jueves, 3 de abril de 2014

“Trainspotting”, Danny Boyle y su flor escarlata de la muerte.































































































Trainspotting es una historia de idas y vueltas, de amagues sempiternos que se muerden la cola una y otra vez. La odisea del adicto es renunciar a la droga, su truculencia, intentarlo muchas veces en formas reiteradas. Total Renton -Ewan McGregor- protagonista y narrador de este periplo envuelto en una nube de humor negro, se esfuerza en retirarse del mundo de los psicoactivos, pero vuelve siempre a las recaídas., algunas veces con la ayuda atrofiada de sus amigos, otras por esa inadmisible idea de sufrimiento que constituye el síndrome de abstinencia para los partidarios de la heroína. Boyle astutamente impone una narrativa sin dudas punk o underground, donde muchachos escoceses no encuentran alternativas para encontrar el futuro, donde la sociedad enredada en sus comodidades y apatías, no escucha nada más allá de su propio ronroneo. El tipo de relato que utiliza el cineasta inglés está fuertemente influenciado por el pensamiento sartriano. La necesidad de elegir constantemente en el armazón de la tragedia. Aunque Renton y sus amigos eligen no elegir, ya han hecho su propia elección. La no-elección es la ruta directa a la jugarreta de la decadencia, el camino lleno de baches hacia una juventud amargada, drogadicta y excesiva. No al futuro, parece rezongar en las paredes y actitudes de una Escocia que se denuncia como el lugar sin avistamientos positivos, el espacio sin residencia hacia los buenos tiempos, en contraste con un Londres que parece ser el homólogo del sueño americano. En Glasgow se vislumbra la alternativa laboral, el límite entre las drogas y una vida organizada por horarios y contratos. Londres es el modernismo, el dinamismo, el lujo, la única posibilidad de alejarse de los “amigos” que como plagas persiguen la lucha de Renton, quien tiene el papel más importante del film de Boyle. El cineasta logra realizar un acertado perfil del sentimiento y las emociones sobre los alucinógenos y los falsos amigos. Estamos ante un grupo totalmente dispar, movido sólo por el interés que le concierne a la heroína. El colectivo compuesto por un joven que se droga habitualmente por alcohólico, mujeriego y psicópata, con un conocimiento enciclopédico del cine, por un entusiasta de las caminatas y del Iggy Pop, quien resulta ser la única víctima del consumo desmedido. Todos ellos construyen el escenario casi teatral de los múltiples intentos por alejarse, no con la heroína sino de ella. Con toda la tramoya que Renzo se atrinchera para hacer su primer intento de huida, vuelve al cuadrilátero de la droga que lo derriba por nocaut. Boyle acierta pasando revista a las diferentes reacciones del entorno: los padres, los amigos, y su cantinela sin conexión a la realidad del adicto. Esta película no posee la intensidad del film Réquiem sobre las anfetaminas que comentamos hace algunas semanas, pero su comienzo es a toda velocidad y su tensión nunca deja que se baje la guardia. Aunque el ambiente no se materializa en una atmósfera depresiva o de torturas anímicas, no resulta sólo entretenido el tratamiento escatológico de parte de dos supositorios que perdió Renton. En el desarrollo de la trama la alusión a los excrementos es metáfora de esa misma vida llena de vacíos emotivos y negras expectativas hacia el porvenir. Hay que revolver allí, entre la inmundicia, para saber qué puedes encontrar, hay que irse de cabeza para volver a encontrar una luz engañosa. Casi podemos escuchar una voz entre fantasmal y burlona que nos dice: “La vida es una mierda”. Y, a cada uno de los amiguetes se les participa de este maloliente frenesí. Spud deja escapar el desastre de la sábana de la chica para que cada uno de sus familiares reciba la mancha y el olor de lo miserable. Los malos lugares, los edificios abandonados y la mugre son la escenografía propia de las adicciones. No encontramos en el cineasta londinense, el lúgubre sentir de Aronofski. En esta historia del séptimo arte no hay tiempo para el atribulamiento, por el contrario, la comicidad hace parte de la locura anfetamínica. De esta manera, resulta más preciso lo que siente el adicto frente a la droga y absorbido por la efervescencia de la adicción que la tristeza que solo suele ser un marco sin referente. William Burroughs decía: “En la droga no existe ningún tiempo para el aburrimiento porque resulta ser un trabajo de tiempo completo”. Tal vez por ello el síndrome que padece Renton se convierte en un viaje más doloroso y angustiante que la misma condición de ser un adicto. Igual, las