domingo, 13 de abril de 2014

“The Grandmaster”, Wong Kar-Wai y una historia de amor y exilio contada a través del Kung Fu.













































































































Lo que se invoca en la última historia llevada a la pantalla por el maestro chino Wong Kar-Wai son una serie de simbolismos autóctonos que se vinculan con la época de oro de las artes marciales chinas inmersas en profundos vestigios de un amor frustrado, el inmenso cariño familiar y un exilio forzoso cuando el ejército japonés arrasaba con todo para quedarse en China por trece largos años. Desde que surgen los créditos, afinados por melodías melancólicas placenteras, un estilo inconfundible se hace presente, cautivador y a la vez doloroso. Todo está concebido con una artesanía visual bellísima desde los colores más solemnes hasta los más iconoclastas, disimulados con una humareda negra que se va desplazando sobre ellos, pero que deja que reaparezcan moviendo fondos y formas. Luego, una lluvia prodigiosa que cae sobre el espacio de una vivienda barroca donde un sujeto de sombrero blanco utiliza el concepto ornamental del Kung Fu con inobjetable destreza para aniquilar a través de la elegancia de sus movimientos a más de veinte luchadores expertos, que solo buscan atacarlo. El arte de la defensa surge como un obús salvador. El sujeto del sombrero utiliza la fuerza de los demás para derrotarlos sin atenuantes. Es la historia de una vieja técnica de aledaños fronterizos que ha sabido aquilatar, y poner en práctica con el objetivo de encontrar su propia paz y negar la violencia. La estética del golpe seco, sea con mano abierta, puño o pierna son utilizados con impactos de precisión milimétrica, que no soportan los cuerpos enemigos. La intensidad de la lluvia se rinde ante tamaño despliegue de plasticidad física. Resulta deslumbrante cuando Wong Kar-Wai circula sinuosamente de un tono a otro el conjunto, cuando salta registros y transforma una conversación indecisa sobre la situación de los clanes en el preludio de un desgarro sentimental, cuando es capaz de sorprender con esa historia de amor oculta entre los pliegues de una semblanza de lucha y viceversa, convirtiéndose en un laberinto temporal. El cineasta chino consigue en imágenes transmitirnos que es capaz de sentir esa amarga sensación del exilio traspasada de generaciones pasadas, y cómo lucharon los chinos del norte y del sur, sean políticos, artistas, intelectuales, empresarios, y el mismo pueblo de diferentes clases sociales, para adaptarse a la escasez y el sacrificio al mismo tiempo que intentaban preservar su sagrada vida anterior. Pasada la guerra, Hong Kong fue el lugar propicio para toda esta gente. The Grandmaster es la vida de un tal Ip Man, uno de los grandes maestros del Kung Fu, inventor moderno del género, maestro del inmortal Bruce Lee que sale simulando a un niño a su lado en la foto de la escuela donde enseñaba. Wong Kar-Wai nos brinda un trato distinguido para todos los que apreciamos su obra. Hay escenas de una belleza superior, con peleas coreografiadas que a través de contados efectos especiales logran la minuciosidad de lo magistral. Los enfrentamientos se realizan como si estuviéramos frente a un ballet inmortal donde se cuida al detalle cada movimiento u oscilación como si la armonía musical dirigiese las mismas. Una figura importante es el Grandmaster de la dinastía Gong que ya es anciano, y debe dejarle el mandato de su alto rango y su poder a alguien que pueda dirigir a su gente con inteligencia y respetando los valores que su dinastía representa. El gran maestro es una figura indiscutible, a quien se le debe rendir culto por los años transcurridos y la experiencia acumulada. Los Gong nunca han perdido una pelea de Kung Fu, y eso sirve para que la bella hija del gran maestro acuda al elegante burdel donde solían reunirse los líderes que manejaban las academias de este arte marcial en una zona de la gran China. Surgen las contradicciones para escoger a la persona que guiará el rumbo de la dinastía Gong, y de las demás. El Grandmaster había escogido al mejor de sus alumnos, pero este confunde los códigos prioritarios -la inteligencia y la sabiduría por lo estrictamente físico- y el líder termina por echarlo del lugar. Ip Man le demuestra al Grandmaster mediante su sosegada personalidad y habilidades en las artes marciales que es la persona indicada para sucederlo. La oposición de la hija no se deja esperar. Su reclamo hacia el padre no funciona porque ella prefirió la distancia a la cercanía por muchos años. Sin embargo, solicita un enfrentamiento a Ip Man para demostrarle sus dotes en el arte del Kung Fu. Lo llevan a cabo en una escena