miércoles, 15 de enero de 2014

“Never Let Me Go”, Romanek fusiona con sensatez lo deprimente con lo soberbio.















































Ocho años después de haber escrito y realizado One Hour Photo o Retrato de una obsesión, un thriller psicológico extraño, pero bien planteado, que funcionó gracias a la interpretación dramática del humorista Robin Williams, el cineasta yankee Mark Romanek se une a una coproducción con el Reino Unido, para encargarse de la adaptación de la novela del mismo título del escritor japonés-británico Kazuo Ishiguro, autor de otros títulos como The Remains of the Day,  llevada al cine por James Ivory, A Pale View of Hills, An Artist of the Floating World, The Unconsoled y When We Were Orphans, además de algunos relatos cortos y dos guiones cinematográficos como The Saddest Music in the World plasmada en el cine por  Guy Maddi y The White Countess que estrenó su amigo Ivory. Romanek cambia de género, va directamente al drama romántico con momentos de ciencia ficción  ofreciéndonos un relato futurista situado en el pasado, o quizás en una supuesta realidad alterna y/o rotativa que ya se había antepuesto en la década de los años cincuenta con el éxito del fenómeno de la clonación, cuya operación inicial fue realizada en 1952, a partir del óvulo de una rana, por científicos de la Universidad de Pennsylvania, quienes después del éxito logrado, continuaron haciendo clonación con ratones. El cineasta logra posicionar su film en el significado del clonar seres humanos, tema posible, pero que tiene una serie de controversias, desde lo ético hasta lo científico. El cineasta yankee presenta su cinta distanciada de alguna explicación razonable. Romanek utiliza la neutralidad, no habiendo forma ni necesidad de hurgar en el cómo y el cuándo. La trama se establece en el colegio Hailsham, uno de esos liceos no públicos ubicados en un bosque alejado del descontrol urbano. Allí se educa a un grupo de niños, sin tener la idea que son “dobles” creados en un laboratorio para transformarlos en donantes de órganos. La historia, como planteamiento, es muy llamativa, sobre todo cuando el realizador interpone en imágenes una relación romántica de a tres, Kathy, Tommy y Ruth, en un vínculo donde surgirán de inmediato los celos y la incógnita de una vida sin preguntas que se compromete y profundiza en la personalidad de cada uno de sus roles. Primero, el de una muchacha intuitiva que demuestra su interés en conocer la verdad para luego ejercer de jefa o mandamás cuando se acerque el momento de proceder con las donaciones. Un joven rebelde que bajo sus enfados vislumbra un futuro inconstante y dubitativo, y el de una avariciosa muchacha que busca entrometerse entre ellos, y que obtiene el fugaz amor que debería haber tenido la pareja inicial. La normalización del colegio, y el día a día, se rompen con la llegada de una nueva profesora cuya misión es la de ir  abriéndole los ojos ante su condición innata de conejillos de indio, incluidas sus respectivas fechas de vencimiento. Romanek construye una arquitectura humana basada en una realidad alternativa, no continua, de significado alegórico que abarca diversas lecturas, sobre todo dedicándonos contextos y metáforas dentro de una fábula de ciencia ficción. Sin embargo, la manipulación genética que encierra el automatismo que llevan los niños en el colegio, es tan sólo una excusa para describir la relación de Kathy, Tommy y Ruth, y su nexo con el mundo, y con sus propias interrogantes. La amistad, el amor, la separación y la sombra de la muerte son hechos que se superponen al entramado que luce como una especie de prosperidad disfuncional. De este modo, el destino funesto, la pérdida de la infancia y la juventud, y la consunción de un tiempo concreto abren el camino a un drama trágico y lírico, enfriado a propósito por un declive humano hacia la insensibilidad, donde los protagonistas no son más que Cavias porcellus al servicio de sus clones, de aquellos que necesitarán un recambio, y cuyos sentimientos y miedos se equiparan a las de cualquier persona normal. Romanek atempera la tragedia a través de un estilo reposado, que sabe propalar la sensación del discurrir temporal del relato de la novela de Ishiguro, con un carácter evocador y sosegado, y elegante a la hora de acoplar esa estética grisácea al desarrollo de una crónica