martes, 4 de febrero de 2014

“American Hustle”, David O. Russell hace de las suyas con mano firme, nos traslada a finales de los años 70, y disecciona personajes tipo, a través de un fariseísmo disfrazado.

























































































Siguiendo con las películas nominadas al Oscar por la Academia, hoy vamos a opinar acerca de un thriller de intrigas y embelecos, ambientado a finales de los años setenta, y que trata con adecuado sarcasmo el devenir de un voluntarioso agente del FBI, que al final de una profusa y cómica investigación logra guardar en prisión a algunos honorables miembros del Congreso yankee, al propio alcalde de la ciudad, todos sin culpa alguna, por una equivocación específica. Por otro lado, el estafador Irving Rosenfeld -muy buena interpretación de Christian Bale como un timador hábil aunque de pocas aspiraciones- y su socia medio amante, de una fidelidad asombrosa Sydney Prosser -la más completa actuación que he podido apreciar de la bellísima Amy Adams- se ven en la obligación de ponerse en manos del agente Richie DiMaso -un genial Bradley Cooper- el policía que los obligará a infiltrarse en una supuesta mafia, a cambio de una inmunidad algo extraña. Cooper es demasiado confiado y apurado, no se detiene a reflexionar sobre el porqué de las cosas que suceden o que vendrán, y eso le va a costar caro en el desenlace de esta divertida fábula. Con un sexteto protagonista de lujo, Jennifer Lawrence como mujer de Bale es la favorita de todos a ganar el Oscar -menos la mía- a secundaria por una soberbia actuación expresiva incluídas tonalidades peculiares -Robert De Niro está espectacular, al igual que Jeremy Renner- American Hustle se configura como un espectáculo visual y dialogado penetrante que entretiene aunque el pretexto argumental no pareciera dar para tanto rollo, y por momentos la película se va cayendo hasta que adquiere un ritmo no apropiado para la temática en cuestión. Su director, uno de los realizadores de moda del Hollywood de hoy, David O. Russell hace una dirección de calidad a través de su glotona versatilidad para extraerle todo el jugo fresco a determinados géneros, sentando las bases de lo que va a contarnos desde un primer instante. Cuando arranca, es imposible que pueda parar de armar tretas y nudos exquisitos. Se escucha una voz en off que dice: "Algo de lo que van a ver, sucedió en realidad", frase que reza el primer zarpazo que podemos leer impresa en pantalla. A continuación vemos a Bale, en una escena genial frente a un espejo colocándose un bisoñé con la naturalidad de un experto. Ese ir y vuelta entre la verdad, la apariencia y el engaño travestido, es el que viene a explotar el guión co-escrito por Russell, y que tiene todas las virtudes para delatar las miserias de todos por igual, salvo Bale que es un sujeto pensante, casi mudo, asistido por la carilinda Amy Adams, quien tiene una abundante paciencia. De pronto, la Adams les hace creer a todos que es una mujer ligada a grandes contactos en poderosos niveles internacionales de inversión, y se convierte en la mano derecha de Bale, quienes juntos, manejan con impecable decisión uno de los ejes argumentales de la cinta: la necesidad de reinventarse a si mismos, aceptar quien es quien, y sacarle partido a sus destrezas combinadas. El reverso tenebroso del sueño americano es éste, justamente, que su mayor talento sea el de estafar al tipo que está desesperado por incrementar sus ganancias como por arte de magia. Aunque todo parece un impecable lecho de rosas, cuando Amy y Bale se conocen, pronto brotarán complicaciones. Bale tiene una esposa ciclotímica, es Jennifer Lawrence y está bellísima, con un precioso nene adoptado, pero que él lo adora como si fuera propio. La reciprocidad entre Bale y el chico es vital en la forma de asumir los temas por parte del pillo.. Esta relación paralela de Bale pareciera  enturbiar la relación con Amy, quien se enamora de verdad de Bale, pero que sabe que esta en posibilidad de un futuro generoso, embullándose el romance sin chistar, justo antes que Cooper -impresionante como ha crecido artísticamente el actor en todo aspecto- los haga caer en una maquinación candorosa, pero que tiene su segunda, su tercera y hasta su cuarta coartada, todo siempre envuelto en el autoengaño. Russell maneja la cinta con flashbacks entremezclados que ayudan, y una voz en off que va limpiando y repasando situaciones. Cooper es uno de esos polis sin muchas neuronas pero insaciable de autoestima y ambicioso en conseguir logros laborales aunque tenga que