lunes, 3 de febrero de 2014

“The Broken Circle Breakdown”, el irremediable porvenir de la vida en pareja.












































































Lamentamos con miserable dolor la temprana muerte del célebre Philip Seymour Hoffman, un formidable actor que nos regalase actuaciones extraordinarias y de antología. Hoy estamos de duelo los cinéfilos de corazón, esos que te admiramos, y que ya no podremos volverte a disfrutar con tu temple sostenido y a veces extremista. Fuiste un actor que rompiste esquemas y destruiste mitos. Descansa en paz querido hermano que nos hiciste llorar y sonreír con agudas actuaciones que nunca olvidaremos. Antes de comentarles el muy buen film belga The Broken Circle Breakdown o Alabama Monroe, que ha sido nominado por la Academia este año a mejor película de habla no inglesa, quisiera dejar en claro mi postura acerca del histórico fallo de la Corte de Justicia Internacional de La Haya, del 27 del mes pasado, donde el Perú ha sacado la mayor tajada de la torta sobre la posición del hermano país del Sur, en un porcentual amplio e inapelable con respecto a lo reclamado. Yo estuve hace muy poco tiempo en Concepción, Chile -excelente trato- y luego en Santiago, donde he viajado en varias oportunidades en estos últimos tres años, y he aprendido a ser un buen amigo y conocedor de la conducta permanente del chileno de cualquier clase social. Pero, esta última vez no tuve una grata estadía ya que existieron diversos problemas que explico solo en parte en el post de la película de Scorsese, El lobo de Wall Street. En Santiago había antes del fallo, una pose de nerviosismo de la de gente sobre la resolución. Mientras los días pasaban sentía adormitada la gentileza e incrementada la amargura. Lo confirmaban los diarios y los noticiarios, salvo los políticos quienes siempre buscan llevar agua turbias hacia sus molinos de cartón. No me lo querían demostrar, pero era fácil percibirlo. Esto no era un partido de fútbol por ir al mundial sino un asunto extremadamente tecnócrata, de una especialidad avanzada que no cualquiera puede explicar con puntual pedagogía. Los enredos eran múltiples, como las teorías que se planteaban. Si algo tienen los chilenos es que son unidos en las buenas y en las malas, aunque ellos mismos hablaban de una derrota inminente en esta cuestión de soberanía marítima. Cuando fui requerido para opinar, no le daba importancia, siempre guardé silencio, ni siquiera utilicé el supuesto triunfo peruano para atacarlos cuando fui humillado por la Srta. de LAN en el Check-Out, ni con el carabinero que se irritó en la Aduana, cuando astutamente les propine una lección de pericia de cómo usar sus propias normas para dejarlos mal parados. No es de mi interés saber si esto me va o nos va a beneficiar o no, no me hace menos ni más nacionalista lo que diga el fallo o lo que interpreten según su conveniencia, los sagaces politiqueros de turno -lo que hizo Alan García al sugerir con una grotesca arenga y bandera en mano, que todos los peruanos embanderásemos nuestras casas, fue una advertencia estúpida, infantil y provocadora hacia el pueblo chileno, que lo sigue pintando como un payaso arribista en busca de crédito político que el pueblo del Perú no le volverá a dar nunca más, aunque tenga un supuesto mérito en la interna del fallo y se convierta en travesti-. No voy a observar si esos miles de Km2 de Océano, que le han sido otorgados por la CIJH al Perú, nos cambia el tamaño del mapa o vamos a tener más pesca en mesa o no.  Lo más probable es que no. Fuimos por una misión imposible y obtuvimos más de lo que queríamos lograr. ¿¿ Habré sido bueno ir a la Corte ?? A mí lo que me interesa es la paz y el bienestar de ambos países, y si fuera posible de toda América Latina. Los peruanos de buena voluntad no tenemos nada que celebrar, sino de pensar ya en pactar le ejecución de lo resuelto, y hacerlo con sabiduría y firmeza buscando a las mentes más lúcidas, para que ambas naciones se beneficien con miras a crecer juntos en el futuro.  Ya basta de insultos y de emborracharse de un falso patriotismo, seamos perspicaces, respetuosos y honestos, cumplamos con lo que la ley internacional ha determinado. Para mí, un chileno debería ser un peruano más, y viceversa. Los chilenos no son tan imbéciles para arriesgar ante el mundo toda la fama y el crecimiento que han experimentado a través de su democracia concertada. La paz primero, el acuerdo bilateral para beneficiar nuestras economías a futuro segundo, y el sentimiento de hermanazgo que es lo único que nos va a sacar hacia adelante. Chile tiene cerca de 13,000 millones invertidos en nuestro país, y Perú lleva 7,500 en Chile. Esta es la gran oportunidad para cerrar de una vez las diferencias, e incrementar esas cifras. Lo digo sin que se me mueva un solo pelo. Siempre estuve muy tranquilo, y lo sigo estando, porque conozco a los chilenos, y sé que todo va a estar a favor de ambos países para seguir cosechando éxitos y amistades. Cambiemos la historia de una vez por todas, Sr. Humala y Sra. Bachelet. Que se acabe el anti peruano y el anti chileno, el militarismo repugnante y Diego Portales.
