sábado, 22 de febrero de 2014

“Philomena”, Frears y la Dench ofrecen una declamación de sensibilidad, lucha y humanidad.










































































































Ya habíamos hablado de todo el significado que arrojaba la filmografía de uno de los más completos realizadores británicos de todos los tiempos. Nos atrevimos a candidatear a su película Philomena, y a Judi Dench, como posibilidades en los Oscars cuando comentamos The Snatter o Café Irlandés, a mediados de diciembre del año pasado, y así ha ocurrido. No era esta la gran obra de Frears, pero es la que necesitaba para darme cuenta de que manera evoluciona y se proyecta un hombre virtuoso de la narrativa. Yo no soy un vidente, pitoniso ni adivinador de nominaciones, sino un tipo preocupado por estudiar conceptos y estilos de realización de determinado director, y luego, con seguridad, buscar una probabilidad que tenga que ver más con el realismo que con el acertijo técnico o científico. Tampoco me considero un erudito en la materia, pero si soy un cinéfilo preparado, con algun millaje recorrido, y listo para enfrentar cualquier coyuntura fílmica, y a esos miserables que deploran al arte y se burlan de su firmeza. Hay comentaristas de todo tipo, como hay aguas gaseosas, para todos los gustos. Pero, los de paladar fino saben a quién leen. Pues bien, Stephen Frears demostró en su obra maestra Dangerous Liaisons que podía realizar con brillantez una forma de cine de época y con presupuestos consistentes, utilizar con criterio a estrellas hollywoodenses de cierta relevancia, inventar personajes sofisticados en posesión de un cerebro creativo poderoso, amoral, maquiavélico y perverso, pero su prolífica carrera nos señala con claridad y evidencia que lo que más le fascina -y también lo atormenta- es hablar de gente cotidiana en circunstancias enrevesadas, utilizando con maestría y curioso pundonor la comedia o el drama, e introduciendo su irónico sentido del humor en situaciones que no son las más divertidas. Estas características, que son transparentes, que no se ocultan detrás de nada, y que las brinda sin ninguna pelusa de egoísmo, son las que prioriza desde que arranca a contarnos la historia de Philomena, una maravillosa mujer dentro de una maravillosa película, donde Frears ya no nos seduce por su capacidad para el cambio de registro o de formato, sino porque con un estupendo y apacible guión ajeno, y una formidable BSO, coincide en sentirse un cineasta libre, sin ataduras, y cuya mayor virtud es dejarse llevar por sus instintos y fruiciones. Desde que le pone primera a una narrativa quizás demasiado formal -es ahí es donde pierde algunos puntos- la sensación que nos invade es que hay un sujeto que sabe desarrollar historias intrincadas, que los personajes van a resultarnos no solo reconocibles sino entrañablemente humanos, y que nos va a convertir a todos en parte de esa búsqueda que emprende una madre por encontrar a su hijo. El tono que imprime el cineasta británico al relato transmite veracidad, exquisitez y encanto. Vuelvo al detalle del formalismo del que no logra sustraerse Frears esta vez -es difícil poder hacerlo- ya que no es la ficción de lo que se nutre sino de una historia real, que sigue en boga, y que hizo llorar nada menos que al Papa Francisco, cuando se atrevió a observar el film. Judi Dench, una actriz extraordinaria, que con todos los problemas que tiene a su edad, hace una interpretación descollante plagada de ternura, aparece mirando con gesto más dulce que desolado la vieja fotografía de un niño. Ese día, el pequeño cumple 50 años, pero no ha vuelto a verlo desde que era un bebé. Es su hijo, y se lo arrancaron de sus raíces para siempre. Philomena era una huérfana depositada en un convento irlandés de monjas -esos que parecían prostíbulos apañados- que tuvo el desliz a los 14 años de practicar sexo con un extraño en una feria de la ciudad, y