jueves, 27 de febrero de 2014

“Nebraska”, Alexander Payne nos deleita con la historia de un hombre viejo, un sueño imposible y parte de un país que languidece.




































































































































Siguiendo el estilo provocador que lo ha llevado a ser un narrador de polendas, simplista y evocador, Alexander Payne nos regala una hermosa película que tiene todos los ingredientes para competir de igual a igual por el Oscar a mejor película de la Academia. La destreza con que el cineasta se mueve en una devastadora y farragosa road movie combinando sutil y eficazmente con punciones de sarcasmo, brillo humorístico, melancolía y drama, no hace sino confirmar una forma eficaz de hacer cine. Hay en este Payne una necesidad de resarcimiento de un sentimiento yankee frustrado que agobia y aprieta, y que busca expulsarlo todo a través de temáticas estrictamente humanistas. Payne desmonta con simplicidad la teoría de muchos críticos y cinéfilos equivocados, quienes consideran que el buen cine precisa de autores y actores de renombre, un argumento espléndido, casi extraterrenal y un guión que roce la abstracción psicológica. Todo es tan sencillo y realista en Nebraska, que la testarudez de hacerla en blanco y negro quizás sea la mejor decisión que se haya tomado en Hollywood en años, porque representa la cara menos vistosa o los defectos más visibles de esa Norteamérica Profunda que sigue inhalando fobias muy cargadas para exhalar humanidad, y también remordimiento, de esa presencia bravía, cándida y gruñona de la que está compuesta, además de todo lo que se nos dice sin casi utilizar nudos de acción. Un guión conmovedor que no hace otra cosa que desnudar las cosas y llamarlas por su nombre, que no necesita ser ni medianamente comercial porque la propia integridad visual del cineasta yankee y su eterno cine indie se la traga. Por lo tanto, lo que apreciamos es un encadenamiento en la progresión fílmica de Payne con cierta dosis de misantropía henchida de vaporosa y perspicaz crítica capaz de transformar en comedia de extremo humor negro situaciones habituales, envuelto todo en un papel crepé tragicómico, que nos encoleriza y a la vez nos hace sonreír sin reparos. Nebraska se desliza entre el intimismo de escalonada riqueza emocional, y lo irónico que se camufla en la ambigüedad que define a sus personajes, a los que Payne les brinda siempre una protección casi orgánica que oculta un carácter tan poliédrico, obsesivo y vulnerable. Su temática, que ancla en lo melodramático, se fundamenta por el lugar que ocupan sus criaturas en el mundo, de sus raíces e idiosincrasia, con un disimulado objetivo de curar traumas y aprender a tolerar ser lo poco feliz que se puede llegar a ser en esta vida. Para Payne no hay secretos en su forma de observar y encarar sus objetivos de partida y de llegada. Acá, siempre lo que parece que sobra, es lo que falta: el dinero, pero se anhela, se vuelve una imperiosa necesidad de la bagatela, donde todos se cuelgan sin importarles nada. Vuelve a utilizar con mano diestra su más preciado y utilitario dispositivo cinematográfico, la road movie, esta vez de una forma mortecina y crepuscular, articulando este subgénero mediante el abordaje de un viaje más existencial que físico. Nebraska supera con segura relevancia a sus mejores películas, sean Election -una bomba del cine independiente yankee- A propósito de Schmidt, Entre copas o Los descendientes, films -los últimos tres por lo menos- que implican viajes por rutas desconocidas, secretos familiares y ajustes de cuenta. Payne emparenta su propio ideario filmográfico para  escanear ese país consumido por la gran falacia que supone “el gran sueño americano”. El cineasta arranca la función de su obra maestra, mediante la historia de Woodrow T. Grant -qué poderosa estampa puede llegar a tener este Bruce Dern para romper sensibilidades- un anciano medio cascarrabias con sabor alcohólico incorporado, parco, y entrado en el preludio de la demencia senil, caminando con ciertos problemas por las calles límites de un poblado, cuya única meta es viajar desde la localidad de Billings en Montana hasta la de Lincoln en Nebraska, con el objetivo de cobrar un millón de dólares que le llegó en esas cartas embusteras con sorteos y premios cuya estrategia es la captación de suscriptores para sus publicaciones. La policía del lugar lo detiene en buenos términos, lo protege, y llama a sus familiares para que lo recojan. Payne empieza la faena con una simpleza que abruma, y que nos resulta familiar. Kate, su esposa -el personaje que desarrolla June Squibb no tiene premio en este mundo- no llega a concebir el capricho del viejo Woody, insultándolo todas las horas del día. La queja de Kate viene con heridas de un matrimonio gastado por los años, totalmente disfuncional, pero que funciona. Woody sólo escucha, a veces responde con altivez, quizás alguna ironía al paso, pero no se expone a la discusión. El insulto que hiere y queda grabado llega de boca de Kate para que a la testarudez del vetusto sujeto se le agregue más fuerza decisoria. Nos preguntamos: ¿¿Será ese premio millonario el motivo verdadero de Woody para movilizarse o solamente estará buscando una excusa para algo distinto??  