despojada de efectismos y pedanterías. A veces, diera la impresión que es devastada por un ritual de brusco academicismo que vulnera la pasional tragedia de los protagonistas con un recorrido gélido aunque vital de sus cobayas humanas, pero es el elemento visual indispensable para hacer verosímil todo el proceso de evolución de estos personajes que van dejando partes de su cuerpo hasta “finalizar” su función en este mundo, dejando brotar la emotividad cuando se descubre que podría existir una imaginaria intención de aplazamiento si alguno de los clones tiene la capacidad de demostrar un amor verdadero. Never Let Me Go acredita su habilidad en el detallismo y la fidelidad con el que se acerca a su referente literario, en ese pánico infantil, donde un balón se acerca a ese confín impuesto por la turbación, o quizás a esas fichas con las que los niños compran en aquel tenderete lleno de juguetes y objetos inservibles, el cassette con la canción que le da el título al film, el caballito que metaforiza las ganas de libertad o el barquillo encallado en una playa, como presagiando hechos vitales de ellos mismos cuya expiración parece no lejos. Romanek y su guionista entienden como abreviar el espíritu de las páginas de Ishiguro, y dejan de lado el cuestionamiento existencial sobre el sentido de la vida, para imponer con sabia apatía el núcleo trágico de la película, que no es otro que un desinterés atormentado de jóvenes saludables que aceptan y encaran su casta vital de reemplazo. En la orfandad de estos seres sin presente ni futuro no hay lugar para la rebeldía, porque no les queda más remedio que resignarse a la adversidad de su destino natural. Un simbolismo que parece actualizarse, se vislumbra donde el conformismo ampara una sumisión que robustece las ligazones de un realismo rodeado de simulacros. De ahí, que en el colegio Hailsham se realicen ejercicios de sociabilidad donde los niños sólo saben repetir las frases del aquel que lo antecede y queda patente en el mundo exterior cuando, por ejemplo, se acerca la hora de escoger el menú para comer. No son capaces de interpretarlo porque no han sido enseñados a pensar por sí mismos, admitiendo su torpe temperamento y su ausencia de valores con respecto a su entorno. En el camino dejarán ilusiones, capacidades artísticas, amores y una vida coartada por su intrigante idiosincrasia. Romanek logra confirmar  ese deseo de libertad y vida, de dilatación existencial que proponía la estupenda Blade Runner, de Ridley Scott. Aquí, como en aquélla, todos los momentos están destinados a perderse como lágrimas en el caer de la lluvia, al conformarse un universo de víctimas que conviven separados en una sociedad que ampara el sacrificio de estos sustitutos a favor de un bien común donde la carencia del alma son sus distintivos. Never Let Me Go posee esa característica de aquellas fábulas morales que contemplan ficciones que trafican los riesgos de manipulación donde se reconoce a las personas como fines en sí mismos, más que como simples medios. Esta es una de esas magníficas películas  emparejada con  atmósferas de melancolía y desesperanza que Romanek sabe lograr a través de aquellos paisajes que se lucen por una atildada fotografía, y la intensidad de una BSO que roza lo poéticamente luctuoso que llena un desenlace pesimista, tan bello como cruel, aparentado de una distopía naturalista. El ejemplo perfecto es aquella charla demoledora ante Miss Emily –bella y reluciente Charlotte Rampling- en la que se observa el raciocinio hacia unos seres que, lejos de resultar monstruosos por su naturaleza clónica, dejan la percepción de inocencia, de idealismo humano, marcado por ese injusto destino de sacrificio. Tampoco hay que olvidar la fuerza de dos actores como Carey Mulligan y Andrew Garfield, quienes le aportan temple dramático a la cuestión, necesario para no forzar el melodrama en el que sí queda atrapada una desmedida Keira Knightley. No obstante, los tres saben imponer la intensidad escueta, breve de un discurso didáctico sobre las profundas temáticas que se ciernen sobre ese mundo inhumano que crea vidas para aprovecharse de ellas en beneficio de otras y del que, en estos momentos, nos encontramos más cerca de lo que  creemos. Una  de esas cintas que se manejan con frialdad, pero que resultan tan trascendentes y ricas como taciturnas y sombrías. 100% recomendable.