refinada, pulcra y tensa donde la confrontación muestra no sólo dos estilos diferentes, sino ambos un deseo de respeto mutuo, de una solidez selecta junto a la aparente bravura de los golpes tirados y bloqueados. Ip Man deja que la dama se luzca aunque es él quien lleva el mando de la lucha, inclusive salvándola de una caída mortal. Ella lo sabe, pero lo calla. Lo que había surgido del encuentro era un amor intenso, pero resguardado en el silencio. Más adelante se darán cuenta que en sus vidas había tiempo para todo, sin saltar la estrictez de la norma. Ip Man tenía como esposa a la hija de un ministro del régimen y dos hijos. Eso lo paralizaba para poder afrontar este nuevo suceso que el destino le proponía. Ella, toma las riendas de la dinastía, pero justo llega la guerra. Wong Kar-Wai sigue filmando bajo las formas que solo él sabe retratar. La fotografía es realmente maravillosa, y el maestro fijando detalles casi imperceptibles logra sumando continuidad de figuras cromáticas y decorativas, hondura en la exposición de lo que acontece. Si bien la narrativa sufre algunos baches -el planteamiento histórico tiene escenas reales- lo que predomina en el chino es su formidable parecer estético. Kar-Wai rueda con exquisitez los rostros y gestos de sus personajes. En esas caras impacientes se mezclan el odio, la violencia, la tristeza, la impotencia, pero con preferencia logra la expresión máxima del melodrama. Cada momento de pesar y sufrimiento Wong Kar-Wai se encarga de suavizarlo, de buscarle otro ángulo explicativo, y no se equivoca. El truco manipulador es haber mezclado la vida de Ip Man con la épica historia de la China desde 1930 hasta 1950.  Muchas de las escenas de Kung Fu se exponen en salones muy bien amoblados que sugieren una atmósfera de tranquilidad de un juego de ajedrez de alto riesgo, pero en el que las amenazas podrían significar la vida o la muerte. Es en estos momentos que se hace evidente un Wong Kar-Wai que nos demuestra que el Kung Fu es una búsqueda intelectual, y no un arte marcial de fuerza y superioridad física. Al mismo tiempo que Ip Man es convertido en gran maestro, pierde a toda su familia en la guerra, su amor sublimado con Er Gong, la heredera del Grandmaster, no resulta aunque intenta buscarla sin encontrarla. Es en el desenlace del film donde lograran reunirse y aclarar algunas cosas que quedaron flotando en el pasado. Finalmente, llega la pelea final, Er Gong lucha contra el hombre que mató a su padre. Toda la secuencia filmada en la estación de trenes es como un musical. La belleza estética que se percibe en pantalla no tiene parangón. Por eso ambos personajes no cambian, ni el rictus de la cara ni aun cuando se rompen las costillas y la cabeza. Tradición y modernidad, principio y fin de un ciclo importante de la historia de Asia, cambios de forma de comprender la vida, y también las artes marciales, guerra y paz; amor y soledad, respeto y desafío, honor y traición, nostalgia y tragedia etc., son los elementos con los que trabaja con eficacia Wong Kar-Wai, quien usa al arte marcial como una excusa justificada en la gran cantidad  de enfrentamientos personales, que envuelven con esperanza el mensaje del pasado doliente, escenas de una narrativa con adecuado pulso y un ritmo aquietado que consiguen transmitir paz y serenidad. Un detalle a tomar en consideración es la puesta en escena. Habíamos escrito en la entrada de la película de Sorrentino,  ganadora del Oscar a film de habla no inglesa, que lo que la hace diferente es que pone el 70% del valor de la propuesta en la puesta en escena y el resto en la historia y los personajes. Acá sucede lo mismo, salvo que la simpleza de Sorrentino está por encima de lo que busca Wong Kar-Wai. En The Grandmaster, tanto los sonidos, la cinematografía, el diseño de producción y la BSO -con instantes inolvidables de música clásica- resaltando los momentos más duros y tristes, así como los románticos, el increíble montaje son de una calidad indiscutible. Tony Leung, uno de los cinco mejores actores del mundo en la actualidad, y la bella Zhang Ziyi hacen interpretaciones que bien vale la pena destacarlas y apreciarlas en su verdadero contexto. Me gustó el film, tiene todo lo que Wong Kar-Wai puede manejar con su sabiduría. Más allá de la historia, que puede ser apreciable o no, lo que logra el maestro en la puesta en escena es imperdible. Wong Kar-Wai ha hecho una cinta de artes marciales para la gente que normalmente no iría a ver una película de acción, y una película de arte y ensayo para la audiencia que se resiste a la ambigüedad de sus experiencias cinematográficas. Debió estar nominada en los Oscar aunque no iba a ganarle a Sorrentino.  De lo mejor del cineasta chino.