jueves, 2 de enero de 2014

“In the Loop”, militares y políticos, el más depurado cóctel de la memez.








































































Muchas veces hemos pensado -cuando éramos adolescentes sobre todo- que la política era una actividad seria y que marcaba el destino de los intereses de los países. Cuando en el Perú vivimos 12 años gobernados por militares que tenían la inteligencia menor a la de un orangután en estado de coma, pensábamos que pronto acabaría esa vida llena de heces, amenazante y uniformada de color del pasto que comen vacas y rinocerontes, con los que mi abuela se sentía cómoda -la vieja linda era argentina- porque amaba a Perón. Claro, los argentinos tenían a Evita, y nuestra primera dama era cualquier verdura, con un aire a trompeta. En los años ochenta, con la llegada de la democracia, todos respiramos profundo, y dijimos “nos salvamos”. La alegría duró muy poco, y los políticos comenzaron a desprestigiarse con espectacularidad por sus desprolijidades, y porque se boxeaban en pleno parlamento. Salían en la TV, sobre todo en los programas cómicos, y no parecían seres respetables sino caricaturas mal hechas, tipos que nos hacían reír por las grandes estupideces que decían y hacían, y como éramos –todavía lo somos- un pueblo tremendamente inculto y maleducado, lleno de ladrones y coimeros, en vez de salir a la calle a sacarlos del poder, nos reíamos con las bobadas que ejecutaban. Primero hablaban y después pensaban. Después llegó un tal Alan García que intento convertir nuestro pequeño país al estatismo y socialismo, pero el tipo tenía menos cojones que un recién nacido, salimos a las calles, y lo pusimos en su sitio. Tiene el récord de la inflación más alta de la historia de la humanidad, y soy testigo de las pestes que hablan en Colombia de él -desde un taxista a un gerente de empresa-. En Chile, un notable humorista llamado Coco Legrand, dice: “Alan García le robó tanto al Perú que dejó a su pueblo con solo suspiro a la limeña”. Luego vino un japonesito que ordenó la despensera, pero luego se convirtió en súper-chorro, y hoy se está pudriendo en la cárcel. Llegó un cholo de acero inoxidable con una europea que parecía un sargento, pero Toledo resultó alcohólico, y adicto a muchas cosas, sobre todo a la mentira. Puso en duda la honorabilidad de la Presidencia de la República ante el mundo. Hoy el estado le está haciendo un juicio por unas cuestiones inmobiliarias que no sabe cómo explicarlas, cuando ya todo el Perú conoce la forma en que se cometió el fraude. Después vino el mismo Alan García, esta vez con las uñas cortadas, no por méritos propios, sino porque tuvimos que votarlo para que no salga uno de los aliados de Chávez, un tal Ollanta Humala.  El gobierno de un cincuentón García fue malo, pero no metió la mano, y eso para un tipo como él, ya era una hazaña. Pero, llegó Humala, actual presidente, un tipo simpático, pero con poco tacto, asesores mínimos y una inteligencia reducida. Nuestro país se está cayendo a pedazos, aunque los índices del ministro de economía (je, je, je….) arrojan cifras envidiables. Todo sube, lo más barato son los sueldos, y estas navidades parecen haber sido exitosas. Habría que revisar los números privados, dentro de 15 o 20 días. Pero, al margen de contarles muy sucintamente mi opinión de mi querido y hermoso país, el 25 de diciembre, miré -luego observé con detenimiento- una comedia negra inglesa donde participan yankees también, que me alegró el día de navidad. In the Loop del escocés Armando Iannucci, un buen director de películas cómicas de TV, jamás comparable a tipos como García Berlanga, Fernán-Gómez, Buñuel, Charles Chaplin, Kubrick, Frank Capra, Guy Ritchie, Robert Hamer, Hitchcock, Terry Jones, Payne, John Landis, los Coen etc., hombres con una capacidad extraordinaria para ingeniárselas y dominar el subgénero apoyados en lo más siniestro y formal para hacernos sonreír ante hechos adversos. Iannucci basa su tono inquietante atacando a esos valores socialmente establecidos con sarcasmo y mala leche. Si hay algo que saben hacer los británicos es reírse de sí mismos, sin duda un gran y envidiable valor. A pesar de ser conocidos por su parsimonia, detrás de esta palabra se esconde una corriente subterránea de socarronería y cinismo que, en lo que se refiere al cine, ha dado sus mejores frutos. In the Loop tiene una sintonía especial con el film de Kubrick, Dr. Strangelove, pero sin esa maravillosa puesta en escena del yankee. Acá no existe guerra fría, la famosa máquina del juicio final, ni hay un actor como Peter Sellers. Pero, lo que resalta más es un guión fascinante que empuja a siete personajes donde cada quien tiene una misión a seguir y cumplir, y que las confunden para establecer el jugueteo del teléfono malogrado o roto de forma brillante. Británicos y Yankees tenían que tomar una decisión para ejecutar una nueva invasión –no capté el nombre del país aunque supongo que era Irak por la fecha- pero, las