quedar embarazada. Philomena amó ese momento de adolescencia porque se entregó por amor y no por deseo. Creció amando esos instantes, y jamás tuvo un resquicio de cólera ni al padre de la criatura ni a sí misma, aunque era claro el pesar que cargaba. Las supuestas monjas misericordiosas del cenobio, no tenían disyuntiva, siempre buscaban el bien de aquellos nenes nacidos en el lugar. El método era entregarlos en adopción a familias adineradas de los EEUU -la plata corría en paralelo y por debajo de la sotana- que habían descubierto en Irlanda un tremendo filón para sus ansias de filiación paterna y materna. Acá, me viene a la mente la burrada que hizo Fujimori al regalarle una “cholita cuzqueña” a la cantante española Isabel Pantoja, por US$ 45,000.00.- que finalmente obtuvo Montesinos, de la mujer del gran torero Paquirri. El problema de las  hermanas o monjas era que no tenían el consentimiento de las puérperas, algo que convierte el buen acto en una atrocidad muñido por el mal gusto. Pasan los años, y la hija de Philomena, contacta a un periodista político caído en desgracia, que intenta rehacer su vida laboral haciendo investigaciones para un tabloide de largo tiraje. Se reunirá con ambas, y decidirán viajar a los EEUU en busca de ese hijo que le robaron sin permiso, y del que no sabe nada, pero se le ocurre todo. Allí, en plena búsqueda ocurrirán cosas y surgirán noticias tan sorprendentes como emotivas que Philomena y su carácter excepcional dominará y aceptará sin echar culpa a nadie, incluso perdonando a quienes no solamente le vendieron a su hijo Charlie, sino le negaron al mismo el encuentro con su madre que de adulto buscó afanosamente. Frears acierta al no hacer un sufrido melodrama de los hechos, ni exponerlos densamente dentro de una propuesta que no fuera a caer al precipicio convencional. Utiliza la sutileza, está consciente de lo complejo de la trama, dosifica la emoción y aporta mucha gracia y finura a la relación entre Philomena y el periodista Martin Sexsmith aunque sean personas antagónicas, pero que logran una simbiosis imperdible. Steve Coogan -quien colabora en la adaptación del guión- logra hacer una actuación maciza, arraigada y definida, sosteniendo con gracejo, seriedad, atrevimiento y soltura, aquellos sinsabores y complacencias de Philomena, pese a que lo que le está sucediendo es ingrato para ambos. Judi Dench, actriz capaz de sintetizar todos los registros, nos ofrece bajo la batuta de Frears un recital de sentimientos y humanidad, una mujer que al ser portadora de una gran fe espiritual, logra deshacer su propio conflicto, siendo amable y poseedora de una inimaginable capacidad de desprendimiento y amor hacia los demás, que complementa con gran empatía a través de su relación medio trabada con Cogan. Judi Dench sale a vencer sus miedos envuelta en adrenalina, y perfuma nuestros rostros admirados con inciensos y lisinas, con un código de mujer temperamental a la vez que cortés, sin libros y sin escuela, y lo dice pintando, con hermosos colores de acuarela. La Dench se merece el Oscar aunque no lo vaya a ganar porque tiene la vieja enseñanza del artista de ancha base, de callar cuando se debe y de hablar cuando hace falta, sin dejar la mínima sensación de caer en la nada. Martin en realidad, está haciendo una nota de alcance periodístico que tendrá que publicar para una empresa editorial, pero lo que logra es interactuar de tal manera con la trama, que se convierte en una especie de hijo de Philomena, con un objetivo en común. No tiene nada que perder, se expone a vivir la experiencia como suya, y hace con Judi Dench de tripas corazones, disimulando sus miedos para seguir buscando con naturalidad. Llegan a la casa del novio de Charlie y descubren cosas a través de fotos y videos. Luego, pasan -ya en Irlanda- por la casa de las religiosas, donde Philomena y Martín, hace cada uno de las suyas. Acá la película se mide cara a cara con los desatinos religiosos, y