jueves, 20 de febrero de 2014

“Her”, Spike Jonze incorpora con genialidad al cine las ficciones distópicas.























































































El cine siempre se ha caracterizado por ser un lugar perfecto de experimentación de aquellos factores literarios especulativos vinculados abiertamente con la ciencia ficción, para asimilarlos y llevarlos a su propio lenguaje, el visual, y poder mostrarlos como una posibilidad coercitiva que no se amedrenta y prevalece dentro de un realismo capaz de ser interpretado. Quizás, Spike Jonze sea uno de los cineastas más sensibles y proclives a simbolizar y escenificar esta época plagada de innovaciones tecnológicas que afectan de forma brutal y concienzuda el comportamiento, y especialmente a la sensibilidad del ser humano, ante sí y para sí, relacionadas con la ficción distópica y también con su antagónica, la utópica. Ambas son situaciones idealizadas que se contradicen en términos de alcanzar el disfrute pleno dentro de un mundo ideal, coherente y dialéctico. La utopía manipula la perfección y la distopía el caos. El distópico es uno de los subgéneros más ubicuos de la literatura de ciencia ficción. El británico George Orwell, refleja soberbiamente un indeterminado futuro de la humanidad dividida en tres mega estados de corte fascista. Esta novela fue llevada al cine por Michael Radford, en el año 1984 -coincidente con el nombre de la publicación- donde se nos describe un hipotético futuro en un estado totalitario, el cual está gobernado de forma embustera sometiendo al pueblo, a través de la propaganda y el terror con métodos de un estado extremista, y cuyo fin supremo es neutralizar la individualidad, la democracia, la libre expresión, la sexualidad etc. La obra de Orwell, es una denuncia a cualquier ideología fundamentalista, sea religiosa, política o económica etc., todas capaces de matar lo que se le ponga cara a cara e imponer su propia filosofía de vida. Pues bien, Spike Jonze no está ligado a nada de esto de manera directa, pero, propone una forma original de la distopía del placer, ya que logra no solo un film donde hace de las suyas combinando con particular estilo diferentes géneros, sino donde acentúa con mayores honduras una comedia informática romántica, que nos arroja en nuestras narices una nueva luz de interpretación de una realidad agobiante: la personalización tecnológica y su autorrealización expresada en el amor. El afecto humano amenazado y enfermo se desplaza hacia nuevos horizontes y sobre todo hacia su propio deterioro, y eso es lo que nos asegura Jonze. Ya no hablamos de variantes en donde jugamos con diminutos artefactos que a pesar que parecieran unirnos nos van llevando por una senda de travesías solitarias. Es uno y su computador de turno -que mayor garantía de quedarse solo y enclaustrado por propia prescripción- con mayor o menor posibilidad de desarrollo, ese pedazo de armatoste electrónico que se hace indispensable en el quehacer diario de nuestras vidas quitándole los placeres mundanos de la conversación, el disfrute de la presencia corporal del otro. Joaquin Phoenix -quien desnuda su parte sensible en una interpretación impecable- le da vida múltiple al personaje de Theodore Twombly, un sujeto que se gana la vida escribiendo notas y tarjetas personalizadas, por ejemplo, las notas del aniversario matrimonial de las esposas a los maridos y temas afines. Su trabajo se sostiene sobre la base de una gran cantidad de información amorosa acerca del remitente y el receptor. En el universo de un despreocupado y observador sujeto donde las emociones le son intrínsecas, las cartas donde cabe solamente el amor se han externalizado y personalizado en forma simultánea. Theodore no es exactamente un sistema operativo, pero sin duda la mecánica de trabajo que utiliza lo hace funcionar como tal. Su vida se  enfrenta a un divorcio inminente de su esposa Katherine -la actuación de Rooney Mara es solo complementaria- y su propia vida parece estar en ruinas, atestada de juegos de video que no le aportan nada a su sedentaria soledad, salvo algunos hechos matizados por alguna postura comunicacional de animación virtual de seres, o de sexo telefónico anónimo, y nada más. Pero, este hombre aún joven, que va sintiendo con mayor opresión la no presencia del amor, va a sufrir un cambio radical en su vida cuando adquiera un sistema operativo avanzado o una forma de inteligencia artificial de alcances tan asombrosos como atroces. Una vez que lo compra y desecha el anterior,  lo lleva  a casa y al instalarlo, se da cuenta que lo que ha hecho no es una adquisición cualquiera, ha incorporado a su computador un sistema que va a producir sus más desorbitantes arregostos. Tiene no solo la alternativa de una voz femenina, sino la de una especie de los propios antecedente morales de Spike Jonze; se trata de I’m