máximas autoridades de ambos países no se atrevían a tomar la decisión, justamente porque los mandos medios no llegaban a un acuerdo. Iannucci maneja la historia con convicción y sin trabarse, filma de una forma distinta -angula demasiado quizás- aunque resulta novedosa porque contribuye a la informalidad de la cuestión. El escocés se burla olímpicamente de los mecanismos políticos y administrativos mediante los cuales una guerra se puede poner en marcha o no, y tiene el peso o la informalidad de tirarse un pedo. El retrato es devastador, aunque a cualquiera de nosotros le da la impresión que la realidad de lo que se exhibe en la cinta está más cerca de la verdad absoluta de aquella ficción que estamos observando. Un gran acierto sin duda el que propone Iannucci, porque esa verticalidad militar se comporta como unos lindos niños jugando al monopolio. Lejos de suponer un alivio para su gobierno, las declaraciones públicas del primer ministro británico -él no quería la invasión- las ofrece en la calle con los periodistas de TV acechándolo, y en un momento donde la sintonía o rating era excepcionalmente alta en los EEUU y su país, por lo que los yankees se encargan de adorarlo, y los británicos de estar orgullosos de un pacifismo indeciso. Otro punto de vista muy bien activado por Iannucci es la de plantear un enfrentamiento de dos grupos de diplomáticos y políticos en una genial batalla verbal y de intereses mutuos acerca de la decisión de meterse sin tocarle la puerta a un país. En la cinta se evita que los personajes importantes como el presidente de los EEUU, el primer ministro británico -estupenda la actuación gestual y corporal de Tom Hollander- o miembros de ambos parlamentos sean los encargados de decidir. Iannucci les deja esa responsabilidad a los asesores más cercanos, mandos intermedios que al ser enviados miedosos -hay algún infiltrado- no tienen la capacidad para la audacia del dictamen final -siempre se produce una acción que impide algun posible acuerdo- son los actores secundarios o personajes de rango asistencial, los que se envuelven en una brutal burocracia, y no logran una sola idea que resplandezca. La farsa es escalofriante pero corrosivamente divertida. No asoma un ápice de dignidad ni honor en ninguno de los personajes retratados, advenedizos todos de un sistema que ha alimentado un nido de buitres y alimañas alrededor del poder. Cada uno toma decisiones en virtud de conservar o aumentar su estatus de poder e influencias. Y los más jóvenes, en lugar de alentar esperanzas en la mejora del funcionamiento administrativo, toman nota de cuáles son los puntos flacos y las mejores armas para batir al enemigo, incluso si es del mismo bando. Aunque por momentos la realización sea rutinaria y televisiva, el film funciona con agilidad porque administra unas dosis de veracidad suficientes como para que nos mantengamos atentos a esta realidad paralela que los noticieros también inventan alimentando la cuestión. Me gustó la actuación del inglés Peter Capaldi. Por la parte yankee destacan el enorme James Gandolfini -lamentablemente fallecido el 2013- interpretando a un pragmático general estadounidense, y a la que fue niña prodigio Ana Chumskly. Lástima que esta gran comedia negra británica-yankee no haya llegado a Lima., porque la pasarían en una función especial en el parlamento nacional, y en palacio de gobierno. Lo que logra establecer Iannucci en nuestras cabezas es cuánto hay de verdad y de mentira en las aseveraciones que nos ofrecen nuestros gobernantes, incluyendo a los del BCR, el Poder judicial, la Sunat, el Congreso y todo el estado en su conjunto. La película  nos señala un clarísimo veredicto al respecto, extirpando totalmente, protocolos y buenas intenciones que les suponemos a los administradores de nuestra sociedad y dinero. Y es que el fin del mundo no llegará por una catástrofe natural como profetiza en sus cintas Roland Emmerich, si no cuando seamos incapaces de distinguir lo que es mentira de lo que es la verdad, lo que es moral de lo inmoral, y del funcionario o policía que no cumple su deber a consciencia, y les importa un bledo. Por eso hice la introducción, porque como yo, muchos peruanos estamos exhaustos que el gobierno mienta y no tenga genta capaz para manejar las cosas con propiedad. Para que han hecho las elecciones cada cinco años en nuestro país ??? Para que nada cambie radicalmente pues, y nos traten como tontos, cuando los verdaderos tontos seguirán diciéndonos que el Perú está creciendo, cuando es una media verdad, porque si fuera del todo cierta, el simpático -a mí me cae bien Humala- presidente, no tendría en la encuesta nacional del domingo pasado, 75% del Perú en contra. Film recomendable para todo aquel que les tenga ganas a los funcionarios públicos..... El hombre del año resultó ser Francisco, el Papa, aunque dicen que los obispos le detectaron un preservativo. El pontífice explicó que lo tenía por si acaso la santa cede. Chiste argentino....