Mantener una pequeña producción propia y autosuficiente de films para un país como Bélgica, con una marcada división lingüística, y un mercado de consumo relativamente menor, era el gran reto cinematográfico de este diminuto país. Sin embargo, los belgas tienen alguna traición en hacer un cine competente con historias prolijas aunque complejas, adheridas a un realismo absorbente de personajes sufridos, de diversidad de géneros, y que siempre están presentándose en diversos festivales internacionales europeos compitiendo con éxito , y luchando sin descanso ya que siempre han estado bajo la sombre de la poderosa industria cinematográfica francesa. Sin embargo, han existido directores de la talla de Jacques Feyder, Pierre Chenal, Chantal Akerman, Agnés Varda, Harry Kumel, Jean-Pierre y Luc Dardenne, André Delvaux, Gerard Corbiau, Marion Hansel, Jaco Van Dormael y Etienne Perier, quienes han contribuido a que el cine pueda ser una alternativa de la cultura exportable belga.  Este año, en la ceremonia yankee de la entrega de los Oscar, Bélgica ha logrado colocar un film de muy buena factura, dirigido por Felix Van Groeningen, quien le impone al mismo una serie de variables interesantes para marcar un estilo novedoso. No todas las mezclas resultan buenas o malas, pero siempre hay un riesgo que asumir, y el criterio suficiente para poder llegar a poner en aprietos sentimentales al espectador. The Broken Circle Breakdown o Alabama Monroe es una adaptación libre de una obra de teatro musical de Johan Heldenbergh, también protagonista de la película junto a la bella Veerle Baetens, ambos irradiando una empatía absorbente en cada una de las escenas donde cruzan diálogos y miradas. Son dos seres de una pasión desbordante, y cuando se juntan le suman mucho a la trama, sea discutiendo, amándose o cantando. Sus temperamentos son parecidos y poseen características  definidas, pero antagónicas. Elise -se manduca la película la Baetens- es dueña de un pequeño lugar donde se hacen tatuajes, ella está llena de los mismos, y Didier -muy buena actuación del barbado Johan Heldenbergh- es un músico que toca el banyo y que tiene un grupo que es devoto del Bluegrass norteamericano, y tocan realmente bien. Didier es más pensante y tranquilo que Elise, aunque tiene una inclinación natural por todo lo que provenga de los EEUU, que también comparte Elise. El otro punto vital que le aporta Van Groeningen es sin duda la BSO, compuesta por bellas y rítmicas canciones con mucho contenido -las letras son inquietantes y polémicas- que ayudan y deforma vital a la narrativa del cineasta belga, reforzando no solo a la historia, sino que se establece como una especie de contexto obligado para poder darle otra energía expresiva a las acciones, sean malas, buenas, tristes o felices, de tanto Didier, Elise y su pequeña hija. Otro de los elementos interesantes de la propuesta es la aparición de la nena Nell Cattrysse, quien representa a la hija de los protagonistas, bajo el lindo nombre de Maybelle. Su actuación es tierna y acertada. Mientras que la primera mitad de la película trata de la enfermedad de Maybelle, y su muerte gradual, que va a afectar el vínculo entre Didier y Elise, la segunda mitad enfrenta todo tipo de shocks sentimentales que aparecen de la discordancia de la pareja en todo orden de cosas, pero principalmente por la muerte de Maybelle, que ninguno de los dos logra comprender en plenitud. Cada uno lucha hasta donde puede contra sus propios sentimientos para que la relación no se rompa, pero Elise culpa directamente a su marido de la muerte de la nena, a través de palabras hirientes referidas a su familia, cosa que le da un tono de violencia al film dada la forma de pensar de Didier, y su rechazo de Dios como de la religión católica. Mientras el relato se