Here, una hermosa y delicada historia de amor entre dos robots adolescentes filmada con perceptible exquisitez. En la pareja que protagoniza Her, sólo uno de los dos tiene un cerebro positrónico. Este nuevo sistema operativo informático le habla -con la voz modulada sensualmente por la actriz Scarlett Johansson- a un hombre en pena que acaba de ser abandonado por su mujer. Pero el criterio sigue siendo el mismo, seres ficticios, hiperestésicos y dolorosos que demuestran que una buena historia de amor no tiene por qué poseer límites físicos que haga que la humanidad caiga en lugares imprevisibles. Jonze nos cuenta su gran historia desde un naturalismo que deja fluir la verdad y las descripciones lúcidas de nuestra cotidianidad, de las preocupaciones de la edad adulta, de las cuestiones relacionadas con las amistades, la pareja y el sexo. La nueva receta de la ciencia ficción que plantea Spike Jonze es puramente melancólica, totalmente agridulce, y más ligada a los temas medulares del drama indie que a las posibilidades del género base, y sus derivados. Este sistema operativo se autonombra como a ella más le gusta. Sus menús son variables y atractivos, y su voz hace estragos en un sorprendido Theodore. El sistema comienza a relacionarse con nuestro héroe, se van conociendo, hasta que el SO le dice que ha escogido entre miles, el nombre de Samantha. Él encantado, ella contenta, los dos interesados. Samantha accede a la computadora de Theodore, observando sus e-mails y demás archivos almacenados durante años. Samantha sorprende porque sabe lo que le gusta y no le gusta a su dueño, conoce sus fortalezas y debilidades, mañas y puerilidades, y puede ir mucho más allá si se lo propone. Theodore entra al juego que le sugiere Samantha, porque por encima de una relación estrictamente operativa, ella está interesada en la vida de Theodore, y éste en descubrir algo más que una voz sensual de dicción nunca antes escuchada. Ella lo atiende, percibe y oye, lo mima, le sugiere que hacer y qué no hacer. El SO anhela ver el mundo a través de los ojos de su dueño. Samantha está siempre presente, cuando Theodore se despierta, y cada día al acostarse se encarga de darle las buenas noches. Ella no descansa, porque su distopía justamente trata de eso, e inclusive analiza a Theodore mientras duerme. A medida que se construye, Samantha tiene intereses y preocupaciones independientes. A ella le gusta escribir música, es muy juguetona, revierte las inseguridades de Theodore haciéndole bromas o tomándole el pelo. No se llega a saber a ciencia cierta, pero quizás todo ese cúmulo de inquietas  características, Jonze las convierte en un producto del individualismo. Tal vez es lo que Theodore quiere y necesita para que su vida tome otro rumbo.  Mientras a Theodore le van ocurriendo estos desmanes distópicos, le arman una cita de amor con la mamá de su mejor amiga -Amy Adams es su confesora y no luce tanto en el papel- quien representa nada menos que la bella Olivia Wilde. Theodore no siente nada, y prefiere autoinflingirse el dolor del fracaso que dañar con este a su insulsa pareja. Aquí surge una pregunta que podría ser ridícula aunque no muchos la consideren así. Puede una persona enamorarse de un moderno teléfono celular o de su Tablet??  Quizás la interrogante esté mal planteada o quizás no. No sería en todo caso una forma correcta de expresarse, pero no hay duda que Theodore se enamora completamente y destilando felicidad. Pienso que Her habría sido una película mucho más interesante de lo que es si hubiera terminado donde todos pensamos que debería haberlo hecho. Pero en las relaciones humanas, la gente cambia, y mientras lo hacen, lo que una vez resultó afiatado entre sí, puede llegar a romperse. Samantha es un sistema operativo, que cambia, que busca acoplarse al sentir humano, pero que no lo puede lograr por razones obvias, aunque su supuesto corazón, como el de Theodore se rompa para siempre. Uno de los temas principales de la película es la comodidad simultánea, la estimulación y la artificialidad que se conecta estimulantemente con los teléfonos, con pastillas, con sistemas operativos de todo tipo etc. Theodore es un hombre carente de veracidad, salvo su relación con su amiga, una mujer real que parece estimular la amistad presente y cercana entre ambos. Her deja abierta la posibilidad que Theodore y su amiga puedan encontrar el modo correcto de relacionarse. Ese ligamen no sería ni perfecta ni personalizada, y podría llegar a ser el regalo más importante de Samantha a Theodore. Pero eso no es todo, ya que el interés de Theodore podría decaer rápidamente. Spike Jonze mete mucha mano e intelecto para armar esta historia ingeniosa, y que va a recorrer instantes inverosímiles de un lobo estepario, que aun estando golpeado por perder el amor de su mujer, va a acceder, sin password o contraseña, a una historia que lo va ligar