Tanto su chillona y vocinglera mujer como su hijo mayor Ross, un presentador de noticias en una emisora de TV local, creen que lo mejor que pueden hacer por el anciano es depositarlo como cheque de banco en una casa geriátrica, decisión de quienes insensiblemente piensan sin analizar hechos a fondo, y tomar decisiones facilistas sin conocer las necesidades reales del ser humano, aunque el deseo de bondad y protección pueda existir. Payne trabaja bien todos los ángulos de la cosificación del individuo. Son escenas logradas, no hay duda que los personajes y la historia están bien escogidos y situados. Su vástago menor, David -un tipo distraído, pero lleno de amor hacia su padre- a pesar de lo cuestionable del premio y ser el primero en decírselo, analiza el problema con una mayor amplitud mental, aceptando trasladar a Woody hasta Lincoln para que él mismo se desencante de esa colección de estafas postales, hoy convertidas en agua corriente en los correos electrónicos de Internet. Ni la postura más lógica, ni la elocuencia, ni el rebuscamiento parecen desembriagar al viejo Woody de persistir en ir a cobrar su premio. El plot de Payne parecería ser más fácil que calentar el agua para hacer los fideos, pero hay mucho pan por rebanar. David hace las veces de vendedor de equipos electrónicos en plena crisis existencial, y a quien su novia ha dejado por falta de compromiso hacia la relación de convivencia, y algún detalle que ni ella puede definir, pero que queda claro. Con toda esta data básica, Payne comienza la travesía física con una camioneta Subaru Outback, donde  padre e hijo van en búsqueda de respuestas dispares a un mismo planteo y lugar. Esa braveza pasiva de Bruce Dern es extraordinaria, es un tipo exigente con él mismo, y también con los demás, pero sin la ofensa en boca sino el engaño verbal, la frase que descoloca, y un tipo de  socarronería que son solo propiedad de los pícaros zorros viejos; y más aún, porfiando no quizás con la obtención material de lo supuestamente ganado, sino con la misión de poseer y sentir en sus viejas entrañas la ilusión de poder darle gusto a su quimera, y sus deseos de sentirse libre. Al viejo estilo de John Sturges, y su relato cuarentavo, o del Jim Jarmusch de los ochenta, Payne narra, a través de la gelidez que transmite el frio blanco y negro en Cinemascope, añoranza bien pensada de Peter Bogdanovich, ese itinerario compartido por las densas y vacías estancias que rodean la trama, y muy especialmente, en la profundización de los personajes como elementos primordiales dentro de la compostura del relato. Con carácter fantasioso, observador y costumbrista, y al ritmo de un notable equilibrio entre el drama, la comedia y la melancolía, Payne va ensimismando su película sobre el pretexto o subterfugio del viejo Woody para ir desgranando la filiación paterna sobre un amor  escueto de padre e hijo, y que llega tarde, pero que llega, y no se queda en la memoria del recuerdo ingrato. Payne maneja con astucia el criterio buscando un lugar y una forma adecuada: la bebida y el trago juntos, celebrando el amor sin lágrimas ni abrazos, solo con un gesto recíproco de un viejo hacia su hijo y viceversa. Quizás esta sea la escena más interesante del film ya que suele ser complicado colocar en medio del metraje un conjunto de sentimientos que más allá de la ficción, tiene que ver con una realidad frustrante, la conversación vital entre padre e hijo, o la interrelación familiar. David va empezando a conocer a su padre, a aprender cosas de él, admirarlo antes que repudiarlo, entender por qué se casó con su madre, y de las razones de cómo actúa ante determinados hechos. En último término, Payne logra que Woody y David, no solo estén juntos física sino mentalmente, que surja un acercamiento que los motive a ambos cuando recorren Hawthorne, visiten familiares y amigos, tengan anécdotas y resbalen juntos en ellas, y podamos también involucrarnos con esa Norteamérica Profunda, que está representada como un viejo territorio castigado, desfalleciendo por la crisis que la azota, y que Payne se encarga de hacérnosla sentir hiperestésica a