, pero de ninguna manera olvidaré ese alegato hacia la propia vida que consistió la fabulosa filmografía de Kurosawa, y en especial de El Ángel ebrio. El cineasta nos cuenta una fábula excepcional y bella. Considerada por muchos como la primera gran película de Kurosawa, incluso, su primera obra maestra, la impronta es una intensa muestra de la maestría del japonés para darnos a entender la prolijidad de su narrativa. Entre el drama y el noir, esta es una de las películas más personalísimas del cineasta, mejor imbuido quizá en su despliegue trágico que en su lado negro, pero como señalamos, la fusión de los géneros cinematográficos era una de las manipulaciones que más llamaba la atención del maestro, incluso con un desenlace inimaginable para la época. El japonés atiborra de simbologías o imágenes alegóricas los distintos objetivos que deseaba cosechar, como el lodazal en que lucen envueltos sus personajes, como aquella única flor que flota en la ciénaga, clara alusión al surgimiento de un verdadero ángel, un doctor atrapado por el alcohol, lleno de humanidad y compasión hacia el ser humano, con grandes dudas hacia las personas, a las que considera, muchas veces, débiles en su voluntad, pero que siempre espera en el fondo, lo mejor de ellos para acabar con sus miserias, tanto físicas como espirituales, que Kurosawa se preocupa en definir como la posibilidad de encontrar valor dentro de ese mundo extraño, como seres pertenecientes a un inframundo, plasmados como elementos que estuvieran fuera de toda posibilidad de vida decente. Este personaje principal, es también el mejor retratado por Akira Kurosawa, un doctor que lucha y se rebela contra ese submundo que desprecia y critica, que vive impotente al ver como jóvenes desperdician la oportunidad de vivir, pero que a la vez lo demanda, como si fuera imprescindible para él sentirse agobiado por un intenso dolor que representa alimento para su alma. Interpretado por Takashi Shimura, uno de los actores recurrentes en la filmografía de Kurosawa, el facultativo necesita ese submundo porque es su lucha vital, una confrontación en la que cuando impone su criterio, por pequeño que este sea, le da sentido a su existencia, le otorga un valor agregado, quizá el único que lo mantiene vivo y alerta. Su personaje, libador sin límites, bebida que usa como válvula de escape, como protección ante la desolación que lo rodea, que desprecia, pero a la vez es indispensable, emblema perfecto de esta dicotomía. Toshiro Mifune, el actor fetiche de Kurosawa, tiene aquí su primer papel con el director, e interpreta al joven mafioso aquejado de tuberculosis, enfermedad que era habitual en esos ambientes, y que también toma carácter simbólico, es decir, nacer allí hace que se lleve un peso, un castigo, una condena por ello, que sólo con el esfuerzo podrá superarse. Un hombre malo en apariencia, un malhechor que Kurosawa sabe dibujarlo como tal, pero que obtiene la certeza de una oportunidad visible de poder sentirse o transformarse en un sujeto bueno. Esta relación médico-paciente, será la columna vertebral de la proposición de Kurosawa. Su relación paterno-filial o de maestro y mentor del alumno, es vital en este film, y será un tema importante en otras películas del director.  La evolución de su relación y de los personajes en sí mismos, es una de las grandes virtudes de la película, ejecutada con precisión y haciendo hincapié en las inquietudes humanistas del japonés. En cuanto a la trama mafiosa -como la del médico calamocano- llega a cumplir del todo con las expectativas, las pulsiones titubean brevemente, y aunque el  planteo es impecable, y el desenlace brillante, el desarrollo de los imponderables acometidos por el japonés son muy correctos, transmiten la urgencia, el suspense y la tensión, el interés adecuado, algo con lo que obviamente Kurosawa se volverá más puntilloso en posteriores obras maestras. Podríamos definir a El Ángel ebrio como un largometraje de una impronta noir humanista, porque resulta indiscutible la fascinación que sentía Kurosawa por el cine yankee y sus géneros clásicos, algo que se aprecia en su obra con su notable sello personal. Sensible y duro a la vez, Kurosawa retrata el ambiente de las grandes ciudades y habitantes devastados. Son años tristes y ásperos, donde las personas deben intentar sobrevivir y donde los canallas, si son implacables, logran beneficios económicos. La película es un formidable ejemplo de la templanza narrativa con que Kurosawa desarrolló la mayoría de sus proyectos. Otros temas a rescatar de El Ángel ebrio son la culpa, el sacrificio, la inocencia, la protección, el humanismo, la crítica social, la desigualdad, el miedo, la lucha por supervivir, la necesidad de un referente, las relaciones paterno-filiales y la necesidad de redención. Mifune, consigue una impactante caracterización, que gracias a un sencillo pero eficaz maquillaje, alcanza momentos desgarradores. Observarlo debilitarse y adquirir tintes cadavéricos, deja una huella imborrable en nuestras memorias. Hay increíbles escenas, que nunca olvidaremos, como el intento de aquella mujer de la taberna por llevarse a su casa de campo al protagonista, ya muy enfermo en un excepcional manifiesto y declaración de amor, o la lucha encarnizada entre los dos gánsteres, escena de un estimable impacto dramático, que deja a las claras porqué Kurosawa hacía lo que sabía y quería con personajes difíciles. Repito, gustos respetan gustos, y he querido comentarles brevemente el film que más me hizo sentir a un director comprometido con la historia de su pueblo, con su propia desgracia que el destino le deparó, y con aquellos cinéfilos que consideraron al realizador en ciernes que ciertamente perfeccionaría su cine poco tiempo después. A todos mis lectores, gracias por este 2013 y que este año venidero les depare aquellos deseos que aspiren lograr. Pepe Derteano.