lunes, 6 de enero de 2014

“Koruto Wa Ore No Pasupooto”, un asesino a sueldo súper-cool y su compañero guitarrero.






















































Bueno, me encuentro en la ciudad de Concepción en Chile donde he tenido una seria de actividades relacionadas con el cine, y que continuaré desde mañana en Santiago. Me he sentido muy bien tratado en este bella ciudad, que recomiendo -el hotel es el Holiday Inn Express y está al frente del mal Plaza El Trébol, realmente una construcción con todos los lujos de cualquier mal de Sudamérica- y donde la amabilidad y el buen gusto hacen una dupla atinada. Como siempre que viajo he dejado en Concepción aprox. unas 40 películas de cine peruano, para colaborar con lo que se filma en mi país. No es esto oficial, yo me represento solo, lo hago porque me nace y seguiré intentando que algunos personajes en Santiago puedan apreciar cine hecho en nuestra patria. Ya el año pasado dejé cerca de 75 copias, y mañana cosecharé seguro algunas cosas. En lo que se refiere a esta entrada es sólo para conocedores y cinéfilos que buscan y encuentran. Takashi Nomura -no confundir con un luchador profesional japonés que trabaja en México bajo el nombre de Tarucito-es un director nipón desconocido por la gran mayoría, quien solamente filmó una sola película en el año 1967 -actuó, creo que en otra- acerca de las famosas Yakuzas japonesas -símil de las Triadas chinas-  y que se conceptualizan como los miembros de la delincuencia organizada surgida de los sindicatos japoneses. La policía japonesa los llama Boryokudan o grupos violentistas, mientras que ellos se autodenominan Ninkyo dantai o corporaciones caballerescas. Son sujetos recios que poseen estrictos códigos de conducta, respeto absoluto por la autoridad, y organizaciones modelo. Tienen gran presencia en los medios de comunicación de su país, están entrometidos por todas partes, y operan a nivel mundial con cerca de 185,000 efectivos, lo que supondría la banda criminal más numerosa de la tierra. Si los lectores quieren conseguir este grandilocuente film pueden hacerlo por su título yankee A Colt is my Passport, Yo traicioné a un asesino a sueldo o La Colt es mi pasaporte. Pues bien, esta cinta de acción que configura alguna que otra dosis del mejor film noir yankee, no debería quedar abandonada en la colección de películas de culto pertenecientes a ese género tan denostado en estos tiempos como es el cine de acción. Es a todas luces un film de referencia trazado con las coordenadas precisas de un clásico donde el mito heroico está diseccionado a través de aquellos elementos que se acercan a notables obras de estilo, como Bob le flambeur del genial francés Jean-Pierre Melville, un submundo del hampa donde hasta los más grandes delatores poseen un código de honor, cinismo, felonías y hasta una femme fatal que pone la belleza y la violencia femenil en bandeja. El resultado que pretende Nomura es una confabulación de ese realismo lanzado al espectador como representación de un mundo fratricida con cierta sofisticación. Diera la impresión que en esa trama donde un asesino a sueldo -el legendario Shishido- es contratado para acabar con un reconocido personaje del hampa local, y que está destinado a esquivar la muerte por las ansias de venganza de los hombres de confianza de una determinada organización. En 1964, este cosmos de Yakuzas sostenía una percepción de un orbe amenazante, novedoso y revolucionario, lo más expresionista de la emblemática compañía Nikkatsu. Podríamos clasificar el cine de Yakuzas bajo tres manejos argumentales: el cine de Yakuzas friki, el pop y el rupturista de Seijun Suzuki con sus dos excepcionales films Tôkyô nagaremono y Koroshi no rakuin, un cine exclusivamente inclinado hacia la acción y lo trepidante, o las de gran potencia visual de Kinji Fukasaku, las notables Yakuza Graveyard y la saga de cuatro films denominados  Jingi naki tatakai, o el cine de Yakuzas de autor, al más puro estilo francés de la “nouvelle vague”, como Kawaita hana de Masahiro Shinoda,  Kuroi kawa de Kobayashi o Buta to gunkan de Imamura. A Colt is my Passport aglutina los mejores ingredientes de toda esta pitorreada forma de plantear historias consiguiendo un sabroso cóctel de penetrante calidad y verdaderamente entretenido. Nomura está inmerso férreamente en una narrativa propia, y se da el lujo y la paciencia de jugar con elementos ajenos a cualquier mecanismo de la lucidez de una crónica, potenciando una profunda huella de maestría que apunta hacia algunas intenciones extravagantes. Argumentalmente también podríamos vincular A Colt is my Passport con películas como la yankee  The Mechanic de Michael Winner, la italiana Città violenta de Sergio Sollima o la francesa Le Professionnel de Georges Lautner –con el carismático Jean Paul Belmondo- por sus formidables escenas de acción, persecuciones, traiciones, reflexiones y romanticismo, destacando dos fracciones fílmicas exquisitas: aquella del camión conducido por nuestro protagonista que arrolla al automóvil donde lo espera un asesino rival, que evoca la escena inicial del asalto al furgón blindado de Heat , y la  maravillosa escena, que homenajeara Jim Jarmusch en Ghost Dog, en la que desde el punto de vista de la mira de un rifle observamos como Shishido se sorprende al apuntar a un pájaro posado en un árbol, pero sin perder de vista las subtramas de alegato a favor de la lealtad y la amistad donde da rienda suelta a una puesta en escena de salvaje efectividad que escapa a la catalogación de cualquier fábula moral desde aquellos pasos de un sendero que expone como contracorriente, atreviéndose a traspasar cualquier frontera, tanto si sus tiroteos explosivos, persecuciones y el espíritu que corroe cada fotograma evidenciaran una impronta “Hard Boiled” como coreografía en la que la acción armoniosa, de furioso lenguaje, estuviera destinada a culminar en su desértico desenlace que dibuja toda la majestuosidad existencial de una verdadera “Masterpiece”. Por si fuera poco, la BSO tenemos y debemos de oírla como una lección de magnificencia dentro de esa musicalización intuitiva que utiliza Tarantino en sus films, adulterando de un modo prodigioso los momentos más intentos de la película con canciones y sonidos de diversa índole, desde la tradicional japonesa, en un “in crescendo” sinfónico hasta llegar a las melancólicas notas de Jazz, sin olvidar la tradición del “Spaghetti Western” como lo hiciera Melville en Le Samourai con Alain Delon -film comentado hace algunos meses en el blog- y recrearse en un número musical, esta vez en la figura y la voz de Chitose Kobayashi, con una balada de tintes “Enka” inolvidables. Como uno de esos inmemoriales  Westerns italianos, la escena final nos muestra el horizonte desértico que representa el destino aleatorio al que debe enfrentarse el pistolero agotado después de luchar en contra de la muerte. Si un cinéfilo de género no queda hipnotizado tras ver esta última secuencia que vaya pensando dos veces si ama o solo quiere por momentos al séptimo arte. En resumen, una extraordinaria película, divertida, recomendable para el que quiera descubrir un cine de acción distinto e inmerso una potente cinematografía como la japonesa, que nos hará reflexionar y disfrutar de 90 minutos de gran cine. Film en B/N que cautivará a aquellos que siempre tienen presentes los mejores largometrajes de acción en sus videotecas. La pregunta se cae de madura. ¿¿ Que hubiera sido de Nomura si hubiese seguido filmando ??