le da una trompada de moralidad. Philomena aporta un respiro renovador y sencillo, en medio de tanto cine de dramas extremos que compiten con ella en los premios de la Academia. Judi Dench es el alma de esta película, la que mejor personifica el leit motiv del film, vale decir, el significado de la fe cuando uno pierde al hijo, y la Iglesia representa lo repugnante de un albañal. Frears sabe cómo manejar la fe de la que aquí nos habla, ya que no es sólo con respecto al convencimiento de la existencia de una fuerza superior, sino un vehículo para seguir adelante, un salvavidas al que aferrarse cuando casi todo está perdido. La fe que irradia Philomena Lee es la más poderosa que puede arrastrar una madre, la de averiguar si su hijo está vivo o muerto, si es gay o no, si triunfó o fracasó, si fue un buen hombre o un canalla, conocer qué ha sido de él durante décadas. A pesar que todo el material que ponen en juego Cogan y Frears tiene una inclinación brutal para el drama lacrimógeno, la óptica desde la que Frears somete la experiencia de Philomena, es esquivando siempre esta tentación. Por las rendijas de Philomena no asoma ni un átomo de tremendismo, ni un acento de impostura. Todo fluye con una naturalidad pasmosa; sus personajes, el de madre y el de mujer, conectan con lo que observamos porque demuestra ser más humana que esas desdichadas con sotana que son la encarnación de la maldad, y cuya hipocresía dejamos reflejada cuando comentamos en este espacio el film de Peter Mullan, The Magdalene Sisters. De alguna manera, Philomena se centra en la vinculación que establecen Philomena y Martin, junto a sus diferentes puntos de vista de un mismo problema. Estos desencuentros se manifiestan culturalmente. Philomena es una mujer de buen corazón, mientras que Martin es un snob bien educado, con un sentido del humor medio extraño. Filomena es una mujer religiosa, y Martin no cree en Dios, lo que lleva a la pareja a enfrentarse por sus ideologías, sus puntos de vista, y cómo es posible que alguien que se cree religioso, pueda perdonar después de lo que le sucedió. Filomena rompe ese hielo cuando le agradece a Martín por lo que hace por su hijo, y le pide perdón si lo trató indecorosamente. Frears se soba las manos, le saca lustre a los zapatos, y le da un alcance excepcionalmente filantrópico al film. Martin crece a partir de alguien que busca una buena historia para alguien que quiere hacer las cosas bien, y su evolución como personaje es notoria. Con el mensaje religioso chocando y rebotando entre escenas, Frears logra afectar  a la institución de la Iglesia Católica. Si bien hay algunas personas decentes dentro de la Iglesia, y la personalidad de los líderes ha cambiado, la Iglesia Católica como organización, todavía no tiene la voluntad de arrepentimiento que les implora a sus fieles, se  han cubierto las manos con barro de tanta guarrada que han hecho, y no parecen estar dispuestos a enfrentar su responsabilidad y culpa. Una explosión de la estupidez más atronadora que he podido apreciar. Sin embargo,  Philomena hace mostrar la diferencia entre la fe personal y la corrupción organizada. Frears hace de Philomena una película distinta, con sentimentales flashbacks y planos increíblemente humanizados, cuya perspectiva nace y muere en un mismo maravilloso ser, donde a pesar de una sonrisa complaciente, lo que hay por dentro es un corazón que se destroza cada instante que pasa y vive, y un dolor que tan solo una madre puede sentir, pero que soporta con el estoicismo de una mujer interga, imposible de no admirar. Frears compone un film que estimula nuestros sentidos, y logra un drama no visto en muchos años. Bien ganada la nominación a mejor película del año. No creo que gane porque a la Academia le seduce más la crudeza. Judi Dench es grandiosa, pero no tiene esa soltura ni matices que plasma la Blanchett en Blue Jasmine. Ojala que la suerte esté de su lado, aunque es verdaderamente difícil.