alucinaciones lo buscan en su ausencia de heroína, lo acorralan en esa lucha casi titánica de vencer o ser vencido. Resulta de extrema dificultad llevar a cabo la idea de “estar limpio” cuando la droga se transforma en un sustituto de todo aquello que en una vida menos frenética en torno a quien sea. Ni el dinero, ni el amor, ni las mujeres, ni el sexo, ni la familia, ni el trabajo etc., poseen la fuerza imantada de una “inyectada”. Los orgasmos vienen en presentación de cinco miligramos, su intensidad y goce son multiplicados por mil, y el placer vuelve a ejercer su decreto dominante. El resultado de convivir con el profano éxtasis de los alcaloides se refleja brutalmente en el carácter indeciso y apático de Renzo. Un joven al margen de las relaciones emocionales, distanciado de las relaciones sociales y ausente del mundo que día a día gira sobre nuestras cabezas. Sin lugar a dudas en un ser torpe en la mecánica de los afectos, unido a la droga como está, su único amor es esa flor rojiza en el lienzo de la hipodérmica. Sobre un plano de naturaleza adictiva como este, los vínculos se ven condenados únicamente al fracaso. La desgracia de Tomy comienza al perder la intimidad en formato de VHS. Spud eyecta de la manera más imperfecta. Renton cae en las redes de una menor que lo manipula desde su saber de la jurisprudencia. No se puede esperar menos, lo único que tiene de heroico la heroína, es saber derrotarla en el juego. La realidad se difumina a través de la aguja. Los dolores se borran dentro de una orgiástica sensación intravenosa. Mientras uno esté metido en la burbuja del decorado psicoactivo, todo ocurrirá en la nubosa y plácida estupidez. Qué grandiosa sensación de hundimiento; el piso se flexibiliza y se lo traga a uno. Perfecto e indoloro ha comenzado el efecto sombra. Cualquier mañana uno se levanta y descubre que sus propias fantasías nos morderán. Lo social es lo real. Aquello que nos condena y nos entrega reglas para la convivencia. Si está uno por fuera, lo más seguro es que habitemos el universo onírico de las drogas y sus locas consecuencias. Entonces todo se vuelve un sueño, terrible, pero solo un sueño. Nos alejamos de lo conveniente, ingresamos invitados por nosotros mismos en la fiesta del embobamiento más nefasto. Veinticuatro horas dedicadas a la labor más obsesiva, a buscar el fogonazo que nos siembre por fuera de los bordes de la consciencia, que nos triture con placidez el alma. Renton y sus amigotes escapan constantemente de las exigencias sociales. No al trabajo, no a la familia, no a todo aquello que resulte una pesada cotidianidad. En el teatro de los yonquis pierden el mínimo nivel de realismo que les pueda quedar. No existe nada más allá del submundo, de la flor o hierba mala de la heroína cultivada en el cuerpo. Ni siquiera la muerte lograría sacudirnos por un momento de este algoritmo necesario y sin espera. Muere el nene en medio del abandono sin haber podido aprender a caminar, o mientras los otros viajan en primera clase en su propia nebulosa. Hay gritos, llantos, pero la compasiva droga desvía el dedo acusador del infante y esquiva todos los dolores, los más desesperantes, los que son realmente insoportables, las tragedias más genuinas, solo con instalarse suavemente en sus venas. El nene que muere una tarde de consumo, se convierte para Mark Renton en la señal que denuncia el apartamiento de la realidad. Todas las culpas y remordimientos se dirigen donde él, lo acusan sin un minuto de tregua ni redención. De tal manera, Renton decide componer su vida, buscar una dinámica completamente distinta que le aletargue el espíritu. La encuentra, logra entender que vivir dentro de los convencionalismos tiene sus ventajas. Desea, como todos, la comodidad, el olor de la limpieza, la seguridad del salario mensual, los días sin nubarrones, los buenos trajes y la comida en casa. Renton solidifica su convencimiento de permanecer en cualquier fantasía, toda vez que gasta su dinero para vivir con las ventajas de la sociedad londinense. Las falsas amistades se definen abiertamente, es hora de elegir. Quizás Boyle sacrifica en esta parte algo de la estética de la película. Trainspotting arriba al desenlace mostrando una cara afable de la vida, una sonrisa que se consagra con lo real, que opta por formar parte, no de lo marginal, sino de lo participativo. Una bonachonería que se logra después de mucha lucha y dedicación contra la toxicomanía, pero que nos deja un buen sabor de boca, pues no es fácil, y además poco verosímil pasar del dolor del infierno a la calma del paraíso, y mucho más aún si los bolsillos palpitan a billetes de cien dólares robados. Notable film de Boyle.