indefinidamente a la tecnología y depender de ella hasta en lo menos ocurrente. La visión de Spike Jonze está más cercana a sus propios estilemas, ya que su simpatía hacia los seres desplazados no se distorsiona junto a esas bruscas miradas postmodernas. La única verdad de este juego planteado por el cineasta, es que aquí lo que importa es el final de la aventura, narrada con extraordinaria exquisitez formal, donde Jonze acaricia cada uno de sus encuadres, su montaje y nos ofrece un diseño de producción siempre expresivo. El uso cromático, es embriagador, marcado por tonos caniculares y afectivos, condicionando siempre el vestuario a los estados de humor que ofrecen sus personajes. De esta manera, quien sigue la trama que plantea Jonze se encontrará con un look visualmente sutil y refinado, aunque su impertinente formalismo no engulle de manera alguna la emotividad de sus argumentos, sino que los trabaja en un mismo sentido. El cineasta expone un flabelo de sensaciones íntimamente ligadas al factor persistente de lo visual. Desde la abulia del tipo solitario encerrado en su propio espacio vital hasta su liberación al reencontrar el amor, desde las preocupaciones laborales, tan ligadas a la vida sentimental hasta los triunfos en el mismo ámbito, o desde el despiadado sentimiento de pertenencia de una sociedad tecnificada hasta lo contrario, la distopía del hombre moderno perdido en una jungla de edificios dentro de una angustiosa belleza decadente. Pero, en el centro de la acción lo que triunfa es el encuentro de dos personajes absolutamente humanos. La brillantez actoral de Joaquin Phoenix, en el papel de uno de esos cuarentones con bigote fino que son entrañables desde el punto justo del patetismo y del carisma. Es igual de seductor el tratamiento de su partner computarizada, reflejo de las inquietudes emotivas que nos puede brindar la inteligencia artificial y el despertar de la autoconsciencia. A pesar que la historia de Spike Jonze pretenda reflejar los distintos fragmentos de las relaciones sentimentales, vale decir, la superación de la ruptura, la imprevisibilidad de un nuevo amor, los celos, el rencor y la rutina, es interesante notar que el joven realizador logra una renovación de los conceptos vinculados a la humanidad ideal, mejorada, encarnada en un ser creado por el propio hombre, y que desborda independencia. Samantha no deja de ser un HAL 9000 con una App de criterioso romance. Es aquí donde Jonze acierta porque logra incorporar las ficciones utópicas y distópicas, metiéndose esta vez en las relaciones entre humanos y seres electrocomunicantes, androides, etc. La utopía de Her es razonable de llevar a cabo en la ficción sin tocar la esencia de la misma, sin buscar implementarla con sociedades o miles de hombres que hacen lo mismo. Y su contraparte, también tiene la misma cualidad, ya que la distopía de Her es no buscar la destrucción ni la pesadilla continua de una sociedad enferma de incursiones tecnológicas. Al fin y al cabo, lo que busca y consigue Jonze es ser distinto como innovador, y lo logra a través de un prodigio de escritura, de exhibición visual, de la dirección artística y de una estupenda BSO. Jonze aplasta cualquier efecto negativo a través de una propuesta plagada de sugerencias, que las presenta con maestría, y sin apabullar a las circunstancias que crea. Pone en pantalla lo intimista de un drama de ciencia ficción que a pesar de alguna pose de humor ciertamente absurda, dirigida con respeto sarcástico al imparable descontrol que existe hoy en la invasión de la tecnología de las comunicaciones personales, él aspira a que resulte contundente si nos comprometemos a comprenderlo. Y esa aspiración es simplemente hablar de la soledad, las carencias afectivas y de cómo estas traspasan decenas de años, y se mantienen como una constante, incluso en abiertas discusiones acerca de lo que nos deparará el futuro. Lo que sí es cierto, es que la ciencia ficción nunca ha dejado de ser un reflejo del espíritu de nuestro presente. Spike Jonze, es el cineasta capaz de hacernos una tomografía computarizada de nuestros propios defectos y/o virtudes, sin que por ello tengamos que dejar de sentirnos emocionados. Her, es una hermosa manera de soñar, de dejarnos entrar por ese vacío que nos deja nuestro subconsciente cuando todo está en paz y armonía, o cuando tenemos la peor de las zozobras. Quizás despertemos alguna vez y nos encontremos con esa distopía ficcional y la sepamos abordar como una utopía que integre nuestros anhelos. En todo caso, Jonze propone una nueva forma de intentar encontrarnos con nuestras verdaderas necesidades existenciales para abordarlas de la mejor de las maneras.  De los mejores films de este 2014, aunque a la Academia no le interese mucho premiar películas novedosas e inteligentes con el máximo galardón. Oscar a mejor guión original, sí, a mejor película, jamás.