través de la notable BSO que viste los momentos más críticos. El viejo Woody no busca cobrar el millón de dólares por que no es tonto, sino establecer el deseo de dejarles algo como herencia a sus hijos, hecho simbolizado en una camioneta nueva y un compresor de aire que finalmente David proveerá. La vida de tristeza ahogada en el silencio del alcohol de Woody no lo exonera de una necesidad de legado, de significancia y de dignidad con relación a su familia. Un hombre cuando se siente cerca del final busca reencontrarse con los seres queridos. Otra de las escenas que están muy bien hechas, y que proyecta la personalidad del personaje, es aquella donde la familia entera visita la casa abandonada donde Woody vivió su infancia, lugar donde pasaron muchas cosas, desde el recuerdo de un padre atento hasta la muerte de su hermano. Payne logra darnos a entender las verdaderas intenciones de Woody, y esa herencia moral que él nunca tuvo, pero que intentará transferir de alguna manera. La tristeza invade a Woody, lo sacude fuertemente, se siente quebrado por no haber sido un padre ejemplar, por haber reemplazado el amor de sus vástagos por el alcohol etc. No hay otra razón por la cual se justifique ese anhelo de idealización por ese millón de dólares que no existe, pero que hubiera servido para restituir de alguna manera la deuda personal de Woody. Payne revoca la condescendencia, instalando su prédica sobre una severa franqueza cuando tiene que sostener descripciones, diálogos y psicologías. Al hacerlo, logra darle sentido a lo expresivo de ese humor súbito, y que resalta en el camino hacia Lincoln, deteniéndose en Hawthorne, y que se descubre cuando llegan al final de la travesía. Si hay algo importante en la película, es cuando Payne se enfoca en el envejecimiento de las regiones rurales que han perdido su raigambre, pobladas de personas que viven en el medio de la nada absoluta y que han sufrido atrozmente las inclemencias del default económico. Son hombres vencidos por las circunstancias, convertidos en patanes rústicos, seres muertos en vida, gente cansada de vivir, que se sientan como autómatas delante de la TV a ver algún deporte o hablar de automóviles. A Payne le interesa mucho reflejar ese aniquilamiento ancestral de los códigos del trabajo, el afecto familiar o la integración de esas comunidades, personalizadas por esos sobrinos ignorantes y mentecatos de Woody, dos sujetos burlones sumidos en el aislamiento cultural, y la ambición mezquina. Hawthorne es el modelo de región autodestructiva, desengañada, como lo son en el Perú los lugares donde los candidatos prometen llegar y jamás cumplen cuando son gobierno. Es aquí donde Payne edifica un círculo vicioso de falsedad y rencor en el que esa noticia del falso millonario genera un patetismo interesado en la mayor parte de sus habitantes, e incluso en Kate, quien con su ordinariez y poco tacto para con su esposo no duda en hacer recíproco ese cariño por Woody cuando es hora de defender la bondad de ese hombre al que siempre califica como tonto. Nebraska es una de esas magníficas sátiras sociales que busca redenciones al por mayor, y que Payne sabe trazar y contextualizar a través de una historia de innegable profundidad humanista. El veterano actor Bruce Dern es el encargado de portar esa bandera de la compasión contenida que necesita mostrar Payne, a través de ese sujeto frugal, noble y entrañable. La mejor actuación de su carrera de lejos, y por trayectoria le debería ganar la estatuilla a Matthew McConaughey, aynque ya todo parece estar definido. Payne también logra representar al joven adulto que no encuentra el camino a través de Will Forte, y que tiene que aprender a respetar la figura paterna para acceder a convertirse en un hijo dispuesto a asumir nuevas responsabilidades. Queda June Squibb, quien hace un personaje que no olvidaremos, de variados contrapuntos, pese a su arisco amor por los suyos y sus groseras intervenciones. Payne logra expresar con escepticismo la significación sobre el sueño imposible, demostrando que con muy poco, el viejo Woody destraba su destino de ese poblado arrasado, y puede asentar a una familia y sacar adelante dos hijos, a pesar que ellos mismos creen que ha perdido el juicio. Payne demuestra que las ganas de seguir viviendo dentro de la mendacidad y el engaño tiene un costo que debe de pasar por el  más profundo de los arrepentimientos, siempre y cuando la esperanza siempre siga intacta y encendida. Quizás, Nebraska sea la película mejor hecha de las nueve que van a luchar por el premio de la Academia, o quizás solo sea una historia bien articulada y narrada. Lo cierto es que Payne, es un realizador que impone un estilo que gusta y sensibiliza.