pisarle la cabeza a su propio jefe. El atrapar a Amy y Bale le parece poca cosa, quiere más conquistas de nivel, cree en la procedencia de la Adams, y se equivoca aunque los hace concertar como socios. De este trío de estupendos sinvergüenzas, sale el pacto donde Bale y Adams le entregarán data, y Cooper logrará pescar a unos cuantos estafadores de poca monta, quedando exonerados Bale y Adams de los cargos de usurpación. Pero cuando Cooper comienza a darse cuenta que puede apuntar más alto consiguiendo la cabeza de congresistas, senadores e incluso el gobernador de la ciudad, un hombre probo -aparece resplandeciente Robert De Niro- sus anhelos de apetencia de poder lo llevará a arriesgarlo todo -inclusive inventando la figura de un jeque que pondrá la plata- creyendo que está transitando por la vía correcta, cuando en realidad lo que hace Russell es dinamitarle sus errores y no sus virtudes. En gran parte, la cinta del cineasta yankee descansa en la solvencia interpretativa de sus actores principales, aunque el guión tiene soltura, ese juego de diálogos comprometedores, y un cabal conocimiento del objetivo que la propuesta persigue. Desde luego lo que llama la atención a primera vista es la caracterización: desde los bucles ondulados de Cooper, hasta la transformación física de Bale pasando por la melena infartante de Jennifer Lawrence, el tupé de Jeremy Renner o los tacos de Amy Adams. Russell hace que las apariencias engañen, que cada quien plantee su estilo, pero guiados por los aciertos del cineasta en la dirección de actores, que resulta esencial para consolidar un guión que es de lo más atinado de la película, y que hace un armado de actividades un tanto confusas, en un film donde todos pretenden ser algo que no son, salvo Bale y Adams que pisan tierra. En cuanto a la puesta en escena, seguramente la película hubiera ganado más precisión con una edición que pudiera entrelazarse entre lo ágil y lo práctico, sea por la duración de la película, y ese impacto de gracia final que logra dudosamente lo que pretende Russell en el desenlace. Otro elemento de la puesta en escena que es indispensable de observar es el diseño de producción o la dirección artística. Las ambientaciones son acordes, están bien escogidas, y le aporta al conjunto mucha seguridad. El maquillaje no logra del todo adaptarse y eso molesta porque tenían los recursos para hacerlo. Las partituras musicales  del gran Danny Elfman parecen no encajar en los nudos que Russell coloca, salvo mejor opinión. El “personaje musical está, pero su incursión es neutra” porque no logra captar nuestra atención, ni movilizar nuestras sensibilidades. Lo que agrada es verla a la Lawrence tarareando "Live and Let Die" o a un desafinado Christian Bale y Jeremy Renner cantando “Delilah". La fotografía me deja mucho por comentar, pero simplemente diré que es buena aunque pudo estar mucho mejor. American Hustle, no es una joyita de fantasía cualquiera, Russell tiene una visión singular de lo que quiere demostrar a través de los negocios turbios, como si el poder fuera una barrera infranqueable de placer y cambio de los valores de los tipos que acceden al mismo. Es una buena película, tiene todos los elementos cinematográficos a disposición, pero no sabría explicar porqué razón el yankee titubea. Russell sabe lo que quiere desde un principio, aunque haya errores que debieron corregirse. Bastan poquísimos minutos de proyección del film para que nos demos cuenta que estamos ante una declaración de intenciones con la forma de breves mensajes introductorios donde se juega a sacarle lustre al elenco. Pero, mucho ojo con las grandes nóminas que en vez de trabajar en conjunto, cada quien agarra por su lado, y la película irremediablemente va a sufrir saltos narrativos que se van a notar sobre todo en el montaje, que se frena y no logra esa rapidez que podría abrillantar la película. Se trata de una aproximación fallida hacia aquella extraordinaria cinta yankee que la publicidad ha puesto en el tapete, y que cae en lo humorístico. Así como a Russell lo respaldan sus actores, principalmente Christian Bale y Jennifer Lawrence, hay un diseño de producción que busca la perfección y llega a ser de gran calidad, Russell cuenta con un guión compacto, y que juega con la historia de manera adecuada, un diseño de vestuario donde Gucci hace maravillas. Russell no acierta en elementos vitales que de ser equitativos al resto podría aspirar a ganar el Oscar a mejor film del año. Repito, gana en vestuario y falla en el maquillaje que podría haber sacado gran ventaja por representar los años setenta, la