mantiene constante hacia adelante, Van Groeningen va trabajando en paralelo otra trama alternativa a través de flashbacks y flashforwards que están bien compuestos, donde no se guarda nada, y que van desde cómo se conocen Elise y Didier -en la tienda de la tatuadora- hasta saber que Elise está embarazada, sumándole la parafernalia de una boda algo extraña aunque siempre musicalizada por el grupo del marido  También el cineasta se da maña para incrustar en determinado momento la imagen de George W. Bush hablando del 9/11 y de la autorización de la implantación de las células madres en los EEUU, copiando lo que ya se hacía en Europa. Estas dos escenas, crispan a Didier, y éste saca a relucir sus creencias sobre lo que está observando junto a Elise por TV, y lo enlaza con la muerte de Maybelle. Es un momento desagradable del film, muy tenso, quizás mal argumentado, porque hay otras muchas formas de haber usado a Bush, si realmente era necesario meterlo en el medio de un tema en donde su presencia no es necesaria para nada, porque no hace que el film ni los protagonistas evolucionen. Sólo sirve para determinar la época en que se vive. Técnica y argumentalmente nos regodeamos con lo que nos ofrece Van Groeningen con una historia basada en la sencillez. Por ello, cuando la cinta comienza a dispararse como presuntuosa y discursiva, la cosa se empieza a caer. Los temas médicos relacionados con los EEUU y la religión, lucen forzados y gratuitos en el conjunto. Al ser Didier, un fanático de la cultura yankee, ese mazazo que le dan en el núcleo de sus convicciones, acaba con sus sueños, porque se entiende que la realidad lo golpea y trastoca, siendo los conceptos o adherencias a otra cultura, materias de poco interés. A Van Groeningen se le escapa la tortuga, y el tratamiento de estos temas resultan rústicos y hasta superficiales. Un ejemplo es aquella escena donde el grupo musical toca una hermosa melodía y Elise canta acerca del amor. Cuando termina de cantar, Didier lanza irascible un monólogo delante de todos los asistentes al concierto, que no solo resulta forzado sino que cae en lo ignominioso. La película es ejemplo de una buena composición, no hay en ella indicios de teatralidad, El cineasta belga pone todo sobre la mesa, y logra el uso de recursos cinematográficos concretos, como el montaje musical que nos entretienen y le otorga a la propuesta un factor novedoso y de consabida originalidad. La narrativa acepta la musicalidad con naturalidad. Quizás lo que queda al descubierto es la inexperiencia del cineasta con acciones desafortunadas, como el desenlace donde el fantasma de Elise toma forma, pero distorsiona la escena, pero que no inciden en el material y elementos que presenta. La intensidad y la belleza interna de las dos mujeres, la desesperación de Elise, así como la evolución del carácter de Didier son notables. La puesta en escena no tiene dificultades, y lo que más le interesaba al cineasta belga lo logra marcar puntillosamente y sacar adelante, es decir, anteponer a la trama la BSO y canciones del grupo musical a una crónica que se funde en lo melodramático con precisión y un lenguaje acorde. El final del film cantando al pie del lecho donde yace el cuerpo de una mujer que se suicida es hermoso. Dentro de este gran amor queda una frase excepcional: Alabama y Monroe, una forma de volver a empezar, pero que queda trunca, porque el amor es una cuestión compleja, de infinidad de ángulos y aristas, que no son fáciles de solucionar aunque siempre queda la esperanza de reconquistarlo. Muy buen film donde Felix Van Groeningen deja en claro la fusiones entre distintos instantes de amor, dolor y posterior sufrimiento, cuando se pierde un hijo. 100% recomendable. No va a ganar el Oscar, aunque a los yankees les encanta este tipo de películas.