BSO no está lo suficientemente calibrada para que las acciones se vinculen ni con las canciones -que son de los recordados años setenta- ni de la partitura general porque la arritmia musical se encarama, como se siente un compendio de sonidos que no son de los mejores, y ni hablar de la edición de los mismos. Russell nos habla de los grandes valores, de los lazos afectivos, de la codicia y los pecados capitales, la violencia, el sexo, las drogas y el desenfreno, como lo hiciera muchas veces Scorsese en los noventa, y en su film de este año El lobo de Wall Street. Russell sabe dirigir y lo demuestra, sabe la carta que pone y se guarda una para meterla cuando el guión apriete. Incluso hace uso de géneros que no esperaba observar, es decir, la comedia negra con ínfulas de thriller urbano. Esta vez, acerca de una banda de granujas que se enriquecen a costa de la codicia de la gente estúpida hasta que alguien y algo se empieza a podrir y oler mal. Entonces, ni tonto ni perezoso Russell, que dispone de buen ojo para el producto comercial de gran tirada y acentuada pulsión artística logra encaminar el largometraje por donde le puede dar resultado, sacarle más réditos y lo consigue. American Hustle es una cinta comercial extrema, y no un film de autor. Un producto que busca satisfacer tanto al espectador más exigente como al menos sesudo. Buena muestra de ello es que al final, el valorarla en sus principales cualidades sea tan fácil como reducirse a decir que no es la historia la que predomina, que en el fondo resulta caduca, consabida y efectista, puesto que el dibujo que logra hacer de sus personajes, que son originales y de mucha personalidad, es lo que más sobresale, porque entre Russell y ellos se encargarán que el contenido nos tenga atentos a las diferentes acciones. Sin embargo, las buenas noticias son que, ahora al contrario que su inmediata predecesora, en American Hustle, tanto lo primero como lo segundo acaba por tener un resultado satisfactorio, un ejercicio depurado de cine envidiable, y a menudo, de buen talante. Esto no tiene trampa. Russell pone sus personajes sobre la mesa. No existen sensibilidades ni dramatizaciones, sólo artificio, engaño, simulación y astucia. Fresca y dulce, la pantomima discurre sobre terrenos conocidos, a saber: la caída de los anti héroes, la desmitificación del sueño americano -que hacerse rico es tan sencillo como jugar Play Station- que el fingimiento lo es todo en un mundo en el que el más lento se queda plantado como una palmera. Pero se mueve todo alrededor de un mundo en el que, a pesar de la gravedad del asunto, lo importante es la diversión por la diversión, la glorificación del esperpento, el buen vivir y el hacerlo por todo lo alto. Aunque la progresión dramática se desencadena a menudo de forma natural y predecible, los personajes que la protagonizan dan la sensación de no conocerla como corresponde, y prefieren dar gala de sus perogrulladas personalidades antes que hacer uso de la cabeza para resolver situaciones. La premisa es sencilla. Una pareja de estafadores ve sus planes truncados cuando deben aliarse con el FBI para destapar una red de corrupción que salpica tanto a mafiosos como a importantes personajes de la vida pública. Parcialmente basada en hechos reales, Russell acaba jugando libremente con la historia. Y, para que la cosa salga bien, se empeña con esmero en su doble rol creativo, perfilando sus personajes como criaturas únicas en su especie, de elocuencia en su profunda ignorancia, en el cenit de su condición de perdedores más listos que nadie.  American Hustle acaba siendo una película refrescante, ligera, original y menos grave de lo que cabría haber esperado. Es punzante, atrevida, directa, francamente entretenida e incluso hilarante a ratos, y se toma menos en serio a sí misma porque prefieren ser más libertarios de lo que los cánones del género le permiten. Persigue el éxito, el ser aclamada por la crítica y el público. Al final, peca ligeramente de presumida, porque aquí hay pretensiones de autor claras, de hacer algo que la gente pueda acabar asociando a un nombre propio. Pero, qué más da, disfrutémosla de todas formas y gocemos de una historia que, aunque a veces nos intente estafar como espectadores igual que los personajes en la historia cabrean a sus víctimas, consigue convencernos que algo se puede sacar de todo esto. No hago crítica,  sólo opino de lo que observo con inquietud. El film me gustó porque es atrevido, irreverente, complicado, lleno de matices etc. No da para ganar el Oscar a mejor film, ni a mejores actores. Recomendable 100%.